Hechizo de amor para el CEO 8
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Solo hay una forma de que las hermanas Aoki limpiemos la casa los domingos por la mañana, y es con la música demasiado alta para los gustos de nuestros vecinos.

—¡Sube eso! —grito desde el pasillo, con una camiseta vieja y el pelo recogido en un moño improvisado.

—¡Ya está al máximo! —responde Rafaela desde el salón.

La casa vibra con un tema noventero que ya no recordaba, y el suelo de madera cruje bajo nuestros pasos mientras arrastramos muebles, sacudimos cojines y abrimos ventanas de par en par.

El aire entra fresco, llevándose el olor a vela, a magia y a decisiones cuestionables acumuladas durante la semana.

—Te tocan las alfombras —dice Rafaela, bailando con la escoba.

—Me da pereza sacar la aspiradora. Te lo cambio por la colada —negocio, mientras paso un trapo por la estantería.

—Trato.

El sol entra por las ventanas abiertas en franjas anchas que calientan la madera del suelo. La casa parece menos embrujada cuando la tenemos así. Es casi una casa normal, de una familia normal.

La ilusión se esfuma un minuto más tarde cuando noto vibrar un mensaje en el móvil. Lo llevo en el bolsillo de mis joggers .

Rin Takeda:

¿Puedes venir a trabajar hoy?

Mi bufido queda ahogado por el sonido de la aspiradora de mi hermana. Eso sí que es nuevo, hacernos trabajar un domingo es un nivel al que nunca había llegado Rin Takeda.

María Luiza:

Lo cierto es que no. Estoy en un barco.

Me guardo el móvil en el bolsillo sin sentirme ni una pizca de culpable con la mentira, pero tengo que volver a sacarlo porque vuelve a vibrar.

Rin Takeda:

¿Qué haces en un barco?

María Luiza:

Zarpar.

Rin Takeda:

Vuelve cuanto antes. Avísame cuando estés en tierra y voy a recogerte.

Su insistencia debería irritarme, pero hay algo en esa forma dominante de pedir las cosas que me altera por otras razones.

María Luiza:

No recuerdo que en mi contrato pusiera nada de estar disponible los domingos.

Rin Takeda:

Es una emergencia.

María Luiza:

Lo solucionaremos mañana.

Activo la opción de «no molestar» y lanzo mi móvil sobre el sofá, donde aterriza entre cojines. Si no lo vuelvo a ver en todo el día, mejor que mejor.

Sigo pasando el trapo con tanta brusquedad que tiro una de las figuritas de marfil de mi padre. Por suerte, el barrigón del dios Hotei no se rompe con el impacto. Vuelvo a colocarle en su lugar, y le acaricio la calva para que se acuerde de traerme mejor suerte. La necesito más que nunca.

Cuando Rafaela por fin termina con las alfombras y apaga la aspiradora me pongo delante de ella con los brazos en jarra.

—¿Cómo va el hechizo de debilitamiento? —la interrogo—. Takeda acaba de contactarme para trabajar hoy.

—¿Un domingo? —se espanta.

—Creo que es solo una excusa para vernos.

Rafaela asiente pensativa. Tiene sentido, un día entero sin verte le debe parecer una tortura ahora mismo.

—Aquí la única torturada soy yo —murmuro.

Porque cada vez que se acerca, mi mente se llena de imágenes peligrosas.

—Vale —dice Rafaela de pronto, bajando el volumen de la música—. Ven.

Se arrodilla junto a una de las columnas de madera del salón. A simple vista no hay nada, pero cuando me agacho veo un círculo dibujado con algo más fino que tiza. Hilos rojos cruzándolo, pequeños símbolos que reconozco del libro y, en el centro, un cuenco diminuto con agua y arroz.

—¿Esto es…?

—El ritual de debilitamiento. —Hay cierto orgullo en su voz—. Está activo desde anoche.

—¿Y funciona?

