1 #2
Siento un calor incómodo en el pecho. No es solo rabia. Es la forma en que lo imagino diciendo esa orden en voz baja, cerca de mi oído, como solía hacer cuando discutíamos en el box .
—¿Qué pasa? —Rafaela se inclina hacia mi mesa
Giro el monitor.
—Oh —suelta después de leer.
—¿Te lo puedes creer? —Mi tono no ha bajado ni un poquito—. Ese capullo ni saluda, pero me escribe para esto.
—Sabes que odia el rosa.
La fulmino con la mirada.
—¿Por qué crees que escogí este color?
Rafaela sonríe despacio.
—Eres un poco suicida.
—¡Voy como me da la gana!
—Le estás provocando.
—¿De qué lado estás?
Ella apoya la barbilla en la mano, con aire pensativo.
—Qué curioso, parecía que ni nos había mirado, pero sí que ha visto tu pelo.
Vuelvo el rostro hacia mi pantalla; mis manos tensas sobrevuelan el teclado. Quiero responderle que se vaya a la mierda. No debería dejar que me afectara, pero no hace ni cinco minutos que ha llegado y ya estoy histérica.
—¿Tienes algún hechizo para que le salgan furúnculos dolorosos? —murmuro.
—Déjate de hechizos.
—No voy a rendirme tan fácil.
—Hay una lección en todo esto.
—¿Y bien? —insisto al ver que no añade nada.
—No le desees el mal al prójimo porque puede volverse en tu contra.
—Tampoco es que se haya vuelto en nuestra contra.
—Umm —murmura ella.
—Umm, ¿qué? —Tengo los nervios crispados, y en parte es culpa de ella.
—He visto cómo le mirabas… así que un poco en contra tuya sí que se ha vuelto.
Suelto una risa seca e indignada.
—¿Qué pasa… que tú has visto a Golum salir del ascensor? —No puedo creer que me eche eso en cara. Cualquier mujer con ovarios funcionales reacciona de la misma manera a Rin Takeda. Es un golpe bajo.
—Obviamente, tengo ojos y sé que parece un Dios, pero tú siempre tuviste una debilidad especial por su belleza.
—Iuuu, retira eso.
Rafaela se ríe.
—Desde que le conociste… tus ojos hacen chiribitas.
—De odio.
—Y pasión…
La mirada que le echo podría marchitar las flores y pudrir las frutas que hay encima de su escritorio. Mi propia hermana está siendo cruel conmigo hoy, justamente hoy que él ha vuelto. Bueno, mi «media» hermana, como me gusta llamarla cuando me saca de quicio.
—Hace años, cuando era su agente joven y tonta, y no sabía que estaba podrido por dentro, tal vez me hicieran los ojos chiribitas… Pero, ahora lo único que me hacen cuando le miro es el haraquiri.
Rafaela se carcajea.
—¿Vas a responderle? —pregunta después de cinco minutos de silencio ofuscado por mi parte.
He estado contemplando opciones de respuesta y ninguna me parece tan satisfactoria como la primera:
De: María Luiza Aoki
Estimado señor Takeda:
En respuesta a su solicitud sobre mi cambio de estilo le sugiero que se compre un unicornio alado, se monte sobre el cuerno (introduciendo dicha zona en sus musculosas posaderas) y vuele hacia la mierda de la que está hecha su personalidad.
Atentamente,
Malu.
Contemplo el mensaje unos segundos más, fantaseando con enviarlo.
—¿Aoki?
El sonido grave y profundo de su voz tan cerca me eriza la piel. Doy un respingo y cierro la ventana del correo con torpeza, el corazón latiéndome en la garganta.
Rin está de pie frente a mi mesa, más alto e imponente de lo que recordaba. Desde este ángulo puedo ver cómo el jersey se estira sobre su pecho. Huele a perfume caro y a algo peligrosamente masculino.
—¿Siempre reaccionas así ante una presencia humana, o es algo personal? —Su voz baja es como una caricia.
—¿Humano? —Me enderezo en la silla, poniendo una expresión fingida de inocencia—. Nunca sospeché que usted lo fuera.
No sonríe ante mi intento de humor, obviamente.
—El resumen de ganancias. Lo necesito.
—No está listo aún.
Sus ojos oscuros se clavan en mí.
—Contabilidad lo envió hace una hora.
Trago saliva.
—He estado ocupada.
—¿En qué?
—En su vuelta.
—¿Mi vuelta? —repite. Su mirada baja un segundo a mi mesa. El café frío y una manzana a medias que se ha puesto marrón.
