Hecha de cicatrices Capítulo Cuarenta #2
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Capítulo Cuarenta #2

—Es indignante que nos culpen, como si tuviéramos que justificar nuestras vidas. No es egoísmo, es libertad. ¿Qué quieren, encerrarnos en casa, igual que en el pasado o en países gobernados por islamistas extremos? ¿Prohibirnos estudiar o trabajar para solucionar la crisis de fertilidad?

—Algunos creen que el confinamiento durante la pandemia de covid-19 generó un aumento en los nacimientos en ee. uu. , y que volver a encerraros en casa podría resolver el problema.

—El electorado jamás aceptaría eso.

—Por eso han diseñado un tsunami de bebés.

Lo perciben como una bendición que impulsará la economía yanqui y aumentará de manera exponencial la fuerza laboral, así como la base de consumidores y, por ende, de contribuyentes americanos.

Es su antídoto para el colapso demográfico.

Quieren avivar con ello el gasto de consumo, los ingresos fiscales y, por supuesto, el número de reclutas para las fuerzas armadas con las que realizarán operaciones militares por todo el mundo para perpetuar el colonialismo.

Impulsando una mayor tasa de natalidad, pretenden reconfigurar el mapa geopolítico, con el propósito de recuperar influencia a nivel global.

Están dispuestos a todo por seguir proyectando sus valores a otras naciones, porque los consideran moralmente superiores a los de cualquier otra cultura.

—¡Eso es horrible! —exclamó Giannina, sintiendo cómo cada palabra de Xi la golpeaba con la fuerza de un puñetazo, fracturando toda su comprensión del mundo. La inocencia que le quedaba se desmoronaba ante la magnitud de la manipulación y la crueldad.

—Lo mismo pensamos nosotros. Discriminan por raza y etnia; por eso tus compañeras rusas no se quedaron embarazadas durante vuestra misión espacial, ni tampoco la portadora que te contagió, que era de origen indio.

Además, la pandemia compensará la falta de trabajadores extranjeros provocada por la política de inmigración norteamericana, cada vez más restrictiva.

Eso facilitará mantener leyes migratorias duras y, en consecuencia, reducir la diversidad de la sociedad estadounidense, todo con el propósito de “hacer América grande otra vez”

—¿Estáis seguros de que fue Jeevika quien me contagió?

—Es lo más probable. Trabaja en el laboratorio del Departamento de Defensa en el que fue desarrollada el arma biológica. Demasiada coincidencia.

—No entiendo cómo ella y los otros científicos del Pentágono crearon un arma vírica tan aterradora.

—Como te he mencionado, el patógeno hace distinciones de raza pero no de edad.

Lo que implica que una cantidad alarmante de niñas, que han atravesado la menarquia, se han convertido en víctimas de fecundaciones no deseadas.

Y con las nuevas leyes antiabortistas, muchas de ellas se encuentran desprovistas de asistencia médica para interrumpir los embarazos indeseados.

Solo aquellas de familias con recursos han podido acceder a métodos seguros, cruzando las fronteras estadounidenses para hacerlo.

—¡Pobrecitas! ¿Cómo han hecho esa atrocidad? La gente estará quemando las calles —comentó, viendo cómo justo eso ocurría en la plaza foco de las revueltas.

—Bueno, ya has conocido a varios integrantes de una congregación religiosa cuya doctrina mesiánica lo considera una bendición divina.

Otros que se consideran pragmáticos alaban el potencial económico que un drástico aumento de la natalidad americana ofrecerá a tu país, lo que ha disparado la capitalización bursátil de empresas de la bolsa neoyorquina.

No les preocupa el gran impacto medioambiental que tantos consumidores yanquis causarán sobre la Tierra.

Y luego están los miembros de cultos con teorías de conspiración de amplio espectro, como Masanon, que se comportan como grupos terroristas capaces de todo por conseguir lo que ellos llaman el gran despertar.

—¡Menuda locura! —Giannina apenas podía procesar la escala de la depravación. El mundo, que antes le parecía complejo, en ese instante se revelaba como un tablero de ajedrez donde las vidas humanas eran meros peones.

