Hechizo de amor para el CEO 7
20%

7

La puerta corredera de mi casa emite un sonido chirriante que solo me acuerdo de arreglar cuando es de noche y estoy demasiado cansada.

Rafaela está sentada en el suelo del salón con el libro de hechizos abierto frente a ella, y me pregunto si ha presentido algo. Levanta la vista en cuanto entro.

—¿Qué ha pasado?

No me molesto en quitarme la chaqueta. Me quedo de pie con el bolso todavía en el hombro y la sensación de haber sobrevivido a algo que no sé cómo clasificar.

—El hechizo está mal.

Rafaela frunce el ceño.

—Tenía razón. No se ha enamorado de Yui. Creo que… —Ni siquiera puedo terminar la maldita frase.

Rafaela entiende lo que no soy capaz de comunicar, y en su cara ocurre ese proceso que conozco bien: la negación, el cálculo, la aceptación.

—¿Qué ha ocurrido?

Lanzo el bolso sobre la mesa y me dejo caer frente a ella, con las piernas cruzadas y la espalda recta.

—Me ha secuestrado en el parking.

—¿Perdón?

—Ha amenazado con destrozar el coche de Takumi Sato si no me subía al suyo.

—¿QUÉ?

—Y luego, en el coche, me ha dicho que no quiere que salga con nadie.

Sus ojos parpadean varias veces y le dejo un momento para asentar la noticia.

—Vale —dice Rafaela—. No sé si eso es por el hechizo. Se supone que es de amor, no de comportamiento tóxico.

Me abrazo las rodillas mordiéndome la lengua para soltarle un «ya te lo dije».

—¿Pero llegó a mirar a Yui?

—Es evidente que no.

Rafaela traga saliva.

—No lo sé, ha sido muy amable con ella últimamente. Que es justo lo que haría mi hechizo. Ese despliegue de celos y control no es amor.

—Bueno, como dijo Toni Morrison: El amor no es nunca mejor que el amante. Alguien retorcido como mi jefe, por supuesto, va a amar de forma retorcida.

Mientras medita sobre mis palabras, sus dedos acarician su preciado libro de hechizos. Después sacude la cabeza en negación total.

—Bueno, pero tiene que ser por el hechizo —protesto—. Él nunca había hecho esas cosas.

Mi hermana se lleva las manos a la cara.

—Tampoco te había visto nunca con otros… —insiste, desesperada—. ¿No te dijo cosas raras después de verte con Daichi? Ahí ni siquiera le habíamos dado la pócima.

—¿Estás insinuando que ya sentía celos de mi antes?

—Eso parece.

El fuego de la vela que ha encendido antes de que llegara chisporrotea una vez, aunque no sé si es para darle la razón o para indignarse por lo ridícula que es esa noción.

—Mierda —susurra.

—Es el hechizo —digo con determinación, porque la idea de que mi jefe tenga sentimientos de verdad por mí me inquieta demasiado—. ¿Cómo lo solucionamos?

Rafaela se inclina sobre el libro pasando páginas, con una urgencia que no le he visto desde la primera vez que mezclamos ingredientes sin leer las instrucciones completas.

—Tiene que haber algo… aquí… no, esto es para atracción leve… esto es reconciliación… esto requiere luna llena y ya pasó…

Me recuesto hacia atrás apoyando las manos en la madera del suelo, mirando el techo. Las vigas viejas que presencian otra sesión de la bruja desastre y su agente patética.

—Está intensificado —digo.

—Sí —admite sin levantar la vista—. Eso también lo veo.

—No es normal cómo ha actuado hoy. Nunca pierde el control.

—No. Tal vez, si ya tenía sentimientos por ti antes… y fuiste la primera a la que miró…

—Por favor, deja de decir eso. —Mi reacción al escucharlo es digna de discutir con un psiquiatra.

Rafaela se detiene. Sus dedos se quedan quietos sobre una página. Hay algo en su expresión que no me gusta.

—Malu…

—¿Qué?

