Hechizo de amor para el CEO 3
11%

3

La azotea de Hayabusa Engineering no parece parte del mismo edificio donde se roban horas de vida.

Arriba hay césped artificial perfectamente recortado, sofás modulares en tonos grises, mesas bajas de madera clara y plantas en macetas, que alguien riega con más cariño del que recibimos nosotros.

El cielo está despejado y demasiado bonito para un miércoles.

Son las ocho de la mañana y estamos todos en filas preparados para el ritual del Rajio Taiso .

La melodía empieza a sonar desde los altavoces: ese piano lento, casi nostálgico, que todos en Japón conocen desde niños.

Mi cuerpo responde igual, aunque lo haya aprendido más tarde.

Brazos arriba. Giro, estiramiento. Memoria muscular y tradición aunadas.

—Tengo agujetas de arrastrar tu maldita cómoda ayer —le murmuro a Rafaela sin dejar de mover los brazos.

—De nada.

—No era un gracias.

—Alguien tiene que preocuparse de ejercitar tus músculos.

Delante, Kenta bosteza porque seguro que salió de fiesta, ajeno a que todos tuvimos que volver a la oficina hasta tarde. Por lo menos que se salve él.

—No podemos volver a lo mismo —susurra Keiko en uno de los cambios de postura—. Llegué a casa a las diez y media de la noche.

—Necesitamos que tenga vida fuera del trabajo —dice Mika desde el fondo.

—Una novia —añade Antonio, muy serio mientras gira los hombros—. Algo que lo distraiga…

El piano sigue sonando. Entonces, alguien a quién no veo desde aquí propone:

—Todo se solucionaría si se enamorara.

Miro a Rafaela. Rafaela me mira a mí, una pregunta bailando en sus ojos.

Asiento despacio, sabiendo que no hay más alternativas.

Si queremos evitar volver a nuestra antigua vida de tardes encerrados en la oficina, necesitamos ocuparnos de Takeda.

Mantenerle ocupado en algo que le motive más que su empresa, y al ser el tipo de persona que solo ama el reflejo en su espejo, necesitamos magia para conseguirlo.

—¿Vamos a hacerlo? —susurra mi hermana, sacándome de mis pensamientos.

—De acuerdo —claudico, esperando no arrepentirme de esta decisión más adelante. Su sonrisa aparece, lenta y satisfecha.

En ese preciso momento, la puerta de la azotea se abre.

Rin Takeda entra y todos contenemos el aliento. Se quita la chaqueta mientras camina, la deja sobre uno de los sofás sin mirar y, sin decir una palabra, se coloca frente a nosotros. Luego se arremanga. No, peor. ¡Se quita la maldita camisa! Se queda con una camiseta negra y ajustada.

Silencio absoluto, mientras las notas del piano parecen hablar de su esplendoroso cuerpo.

Mis ojos, traidores, bajan por sus hombros, bíceps y antebrazos tensos.

Las venas están marcadas sobre unos músculos mucho más fuertes de lo que recordaba.

Y cuando el ejercicio nos pide girar, mis ojos, que ya han decidido actuar por cuenta propia, bajan un poco más.

No me queda otra que notar lo bien que se ajustan sus pantalones ejecutivos a la zona de los glúteos. Esa parte también ha mejorado.

—Madre de Dios… —susurra Mika, y por un momento la confundo con la voz de mi conciencia.

Me giro hacia el frente antes de que alguien me atrape en el acto.

—Podría pagarnos las horas extra en carnes —añade Keiko—. Para que nos compense.

—Señoras, por favor. No es para tanto —murmura Antonio, con la poca convicción de alguien que tampoco ha podido evitar mirar.

El codo de Rafaela se clava en mis costillas con muy poco disimulo.

—Por lo menos va a ser fácil que la candidata le corresponda —dice bajito.

—Tiene que ser alguna que sea sorda —murmuro—. Para aguantar su personalidad.

Rafaela rompe a reír en silencio, tapándose la boca con la mano.

Rin realiza los movimientos de forma perfecta y sin esfuerzo, como lo hace todo en su vida.

Eso me fastidia. Hay una parte de envidia en mi desprecio hacia él, por su forma de destacar en la multitud.

Aparto la vista y mis ojos de detienen en Yui que está dos filas más atrás.

Siguiendo los movimientos con el cuerpo, pero su mirada permanece perdida en algún punto entre los edificios del horizonte.

