Hechizo de amor para el CEO 2
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Una de las ventajas de trabajar con mi hermana es que solemos llegar a la vez a casa. Nunca me ha gustado quedarme sola en esa vieja vivienda tradicional japonesa, donde la madera cruje y el silencio está lleno de sus suspiros.

Empujo la puerta con el hombro y dejamos los zapatos en el genkan (costumbre que sobrevivió a dos países y un divorcio).

El olor a sopa de miso me envuelve al instante, anunciando que mi padre también está en casa.

—Ya estamos aquí —chillo por costumbre.

—Llegáis tarde.

La voz firme de mi padre proviene del salón.

—Oni está de vuelta.

—Oh, ¿cómo está Rin? —su tono se vuelve mucho más entusiasta. Mi padre adora a Rin Takeda, aunque explote a sus dos hijas.

—Desagradable e irritante como siempre. Tal vez un poco más que antes —respondo.

Rafaela se me adelanta descalza por el pasillo, ignorando el intercambio y sin añadir nada de su propia cosecha. La sigo hasta el salón.

Papá está sentado en el suelo frente a la mesa baja con la espalda recta y la televisión encendida en un volumen casi inaudible. Su pelo, completamente blanco, cae hacia atrás. Frente a él, humea la sopa recién servida.

Levanta la vista un segundo hacia mí.

—¿Qué ha dicho de tu pelo?

—Que lo solucione —gruño, al recordarlo.

—Buen chico —murmura y vuelve a mirar la televisión.

Suspiro y me dejo caer frente a la mesa, estirando las piernas.

—¿Quieres sopa? —grita Rafaela desde la cocina.

—Sí —respondo en un chillido, y después bajo el volumen para hablar con mi padre—. Supongo que la probaré, aunque la haya preparado un traidor.

Él sonríe sin querer.

—¿Qué me hace un traidor exactamente?

Le acribillo con la mirada mientras sorbe su sopa sin una pizca de culpa.

—Apoyar a Oni en lugar de a tus hijas.

—Es el jefe, no el enemigo. —Deja el cuenco sobre la mesa y me dedica una expresión seria—. Os da de comer.

—Ya y… ¡a qué precio! —suspiro

Rafaela aparece con dos cuencos humeantes, los deja sobre la mesa y se sienta frente a mí.

Sin decir nada, alarga la mano hacia la estantería baja.

Saca el libro de hechizos de su abuela materna.

La cubierta de cuero oscuro está desgastada en los bordes.

Las páginas, amarillentas, parecen demasiado frágiles para resistir el paso del tiempo, y la tinta escrita en portugués se está difuminando.

—¿Qué haces con eso? —me alarmo. Después de hacer a Rin aún más atractivo ya no me fío de ella—. ¿Quieres hacerle más rico o algo así?

—Estás obsesionada con Takeda —responde ella con la misma naturalidad.

Aprieto los dientes.

—¿Para qué lo quieres entonces? Llevabas cuatro meses sin tocarlo.

—Hacer el mal se vuelve en tu contra —murmura mientras pasa una página con cuidado—. Tal vez deberíamos hacer algo bueno por él.

—¿Cómo darle un alma? —Mi propuesta va acompañada de una sonrisa de inocencia fingida.

—No es tan malo.

Mi cuchara queda suspendida en el aire a medio camino hacia mi boca.

—¿Quién es la que está obsesionada? —resoplo.

—Lo que quiero decir es que tiene cosas buenas como todo el mundo —continúa sin levantar la vista del libro—. Tal vez le falta algo a su vida que lo hace volcarse tanto en el trabajo.

Bajo la cuchara despacio.

—Ahhhh, ¿así que ahora a «ser un tirano hijo de satanás» lo vamos a llamar «ser demasiado trabajador»?

Rafaela sonríe de lado y no me responde.

—Fue el clavo —murmura, señalando una línea del libro—. Aquí pone «clavo consagrado». Yo usé uno normal.

—Genial. Le dimos una mejora en lugar de un downgrade .

—No tiene sentido. No creo que haya sido el hechizo. Creo que la edad y el gimnasio le han sentado bien.

Suelto un bufido. La imagen de mi jefe saliendo del ascensor cruza por mi mente y me recorre un escalofrío. Cambio de canal mentalmente. Tengo el resumen de ganancias sin terminar y mañana habrá otro Takeda esperándome. Eso sí que es un problema real.

—Ojalá hubieras usado clavo de hierro sagrado —gimo, frotándome la frente.

—Consagrado —corrige ella.

—Ya, demasiado tarde para ponerte tan específica, ¿no crees?

Levanta la vista hacia mí con esa cara que pone cuando tiene una idea.

—¿Qué crees que necesitaría para relajarse un poco?

—¿Qué alguien le saque el palo del culo?

—¡María Luiza! —me regaña mi padre, que había estado convenientemente callado.

—¿Extirparle seis toneladas de ego?

—Lo digo en serio, Malu. —Rafaela me dedica una mirada paciente.

—Yo también, tiene que ser agotador andar con el peso de todo ese ego. —Me inclino hacia delante y cierro el libro de golpe, pillando el dedo de mi hermana dentro.

Papá cambia de canal, pasado de nuestras tonterías, mientras Rafaela se frota la mano y me mira ceñuda.

Como si ya no estuviera lo suficientemente presente en nuestras vidas, en la pantalla aparece Rin Takeda.

Tiene el logo de una escudería británica detrás, en un circuito con gente gritando.

Rin se quita el casco. El pelo sudado se le pega a la frente, tiene la respiración agitada y esa sonrisa arrogante que siempre me ha hecho querer abofetearlo… y luego besarlo hasta que se le borre.

