5
Por la tarde, la ausencia de Rin Takeda tiene un efecto inmediato en la oficina: el aire pesa menos, y entra más fácil por la nariz.
—Entonces… —empieza Antonio, girándose en su silla— ¿esto significa…?
Yo aprieto un poco más el ratón. Rafaela y yo somos las únicas que sabemos por qué ha ido al médico.
—Podríamos salir todos juntos —se anima Kenta.
—¿Salir? —Antonio arquea una ceja—. ¿Un jueves?
—Claro, los jueves son el mejor día para salir.
—Qué joven eres. —Antonio suspira dedicándole una mirada de envidia a nuestro becario.
—Vamos a cenar —propone Mika.
—Yo me apunto —Keiko levanta una mano con manicura roja—. Mi hijo está en un cumpleaños, así que tampoco va a echarme de menos.
—Yo también —se anima Antonio.
Todos empiezan a hablar a la vez. Proponiendo nombres de los izakayas del vecindario que les gustan.
—¿Malu? —Rafaela se inclina hacia mí—. ¿Te vienes?
—Sí… claro —respondo distraída. Una idea molesta no deja de dar vueltas por mi cabeza. ¿Y si le ha pasado algo a Rin por nuestra culpa?
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Rafaela entorna los ojos, claramente sospechando.
—Todo va a ir bien con Oni y su hechizo de amor —me promete con una seguridad que ni siquiera ella siente.
A las 17:05, salimos por grupos de los tres ascensores y convergemos en la recepción.
Keiko está intentando convencernos de ir a cenar a un restaurante bastante más caro, pero los demás no comparten sus gustos sibaritas, solo quieren llenarse el buche y beber alcohol por un precio razonable.
Atravesamos la puerta del edificio en grupo, y por un momento ridículo pienso que esto es lo que debe sentirse al salir de prisión.
Y entonces…
—¿A dónde vais?
Nos congelamos. Y cuando un grupo tan grande se congela parece la escena de una película en pausa.
Rin Takeda acaba de bajarse de su coche, se ha cambiado el traje por unos vaqueros y un jersey antracita que se ajusta perfectamente a sus hombros y pecho. Y tiene pinta de estar lo opuesto a enfermo. Mi estómago se contrae. Odio lo mucho que me afecta su presencia.
Es el fin del buen rollo y de la alegría. De la libertad y la diversión. Va a decirnos que tenemos que volver a la oficina y repasar lo que sea que tiene en mente.
—Eh… íbamos a… —Antonio es el primero en reaccionar, y el primero en bloquearse.
—A cenar y a tomar unas cervezas —suelta Kenta, que todavía no ha desarrollado el instinto de supervivencia.
Todos le miramos.
El CEO observa al grupo, su mirada deslizándose por todos nosotros, después mira hacia el edificio. Ya sabemos cuáles van a ser sus siguientes palabras. Hemos vivido este momento demasiadas veces…
—Me apunto —suelta, con toda naturalidad.
El silencio que sigue a esa extraña declaración, podría cortarse con los documentos que Keiko sigue sosteniendo en la mano.
—¿Perdón? —murmura ella.
—He dicho que me apunto —repite, como si fuera lo más lógico del mundo. Como si salir a cenar con sus empleados un jueves por la noche, o cualquier otro día, fuera algo que hace constantemente y no algo que nunca, en seis años, había ocurrido.
—¡Claro! —Antonio suelta una risa forzada—. ¡Será un honor!
—Antonio, cálmate —murmura Mika entre dientes.
—Conozco un sitio —continúa Antonio, imparable—. Muy adecuado. Buenísimo. Le va a encantar, Takeda-san.
—Vamos entonces —dice Rin. Y empieza a caminar.
Nosotros le seguimos. Porque nadie sabe qué más hacer. Llamar a los bomberos no se siente como lo más adecuado, por mucho que esa situación parezca una emergencia.
El trayecto hasta el restaurante es surrealista. Kenta, en su entusiasmo juvenil, se convierte en su mejor amigo en cinco minutos.
—¿De verdad pilotó en Silverstone hace poco?
—Sí.