—Creo que sí que es eso.

Me incorporo.

—El hechizo está amplificado. —Traga saliva.

—¿Por qué?

—En lugar de generar algo desde cero… —busca las palabras, y el hecho de que le cueste encontrarlas me inquieta— ha potenciado sentimientos que ya existían.

El salón se queda muy quieto.

—No digas tonterías.

—Lo dice aquí, que, si el objeto de amor ya está presente en el corazón del hechizado, la reacción puede ser un poco desproporcionada.

—No había nada que potenciar. Él ni siquiera tiene corazón.

Me levanto y voy a la cocina a buscar agua que no necesito.

Rafaela me mira. No dice nada. Y ese silencio suyo, cargado y cuidadoso, es exactamente el tipo de respuesta que no quiero recibir.

—Malu. Seis años trabajando juntos es mucho tiempo para que no haya nada.

La risa seca que escapa de mi boca crea un sonido raro en la habitación.

—¿Qué hay de aquella vez?

—Ya te lo dije, estaba medio dormido y borracho. Me confundió con otra chica.

—Y si solo estaba usando la borrachera como excusa para abrazarte.

—Dijo literalmente el nombre de otra chica —espeto. Aún recuerdo la decepción de estar entre sus brazos por primera vez, después de haber fantaseado con ello tantas veces, para escuchar el nombre de otra.

—¿Qué nombre? —quiere saber ella, como si eso importara.

—Hikari. —Me cruzo de brazos, fastidiada por recordarlo todavía.

—Luz. —Mi hermana saborea la traducción de la palabra— ¿Conocía él alguna chica que se llamara así?

—Yo qué sé. —Me encojo de hombros—. No estaba con él todo el día. Era su agente, no su sombra.

—Ummm —murmura ella, pensativa.

—¿Se puede revertir? —pregunto.

Rafaela pasa páginas. Lee y su expresión cambia de la concentración a la preocupación genuina.

—…no.

—¿Cómo que no?

—Escucha. —Lee en voz alta, con el dedo siguiendo las líneas—: «Romper un hechizo de amor una vez activado puede generar rechazo extremo, aversión o daño emocional irreversible en el sujeto».

Se me seca la boca.

—¿Y si ya me tiene rechazo extremo?

—Malu… —me regaña ella—. Por mucho que te guste decir que Oni te odia, él te contrató para ser su secretaria cuando dejó la Fórmula 1. ¿Crees que eso lo hace alguien que no soporta a su agente?

Cierro los ojos un segundo. Detrás de los párpados veo a Rin con el pelo más corto en el callejón frente a mi casa, al alba.

—Te pagaré el doble —había dicho sin mirarme—. Y no tendrás que lidiar con la prensa.

Y yo había aceptado, solo por el dinero…

Vale, no fue solo por eso. Nunca he sido muy buena mintiéndome a mí misma. Recuerdo perfectamente, sentir un cosquilleo en el pecho al ver que no quería separarse de mí. Pero también recuerdo haber aplastado ese sentimiento para no malinterpretarlo y que me causara problemas.

—O sea que si lo rompemos…

—Podría odiarte. —Hace una pausa tensa—. O peor.

—¿Peor?

—Podría… romperse algo en él. Su capacidad de amar.

El largo silencio que sigue se interrumpe con mi suspiro.

—¿Me estás diciendo que no podemos hacer nada?

—Lo único que se me ocurre es iniciar un ritual de debilitamiento del hechizo y esperar a que surta efecto.

—¿Y cuánto tarda eso? —Me cruzo de brazos. Por la expresión de mi hermana me temo que la respuesta no va a gustarme nada.

—¿Un par de semanas? —Que lo diga a modo de pregunta y con el rostro contraído no es muy tranquilizador que digamos.

Suelto el aire por la nariz.

—Genial. Así que durante dos semanas tengo que soportar el amor falso y no deseado de un jefe al que no soporto.

—Sí. Básicamente. —Rafaela cierra el libro despacio, con las dos manos.

