9
El baño de la oficina está en silencio cuando salgo del cubículo. Solo el zumbido sordo del extractor y la luz fría de los fluorescentes devolviéndome una cara cansada. Me estoy lavando las manos cuando la puerta se abre y Yui entra casi flotando.
—Hola —dice, como si no nos hubiéramos visto en toda la mañana. Se coloca a mi lado frente al lavabo. Me ha seguido hasta aquí a propósito.
—Hola.
El agua corre entre mis dedos, mientras le echo una mirada de soslayo.
—Ayer… —empieza, y ya sé por dónde va—. Fue increíble.
Cierro el grifo.
—¿El qué?
—El cine. —Se muerde el labio conteniendo una sonrisa—. No esperaba que viniera.
Asiento despacio, porque cualquier otra reacción sería demasiado honesta.
—Ya.
—Creo que vino por mí —comenta, pero hay una sombra de duda. Habla con una ilusión que me revuelve el estómago. Mientras ella fantasea, yo no puedo dejar de recordar cómo me miró Rin en el cine, ni cómo su mano rozó la mía en la oscuridad.
Levanto la vista despacio. Yui se mira en el espejo mientras se recoloca un mechón detrás de la oreja, pero está pendiente de mí, de mis reacciones.
—Le escribí solo para darle las gracias —continúa—. Ni siquiera le invité abiertamente.
Hace una pausa pequeña para retocar su pintalabios.
—No es el tipo de persona que hace esas cosas a menos que…
Lo deja colgando en el aire sin terminar, pero no es necesario, ambas sabemos lo que está insinuando.
Siento un pinchazo de culpa en el estómago.
Acaba de pasar por una ruptura difícil y demoledora para su autoestima, y ahora la he metido en esto.
Soy una persona terrible, incluso cuando no es mi culpa que no la mirara a ella primero.
Rafaela me lo dijo, me dijo que Yui estaba demasiado vulnerable para que la escogiéramos y yo insistí.
—Me alegro por ti —respondo, con una sonrisa que no llega a los ojos.
Yui se gira hacia mí, más seria de pronto.
—Es una pena que tuvierais que hablar tanto de trabajo antes de que empezara la película. Podríamos haber aprovechado ese momento para conocernos mejor.
—Sí. —Cojo una toalla de papel—. Pero que alguien haga el esfuerzo de aparecer dice bastante.
Sobre todo, cuando ese alguien está bajo los efectos de algo que nosotras pusimos en su café y no tiene la menor idea de lo que está haciendo.
—Gracias, Malu —dice, haciéndome sentir peor.
Asiento y salgo antes de que mi cara decida ser honesta sin mi permiso.
La sala de reuniones está llena cuando llegamos. En la pantalla están los gráficos, clasificaciones y proyecciones que mi equipo ha organizado. Rin está junto a ella, esperando a que tomemos asiento.
No me mira, ni cuando entro ni en los primeros veinte minutos de reunión, durante los cuales hablo dos veces.
Su padre está sentado a mi lado. Me encanta el aura de tranquilidad que lo rodea siempre, mientras observa lo bien que crece lo que construyó de la nada. A su otro lado está sentado Watanabe, demasiado joven para entender la presión que se le viene encima ahora.
—Superar al campeón del mundo en la clasificación general en este punto de la temporada —dice Hiroshi Takeda— no es algo menor.
—No —responde Rin—. Significa que tendremos todos los ojos sobre nosotros.
Watanabe endereza su postura y su sonrisa se diluye.
«Muy bien, jefe, métele presión» pienso con ironía. Quiero comunicárselo con la mirada, pero sigue ignorando el espacio que ocupo, como en los viejos tiempos.
—Los patrocinadores ya están reaccionando —continúa el padre—. Vamos a tener nuevas propuestas esta semana. Necesitaremos gestión directa desde las oficinas.
Se hace un silencio breve al entender que eso supondrá más trabajo para nuestro departamento. Varias cabezas se giran levemente hacia ninguna parte concreta, ese gesto colectivo de quien espera que alguien más se ofrezca primero.
—Puedo encargarme yo —digo automáticamente. Y en cuanto lo digo sé que no es factible. Ya tengo bastante encima coordinándolo todo, pero necesito a alguien de confianza—. O… Rafaela podría llevarlo.