—¿Y qué se siente?
—Es cómo cualquier otro circuito.
—Ah…
Le miro de reojo. No parece enfermo, ni siquiera mareado. Camina con la seguridad de alguien que sabe exactamente como de guapo y eficiente es. Las manos en los bolsillos, respondiendo a Kenta con la misma economía de palabras de siempre. Entonces sus ojos se desvían y me pilla mirándolo.
Aparto la cara inmediatamente, pero ya siento calor en las mejillas.
—¿Qué opinas? —susurra Rafaela a mi lado.
—No estoy segura.
—Oh, vamos, Malu —protesta ella—. Es evidente que ha funcionado. Está intentando acercarse a Yui. Busca excusas para pasar más tiempo con ella, sin ir a saco.
—Eso es lo que me extraña —murmuro—. No le pega tomarse las molestias de ser sutil. Pensé que le mandaría una citación para la iglesia, un vestido de bodas a través de un mensajero, y una nota tipo «Nos casamos mañana a las 9, no llegues tarde».
Rafaela se carcajea y Kenta vuelve la cabeza hacia nosotras. Lo que ocasiona que el jefe también lo haga y me observe con una ceja alzada.
Me encojo de hombros y le hago una mueca que dice: «¿Qué pasa? ¿No podemos reírnos?»
Él se gira de nuevo hacia delante con una expresión perpleja. Tal vez no sabe lo que es la risa.
—Grinch —suelto entre dientes y mi hermana me da un codazo.
—El amor le sienta bien, ¿no crees? —suspira—. Ya parece más humano.
—Yo sigo viéndole verde y con antenas.
Rafaela sonríe hacia el frente.
—Creo que hemos hecho algo bueno.
No estoy tan segura.
Antonio se decide por uno de los primeros i zakayas de la calle.
Cruzamos la puerta iluminada con el típico akachōchin (un farolillo de papel rojo que indica que el restaurante está abierto).
Dentro el ambiente es cálido, con luz tenue y madera oscura.
Las mesas largas son perfectas para el tipo de caos que traemos.
A la hora de sentarnos empieza la coreografía.
—Yui, siéntate aquí —dice Rafaela, bloqueándole el paso al resto del grupo para que ella y el jefe queden cerca.
—Takeda-san, este sitio tiene mejor ángulo —añade Antonio, llamando al jefe con su tono de voz más lameculos.
—Da igual dónde me siente.
—No, no, aquí se ve mejor la barra —insiste Rafaela, casi empujándole a la silla contigua a la de Yui—. Y la carta. Y todo en general.
Él la mira un poco desconcertado y yo tengo que reprimir una sonrisa.
Gracias al esfuerzo de mi hermana, Yui y Rin acaban uno al lado del otro.
La cena avanza entre bebidas, risas e historias de trabajo que, con él delante, no deberíamos contar así. Rin participa lo justo. Escucha más de lo que habla, lo cual me resulta perturbador, porque en la oficina nunca le presta atención a nadie.
Mi hermana tiene razón, está diferente. Su mera presencia aquí demuestra que el hechizo ha hecho algo.
En algún momento, le veo bajar la voz y girarse ligeramente hacia Yui. No escucho lo que le dice, pero por el lenguaje corporal parece estar dándole el pésame por lo de su novio.
Sorprendente.
Ella baja la mirada hacia su vaso, cohibida, pero la belleza de Rin Takeda no es algo que se pueda ignorar, ni siquiera cuando tienes el corazón destrozado. Yui está sonrojada y tiene una sonrisita nerviosa bailándole en la boca. Siguen hablando, más bajo, dentro de su propio espacio.
Esto es bueno. Lo hemos conseguido. Se están sonriendo. Por fin esa sonrisa tan especial puede hacer feliz a alguien.
Algo en mi estómago se retuerce y me froto el pecho, dejando el tenedor sobre mi plato y dando un trago largo de agua. He comido demasiado rápido, eso es…
Rafaela levanta su vaso hacia mí, con una sonrisa de bruja radiante.
—Por el amor —susurra.
Choco el mío con el suyo.
—Por salir de la oficina antes de las nueve.
