Hechizo de amor para el CEO
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Hace seis años que trabajo para el demonio, y no lo digo en sentido metafórico. Por eso mi alma se está volviendo negra, igual que el café olvidado en mi taza de Minnie Mouse de Tokyo Disneyland, que no fue diseñada para contener algo tan amargo. Ni yo para trabajar para alguien tan insoportable.
Mi pobre padre rezaría cinco padrenuestros seguidos si supiera que le he dado a mi jefe una pócima mágica para que se vuelva feo.
O, siendo razonables, un poco menos guapo.
Porque nadie con esa personalidad debería tener esa cara.
Es publicidad engañosa. Su rostro es una trampa perfecta, una de esas flores vistosas que atraen a los insectos solo para devorarlos.
Lo peor de convertirme en mala persona es la posibilidad de ir al infierno cuando muera y… encontrármelo allí. Esperándome con algún proyecto que quiere rehacer desde el principio y cero pizca de agradecimiento. Se me eriza la piel solo de pensarlo.
Sacudo la cabeza y obligo a mis pensamientos a cambiar de dirección. No voy a ir al infierno por una estúpida pócima. Además, ni siquiera sabemos si ha funcionado. Se la dimos antes de que se marchara a Londres, hace cuatro meses.
En el caso de que haya surtido efecto, no pienso sentirme culpable.
Atacar a mi jefe es prácticamente defensa propia.
Tengo las pruebas delante de mis narices ahora mismo: el ambiente fúnebre de la oficina.
Todo el mundo sabe que Rin Takeda vuelve hoy, después de cuatro meses en el extranjero, abriendo la filial de Londres.
Toda la planta parece atascada en la fase de la depresión del duelo.
Keiko acaba de besar la foto de su hijo de tres años.
—Mamá va a intentar llegar antes de la cena —le susurra a la imagen, sin creérselo ni ella.
Antonio está apoyado junto a la fotocopiadora con una mano en la zona lumbar, recordando los peores momentos del dolor de ciática que lleva meses sin molestarle.
Kenta, el becario que empezó hace tres semanas, es el único que sigue vivo en espíritu. Prepara un café con una sonrisa. Aún no sabe lo que le viene… Me recuerda a una gacela bebiendo en el arroyo, ajena a que un depredador anda al acecho.
—Disfruta mientras puedas —digo al pasar por él—. Hoy llega Oni.
La cabeza de Kenta se alza de golpe.
—¿Perdón?
—Nada, cosas mías.
Oni-shacho , el presidente Ogro: Así llamamos al CEO de Hayabusa Engineering, donde coordino el equipo de secretaría de dirección.
Oni , el demonio japonés, no es el único apodo que Rin Takeda se ha ganado a lo largo de los años.
La revista Nikkei Business lo llamó Shihon no Soujuushi (el piloto del capital) por haber multiplicado los ingresos de la empresa de su padre en tiempo récord.
Y cuando era piloto de Fórmula 1, la prensa lo llamaba «El caramelito», porque con él tenían espectáculo asegurado.
Guapo y problemático. En una rueda de prensa mordió un micrófono y le arrancó la espuma con los dientes.
Internet tardó tres minutos en convertirlo en meme.
Yo tardé menos en darme cuenta de que trabajar para él era una mala idea.
En mi oscuro estado de distracción, me choco con alguien que sale por la puerta del baño de mujeres.
—Oh, perdona, Malu… —La voz acongojada de Yui me saca de mis pensamientos.
Tiene los ojos rojos, el maquillaje corrido y la nariz hinchada.
—No me digas que estás llorando por su vuelta…
Yui parpadea y niega con la cabeza.
—No es por Oni… —murmura y entierra la cara en un pañuelo arrugado para sonarse la nariz por lo que debe ser la enésima vez.
—¿Qué te ocurre entonces?
De primeras parece reacia a contármelo, pero, apenas unos segundos después, se le hunden los hombros y acaba suspirando en rendición.
—Mi novio… me ha engañado.
Ah, por lo visto no todos los males del mundo los ocasiona nuestro jefe.
Me enderezo despacio.
—Lo siento, Yui. —Mi mano va a parar a su hombro a falta de palabras de consuelo. No tengo ni idea de lo que debe estar sintiendo. No es que yo tenga tiempo para novios. Me sorprende que ella sí… debe ser una relación reciente—. ¿Estás completamente segura de que lo ha hecho?
Ella suelta una risa seca y enfadada.
—Le he pillado con la cara hundida entre las piernas de mi mejor amiga —escupe.
La escena tan gráfica que ha descrito me choca hasta el punto de parpadear varias veces.
—Guau, eso es… imposible de malinterpretar.
—Ajá —lloriquea ella.
—Lo siento, Yui. Es una doble traición… debe de doler mucho. —Mis palabras lo empeoran más que otra cosa, porque ella rompe a llorar más fuerte.
—No te preocupes. Eres joven y muy guapa, te mereces algo mejor. —Eso parece animarla un poco.
—Gracias, Malu. —Esboza una sonrisa débil—. Lo peor es que lo quería…
—No, no. —Agito el dedo delante de su cara—. Querías al personaje que él había inventado y que no existe en realidad. Y sobre tu amiga…
Antes de que pueda terminar de despotricar, suena el teléfono de la oficina. Ese maldito sonido hoy parece más alto que de costumbre.