—Los congresistas y altos funcionarios del Gobierno son los que van a beneficiarse con esto.

Han adquirido acciones de las empresas que más se lucrarán con el auge de los nacimientos, y ahora se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno.

Pero lo más aterrador de esta explosión de la tasa de nacimientos es su impacto en las relaciones entre Norteamérica y mi país, ya tensas por cuestiones como el comercio, la tecnología y la soberanía regional.

La expansión de la población estadounidense representa una amenaza directa a nuestra agenda para luchar contra el cambio climático y el imperialismo occidental.

Con la operación taiwanesa en marcha, Estados Unidos y China están en medio de una nueva guerra fría que podría desbordarse en un conflicto abierto.

Las hostilidades entre nosotros alcanzan niveles inéditos en la pugna por recursos, mercados, aliados e influencia.

—¿Cómo se puede evitar la guerra?

—Trabajamos en una vacuna y evitaremos pronto que otras personas sigan quedándose embarazadas espontáneamente.

Las píldoras antiabortivas son el único remedio efectivo hasta la fecha.

Pero así no evitamos que una mujer se infecte y quede embarazada de nuevo.

Los métodos anticonceptivos hormonales son la mejor prevención.

Lo malo es que no todas las mujeres pueden usarlos, y las empresas farmacéuticas no cubren el exponencial incremento de la demanda, por mucho que las incentivemos, sin contar con los altos costes de los medicamentos.

—¡Eso es una atrocidad! Eso significa…

—Tú ahora mismo estás embarazada, y si no encontramos una solución, te volverás a quedar encinta en cuanto recuperes la menstruación, poco después de que des a luz, si no usas un método anticonceptivo, claro está.

Centrada en dar a luz a un bebé sano, cuidarlo y verlo crecer, Giannina había encontrado esperanza tras unas angustiosas semanas.

En ese momento volvió la angustia; no podía evitar pensar en cómo el virus la había reducido, junto a tantas otras mujeres, a una máquina de gestación incesante.

Pero entonces, con una determinación renovada, decidió que esa no sería su historia.

—Quiero ayudar.

—Te lo agradezco.

—No solo con una muestra de sangre; también me gustaría colaborar con el equipo de investigación. Soy microbióloga y os ayudaré a encontrar una cura contra ese patógeno abominable.

—Me alegra mucho oír eso. Toda ayuda es bienvenida. Primero, céntrate en tu embarazo —puntualizó Xi, y señaló la abultada barriga de Giannina—. Por lo que sé… has decidido seguir adelante.

Giannina bajó la mirada hacia su vientre, sintiendo un torbellino de emociones que luchaban entre sí. La incertidumbre y el miedo la asaltaban, pero también experimentó una extraña calma. Respiró hondo y, con voz firme, aunque suave, respondió.

—No me importa el origen; tendré al bebé. Forma parte de mí.

No era una rendición silenciosa, sino una afirmación. En vez de formar parte de un experimento que confundía vida con política o de ser un símbolo manipulado por fuerzas que nunca pidió conocer. Ser madre, pensó, no era transformarse en un receptáculo, sino convertirse en una raíz.

—Es una decisión muy loable. En cualquier caso, nosotros te proporcionaremos la asistencia necesaria para que lo que te queda de embarazo y el parto vayan bien.

En cuanto tengas a tu bebé y te hayas recuperado, ponte en contacto conmigo y buscaremos la mejor forma de que colabores con nuestro equipo de especialistas en la búsqueda de una inmunización contra la enfermedad.

—Gracias —respondió Giannina; le estrechó la mano y abandonó el despacho, observando en todo momento la revuelta, contenida por el aparato militar.

Desde la entrada, mientras los escudos arrollaban consignas y las cámaras luchaban por no ser apagadas, Giannina observó el contraste brutal entre la vida que crecía en su vientre y la que se apagaba en las aceras.

Había cruzado un umbral. No volvería atrás.

Su historia, como su cuerpo, estaba llena de heridas. Pero también de posibilidades.