Hace una mueca.

—Tomará dos semanas.

—Genial —murmuro—. Porque no sé si puedo aguantarlo mucho más tiempo.

—Oye, no te vengas abajo. —Me señala con el dedo—. Aún queda domingo.

Trato de contagiarme de su actitud y centrarme en el presente, pero es difícil cuando el demonio se manifiesta incluso en el día del señor.

Rafaela suspira con resignación.

—Le he dicho a Yui que vayamos a ver esa romántica que han estrenado. Para animarla.

—Perfecto. Amor falso viendo amor ficticio. Todo en orden.

Rafaela se carcajea.

—Cualquier tipo de amor es mejor que nada de amor —dice, aunque ella nunca se aplica el cuento.

El cine está lleno de gente que ha tenido exactamente la misma idea que nosotras: esconderse en una sala oscura un domingo por la tarde y fingir que sus problemas no existen durante dos horas.

Yui llega cinco minutos tarde, con el pelo suelto y las mejillas sonrosadas por haber corrido desde el metro.

—¡Perdón! —dice, acercándose al trote—. El metro iba con retraso.

—Tranquila, aún no ha empezado —responde Rafaela.

—Esto es para ti. — Le paso un cubo de palomitas del tamaño de su cabeza para que ahogue sus penas en él.

—Para compartir —aclara Yui.

—Vale —digo, agarrando un puñado.

Entramos en la sala y subimos las escaleras. Yui se inclina hacia delante sin poder contenerse más.

—Le he escrito.

Mastico más despacio.

—¿A quién?

—A Takeda-san.

A mi otro lado, Rafaela se queda muy quieta.

—Solo para darle las gracias —dice Yui rápido, como si anticipara la pregunta—. Por el otro día, por ser tan amable. Y le he dicho que veníamos al cine.

—¿Veníamos? —repito, comenzando a ponerme nerviosa.

—Sí, le he dicho que venía con vosotras dos al cine.

—Qué bien —dice Rafaela, con una sonrisa que parece pegada con cinta adhesiva.

—No creo que venga, obviamente. —Yui baja la voz y en ese «obviamente» hay la esperanza de alguien que en realidad sí cree que podría venir.

—Esta es nuestra fila —digo, torciendo por uno de los pasillos.

Encontramos nuestros asientos. Yui en medio, Rafaela a su izquierda, yo a su derecha.

Las luces empiezan a bajar. El murmullo de la sala se apaga gradualmente, mientras una pareja discute en voz baja tres filas más abajo.

Alguien abre un envoltorio ruidoso que me hace saltar como un soldado recién vuelto del frente.

—Ahí está —celebra Yui, levantando la mano para saludar alguien al pie de la sala.

Rin Takeda acaba de aparecer por la esquina, lleva una sudadera blanca, las manos metidas en los bolsillos de sus chinos y una expresión de saber que no debería estar aquí. Incluso vestido casual resulta intimidante y absurdamente atractivo.

Cuando nos ve, avanza hacia las escaleras y no viene solo. Lo siguen nuestros pilotos de Hayabusa: Gogatsu y Watanabe, con cara de no saber qué hacen ahí.

La presencia de los tres revoluciona la sala, atrayendo miradas. No necesariamente porque los han reconocido del mundo de la Fómula 1, sino porque son dolorosamente guapos.

—Buenas —dice Gogatsu al llegar a nuestra fila.

Yui se queda congelada. Luego se descongela de golpe.

—¿Takeda-san? —Su voz es un susurro emocionado—. Ha venido…

—A ver la película —responde él, con una naturalidad que da a entender que viene todos los domingos.

Claro, porque eso es lo que hace un CEO un domingo. Ir al mismo cine de barrio al que van sus secretarias. Por casualidad.

—¿Podemos? —pregunta Gogatsu, señalando los asientos libres de nuestra fila con una sonrisa coqueta.