—¿Qué trabajo te ha ocasionado mi vuelta, si no me has preparado ni café?
Odio cuando se pone en ese plan, sobre todo si tiene razón.
—Mucha meditación para hacerme a la idea —rezongo. Su mirada oscura baja lentamente por mi cuello, pero se detiene antes de llegar a la abertura de mi blusa y vuelve a mis ojos.
Desde su mesa, Rafaela tose. Esto es un espectáculo para todo mi equipo.
Mi jefe se cruza de brazos.
—¿Para hacerte a la idea de que vas a tener que trabajar duro para variar?
Que lo haya formulado en forma de pregunta hace que me sonroje.
—Si no está contento con mi trabajo… —Vaya, esto ha escalado rápido. Ni cinco minutos bajo el mismo techo y ya estamos planteando el despido.
Ignoro la mirada horrorizada de Rafaela, que percibo por la periferia de mis ojos, y me dispongo a terminar la frase.
—No, no lo estoy —me interrumpe él—. Lo estaré cuando me envíes el resumen de ganancias.
Suspiro y asiento.
—Enseguida, jefe.
Eso parece aplacarle un poco. Sus ojos ahora suben a mi flequillo.
—Tampoco has respondido a mi e-mail
Aprieto la mandíbula.
—Justo estaba a punto de enviárselo.
—Hazlo —me reta, sacándose el teléfono del bolsillo de los vaqueros.
Horror. Me quedo petrificada.
—Ahh… El caso es que… —Me rasco la nuca mientras improviso— me falta terminar de redactarlo.
—Envíamelo como está, solo necesito saber cuándo vas a solucionarlo.
Otra risa seca escapa de mis labios.
—Señor Takeda… No creo que mi estilo sea relevante para la empresa —suelto tratando de sonar todo lo paciente y cordial que puedo.
—¿Eso es lo que has redactado en ese e-mail que estaba a punto de llegarme?
Trago saliva y asiento despacio.
—Veámoslo pues. —Levanta el móvil y señala mi ordenador, a la espera.
No puedo creerlo. No era tan tocapelotas conmigo desde que discutíamos en boxes para que se pusiera la gorra con el logo del patrocinador, que él se negaba a llevar porque decía que habían venido a verle a él y no a la marca.
Nos miramos.
—Estoy esperando.
—Señor Takeda…
—Mi tiempo es oro —señala, empezando a impacientarse.
—Yo…
—Envíalo de una vez, Malu —ordena, agitando dos dedos en el aire. Un gesto que podría ser obsceno en otras circunstancias, que nunca llegarán a presentarse con ese hombre por muy físicamente adecuado que sea.
Me enfurece que se esté comportando de nuevo como el niñato al que le gustaba pisar el pedal del acelerador en las pistas, sin preocuparse por el vehículo o su propia seguridad.
Así que hago una locura y se lo envío, golpeando el botón del Intro con tanta fuerza que podría hacer un agujero en la mesa.
El unicornio alado y todo. Ya no hay vuelta atrás.
Después contengo el aliento, mientras le observo toquetear la pantalla y leer mi mensaje.
Su rostro se paraliza por un instante y entonces sus ojos se alzan hacia mí.
Veo el viejo brillo peligroso en ellos, el que tenía cuando iba a soltarle una barbaridad a la prensa o cuando se enfadaba conmigo en pleno subidón de adrenalina de la carrera.
—Supongo que sabe que yo no… iba a enviarle ese mensaje de verdad, es solo…
Se gira y se va sin añadir nada más y sin dejarme terminar.
Creo que pasan cinco minutos sin que respire ni me mueva. ¿Estoy despedida? ¿Después de seis años de cordialidad forzada e irritación reprimida (a ratos) este es mi fin en Hayabusa Engineering?
Rafaela golpea mi mesa con la tapa de su bolígrafo.
—¿Qué ha sido eso?
No respondo. Tengo la vista en la pantalla, pero no veo nada. Solo siento el pulso acelerado y la irritación recorriendo cada nervio de mi cuerpo.
—Está raro… —susurra ella.
—Solía ser así antes. —Abro el archivo de contabilidad.
—¿Cuándo?
—Cuando pilotaba —añado, ya tecleando—. Pensaba que había madurado un poco, pero se ve que no.
Rafaela sonríe.
—La verdad es que es guapo. A veces lo olvido hasta que le tengo delante de nuevo. Esos labios, esos pómulos...
—¡Rafaela! —estallo— ¿Puedes fantasear en voz baja?
Mi hermana asiente y me pongo con el resumen de ganancias, preguntándome si será lo último que haga para esta empresa.