A mi lado, Rafaela se queda completamente inmóvil y con la cabeza agachada.
—Rafaela —insisto en voz baja.
Nada, sigue mirando la pantalla con una concentración que no le he visto ni con los informes de fin de trimestre.
Y entonces, sin girar la cabeza, empieza a hacerme gestos minúsculos con la mano bajo la mesa. Me está pidiendo que escoja a otra persona.
Frunzo el ceño. ¿Qué demonios le pasa?
—¿Rafaela? —repite el señorTakeda.
—¿Eh? —Levanta la cabeza con la expresión de alguien que acaba de volver de otro planeta—. Sí, claro. Lo que haga falta.
Watanabe deja caer la mirada sobre ella un segundo más, evaluando. Se ha percatado de su reticencia, aunque vuelve la atención a los documentos sin decir nada.
—Perfecto —cierra Rin—. Rafaela se encarga de los patrocinadores de Watanabe.
Durante el resto de la reunión sigo sin existir en su radar.
Habla, decide y corta intervenciones con la misma concentración de siempre.
Ya nada queda del hombre que balbuceaba en la última reunión y no podía parar de mirarme.
De hecho, yo no recibo ni una instrucción, ni una pregunta, ni un segundo de esa atención directa, que estos últimos días se había vuelto tan constante que casi había empezado a considerarla normal.
Es extraño. Incómodo casi, como un sonido al que te has acostumbrado y de repente desaparece y el silencio que deja es más ruidoso que el propio sonido.
El bolígrafo de Yui cae al suelo.
Antes de que nadie reaccione, Rin se aproxima, se inclina, lo recoge y se lo tiende.
—Gracias —dice ella, con una sonrisa suave.
—De nada.
Lo observo con el ceño ligeramente fruncido. ¿Ha empezado ya el debilitamiento? ¿Se fijará en Yui de forma natural cuando se le pase el efecto por completo?
La idea debería tranquilizarme. Debería…
De vuelta en la oficina, el murmullo habitual regresa poco a poco. Teclados, sillas, el sonido de Kenta abriendo algo que probablemente no debería estar comiendo a estas horas.
Me giro hacia mi hermana, que está medio escondida detrás de la planta que le regalamos en su cumpleaños.
—¿Qué te pasa?
—¿A mí? Nada.
—No querías lo de Watanabe.
—Claro que sí.
—Rafaela. He visto tus gestos bajo la mesa.
—No sé de qué hablas. —Abre un cajón con demasiada determinación.
Abro la boca para seguir tirando del hilo, pero Watanabe aparece junto a su mesa con su metro noventa de presencia masculina.
—Me han dicho que tengo que firmar unos papeles.
Rafaela se queda rígida por un momento lo suficientemente largo para que él se dé cuenta y enarque una ceja.
—Sí, claro. Un segundo. —Abre cajones, cierra de golpe, levanta carpetas, aparta objetos que no pertenecen a un escritorio—. Tenía un bolígrafo aquí…
—Puedo usar el mío.
—No, no, prefiero el mío, es que siempre lo dejo en el mismo sitio y hoy no sé dónde…
Tira el vaso de agua y el líquido se desparrama por toda la mesa con una eficiencia devastadora, empapando dos carpetas y el borde de su teclado.
—¡Mierda!
—No pasa nada. —Watanabe rodea su escritorio para ayudarla a apartar documentos.
—Lo siento mucho… —empieza a limpiar con papeles, torpe, chocando con el vaso, chocando con el teclado, chocando con las manos de Watanabe cuando los dos intentan recoger lo mismo al mismo tiempo.
—Cuando puedas —dice él, soltando la carpeta despacio.
—Sí… claro.
Se va. Rafaela sigue con la mano extendida sobre la carpeta mojada durante un segundo que se hace largo. Después la retira despacio y coge el bolígrafo que estaba buscando desde el principio, perfectamente visible en el primer cajón.
—¿Qué ha…
—No digas nada —interrumpe sin mirarme.
El resto de la tarde transcurre en calma con correos, llamadas. El sol baja por las ventanas y la oficina va perdiendo luz gradualmente sin que nadie se levante a encender las de arriba, como si hubiera un acuerdo tácito de quedarse en penumbra para forzar al jefe a irse a casa.
