Hechizo de amor para el CEO 4
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Sostengo la taza con una mano y, con la otra, dejo caer el contenido del frasquito. El líquido oscuro no cambia el color del café, ni burbujea. Tal vez, percibo un leve aroma a cacao, pero dudo que él vaya a notarlo, desprevenido como está. Es el crimen perfecto.

—¿Lista? —susurra Rafaela desde su escritorio, sin mirarme.

—No —respondo, pero avanzo hacia su despacho de todas formas. Cada repiqueteo de mis tacones suena demasiado alto.

Llamo a la puerta.

—Adelante.

Mi jefe está revisando papeles y no levanta la vista al escucharme entrar, como de costumbre. La luz de la mañana resalta su mandíbula y el ancho de sus hombros bajo la camisa.

Dejo la taza frente a él con sumo cuidado para que no se derrame ni una gota.

—Café.

El muy maleducado no responde a eso tampoco.

—De nada —suelto con recochineo.

Rin levanta la vista lentamente. Sus ojos oscuros se detienen un segundo más de lo habitual en mis labios, antes de volver a mi pelo rosa.

—¿Por qué aún no has solucionado eso?

—Porque dentro de poco no va a importar.

Rin se queda un momento analizando mis palabras y entonces frunce el ceño. Esa frase no le ha gustado. Me importa una mierda. Giro sobre mis talones para salir de allí antes de que me pueda la presión y me tome yo el café, para ver si así le aguanto más.

—¿Estás pensando en dejar este trabajo?

Sus palabras, o más bien el tono en que las dice me detienen en seco.

—No. —Aunque lo digo con convicción, Rin no es tonto y sabe que mis palabras esconden algo más.

Me observa durante un momento, tratando de desengranar el misterio. Luego coge la taza y mi corazón se dispara. No puedo seguir aquí dentro cuando dé el primer sorbo.

Él se la acerca a los labios.

—Tengo algo urgente —grito y salgo corriendo del despacho cerrando detrás de mi de un portazo.

Una vez fuera, se me escapa una risita nerviosa, imaginando el desastre si yo fuera la primera chica a la que mira después de tomar la pócima.

Mi alivio sale en forma de exhalación larga mientras camino hasta mi mesa.

—¿Qué tal? —pregunta Rafaela en cuanto me siento.

—Acabo de esquivar una bala.

Sus cejas se alzan en una muda interrogación.

—Ha estado a punto de bebérselo conmigo dentro.

Rafaela pone una mueca entre horror y diversión y nos reímos.

—Paso dos.

Rafaela asiente y coge el teléfono sin decir nada más.

—Yui, ¿puedes venir un momento? Necesitamos que lleves unos documentos al despacho del CEO. —Una pausa—. Sí, ahora mismo.

Cuelga. Nos miramos. Y, por alguna razón, las dos nos agachamos ligeramente detrás de nuestras pantallas, como si eso nos hiciera invisibles.

—¿Crees que va a funcionar? —murmura.

—Lo descubriremos pronto.

Esperamos, fingiendo que estamos trabajando pero con toda la atención en la puerta del CEO.

Me tenso al escuchar pasos, sobre todo porque no son tacones. Son los pasos incorrectos.

—¡Mierda!

Antonio va, carpeta en mano, directo hacia el despacho de Takeda.

No. No, no, no.

Saltamos de las sillas al mismo tiempo e interceptamos al hombre con tanta brusquedad que lo empotramos contra la pared.

—¿Qué pasa? —pregunta, desconcertado.

Le quito la carpeta de las manos.

—Tengo que entregar eso a Takeda —se queja él, tratando de recuperarla.

—No —chillamos las dos a la vez.

Antonio parpadea.

—¿Perdón?

—El CEO está de mal humor hoy —improviso.

—Pero si me acaba de pedir que se lo traiga.

—Pues… no te lo recomiendo —añade Rafaela, con seriedad—. Si quieres conservar tu trabajo.

Antonio nos mira como si acabáramos de perder la cabeza.

—Me arriesgaré —se mofa, usando su ventajosa estatura para quitarme la carpeta—. No quiero que el señor Takeda crea que me estoy escabullendo del trabajo.

—Pero…

Decidido, Antonio nos esquiva y sigue su camino hacia el mayor desastre de nuestra historia como brujas aficionadas.

Rafaela y yo intercambiamos una mirada horrorizada. Sin hablarlo, saltamos hacia él, sujetándole de los brazos. A estas alturas, Antonio está dispuesto a forcejear.