Tiene ojeras que el corrector no ha podido tapar del todo y parece que le pesan los brazos.

Pobre, no tiene que ser fácil superar una traición doble.

Una bombilla se enciende en mi cabeza.

—Rafaela —murmuro sin girarme.

—Dime.

—Yui.

Hay una pequeña pausa de confusión.

—¿Qué pasa con Yui?

—Su novio la engañó con su mejor amiga.

—Ya lo sé, me lo contó en el baño ayer por la tarde. Me la encontré llorando.

Cambio de postura con el resto.

—Sí, eso es perfecto.

Rafaela me echa un vistazo entre confuso e indignado.

—Ella es la candidata perfecta. Es joven, guapa. Es exactamente el tipo de persona con la que un hombre arrogante querría que lo vieran.

Rafaela tarda un segundo en procesar.

—¿Tu crees?

—Sí.

—Pobre… está pasando por un momento difícil.

—Por eso. —Bajo más la voz—. Necesita olvidarse. Necesita algo que la saque de ese bucle. Y él necesita a alguien que le saque del despacho.

—Estás hablando de sacrificar a Yui.

—Estoy hablando de ayudar a dos personas al mismo tiempo. Él deja de torturarnos con horas extra. Ella deja de mirar el móvil esperando que ese gusano escriba para pedirle perdón.

Rafaela guarda silencio durante dos cambios de postura completos.

—Pues no es mala idea —dice al fin.

—¡Ves!

Rafaela echa un vistazo discreto hacia Yui, que sigue flotando en su propia desgracia a dos filas de distancia.

—Vale —murmura.

—Lo preparamos esta noche

Rafaela suelta el aire despacio.

—Esto es una locura.

—Todo lo que hacemos lo es.

—Podría salir fatal.

La música termina y todos empiezan a ponerse las chaquetas. Mi vista vuelve a posarse en la espalda de Rin, y mientras le observo abotonarse la camisa, no puedo evitar preguntarme si nuestra relación cambiará cuando sea un hombre felizmente enamorado.

Me giro hacia mi hermana, sacudiéndome esos pensamientos con un movimiento de cabeza. Ella está recogiendo su bolso de uno de los sofás con una expresión de duda, que en parte es culpa mía. La machaco demasiado cuando un hechizo no sale bien.

—O podría funcionar y ser la mejor idea que hemos tenido desde que hechizaste a papá para que dejara de fumar. —Le ayudo a ponerse el blazer y recoloco los rizos que han quedado atrapados debajo.

—Ya, pero he cometido fallos con las últimas recetas y…

No le doy tiempo para lamentarse. La tomo por los hombros.

—Te ayudaré con los ingredientes, y tendremos mucho cuidado.

—¿Vas a revisarlo conmigo? —Se sorprende. Normalmente no quiero tener nada que ver con ese libro.

—Sí, esta vez vamos a prepararlo juntas y va a ser el mejor hechizo de amor de la historia. Además, si revisamos bien los ingredientes… ¿qué puede salir mal?

El patio de nuestra vieja casa es uno de mis lugares favoritos en el mundo.

Esta noche la madera desprende calor bajo mis piernas, después de recibir rayos de sol durante todo el día.

El sonido de los grillos es relajante, y el cerezo en flor que arroja pétalos rosas por todas partes, da la nota de color al principio de la primavera.

Además, huelo al dashi que el vecino está cocinando y estoy de muy buen humor.

—Tengo un buen presentimiento sobre este hechizo —digo, toqueteando los ingredientes que nos rodean.

—Bien, eso atraerá buenas vibraciones y hará que funcione. —Rafaela prende la llama de la vela roja que ha colocado frente a ella. Está rodeada de pétalos de rosa, canela, miel, un hilo rojo, un cuenco con agua y, por algún motivo que no termino de entender, chocolate.

—¿Esto es para que me lo coma? —Me lo llevo a la boca, pero ella me lo quita de un manotazo.

—Es un hechizo de amor, Malu. No hay nada más amado en este mundo que el chocolate.

—Amén.

Rafaela hojea el libro. Está más tensa de lo normal porque quiere que esta vez salga bien. No quiere cometer fallos.

—Vale, dice aquí: «Para que el hechizo funcione, debe existir intención pura. Debemos pronunciar en voz alta algo positivo sobre la persona que va a consumir el hechizo.»