Rafaela y yo intercambiamos una mirada por encima de la cabeza de Yui. Una conversación entera en dos segundos. Estamos perdidas.

—Claro —dice Yui, moviéndose para dejar espacio con una sonrisa que ocupa toda su cara.

El reordenamiento ocurre con la inevitabilidad de una catástrofe natural: Gogatsu al extremo, luego Rafaela, Yui, Takeda, yo y al final Watanabe, que se sienta con la actitud estoica de quien ha aprendido a no hacer preguntas.

—Qué casualidad —murmuro, sin mirarle.

—Sí —responde, acomodándose en el asiento—. ¿Qué tal el barco?

Giro la cabeza.

—Se ha hundido.

—Pero veo que sigues viva.

—Yo soy la sirena que lo ha hundido. —A pesar de que lo digo en broma, él gira la cabeza hacia mí y me observa como si se planteara la veracidad de esa opción.

Reprimo una sonrisa. Su enamoramiento repentino resulta confuso para él también. No comprende cómo ha ido de la indiferencia a la obsesión que lo consume en solo un día. Por un instante, veo los beneficios de esta situación. Podría torturarle, podría vengarme de años de desagravios emocionales.

Los anuncios empiezan a desfilar, aunque ninguno de los dos está prestando atención a la pantalla.

—No había ninguna emergencia en Hayabusa —susurro, sin mirarle—. Quería verme.

—No.

—Reconózcalo —insisto—. ¿No le parece extraño ese interés repentino que tiene en mí?

No sé por qué lo hago. No es que tenga intenciones de explicarle nada sobre el hechizo, pero quiero escuchar lo que opina al respecto.

Takeda no responde y le echo un vistazo.

—¿No tiene novia?

—¿Crees que una mujer saldría con alguien que trabaja tantas horas?

Me cruzo de brazos ignorando las miraditas de soslayo que nos echa Yui, aunque dudo que escuche lo que estamos diciendo.

—Sí —respondo—. Es guapo y rico, lo aceptarían.

Sus ojos conectan con los míos por un instante.

—No quiero una mujer que esté conmigo por dinero o estatus —dice en voz baja—. Quiero algo real.

El peso de sus palabras cae directamente en mi estómago.

—¿Qué hay de Hikari?

La mirada anonadada que me echa, casi me hace reír.

—¿Quién? —murmura, y por su expresión parece que le hubieran preguntado por un fantasma.

—La mencionó una vez, estando borracho. Me… confundió con ella.

Takeda me contempla por un instante. El brillo extraño en sus ojos azuza aún más mi curiosidad.

—No es una novia —dice al final.

—¿Entonces qué es para usted? —no puedo evitar insistir. Necesito saberlo, solo porque ese nombre me ha perseguido durante años como un fantasma. Siempre que lo veía irse a casa me preguntaba si iría a verla—. ¿Es una vecina? ¿Una mascota? ¿Un osito de peluche?

Le escucho soltar una risa seca mientras sus ojos se iluminan por la luz azulada de la pantalla.

—Es una amiga —responde, sin inmutarse.

—Eso es lo que dicen los hombres de las mujeres a las que usan para el sexo sin compromiso.

Esboza una sonrisa de broma privada sin apartar la vista de la pantalla.

—Tal vez…

¿Ni siquiera se va a molestar en negarlo?

—Pobre Hikari. —Me cruzo de brazos al decirlo y por el rabillo del ojo veo que me observa.

—¿Por qué?

—Seguro que está enamorada de usted y esperando un compromiso que nunca va a llegar.

—Lo dudo —es su escueta respuesta.

Tengo ganas de sacudirle para que me lo cuente todo, pero me contengo. Su cercanía es peligrosa. Puedo oler su colonia y sentir el calor que irradia su cuerpo. Cada vez que susurra, su aliento roza mi oreja y me provoca un cosquilleo que baja por mi columna.

