6
Estoy sentada frente a mi bandeja en la cafetería de Hayabusa Engineering, removiendo mi café con la mirada perdida a través de la ventana.
—¿Por qué tienes cara de que se ha muerto alguien? —Rafaela está a mi lado, untando tres toneladas de mantequilla en una tostada.
—Porque es así. Mientras hablamos, muere alguien en el mundo a cada segundo.
—Guau, esta mañana estás de muy buen humor —comenta ella con evidente sarcasmo.
—¡Buenos días! —La voz de Yui suena ligera. Levanto la vista y está radiante: ojos brillantes, mejillas sonrojadas, el pelo recién planchado. Se deja caer en la silla junto a nosotras con una sonrisa que no le cabe en la cara—. ¿No hace un día precioso?
—Tú sí que estás de buen humor —exclama Rafaela—. ¿Ha pasado algo bueno?
Pongo los ojos en blanco por su falta de disimulo.
—Umm, lo cierto es que sí —dice Yui, apoyando los codos en la mesa.
Rafaela y yo intercambiamos una mirada por encima de su cabeza. Aquí viene.
—El señor Takeda… —baja la voz como si fuera un secreto— fue increíble anoche.
Aprieto un poco más la cuchara.
—¿Sí? —dice Rafaela, tratando de disimular su satisfacción.
—Me abrió la puerta del coche. Me preguntó si estaba bien. —Yui suspira—. Incluso me dijo que no tenía que fingir estarlo.
Suelto un bufido de pura incredulidad.
—¿Takeda te dijo que no tenías que fingir estar bien?
—Lo sé, parece increíble. —Asiente, ajena a todo.
—Hasta parece magia —se carcajea Rafaela, creyéndose muy graciosa.
—Y cuando llegamos se quedó un momento más, para asegurarse de que entraba bien.
La cuchara choca contra la taza.
—Siempre ha sido un hombre considerado —suelto con sorna, ganándome una patada de mi hermana por debajo de la mesa.
Yui se pierde mi sarcasmo.
—¿Verdad? No es como parece en la oficina.
No. No lo es. Porque es un hombre bajo los efectos de un hechizo que lleva el chocolate que debí comerme.
—Creo que… —Yui duda un segundo— creo que le gusto.
Rafaela asiente con suavidad. Yo sigo removiendo el café, y mirando el líquido dar vueltas.
—¿Y tú qué crees, Malu? Eres la que más le conoce.
Levanto la vista y le dedico una sonrisa forzada.
—Que te trate bien habla por sí solo.
Por suerte, no tengo que añadir nada más, porque llegan los demás y nos meten prisa para irnos. Rafaela engulle lo que queda de tostada y yo dejo el café como está, sin una pizca de hambre. La cena de anoche me sentó definitivamente mal.
Llegamos al taller puntuales para la Kanshasai .
No es que entienda bien el ritual, habiéndome criado en Brasil, pero incluso yo noto el peso del momento.
El motor está en el centro, elevado sobre su soporte, limpio como si fuera una reliquia.
A su alrededor, ingenieros y mecánicos forman un semicírculo con las manos entrelazadas o los brazos a los costados, en silencio.
—Es raro —murmura Antonio a mi lado. Él tampoco se ha criado en Japón—. Decirle adiós a una máquina.
—No es solo una máquina —responde Keiko—. Es años de trabajo.
Suspiro sin apartar la vista del motor. Me siento melancólica y ni siquiera sé por qué.
—Aoki.
Me giro.
Takumi Sato sonríe apoyado en uno de los bancos de herramientas. Es guapo y alto, y recuerdo bien la presión de sus labios contra mi cuello en la fiesta de nochevieja.
—Cuánto tiempo —dice—. Ya nunca pasas por aquí.
—Es que me tienen liada en las oficinas.
—Ah, el jefe está de vuelta y todos andamos desbordados. —Se acerca un paso—. Aparte de eso, ¿cómo estás?
—Bien.
—Qué escueta.
—Estoy concentrada en el ritual.
Se ríe. Esa risa que sueltan los hombres cuando quieren meterse en tus pantalones.
—Fue el alcohol —digo, antes de que pueda abrir la boca de nuevo.
—¿El qué fue el alcohol?
—Lo que sea que estés a punto de recordarme.
—Nochevieja —dice, con una sonrisa que confirma que ya lo sabía—. Y no fue el alcohol, Malu. Fue que durante unos minutos bajaste la guardia.
—Cosas del año pasado.
—No tienen por qué serlo.
—Umm, ya veremos… —respondo, sin cerrar ni abrir esa puerta. Sus ojos se iluminan con el tipo de interés que no necesito ahora mismo.
—¿Quieres tomar algo hoy después del trabajo? —Cruza los brazos.
—No.
—Ayer salimos y la cena y el alcohol le sentaron mal —interviene Rafaela, apiadándose de él.
