Hechizo de amor para el CEO 10
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El Aston Martin se desliza por la ciudad como si el tráfico no fuera con él.

Luces rojas, semáforos, gente cruzando. Todo parece apartarse con una docilidad que en otras circunstancias encontraría irritante.

Esta noche, sentada en el asiento del copiloto con el codo apoyado en la puerta y los pensamientos en desorden, me resulta casi envidiable.

Miro a Rin de reojo. Tiene las manos firmes en el volante y la mandíbula apretada.

—¿Esto es una cita? —pregunto. Consciente de su presencia imponente y del silencio cargado que hay entre nosotros. No sé si quiero que el hechizo se rompa pronto… o si una parte de mí quiere disfrutar un poco más de esta versión de Rin Takeda que me mira como si fuera la única mujer en el mundo.

Se remueve ligeramente en el asiento, sin quitar la atención del tráfico.

—No. Es que quiero probar esa barbacoa coreana. Y tú ya conoces el sitio.

Giro la cabeza despacio hacia la ventanilla.

—Ah… Entonces estamos aquí solo por eso.

No responde, claro. No entiende sus propios actos.

El coche se detiene frente al edificio. Abro la puerta antes de que diga nada más y salgo. El aire de la noche es más fresco de lo que esperaba en primavera.

Rin sale un segundo después. Su presencia a mi lado tiene esa cualidad de ocupar más espacio del que físicamente ocupa, algo que con los años he dejado de intentar ignorar y he empezado a simplemente gestionar.

Tomamos el ascensor que nos lleva al restaurante de la azotea. Las puertas se cierran con un sonido suave.

—Quiero que cenes conmigo todas las noches.

Parpadeo y giro la cabeza lentamente hacia él.

—¿Por qué?

Rin se pasa una mano por el pelo. Un gesto tan fuera de su repertorio habitual que por un momento no sé si lo he visto bien. Está incómodo, poco acostumbrado a estar fuera de control.

—Considéralo parte de tu trabajo.

Lo observo un segundo.

—¿Me está pidiendo salir pero disfrazándolo?

El ascensor sigue subiendo. En el espejo de las puertas, su reflejo muestra esa tensión que intenta esconder.

No responde, así que pongo los ojos en blanco. Pulso el botón de apertura cuando llegamos al último piso y avanzo en cuanto las puertas empiezan a abrirse. Pero su mano rodea mi muñeca y me detiene.

—Sí —admite, casi de mala gana—. Eso es lo que estoy haciendo.

Bajo la vista a su mano, y suelto el aire por la nariz, recordándome que esto no es real.

—Vale —digo, porque mis compañeros se merecen eso al menos. Que les dé dos semanas de salir antes mientras el hechizo de debilitamiento surte efecto.

Su agarre se relaja apenas.

—Pero tengo condiciones —añado.

Él se mete las manos en los bolsillos y se estira a la espera de la negociación.

—No puede despedirme cuando se le pase… el encaprichamiento —empiezo, porque sé cuánto va a odiarme cuando todo esto acabe—. Y quiero que me trate bien a partir de ahora.

Rin frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué significa eso?

Salgo del ascensor y él me sigue.

—Significa que ya no quiero que actúe como si fuera un dios y yo la garrapata de una rata con la que se ha cruzado.

—Nunca he hecho eso.

Me río. Una risa corta, incrédula, que sale sola.

—Claro que no. —Me giro hacia él mientras caminamos—. Nunca mira a nadie, no saluda, no pregunta cómo estamos, no reconoce un logro ni aunque se lo pinten en la pared. Es un jefe terrible. Como novio debe ser catastrófico.

Por la mueca que hace, no está muy conforme con lo que escucha, pero tampoco discute, lo cual ya de por sí es algo nuevo. Por mi parte, estoy encantada de haber podido decirle eso a la cara, por fin.

—De acuerdo —claudica, sorprendiéndonos a ambos.

Llegamos a la entrada. Un camarero se acerca con esa sonrisa profesional.

—Mesa para dos.

Antes de seguirle, me detengo y cruzo los brazos.