Me cruzo de brazos.

—¿Y si no hay nada positivo?

—Esa no es la actitud…

—Está para darle duro contra el muro. —Voy a lo obvio—. Tanto que resulta un incordio.

Rafaela suspira y se frota una ceja.

—No pueden ser atributos físicos, si no algo de la persona que lo haga digno de amor.

—Pues lo llevamos claro. —Me cruzo de brazos y apoyo la espalda en una de las columnas que sostiene la zona techada, levantando el rostro al cielo oscuro en busca de inspiración.

La luna brillante nos saluda desde el cielo y parece reírse de nosotras y nuestro patético intento de mandar amor a alguien que no tiene corazón.

Mi mente hace un rápido inventario de mi vida junto a él, tratando de encontrar algo.

—Es un buen piloto —murmuro—. Cuando competía no había nadie más rápido que él, Nadie que condujera con menos miedo de estamparse.

—Umm.

Bajo la vista hacia Rafaela y la veo torcer el gesto.

—No estoy segura de que eso valga. No veo que arriesgar su propia vida por dinero, lo haga digno de amor.

—Oh, él nunca lo hizo por dinero. —Una cascada de recuerdos acude a mi mente—. Le daban igual los patrocinadores, ese era uno de mis quebraderos de cabeza.

—¿Por qué crees que lo hacía entonces?

Me encojo de hombros.

—¿Sabes? Creo que nunca llegué a entenderle.

—Umm —vuelve a decir ella—. Piensa en algo, por favor. Esa parte es importante. Si no conseguimos sentir un instante de aprecio por él, esto no va a funcionar.

Un silencio que habla por sí mismo, se extiende entre nosotras.

—¡Ya sé! —celebro, dando una palmada en el aire—. Siempre nos paga a tiempo. No hemos tenido ni un solo retraso de nómina. Eso es algo que amo.

—Umm —vuelve a dudar ella—. No estoy segura de que sea mérito suyo. Más bien del departamento de contabilidad.

Se me escapa un bufido.

—Creo que no vamos a poder elaborar este conjuro. ¡Es imposible!

Rafaela me ignora.

—Empiezo yo. —Coge un pétalo y lo deja caer en el cuenco. Cierra los ojos—. Rin Takeda es increíblemente disciplinado. Y ha construido algo que da trabajo digno y bien pagado a muchas personas. Le aprecio por eso.

El agua tiembla ligeramente. Eso ha sido raro.

—Tu turno.

La fulmino con la mirada. Luego miro el cuenco, la vela, el libro y el chocolate, que aun quiero comerme.

Todo esto es ridículo. Rin Takeda no merece amor.

Cojo un pétalo y lo giro entre los dedos, y me viene un recuerdo en boxes de un día que hacia un calor horroroso.

El ruido del motor no me dejaba pensar siquiera.

Tenía veinte años y poca experiencia. Los cables del micro se me estaban enredando y el jefe del pit lane me gritó algo enfadado que ni siquiera llegué a entender.

—Una vez le tiró el café encima a un tipo que había sido grosero conmigo —empiezo, sin mirarla.

Rafaela no dice nada.

—¿Vale eso? —Trago saliva.

—Dímelo tú, ¿qué sentiste en ese momento?

—Agradecimiento… y puede que algo más.

—¿Crees que es suficiente? —indaga.

Tal vez no, pero hay algo más que puedo intentar. Recuerdo la sonrisa que me dedicó después de tirarle el café. La sonrisa de Rin Takeda es algo que, contra toda coherencia, me acerca al imposible sentimiento de quererlo.

Me concentro y Rafaela asiente.

—Bien, impregna el pétalo de ese sentimiento —indica.

Trato de hacerlo y lo dejo caer en el cuenco. Esta vez, el agua vibra más fuerte y la vela chisporrotea casi al unísono.

Rafaela mezcla los ingredientes con cuidado y luego levanta la vista.

—Ahora solo queda una cosa.

—¿Qué?

—Que se lo beba.

Asiento. Puedo echárselo en el café de la mañana igual que hice con el otro. Un pequeño delito por un bien mayor.

—¿Y después?

Rafaela inhala profundamente.

—La primera persona a la que mire después de tomarlo será su objeto de amor.

Me recorre un temblor.

—Vale, así que se lo doy con el café y luego enviamos a Yui a su despacho.

Rafaela asiente.

—Tenemos un plan.