En el baño, el agua fría del grifo tarda demasiado en hacer efecto.
El espejo me devuelve una expresión tensa.
Tengo que relajarme ya. Él está bien, no está enfermo y no le había visto sonreír tanto en…
nunca. Yui está flotando en una nube rosa y ha recuperado el color en sus bonitas mejillas.
Lo cierto es que es guapa. No lo suficiente para él, nadie lo es, pero valdrá.
—Todo está bien —le digo a mi reflejo—. Está funcionando.
Mi reflejo se niega a relajarse.
Salgo del baño y me choco directamente contra su pecho.
Rin bloquea mi paso con una mano apoyada en la pared. De repente estoy enjaulada por su cuerpo, paralizada por la confusión de encontrarme su bíceps delante de mis ojos.
—¿Qué hace? —pregunto, con la voz más ronca de lo que quisiera.
—Tengo una pregunta.
Se inclina más cerca. Su olor es una mezcla de colonia cara y algo masculino. Me envuelve, y puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.
—¿Te gusta esto? —susurra, colocando la otra mano al otro lado, atrapándome completamente.
Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que él puede oírlo.
—¿Está borracho?
—No —responde, bajando la mirada a mis labios—. Pero ahora mismo me siento como si lo estuviera.
Sus ojos recorren mi rostro con una lentitud deliberada.
—¿En qué piensas? —pregunta. Me analiza con la atención de un águila. Él nunca hace eso. Nunca le presta atención a nadie.
—En que está actuando muy raro.
—Me siento raro —admite, sin apartarse ni un milímetro—. Desde esta mañana.
—¿Qué le ha dicho el médico?
—Que seguramente sea el jet lag.
Trago saliva. Él analiza mi rostro durante un instante.
Lo malo de eso es que yo puedo hacer lo mismo con el suyo.
Siempre he creído que lo que más me gustaba de su cara eran sus labios, o el corte de sus pómulos, pero...
acabo de darme cuenta de que son sus ojos.
La forma en la que tiene doble párpado, algo tan poco común en Asia.
La forma perfecta en la que se alargan hacia los lados como si se los hubiera perfilado un maquillador profesional, pero sin una pizca de maquillaje. Son perfectos, dolorosamente perfectos.
¿Qué mierdas estoy haciendo mirándole así?
—¿Puede... apartarse? —logro decir.
Rin levanta ligeramente la barbilla, desafiante.
—¿Qué pasa si no quiero?
El pulso me retumba en los oídos.
—Señor Takeda...
—Rin —corrige en voz baja, casi ronca. Es la primera vez en años que me pide que lo llame así.
Me cuesta respirar. Su cercanía está despertando cosas que llevaba seis años intentando enterrar.
—Mierda —exhalo porque sospecho lo que está ocurriendo—. Mierda.
Mi subida de volumen le hace parpadear.
—Antes en su despacho, cuando Yui ha ido a dejarle unos documentos de Antonio… ¿la miró?
Esa pregunta sí que logra desconcertarlo lo suficiente como para que baje una mano y se eche un poco para atrás.
—¿Qué?
—Esto es muy importante, señor Takeda —retuerzo las manos para contenerme y no sacudirle de la ropa como me gustaría hacer—. Haga memoria. ¿La miró esta mañana cuando ella entró en su despacho? ¿Sus ojos se posaron sobre ella?
Él se toma un instante demasiado largo para pensárselo. Después esboza una sonrisa ladeada que deja a la vista unos dientes imposiblemente perfectos.
—¿Estás celosa?
—¿Qué? —No, no, no… esa respuesta, esa sonrisa…
—Antes me has preguntado si me parecía guapa —dice—. Ahora, si la he mirado esta mañana cuando entró en mi despacho.
—¿Lo ha hecho?
Él suelta una risa divertida.
—No sabía que eras tan posesiva… —Su dedo índice aparta un mechón de pelo de mi frente.
Me ha vuelto a tocar… La segunda vez en el mismo día después de seis años sin ningún tipo de contacto físico, a excepción de aquella vez que estaba borracho, que he intentado borrar de mi memoria.