—Ni siquiera he firmado el informe con mi nombre —jadea, deshaciéndose de nuestro agarre—. Si no se lo entrego yo, me robaréis todo el mérito.

Rafaela acaba agarrándole por la cintura y, como él sigue andando, hace que se le bajen los pantalones. En ese momento, Yui aparece y nos encuentra desnudando a Antonio.

—¿Me habéis llamado? —Su cara es una máscara de perplejidad.

Aprovecho que Antonio se está levantando los pantalones, para quitarle la carpeta y dársela a Yui.

—Esto es para que se lo lleves al jefe.

—¿Qué? ¿Y por qué ella sí? —se queja el dueño, enfurruñado—. ¿Es que le pasa algo conmigo?

—Una chica guapa es justo lo que necesita ahora para animarse.

—Rafaela, le da palmaditas en la espalda a Antonio para consolarlo.

Mientras, yo guío a Yui hacia el despacho de Takeda.

Abro la puerta, con cuidado de mantenerme oculta tras la chica, y la empujo al interior como quien arroja una cabra en la jaula de un león hambriento.

Kenta, desde su mesa, nos mira con la taza de café suspendida a mitad de camino entre la mesa y su boca, sin comprender nada de lo que acaba de presenciar.

—Esto no está bien —se queja Antonio.

—Sí lo está —responde Rafaela—. Confía en nosotras.

El hombre se aleja rechistando, nada conforme con lo ocurrido.

Nos quedamos quietas junto a la puerta cerrada de Oni, conteniendo la respiración y esperando que se escuchen gritos de animalillo siendo devorado o el cántico típico de los rituales de sacrificio de una virgen.

Pero no se oye nada. Ni siquiera cuando pego la oreja a la puerta.

—Por favor… —murmura Rafaela—. Que funcione…

Pasan unos segundos que se sienten como años. La puerta se abre y Yui sale como si nada, mientras yo me escondo detrás de la puerta.

—Eso ya no es necesario —se burla Rafaela.

—No quiero ser la segunda persona a la que mira tampoco, por si acaso.

Rafaela pone los ojos en blanco.

Interceptamos a Yui antes de que pueda dar dos pasos.

—¿Ha pasado algo? —pregunto.

—¿Algo de qué?

—¿Ha dicho algo raro? ¿Te ha mirado diferente? —interroga Rafaela.

Yui frunce el ceño.

—No… Se ha comportado como siempre.

Nos desinflamos las dos a la vez.

—Ah.

—Vale.

—Genial.

Yui nos mira como si estuviéramos locas.

—¿Estáis bien?

—Perfectamente —decimos a la vez.

Ella se va, no muy convencida. Y nosotras volvemos a nuestro escritorio con mucho menos brío.

—Ha fallado —murmuro.

—No ha fallado. Solo no ha activado aún.

Asiento por no romper la confianza de mi hermana, pero no me siento muy positiva.

Pasan los minutos sin que nada ocurra. Rin no sale del despacho para ir a buscar a Yui y pedirle que se case con ella. La ansiedad de no saber si han funcionado o no me carcome, así que decido enviarle un e-mail.

De: María Luiza Aoki.

Asunto: ¿??

Señor Takeda: Yui ha entregado los documentos solicitados.

Quería mencionarle, puramente a efectos de gestión del equipo, que está atravesando un momento personal difícil.

Cualquier gesto de reconocimiento profesional hacia ella sería muy bien recibido.

Es, por cierto, una de las incorporaciones más valiosas del departamento en todos los sentidos.

Saludos cordiales.

Le doy al botón de enviar y me muerdo las uñas mientras espero una respuesta que me aclare si el hechizo ha funcionado o no. Tal vez un poco de interés en su reciente ruptura, o algún reconocimiento de la belleza de Yui. Algo. Pero pasa media hora sin que él responda.

Me pongo a revisar otros correos, demasiado distraída y nerviosa como para responder ninguno. Y entonces me entra una notificación de él, que casi me hace caer de la silla.

De: Rin Takeda

Asunto: ¿??

En quince minutos nos reunimos, espero que este despliegue de tiempo libre signifique que tienes todo listo para la carrera del sábado.

El bufido que suelto podría haber tirado su puerta abajo. Mi forma violenta de teclear hace que Rafaela me eche un vistazo curioso.

De: María Luiza Aoki.

Asunto: ¿??

Dígame solo si le parece guapa o no.

De: Rin Takeda

Asunto: ¿??

Deja de forzar el despido. Ya te he dicho que no te voy a dejar ir.