Tengo ganas de arrancárselo y tirarlo a una hoguera, pero lo cierto es que ahora lo necesito más que nunca.

—Empieza el ritual de debilitamiento ya. —Mi voz es prácticamente un gruñido.

Ella asiente con vehemencia y se pone a rebuscar entre las páginas.

—Vas a tener que… tener paciencia con él —dice Rafaela.

—Siempre la tengo —murmuro, pero las dos sabemos que Rin Takeda es mi maldito talón de Aquiles.

Las mañanas de carrera tienen algo eléctrico.

No importa cuántas veces haya estado en un circuito: el aire, con su olor a combustible y a goma caliente, me hace vibrar.

Hay una energía específica en los paddocks que no existe en ningún otro sitio del mundo.

Una adrenalina que te entra por la piel antes de que seas consciente de que está ahí.

Hoy, además, tengo un problema muy específico entre manos: Un CEO hechizado.

—Recuerda ser paciente con él —dice Rafaela a mi lado mientras caminamos con las acreditaciones colgando del cuello.

—Es mi jefe, ya sé cómo tragarme mi opinión y fingir que lo tolero.

—Ya pero… ahora también es tu pretendiente.

No contesto porque llevo desde que sonó el despertador con esa tensión instalada en la base del cráneo, que no se va con café ni con la música que he puesto demasiado alta en el metro.

El box de Hayabusa Engineering está en plena actividad.

Mecánicos moviéndose alrededor del coche, ingenieros con auriculares revisando telemetrías en tiempo real, pantallas encendidas por todas partes con datos que cambian antes de que puedas procesarlos.

El olor a goma y aceite es más intenso aquí dentro.

Todo está en orden y bajo control. Excepto él.

Rin Takeda está al fondo hablando con el ingeniero jefe.

Lleva el uniforme negro ajustado al cuerpo.

Las mangas remangadas dejan ver sus antebrazos fuertes.

Levanta la vista, pero no para hacer un barrido general o revisar el box .

La levanta porque sabe exactamente dónde estoy antes de mirar.

Y no es una habilidad que le haya dado el hechizo, es algo que siempre ha sabido hacer.

Como si tuviera cámaras integradas por todo el cráneo que le envían información sin necesidad de usar los ojos.

Así es como sabía que me había teñido de rosa.

—Vale —murmura Rafaela—. Te ha visto, pero sigue trabajando. Eso es buena señal. No está tan fuera de control como pensábamos.

—Que va, romper el coche de uno de sus mecánicos con una llave inglesa es un comportamiento muy normal.

—Pero no lo hizo, solo te dejó pensar que iba a hacerlo.

—Eso, tu ignora las red flags —le suelto con sarcasmo—. Te vendrá genial para encontrar novio.

—El pobre está hechizado por alguien que ya le gustaba…

Tomo a mi hermana del hombro.

—Hemos hablado sobre esto. —La zarandeo—. Tienes que dejar de decir esas cosas.

—¿Por qué? —me provoca ella con una sonrisita malvada— ¿Te gusta demasiado escucharlo?

Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza.

—Ve a ver si los pilotos necesitan algo —le ordeno, recordando con satisfacción que soy su jefa.

—No, por favor —ruega ella, con las manos en gesto de plegaria—. ¿Puedes hablar tú con ellos?

Es extraño, Rafaela no suele rechistar ni escabullirse de las tareas.

—Tengo que supervisar que todo está bien.

—No me gusta tratar con los pilotos —murmura, pero ya está de camino hacia ellos.

La observo un instante acercarse a los dos, que están ajustándose los trajes.

Va con los hombros hundidos y la cabeza agachada, tratando de hacerse invisible.

Cuando los tiene delante, se gira hacia el más bajito, Gogatsu, y se dirige a él, ignorándo a Watanabe.

Tendré que hablar con ella más tarde sobre sus modales.

Aparto la vista y activo la tablet que llevo en la mano. Reviso los horarios, el orden de los actos, la lista de prensa, cualquier cosa que tenga texto y requiera atención. Durante un rato, logro concentrarme tanto en el trabajo que me olvido de donde estoy.