—No haga eso —le doy un manotazo y su sonrisa se desvanece.
—Lo siento —murmura, removiéndose sobre sus pies mientras pone una mueca—. No sé qué me pasa hoy.
Yo sí. Maldita sea. La hemos cagado a lo grande.
—¿Puede responder a mi pregunta? —insisto con renovada paciencia, y él parece acordarse de por qué normalmente le parezco molesta.
—No recuerdo haberla mirado —dice y el mundo se sacude bajo mis pies.
—Mierda. —Me desplomo contra la pared.
—¿Qué ocurre, Aoki?
—Nada —miento—. Tengo que irme.
Me escabullo con rápidez antes de que pueda detenerme de nuevo.
—Rafaela. —Le agarro del brazo—. La hemos cagado.
—¿Qué ha pasado?
—Takeda no miró a Yui.
Su expresión se congela.
—¿Cómo?
—No miró a Yui después de tomarse la pócima —repito, aun sintiendo que el suelo bajo mis pies ya no está en horizontal—. Creo que fui la primera a la que vio.
Rafaela se tapa la boca con las dos manos. Un gesto que en otras circunstancias sería cómico.
—No…
—Sí.
—Pero el hechizo era para…
—Ya lo sé.
—Entonces tú eres la…
—No lo digas.
Los ojos de mi hermana podrían competir con los de una lechuza en plena caza nocturna.
—…vale, sí —concede al fin.
Nos quedamos procesando. Al otro lado de la mesa, Takeda ha vuelto a su sitio. No me presta atención, sino que le rellena la copa a Yui.
Rafaela me echa una mirada desconcertada.
—¿Estás segura? —susurra.
—Ah… —¿Lo estoy?—. Sí, se ha comportado de una forma extraña conmigo y me ha reconocido que no miró a Yui esta mañana cuando entró en su despacho.
—Tal vez no sea consciente de que la miró… —Rafaela los señala con un gesto de cabeza. Yui está sonriendo como una tonta mientras Takeda le pone trozos de comida en el plato.
—Yo…
—Creo que le has notado raro porque el hechizo está actuando sobre él. Todos nos comportamos un poco locos cuando estamos enamorados.
Respiro hondo. Tal vez mi hermana tiene razón.
Me concentro fuertemente en ignorar que esa idea me hace sentir otras cosas aparte de alivio.
—Seguimos adelante, entonces —claudico.
—Sí.
Miramos a Yui. Luego a Rin. Luego otra vez a Yui que parece estar en el quinto cielo.
—Intentemos que la lleve a casa —dice Rafaela.
Asiento.
Antonio, que lleva toda la noche desviviéndose para que el jefe vuelva a tenerle en buena gracia, se inclina hacia Rin.
—Takeda-san, ¿quiere continuar la nijikai en un karaoke?
—El jefe está cansado —intervengo, haciendo que todos me miren—. El médico cree que tiene jet lag. Es mejor que nos vayamos a casa desde aquí.
Rin me echa una mirada en la que parece que está tratando de descifrar mi comportamiento.
—Voy a llamar a su chófer —anuncio, sacando mi móvil de la chaqueta.
—Señor Takeda, ¿podría llevar a Yui a casa? —interviene Rafaela, siempre oportunista—. Me preocupa enviarla en un taxi sola siendo tan guapa.
Yui parpadea, sonrojada.
Y Rin acaba por asentir.
—Gracias… —digo, irritada. Porque ese es el efecto que él tiene en mí, incluso cuando hace lo que quiero.
Después de pagar la cuenta, nos levantamos, recogemos las chaquetas y salimos del izakaya , a una lluvia fina que ha refrescado el ambiente. El coche del CEO ya está aparcado junto a la acera y Yui sonríe encantada, sintiéndose una princesa con el trato especial.
Rafaela entrelaza su brazo con el mío.
—Vamos a por un taxi —dice.
Asiento dejándome arrastrar, mientras me concentro fuertemente en no volver mi rostro hacia el coche de Rin, que se aleja por el asfalto mojado sin preocuparse de que los demás estemos bajo la lluvia.
Justo como debe ser.