—¡Este hombre es insoportable! —grito, atrayendo varias miradas curiosas.

Diez minutos después, el intercomunicador suena.

—Sala de reuniones. Ahora. —No hay nada de amor en esa voz fría. Nada.

Con toda la eficiencia posible, llenamos la mesa alargada de la sala de reuniones contigua a su despacho. Él entra por la puerta que comunica ambas estancias, revisando papeles sin mirar a nadie.

Empieza a hablar antes de que Kenta pueda cerrar la entrada del pasillo y sentarse.

—El evento de Fórmula 1 de este sábado. —Levanta la vista y sus ojos van a parar justo a mi rostro. Se quedan ahí, paralizados. Como si el CEO hubiera olvidado lo que iba a decir o yo tuviera el rostro de su abuela fallecida.

Frunzo el ceño. Él también parece confundido. Pestañea, carraspea y aparta la mirada.

—…necesitamos tener toda la documentación lista antes del viernes.

Sigue hablando, pero parece distraído. Se equivoca en una cifra, se corrige.

Hace pausas donde no las hacía, sus ojos posándose en mí y escapando en cuanto alzo las cejas.

Como si no quisiera hacerlo, pero no pudiera evitarlo.

Cada vez que me mira siento un cosquilleo en la piel.

Es la misma mirada que tenía cuando discutíamos en boxes …

justo antes de que me pasara la noche girando entre mis sábanas y soñando con él.

Me remuevo en la silla, pero entonces algo maravilloso sucede. Rin se aproxima a Yui, que está sorbiendo por la nariz a cada poco, seguramente porque ha venido de llorar del baño, y le ofrece un pañuelo.

—Oh, gracias, señor Takeda —dice la joven, sorprendida por el gesto.

Rafaela y yo intercambiamos una mirada esperanzada y contenemos una sonrisita. ¡Ha funcionado! Su corazón se está llenando de amor, es solo que tenía tan poco dentro que le va a llevar un rato volver a latir.

La reunión termina y todos se levantan.

—Aoki, quédate un momento.

Suspiro y espero a que la puerta se cierre.

—Asegúrate de que toda la documentación del evento esté correcta —murmura, pero su voz es más baja e íntima—. Los pases VIP… deberíamos solicitar unos cuantos extra, por si acaso.

—Buena idea.

Asiente y levanta la vista. Sus ojos se posan en algún lugar de mi rostro con una fijeza poco habitual, en alguien que siempre rehúye todas las miradas.

—Tienes… —murmura y su mano se alza hacia mi mejilla—. Una pestaña caída.

Después del instante de shock de notar sus dedos cálidos y firmes sobre mi piel, parpadeo y recuerdo las nociones de cortesía básica.

—Gracias —musito.

Sus ojos se quedan enganchados en los míos un instante que se me hace extraño y largo. Entonces traga saliva y se afloja el primer botón de la camisa, como si de repente le apretara.

—¿Se encuentra bien? —pregunto.

Él asiente frotándose la nuca y mirando hacia la puerta.

—Eso es todo —me despacha.

—Bien. Hasta ahora —me despido y me dirijo hacia la salida.

—¿Aoki? —Su mirada se aparta en cuanto se encuentra con la mía—. ¿Puedes cogerme cita con el médico?

—Claro.

Salgo. En el pasillo me detengo un segundo con la mano todavía en el pomo, aun notando la piel de mi mejilla donde me ha tocado. El corazón me va a mil por hora, mientras repaso la lista de ingredientes mentalmente, tratando de comprobar si es alérgico a alguno de los componentes.

No, no que lo recuerde. Aun así, lo primero que hago al volver a mi mesa es cogerle una cita con su médico de cabecera.

—¿A qué viene el ceño? —La voz de mi hermana me llega desde su mesa—. Creo que ha funcionado.

—No sé, me ha dado la impresión de que no se encontraba bien y ha pedido ver un médico.

Rafaela hace un aspaviento desechando la idea.

—Es normal que se sienta raro, de pronto está enamorado. Esas cosas suelen ser progresivas. Dale un momento al pobre chico.

Exhalo y trato de relajar los hombros. Todo va a ir bien. No hemos envenenado al CEO, le hemos llenado de amor. Es solo que los sentimientos bonitos no son naturales para él. Es como ponerle lacitos rosas a un escorpión.

—Supongo —susurro y me concentro en el proceso de solicitar más pases VIP a la FIA.

Confiar y soltar… es lo único que puedo hacer ahora.