—Otro día, entonces —me guiña un ojo. Es un cabrón guapo y lo sabe, solo que… su belleza no es mi debilidad.
No respondo. Estoy más preocupada con el recuerdo del pasillo del restaurante de anoche, que ha aparecido como un flashazo en mi mente, que con lo que está pasando en este momento. Mierda, eso no es buena señal. Tal vez debería aceptar su invitación.
En ese momento llega Rin. Lleva un polo cuyas mangas apenas pueden contener sus bíceps. Se coloca al lado de Yui que lo recibe con una sonrisa brillante.
Noto esa bola en el estómago otra vez. No puedo seguir ignorando lo que es… celos, celos ridículos, enfermizos y abominables que debo destruir en seguida.
Me giro de vuelta hacia Takumi y toco su brazo que tampoco está nada mal en el departamento de músculos.
—Tal vez sí que podemos quedar después del trabajo… —comienzo.
Él me devuelve una sonrisa seductora y abre la boca para responder algo.
Pero un chirrido metálico corta la frase.
Un gancho del techo desciende de golpe, balanceándose en un arco amplio y perfectamente inesperado.
Takumi y yo nos apartamos, y el gancho pasa exactamente por el espacio donde estaba su cabeza un segundo antes.
Después de un instante de silencio absoluto, todos miran hacia el panel de control.
Rin Takeda tiene la mano apoyada en uno de los mandos.
—Lo siento —dice y la aparta.
Takumi frunce el ceño.
—Casi me da en la cabeza.
—Sí, buenos reflejos. —El cumplido del jefe no va acompañado de un tono de admiración, sino más bien de advertencia.
Miro a Rin pero él está concentrado en el motor.
—Comenzamos —anuncia uno de los ingenieros.
Todos se recolocan. Inclino la cabeza junto al resto mientras el ingeniero jefe empieza a hablar de años, de horas, del trabajo que no se ve pero que sostiene todo lo demás.
Escucho a medias. Porque a dos metros, Rin también ha inclinado la cabeza y mis ojos no paran de desviarse hacia él.
Nadie en esa sala cree que haya sido un accidente. Yo tampoco. Pero si lo digo en voz alta tengo que hacer algo al respecto, y no estoy lista para eso.
Keiko se inclina hacia Antonio.
—Se nota, ¿verdad? —susurra, con los ojos en Takeda y Yui, que están uno al lado del otro al otro extremo del semicírculo.
—Totalmente —responde él, en voz igual de baja.
—Hay tema entre esos dos.
—Es evidente.
Vale, no le ha dado al botón a propósito. Todo está bien. Tengo que dejar de imaginarme cosas de una vez y relajarme. Tal vez así, hasta pueda disfrutar de una cita con Takumi. Sí, eso suena como un buen plan. Un poco de sexo con un tipo atractivo para recolocarme las neuronas a golpe de cabecera.
Paso el resto de la tarde mirando la pantalla sin ver nada.
Después hago cosas que me recuerdan a mi antiguo trabajo cuando era la agente de un piloto.
Tenemos una reunión breve sobre el evento del sábado en la que tomo notas con letra ordenada para crear la ilusión de que tengo mi vida bajo control.
Pero por debajo de todo eso, no me quito la sensación constante de estar fuera de mi eje.
Rin me convoca a su despacho. Está sentado tras su mesa revisando algo en el portátil. Ni siquiera levanta la vista como cualquier otra tarde de nuestras vidas. Qué tonta he sido al pensar que estaba hechizado por mí.
—Lo de la carrera de mañana está doblemente revisado —le informo—. ¿Puedo irme ya? Tengo una cita.
No sé por qué he dicho eso último.
Pasamos un segundo de silencio seguido de un gesto vago con la mano, que resulta un poco desdeñoso, como si espantara una mosca. Aprieto los dientes. Hechizado o no, sigue igual de encantador.
—Gracias.
Me giro y camino hacia la puerta. Una parte de mí, ridícula y molesta, esperaba algo. Una reacción, una pregunta… Cualquier cosa.
Agarro el pomo.
—¿Es con Takumi Sato?
Me quedo quieta unos segundos. Después me giro despacio. Él sigue mirando la pantalla. La luz azulada le marca la línea ligeramente apretada de la mandíbula. Sus dedos ahora están inmóviles sobre el teclado.
—Sí —respondo.
Un leve asentimiento. Ni una palabra extra, ni una mirada.
Le observo un segundo más, esperando no sé qué, y luego salgo antes de descubrirlo.
El parking está medio vacío cuando llego. Me cruzo de brazos mientras espero, mirando el móvil sin procesar nada de lo que hay en la pantalla.
Takumi me ha dicho que terminaba a las seis y media y faltan cinco minutos. De pronto, escucho que se acerca un coche, pero no le hago mucho caso, segura de que no va conmigo. Al menos hasta que noto que se detiene justo a mi lado.