El estómago me da un vuelco. Maldita sea. Ha recuperado la chispa. Esa chispa peligrosa que lo hacía lucir invencible y absurdamente sexy dentro y fuera de la pista.

—«Aparición sorpresa de Takeda en el circuito de Silverstone» —lee Rafaela en voz alta.

El estómago me da un vuelco. Llevaba años sin subirse a un Fórmula 1.

—«…tras cuatro años retirado, el ex piloto japonés volvió a subirse a un monoplaza en un evento privado en Londres…» —continúa la voz en off .

No es el hechizo. Es esto.

—Por eso está así —murmuro.

—¿Así cómo?

—Ha recuperado la chispa —termino.

Rafaela ladea la cabeza.

—¿Y qué se la quitó?

La pregunta se queda flotando en el salón. No hace falta responderla. Yo lo sé. Lo vi hace años, en boxes . Cuando gritaba. Cuando rompía cosas. Cuando no obedecía a nadie. Cuando yo intentaba que posara para la prensa y él me miraba como si el mundo entero le diera igual.

—La adrenalina de la competición le perdía —digo al final.

En la tele, Rin vuelve a subirse al coche. La cámara sigue el movimiento y se me aprieta el pecho sin permiso.

—Es el momento ideal para que le ayudemos —exclama Rafaela, volviendo a abrir el libro.

—¿Que le ayudemos con qué?

—A ser más feliz.

La fulmino con la mirada.

—¿Por qué iba a hacer feliz a alguien que me hace la vida imposible?

—Porque si él está bien, los demás también lo estaremos.

—Lo dudo.

—Podemos intentarlo, Malu.

Aprieto los labios.

—No merece la pena.

En lugar de responder me dedica una de esas sonrisas de ya veremos. Si cuando quería perjudicarle le ayudó, no quiero ni pensar en lo que pueda hacer ahora que mi hermana va con buenas intenciones. Me temo lo peor.

Al día siguiente, Rin Takeda se mantiene gloriosamente fuera de nuestro camino. Su llegada reciente le obliga a pasar la mañana en los talleres inspeccionando los últimos prototipos. Para el almuerzo ha quedado con un amigo y antiguo compañero del equipo de Fórmula 1.

A las 16:57, tres minutos antes de nuestro horario oficial de salida los ánimos están altos, pero la tensión se palpa en el ambiente.

No es algo visible. Si alguien de fuera entrara en ese momento, solo vería adultos trabajando en silencio frente a sus pantallas.

Aunque por debajo hay bolsos medio cerrados, chaquetas listas en el respaldo de las sillas y una sola ventana abierta en la pantalla para fingir productividad hasta el último segundo.

—Ya no va a venir —susurra Keiko sin apartar la vista del monitor.

—Quedan dos minutos y cincuenta y cuatro segundos —celebra Antonio con disimulo.

Kenta parpadea.

—¿Qué pasa con que sean casi las cinco?

Nadie responde, porque lo va a descubrir él solito pronto. Probablemente mañana, cuando Oni pase el día con nosotros.

Yo no levanto la vista de la pantalla, pero tengo el bolso enganchado en el brazo. Rafaela, a mi lado, ya lleva el abrigo puesto.

—¿Seguro que no vuelve? —murmura.

—Ha salido con un amigo. Habrá bebido.

—No lo gafes asegurando nada.

16:59.

El silencio se vuelve denso. Antonio se incorpora despacio, murmurando algo en español que suena a plegaria. Kenta deja la taza en la mesa con un clack demasiado alto y se sobresalta él solo.

17:00.

Sillas arrastrándose. Tacones. Cremalleras. Una estampida perfectamente organizada.

—¡Hasta mañana!

—¡Buen trabajo, equipo! —dice alguien, cargado de optimismo.

Me levanto con el corazón ligero por primera vez en todo el día.

—Corre —le digo a Rafaela.

—No me lo digas dos veces.

Atravesamos la recepción casi riendo. La puerta automática está a unos pasos. A unos malditos pasos y ya diviso el cielo azulado de la tarde.

Entonces se abre y la oscuridad entra con el rostro de Rin Takeda.

Camisa burdeos con dos botones desabrochados, dejando ver un trozo de piel bronceada y el inicio de un pecho firme.

Mangas remangadas que marcan sus antebrazos musculosos.

El pelo ligeramente despeinado y los hombros sueltos, lo que me indica que ha bebido.

—Vaya, vaya —dice el hombre que lo acompaña y que me está mirando con un brillo embriagado en los ojos.

—¿Daichi?

Daichi Kimura sonríe y por un momento es como si el tiempo no hubiera pasado.

—Sigues igual —dice, acercándose—. Bueno… —Mi pelo rosa recibe su atención—, igual no.

—Tú también has mejorado. —Le sonrío, recordando el sabor del champán en sus labios después de aquella carrera que ganó, y decidió celebrar en mi boca detrás del set de entrevistas.

—Te vi antes, pero no estaba seguro. —Un brillo divertido le baila en los ojos—. El pelo me despistó.

—Decisiones cuestionables.

Se ríe.

—Para nada, te queda genial.

—Mi jefe no opina lo mismo.

Percibo a Rin por el rabillo del ojo, parado a nuestro lado.

—¿Sigues trabajando para este ogro? —pregunta Daichi, usando el tono bajo de un secreto compartido.

—Por desgracia.

—Tienes aguante.

—O mala suerte.

Nos reímos. Hasta que él inclina la cabeza con coqueteo.

—Deberíamos quedar para cenar. Ponernos al día.

—Claro —respondo, automática. Aún sabiendo que mis próximas cenas van a ser en mi escritorio.