—Empiece por cederme la silla con vistas a la ciudad. Normalmente la cogería usted sin pensar.

Rin ladea ligeramente la cabeza.

—¿Y ahora quieres que te ceda la silla buena? —comprueba.

—Sí.

—Eso no es muy feminista de tu parte.

—No digo que tenga que hacerlo siempre, pero tampoco tiene que quedar usted siempre por encima.

—¿Entonces cómo lo hacemos?

Me encojo de hombros.

—Yo qué sé. El que llegue primero se queda con lo bueno —propongo, notando lo ridículo que es tener que educar a alguien en estas cosas.

El camarero señala la mesa desde el fondo con una sonrisa amable.

Rin y yo nos miramos un segundo, y entonces salimos disparados, pasando por el hombre cuya expresión cambia a la perplejidad al ver cómo dos adultos perfectamente funcionales compiten por el asiento.

Él tiene las piernas más largas, pero yo conozco el local, y eso, esta noche, marca la diferencia.

Me dejo caer en la silla con el skyline extendiéndose frente a mí.

—He ganado.

Rin exhala por la nariz, sacudiendo la cabeza mientras rodea la mesa y toma el asiento frente a mí. Su expresión es la de un hombre que cuando pierde algo pequeño, necesita que no parezca que ha perdido nada.

—Enhorabuena —el sarcasmo gotea de su voz. Debe ser la primera vez que es el más lento en una carrera.

Cojo la carta con una sonrisa satisfecha, la abro y la ojeo sin leer nada porque estoy más pendiente de fastidiarle. Tengo años que recuperar.

Mis ojos le encuentran por encima del menú.

—¿Cómo se siente saber que una simple secretaria tiene mejores vistas que usted?

—No es cierto que las tengas.

Alzo una ceja, confundida por su respuesta. Él sostiene mi mirada, y no aparta los ojos de los míos ni un segundo. La intensidad en ellos aterriza en algún sitio bajo mis costillas.

Trago saliva, al entender a lo que se refiere.

—¿No cree que es extraño que no le pareciera guapa hace una semana?

—Tampoco es verdad —responde sin dudar—. Siempre me has parecido guapa.

Eso no me lo esperaba, y tardo un momento en recuperarme, en poder hablar de nuevo.

—Claro. Por eso nunca me miraba.

Rin apoya los codos en la mesa y entrelaza los dedos.

—Piensa en una sola ocasión en la que, tras diez segundos de entrar a una sala, no supiera dónde estabas, con quién, qué llevabas puesto y qué estabas haciendo.

Me quedo quieta y mis labios se separan por cuenta propia. No puedo creerme nada de lo que dice estando embrujado, aunque sea cierto que siempre sabe dónde estoy y lo que estoy haciendo.

—¿Por qué nunca le pillaba entonces? —murmuro.

—Porque evitaba que nuestros ojos se encontraran.

El ruido del restaurante sigue ahí. Voces, vajilla, música instrumental. Pero el volumen de todo eso ha bajado en mis oídos.

—Y tú me miras bastante —añade—. Así que no me quedaba mucho margen para hacerlo yo.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo puede saber que le miro sin estarme observando primero?

Sus ojos permanecen clavados en los míos mientras responde.

—No necesito hacerlo. —Su voz baja un poco—. Te lo he dicho. Noto tu mirada, Aoki. La noto por todo mi jodido cuerpo.

El restaurante desaparece por un instante.

Me quedo con la carta entre las manos sin leer una sola palabra, completamente quieta. Tengo la sensación de que algo que pensaba que controlaba se ha dado la vuelta para sacudirme.

Porque está hablando de antes del hechizo, y mi escudo anti Takeda se está derritiendo con cada palabra.

Trago saliva y aparto la mirada hacia la ciudad. Me quedo contemplando las luces un momento, dándome el tiempo que necesito para que mi cara vuelva a hacer lo que yo le digo.

—Pida —murmuro—. Me da igual, lo que sea.