—¿Alguna vez la lleva al cine o a cenar, o ella es como Pizza Hut para usted?

—¿Pizza Hut?

—Llama y la tiene caliente en la puerta diez minutos más tarde, lista para ser consumida y desechada igual de rápido.

Me parece escuchar que ríe por la nariz.

—¿No va a responderme?

—No quiero hablar de Hikari ahora.

—¿Entonces de qué quiere hablar?

—En realidad —susurra demasiado cerca de mi oreja para mi gusto—. Estamos en un cine. Se supone que no tenemos que hablar.

—Oh, vamos… ha venido a verme a mí, no a la película.

Eso le arranca una mirada horrorizada.

—¿Ocurre algo? —Yui nos mira con preocupación.

—Estamos hablando de trabajo —respondo más alto.

Alguien sisea agresivamente desde las filas de atrás porque acaba de empezar la película, así que me hundo en el asiento y me decido a guardar silencio.

Aun así, soy incapaz de concentrarme en los diálogos.

No puedo ignorar su presencia, porque es imposible relajarse con un caimán al lado.

La manga de su sudadera casi roza mi brazo.

Hacía tiempo que no le veía vestido con ropa casual. No suele llevar traje a la oficina, a no ser que tenga reuniones con inversores o clientes, pero siempre va formal. Ese modelito le hace parecer más joven y me recuerda al piloto problemático que empecé a representar hace años.

Un instante después me echa un vistazo de soslayo y me pilla observándolo. Me remuevo en el asiento y se me calientan las mejillas. Encima tengo la impresión de que él sí que estaba pendiente de la trama y se había olvidado de que yo estaba ahí. Increíble... menudo hechizo de amor más flojo.

Por el rabillo del ojo le veo revolverse inquieto y parece dudar un momento de algo. Después se inclina hacia mí.

—Podemos seguir hablando fuera —susurra. El brillo en sus ojos y su expresión medio avergonzada me dejan claro sus intenciones detrás de esa petición.

No le contesto de inmediato. Primero porque necesito procesar la reacción de mi cuerpo y enviarla a un recóndito lugar de mi mente donde pueda ignorarla.

Después, necesito un momento para recordarme que está hechizado y por eso cree que quiere estar a solas conmigo.

Realmente no quiere hacer… lo que sea que se le está pasando por la cabeza.

—No, gracias… quiero ver la película —mascullo con la mano delante de la boca. Es probable que ni siquiera me haya entendido, pero parece deducir que mi respuesta es negativa, porque se deja caer contra el respaldo.

La siguiente hora y media es una tortura. Una historia de amor con miradas largas y silencios cargados. Protagonistas que orbitan el uno alrededor del otro durante noventa minutos sin terminar de decirse lo que es evidente para todo el mundo excepto para ellos.

Sigo la trama con la parte del cerebro que queda libre después de destinar el resto a ser conscientemente inconsciente de la persona que tengo a treinta centímetros.

Su calor, su respiración, el movimiento mínimo cuando cambia de postura. La forma en que ocupa el espacio sin invadir el mío, pero sin retirarse tampoco.

Nuestras manos se rozan en el reposabrazos. El contacto es breve pero eléctrico. Ambos retiramos la mano al mismo tiempo, como si nos hubiera quemado. Siento el corazón latiéndome con fuerza.

En la pantalla, los protagonistas se besan bajo la lluvia. La música llega al clímax. A mi izquierda, Yui suspira con anhelo mientras yo me retuerzo de la incomodidad. Por lo menos, Gogatsu come palomitas de forma ruidosa, restándole romanticismo al ambiente.

Cuando termina la película casi salto del asiento y arrastro a Rafaela fuera de la sala con la excusa de que nuestro padre necesita que lleguemos cuanto antes. No miro atrás.

Cuando salimos a la calle, el aire frío me golpea la cara. Rafaela no dice nada. No hace falta.

Camino tres pasos por delante de ella todo el camino a casa.