Hechizo de amor para el CEO 2 #2
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Por el rabillo del ojo veo cómo Takeda aprieta ligeramente la mandíbula. Ese pequeño gesto me produce una satisfacción peligrosa.

—Nos vemos, Aoki —dice Daichi, con un toque suave en el brazo antes de marcharse.

La puerta se cierra y el buen rollo se queda fuera.

—¿Por qué tonteabais? —pregunta Takeda, con voz más grave de lo normal.

No debería contestar, pero lo hago. Porque es su compañero de equipo y tal vez le fastidie.

—Nos besamos una vez.

Sus ojos oscuros bajan un segundo a mis labios antes de volver a subir y detenerse en mi flequillo.

—¿Cuándo?

—Después de la victoria en Suzuka —respondo, observando su cara con atención porque quiero ver señales de que le molesta. Pero para mi pesar su rostro se mantiene impasible.

—Curioso —comenta dirigiendo la vista hacia los ascensores.

—¿Qué es tan curioso?

—Mientras dábamos la rueda de prensa, tras la victoria de Suzuka tus ojos no se apartaban de mí.

Se me escapa una risa seca e incrédula. ¿Cómo alguien puede ser tan arrogante?

—Tal vez porque usted siempre la liaba con la prensa y yo estaba al borde del infarto en cada maldita entrevista.

Rin da un paso más cerca y se me acelera el pulso. Seis años de odio no han conseguido matar esta maldita atracción.

—Siempre me estabas mirando, no solo en las entrevistas —continúa él, rebuscando algo en su bolsillo, hasta que da con la tarjeta para acceder a los tornos del edificio.

Suelto un bufido, pero me arden las mejillas.

—¿Cómo lo sabe si nunca mira a nadie? —lanzo, dejando que mi desagrado por su persona se filtre en mi voz. Él se lo está buscando.

—No me hace falta, noto tus ojos perforándome el cráneo.

Aparto la mirada, que tanto le molesta, y me muerdo el labio para no soltarle todo lo que pienso.

—No voy a negar su belleza, no tiene sentido. —Me cruzo de brazos—. Pero sí voy a decir esto: cuando le miro solo veo problemas laborales que tengo que solucionar más tarde.

—Perfecto, eso es justo lo que tienes que ver —comenta él satisfecho, y logrando que me sienta insultada. ¿De verdad necesitaba humillarme por sentirme atraída cuando nos conocimos?—. ¿A dónde ibas?

—A casa.

—No. —Saca el móvil y empieza a deslizar— ¿Estás informada de los errores del nuevo motor?

—A medias.

—Necesito un informe con los datos que los ingenieros de telemetría llevan un mes registrando.

—De acuerdo, lo redactaremos mañana.

—Hoy —ordena.

Respiro hondo y miro hacia la puerta automática a diez metros, que parece estar burlándose de mí.

—Los demás ya se han ido.

—Llámalos. Necesitamos enviar una recopilación de los fallos técnicos del nuevo motor de inyección a la FIA, o el equipo no va a poder tomar decisiones a tiempo para la próxima sesión.

Lo fulmino con la mirada, pero no puedo evitar fijarme en cómo la camisa se le ajusta al pecho cuando se cruza de brazos.

—Pero…

Él se mira el carísimo reloj de la muñeca.

—Son las cinco y ocho, no pueden andar muy lejos.

Cierro los ojos un segundo y respiro hondo.

Quince minutos después, nuestro lado de la oficina vuelve a estar lleno.

—Le había dicho a Itsuki que iba a llevarle al parque. —Keiko teclea sin ganas.

Antonio se estira desde su silla.

—Yo había reservado para pilates.

—Al menos Kenta se ha librado —suspira Rafaela.

—Le he dicho a Oni que no me había cogido el teléfono, pero en realidad no le he llamado —susurro—. Solo es un becario… me niego.

—Eres mejor persona de lo que crees —responde mi hermana sin dejar de teclear—. Por eso deberías apoyar mi idea de ayudar al CEO.

Suelto un largo suspiro sin comprometerme con una respuesta. Ya no estoy segura de nada.

Voy a la fotocopiadora y recojo el borrador de la primera página para comprobar que le gusta el formato o si quiere que añadamos alguna otra cosa. Llamo a la puerta de su despacho y entro del tirón.

—Necesito que me diga si vamos por buen camino.

Takeda alarga la mano sin levantar la vista.

Se lo entrego y aguardo en silencio a que lo revise. La luz de la lámpara le ilumina los pómulos y la línea fuerte de la mandíbula.

—Me vale, pero añade el nombre del mecánico.

Asiento, aunque no sirve de nada porque ni me mira. Algo se me retuerce dentro.

—¿De verdad le parece normal esto?

—¿El qué?

—Tener a todo el mundo aquí a estas horas.

—Si hicieran bien su trabajo durante el día, no haría falta —responde, pero su tono es más suave.

Cierro la boca porque sé que este informe debería estar hecho de la semana pasada.

—¿Y usted no tiene planes? —suelto—. ¿Asustar a un grupo de niños? ¿Rebozarse en el lodo?

Rin se echa hacia atrás en la silla y me mira con una media sonrisa peligrosa.

—Te estás volviendo muy impertinente, Aoki.

—Es humor. ¿Sabe para qué sirve?

—¿Para que te despida? —pregunta, tranquilo—. Así cobras el paro.

Abro la boca, pero él se me adelanta.

—No te dejaría ir —dice de repente, volviendo la vista a la pantalla como si no hubiera sido nada.

En el silencio que sigue solo escucho el latido acelerado de mi corazón.

Salgo sin responder. En el pasillo, Rafaela me mira con las cejas levantadas.

—Nada —digo antes de que abra la boca.

Ella sonríe y vuelve a su pantalla.