A las 19:30 el ambiente cambia. Espaldas que se estiran, miradas al reloj, teclados que suenan cada vez más despacio. Todos quieren irse. Pero Rin sigue en su sitio, y mientras el CEO esté en su sitio nadie se mueve. Es la ley irreversible de esta oficina.
Cuando Rin pasa por el pasillo desde el baño, Kenta decide hacer un movimiento arriesgado. Se levanta, se estira y se acerca a la trayectoria del CEO con las manos en los bolsillos, mientras los demás contemplamos la escena como el que ve un accidente a cámara lenta.
—Takeda-san… ¿no tiene planes para esta noche?
Algunas cabezas se levantan con discreción. Yo sigo mirando la pantalla, aunque hace cinco minutos que no proceso nada de lo que hay en ella.
—No.
—¿No tiene hambre?
Silencio breve. Nadie mueve un músculo ni se ofrece a salvar al pobre muchacho.
—¿Por qué? —Takeda nos echa un vistazo—. ¿Vais a pedir cena?
Mierda, lo ha empeorado. Ahora tendremos que hacer un pedido y quedarnos hasta que llegue el repartidor.
—¿Aquí? No, voy a cenar con unos amigos —suelta el joven kamikaze seguido de una risita y una mirada hacia los demás—. Seguro que los demás también tienen planes.
—Ahí va un héroe sin capa —murmura Rafaela a mi lado.
Kenta ajeno al peligro que corre, apoya un brazo en mi escritorio.
—Hay un restaurante de barbacoa coreana que me recomendó Malu al otro lado de la calle —Se gira hacia mí entonces en busca de apoyo—. ¿A que al señor Takeda también le gustaría?
Rin se gira hacia mí y me mira por primera vez en todo el día.
—¿Quieres ir ahora? —pregunta, y el silencio que sigue es el más profundo que he escuchado jamás en estas oficinas. Hasta la fotocopiadora se ha detenido para escuchar mi respuesta.
—¿Qué?
Rin aparta la mirada un momento, como si debatiera internamente consigo mismo. Después, vuelve a depositarla sobre mí con una expresión de determinación.
—¿Qué si quieres ir a cenar conmigo? —pregunta, y su voz grave resuena en toda la sala.
El mundo se detiene. Todas las miradas están sobre nosotros. El bolígrafo de alguien choca contra el suelo. Keiko se tapa la boca y Antonio se inclina tanto sobre su silla que acaba cayéndose.
—Ah…
—Yo invito —añade mi jefe, como si mis reparos fueran por motivos financieros.
Kenta da un pequeño paso atrás, para apartarse de la trayectoria de la bomba que él mismo ha detonado.
Siento todas las miradas clavadas en mí con la intensidad de focos en un escenario.
—Ah…
—Eso es un sí —susurra Antonio, el traidor.
—Di que sí mujer… Con lo que te gusta el cerdo frito del coreano —interviene Keiko, asintiendo vehemente y atravesándome con sus ojos implorantes. Me están lanzando al agua helada para no hundirse ellos. Soy el jodido Leonardo DiCaprio de este Titanic.
Rafaela no dice nada, pero en su rostro hay un «lo siento» que no puede decir en voz alta.
Aprieto los dedos contra el borde de la mesa sabiendo que no puedo culpar a nadie más que a mí misma por este lío. Suelto el aire.
—Vale —digo, sin mirarle—. Vamos.
Un murmullo de aprobación recorre la oficina como una pequeña ola. Rin no sonríe, sus hombros están más tensos que antes de que yo dijera que sí. Él mismo sabe que esto es una locura, que algo no encaja. Él y yo en una cita… Que Dios me ayude.
—Recoge tus cosas, nos vamos ya.
Me levanto, cojo el bolso. Y cuando paso junto a la silla de Yui y veo su expresión descorazonada, el instinto me hace reducir el paso un segundo, porque quiero decirle algo y no sé qué. Porque no hay nada que decir que no la haga sentir peor.
No me detengo. Salgo con él sin mirar atrás y sintiendo el peso de todos los ojos. Ahora entiendo por qué quemaban a las brujas en la Edad Media. Tal vez, solo tal vez, alguna se lo merecía un poquito.