—Malu.

Cierro los ojos un segundo antes de girarme.

—Takumi, ¿qué tal?

—Bien. —Él me ojea con cierta cautela. Lleva el uniforme de los mecánicos del equipo, y le queda especialmente bien.

—¿Estás mejor? — Se apoya en la estructura metálica junto a mí. Por la expresión de sus ojos, no se cree del todo la excusa que le di anoche por mensaje, sobre que me había sentado algo mal.

—Sí —hago un aspaviento con la mano—. Fue algo que comí a mediodía.

—Ah, entonces tal vez podamos hacer algo hoy después de la carrera…

—No, no puede.

Pego un grito cuando Rin aparece de detrás de una pancarta. Takumi pestañea desconcertado.

—¿Qué?

—Aoki no puede quedar después de la carrera. Ni ningún otro día —suelta Rin con voz grave y cortante.

Su presencia es imponente. Hay una clara advertencia en su postura y en la forma en que mira a Takumi.

¿Cómo ha sabido que estábamos ahí? ¿Cómo ha sabido que estábamos hablando?

—¿Y eso? —Takumi intercambia una mirada confusa entre ambos—. ¿Estáis juntos?

—¡No! —gritamos los dos al unísono. Nos miramos y apartamos la mirada de golpe.

—Por favor, secretaria y jefe… no soy tan cliché —me burlo, soltando una risita nerviosa.

—Ah… ¿entonces? —El mecánico está cada vez más confuso.

—No tiene tiempo para salir con nadie —responde mi jefe—. Tiene un contrato de exclusividad con su trabajo.

Takumi se queda mirando al CEO con la boca abierta.

—Eso… ¿existe? —sus ojos regresan a mí en busca de confirmación, pero lo único que quiero es taparme la cara con la mano.

Rin tampoco parece muy dispuesto a explicarle nada más. Se gira hacia mí.

—Vamos, Aoki —ordena, y echa a andar sin comprobar si lo sigo.

—Lo siento —me disculpo con Takumi de forma rápida y sigo al poseído de mi jefe hasta una de las zonas laterales del box , lejos del ruido principal pero dentro del perímetro visible.

Por un momento temo que sea capaz de hacer algo extraño como intentar besarme en algún rincón.

¿Podría el hechizo provocar que hiciera algo tan loco?

—Quiero que te quedes aquí durante la carrera —dice, señalando una posición concreta cerca de su puesto de mando.

Parpadeo.

—Normalmente estoy con el equipo de comunicación.

—Hoy no.

—¿Hay algún problema con el protocolo de…?

—No.

Nos quedamos en silencio, o al menos todo el que el ruido del circuito permite, mientras alguien grita instrucciones en otro idioma y un motor ruge a lo lejos.

—Entonces ¿por qué?

Sostiene mi mirada un segundo de más.

—Porque quiero que estés a la vista —suelta, sin molestarse en enmascararlo en una instrucción razonable. Su voz baja y autoritaria me provoca un calor traicionero en el vientre.

Aprieto los dedos alrededor de la tablet. «Ten paciencia con él», susurra la voz de mi conciencia (que se parece irritantemente a la de mi hermana)

—Eso no tiene sentido.

—Lo tiene. —Un pequeño destello de irritación brilla en sus ojos. Se da media vuelta para alejarse, no sin antes añadir—: Y mantente alejada de ese mecánico.

Su aliento cálido roza mi oreja al hablar. Me quedo quieta, luchando contra el impulso de inclinarme hacia él.

—Chalado —murmuro para mí misma.

Por supuesto, no me quedo donde me ha indicado. Regreso con el equipo de comunicación para ver la carrera y poder supervisar que está todo bien, porque para eso me paga, no para estar a la vista.

Una cosa es tener paciencia con un hombre hechizado y otra ser su muñeca de trapo. Para esa última, no me paga lo suficiente.