Me pongo los cascos inalámbricos que llevo en el cuello y atiendo la llamada.
—Planta ejecutiva —saludo. Si mi mano apretara el auricular un poco más lo pulverizaría.
—El señor Takeda acaba de llegar al edificio. —La voz del recepcionista de la planta baja hoy suena en mi cabeza como Darth Vader.
Cuelgo despacio y miro a todos.
—Oni… Ha llegado.
El efecto es inmediato: sillas que se mueven, espaldas que se enderezan, almas que abandonan cuerpos.
Yo suspiro y me recoloco la falda de tubo.
—Voy a recibirle —susurro. No porque quiera, sino porque es mi trabajo.
Rafaela, mi hermana, aparece a mi lado sin que nadie la haya invocado. Caminamos hasta el pasillo frente a los ascensores en silencio.
—Después de la pócima y estos cuatro meses… —murmura—, ¿cómo crees que estará?
Cruzo los brazos.
—Tal vez se le noten las arrugas del estrés. Ojeras… Algo de chepa.
Rafaela asiente con total seriedad.
—Igual ha perdido pelo.
—O ha desarrollado una leve papada.
—O las dos cosas.
—Eso sería justicia divina.
—Eso sería mi hechizo funcionando —corrige.
Sonrío y niego con la cabeza.
—Somos malas personas.
—Me rogaste que lo preparara —se indigna.
—Vale, soy —corrijo—. Soy mala persona.
El sonido del ascensor nos corta y las puertas se abren. Un silencio cinematográfico se apodera de la sala. Contengo la respiración y noto la mano de Rafaela apretar la mía.
Rin Takeda está dentro. Y no tiene papada, ni barriga cervecera. ni ojeras, ni alopecia… Está mucho mejor que hace cuatro meses. Cosa que no hubiera creído posible.
Su presencia llena todo el espacio. Los hombros más anchos, los brazos marcados bajo ese jersey que se ajusta indecentemente a su torso. La mandíbula más definida, la mirada más penetrante. Maldita sea.
Rin sale del ascensor y la iluminación natural que entra por los ventanales lo confirma. Su cabello ha crecido un poco, y le llega por las mejillas marcadas. El look favorece a su rostro bronceado. ¿Quién demonios se broncea en Londres?
En lugar del traje, ha viajado con un jersey azul casi gris que abraza sus hombros y sus bíceps, mucho más musculosos que cuando se marchó de Japón.
—¿Qué has hecho, Rafaela? —murmuro, notando que me tiemblan las piernas. Y eso que sé que bajo toda esa piel sexy hay un cretino de primera.
—No lo entiendo —la oigo susurrar—. Los ingredientes… el clavo tal vez…
¿El clavo? El maldito clavo… Noto uno, pero es de metal, está oxidado e incrustado en mi corazón. La suerte de ese idiota ha hecho que Rafaela se equivocara con los ingredientes… Le ha hecho más guapo que antes.
¡No es justo!
Rin Takeda camina hacia nosotras, mientras le dirige una sonrisa ladeada a su padre.
Odio esa sonrisa de dientes perfectos. La odio porque, cuando aparece, es el instante en que menos le odio.
Es la sonrisa que cuando era joven y tonta me hacía temblar, y no de miedo, precisamente.
Me costó mucho enseñar a mi cuerpo a no reaccionar a ella, y hoy ha debido olvidarse de la lección.
Mierda.
«Solo es un cuerpo bonito que oculta un lobo» repito mentalmente mi viejo mantra. Solo estoy desentrenada, se me pasará en seguida.
Cuadro los hombros y carraspeo.
—Bienvenido señor Takeda. —Llevo seis años tratándole de usted. Al principio porque era lo correcto, luego porque era lo seguro. Hay cosas que, una vez que empiezas, no sabes cómo parar sin que parezca que estás cediendo—. Confío en que haya tenido un vuelo agradable.
Su padre nos dedica una sonrisa afable, pero él pasa de largo. Sin responder y sin mirarnos. La puerta de su despacho se cierra a su espalda.
—Ni una mirada —murmuro, con algo ardiendo en el pecho—. Qué sorpresa.
Rafaela ladea la cabeza.
—Igual sí ha funcionado mi hechizo.
Mi rostro indignado se vuelve de golpe hacia ella y tengo ganas de sacudirla de los hombros.
—¿Es que no has visto lo mismo que yo?
—Está más feo por dentro —concluye con una sonrisita resignada.
—Genial, justo al revés de lo que queríamos.
De camino a mi mesa trato de hacerme a la idea de la nueva situación. Takeda está de vuelta, se acabó la paz, se acabó la armonía. Pero yo puedo con esto y con más. Puedo con cinco como él si me lo propongo.
Toco el ratón para que la pantalla de mi ordenador salga del modo hibernación.
Tengo mucho trabajo pendiente: las listas de invitados para el evento de la semana que viene, actualizar la tabla resumen de ganancias con las cifras que me pasó el departamento de contabilidad.
Pero antes de que me pueda poner con eso, aparece la notificación de un mensaje nuevo.
De: Rin Takeda.
Lo abro.
Tu pelo está rosa. Soluciónalo.
—¡Ese cretino! —grito, atrayendo las miradas de varios compañeros.