El Aston Martin negro y brillante baja la ventanilla y tras el volante está mi jefe con los labios apretados en una línea fina.
—Sube.
—¿Perdón?
—Sube. —Su voz suena baja y autoritaria. Esa voz que siempre logra metérseme debajo de la piel.
—¿Qué ocurre?
No me responde, pero me echa una mirada irritada. Le estoy haciendo perder su precioso tiempo.
—¿Es algo del trabajo? —insisto.
Tampoco responde a eso, así que me cruzo de brazos.
—Ya le he dicho que tengo una cita.
Cuando ve que no me muevo, sale del coche con movimientos decididos. La llave inglesa en su mano y esa expresión oscura lo hacen lucir peligrosamente atractivo. Sin decir nada, camina hacia un Lexus RC aparcado a unos metros. Elegante, caro y perfectamente cuidado. Levanta la llave inglesa.
—¿Qué hace? —Alzo la voz.
—Es su coche.
El estómago se me cae a algún sitio cerca de los pies.
—¿Está de broma?
—Entra en el coche, Malu —repite con calma— o le rompo la luna y no vais a ningún sitio igualmente.
—Está completamente loco. —Mi voz sale chillona. No sé si quiero matarlo o que me bese hasta que me olvide de por qué lo odio—. Eso es vandalismo, es un delito. Es…
Rin levanta la herramienta en el aire para coger impulso.
—¡VALE! —Lo señalo con un dedo—. Vale, deje ese coche en paz.
Camino rápido hacia el Aston Martin y me meto dentro, con el pulso desbocado y las mejillas ardiendo de la indignación.
La puerta se cierra. Él vuelve, se sienta y arranca.
El coche sale del parking con una suavidad absurda, como si nada hubiera pasado.
Como si secuestrar a tu secretaria en el aparcamiento fuera una actividad de tarde perfectamente razonable.
Las luces de la ciudad empiezan a encenderse.
—¿Por qué ha hecho eso? —pregunto al fin, con la voz más controlada que puedo.
—No quiero que salgas con él.
Le miro. Tiene los ojos en la carretera, las manos en el volante, la mandíbula con esa tensión que le conozco de las negociaciones difíciles. Solo que esto no es una negociación. O quizá sí.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Porque no. —Lo repito despacio para tratar de darle más sentido—. ¿Puede ser más específico?
Takeda aprieta la mandíbula.
—Usted nunca se había comportado de esa forma.
Él se detiene en un semáforo en rojo, y me echa un vistazo fugaz.
—No sabía que Daichi te había besado, ni Sato.
Eso me deja en silencio un instante.
—Eso no tiene sentido —replico, girándome hacia él en el asiento—. Daichi y Takumi son adultos. Yo soy una adulta. Es mi vida personal, y usted no tiene ningún derecho…
—Me da igual.
—Aún es el niñato que mordía micrófonos. —Señalo el exterior con un gesto—. Aún le gusta montar escenas.
El semáforo cambia y él arranca, pero para mi sorpresa conduce con calma. No le han enfadado mis palabras.
—Se supone que era sexy.
Le miro sin saber a qué se refiere.
—Lo del micrófono —completa—. O eso decían los comentarios en internet.
—Morder un micrófono no tiene nada de sexy. —Me cruzo de brazos indignada—. La gente dijo eso solo porque era usted y cualquier cosa que haga…
Me callo de golpe al darme cuenta de lo que estoy diciendo. Él me echa una mirada curiosa antes de volver al tráfico.
—No era un cumplido —suelto de carrerilla, totalmente arrepentida. Mi vista se pierde en la ciudad que casi no percibo a través de mi ventanilla.
—Tampoco era lo opuesto a un cumplido —remarca él, con un toque de humor.
—¿Por qué ha hecho esto? —insisto.
Él suspira y se frota la cara como si le doliera tener que admitirlo.
—No quiero que salgas con esos tipos, Malu.
—¿Esos tipos? —Frunzo el ceño
—Daichi, Sato…
—¿Porque trabajan con usted?
—Sí.
Le observo de perfil. El perfil que años de trabajo compartido me han enseñado a leer mejor de lo que me gustaría. Hay algo debajo de esa respuesta.
—Entonces no pasa nada si salgo con alguien que usted no conozca.
El coche frena en seco.
El cinturón se me clava contra el pecho. Mi corazón da un salto que no tiene nada que ver con la frenada. Detrás de nosotros, alguien toca el claxon, pero Rin no se mueve. Solo me observa y hay algo en sus ojos, que no he visto antes o que he estado intentando no ver.
—No quiero que salgas con nadie.
Me quedo quieta. Detrás de nosotros, vuelven a tocar el claxon y ninguno de los dos se mueve.
—¿Por qué? —Ni siquiera sé cómo he conseguido susurrar esas palabras.
Rin traga saliva y su expresión es casi de dolor.
—No tengo la jodida idea —responde al fin.