La cena transcurre entre conversaciones que empiezan en terreno neutral y terminan en algún sitio al que ninguno se había aventurado antes. Él intenta controlarse. Yo intento no reaccionar. Ninguno lo consigue del todo, pero ambos parecemos igual de asustados y fascinados por esta nueva dinámica.

Le pregunto por Londres y me cuenta lo que sintió al volver a pilotar.

Inclina la cabeza sobre la mesa y traza la curva con el índice, explicando el ángulo de entrada, la frenada, el punto exacto donde hay que soltar.

Sus manos se mueven despacio al principio y luego más rápido, siguiendo un ritmo que solo él escucha.

Le brillan los ojos. No de la misma forma que cuando lee un informe o cierra una negociación. Con una chispa que llevo años sin ver. Esta versión de él nunca aprendió a ocultarse del todo.

—Lo echa de menos —lo afirmo, aunque él parece creer que es una pregunta porque lo medita un instante.

—Todos los días.

Si es así, no entiendo por qué se retiró tan joven. No le pregunto porque creo que hemos superado el cupo de comunicación y familiaridad por esta noche.

De vuelta en el coche caemos en un silencio cómodo.

Las luces de la ciudad pasan rápidas por la ventanilla y yo tengo la cabeza apoyada contra el cristal, mirando sin ver.

Proceso una cena, que ha resultado ser algo completamente diferente a lo que esperaba, cuando salí de esa oficina hace dos horas.

—Quédate a dormir conmigo.

Giro la cabeza de golpe.

—¿Perdón?

—No me apetece conducir lejos.

Lo miro durante un segundo completo, preguntándome si él piensa que eso es una buena excusa para invitarme a pasar la noche.

—Mi casa está a quince minutos.

—La mía está antes —tiene un brillo juguetón y descarado en los ojos que puedo ver cuando una farola pasa por encima del coche y la luz le cruza la cara un momento.

—No es verdad, sé dónde vive. Su casa está más lejos que la mía.

—¿Apuestas algo? —me reta.

—¿Qué?

—Si llego en menos de quince minutos a mi edificio —dice, y su voz adquiere un tono travieso que invita a jugar —te quedas.

Una risa incrédula se me escapa sola.

—Está completamente loco.

No responde. Solo se posiciona en el asiento y coloca ambas manos en el volante, transformándose en el piloto al pisar el acelerador.

La ciudad se convierte en un circuito que solo él ve.

Gira, tuerce y acelera con precisión y control absoluto.

Las calles como curvas, los espacios entre coches como trayectorias calculadas al milímetro.

—¡Takeda! —me agarro al asiento cuando gira demasiado rápido.

—Diez minutos —murmura, con la concentración de quien está en otra parte completamente—. Estamos cerca.

Me río. No debería. La adrenalina me sube por el pecho igual que aquella vez que me quedé de pie en el box con los auriculares puestos y el pulso a mil, viendo entrar su coche a trescientos kilómetros por hora. Preguntándome qué clase de persona elige voluntariamente eso.

—¡Nos va a matar!

—Sabes qué clase de piloto soy.

—¡Pero esto no es un circuito de Fórmula 1! —Agradezco al menos que haya poco tráfico a estas horas.

—Todo lo es.

Semáforos, giros, un cambio de carril imposible que le sale perfecto. Todo encaja y fluye. Es absurdo. Es irresponsable. Es lo más viva que me he sentido en años.

—¡Doce minutos! —grita, y su voz suena desinhibida, ligera. Se está divirtiendo tanto como yo.

Cuando frena frente a su edificio, el motor se apaga en un ronroneo satisfecho. El silencio después es total.

Miro el reloj. Hemos llegado un minuto antes de lo acordado.

Respiro hondo, esperando a que mi corazón desacelere también. Él gira la cabeza hacia mí y el peso de estar a solas con él en un lugar tan íntimo como su coche, en el aparcamiento de su edificio es aplastante.

—Has perdido —dice.

Aprieto los labios, abro la puerta y miro el asfalto bajo mis pies un segundo.

—Odio admitirlo —murmuro y hago una pausa, bajándome del coche—. Pero siempre cumplo mis apuestas.