Capítulo Cuarenta
GIANNINA FUE CONDUCIDA a un imponente rascacielos desde el cual contempló la Ciudad Prohibida de Beijing.
Las decoración confería un halo de misterio a la oficina de caoba decorada con imágenes de paisajes rupestres.
Las luces de la ciudad danzaban ante sus ojos y reflejaban la tensión inminente de aquel encuentro clandestino.
El anfitrión, un varón de porte imponente y gesto compasivo, rompió el silencio con una voz firme y llena de experiencia, dispuesto a compartir los secretos que habían llevado a la protagonista hasta ese punto.
—Bienvenida al Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades.
Me llamo Xi Weiland, soy el director de la agencia que salvaguarda la salud y la seguridad pública de nuestra nación y, entre otras responsabilidades, luchamos contra pandemias como la de embarazos espontáneos selectivos a la que nos estamos enfrentando.
Mientras absorbía la información, Giannina miró el despliegue de las fuerzas armadas que abarrotaba las avenidas de la capital china, esperando respuestas a las incógnitas que las últimas semanas habían tejido.
La ciudad tenía un aspecto totalmente diferente a cuando la había visitado durante la misión diplomática antes del viaje espacial.
Después de todo lo vivido, esperaba que el periplo hubiese terminado, pero la estampa de lo que parecía un estado de sitio ponía eso en duda.
—Gracias por ayudarme. ¿Qué es todo este revuelo? —preguntó, observando las vías infestadas de militares a la par que los cristales de la oficina retumbaban con el eco de las protestas.
—China sufre una tormenta política como resultado de las estratagemas del régimen estadounidense, que usa sus artimañas para provocar una grave crisis económica, social y política.
Pese al énfasis en la seguridad nacional, que nos ha convertido en una de las naciones con menores tasas de criminalidad relacionada con armas de fuego, enfrentamos serios retos en el ámbito social.
Como la demanda interna es débil y atravesamos la mayor burbuja inmobiliaria que el mundo ha conocido, hay hogares que creen que están perdiendo poder adquisitivo.
Eso ha provocado que algunos ciudadanos, mayoritariamente jóvenes, se hayan lanzado a las calles para exigir mejores condiciones económicas.
Dicen que quieren prosperidad, libertad y justicia.
En verdad ya tenemos todo eso. La propaganda de los medios sociales yanquis intenta que el presidente pierda el apoyo de la mayoría del Partido Comunista y del pueblo.
Ahogan a nuestra sociedad con informaciones falsas, acusándonos a todos los funcionarios de corrupción y nepotismo.
Varios miembros de un grupo terrorista han sido encarcelados bajo acusaciones de alta traición, como responsables de un motín contrarrevolucionario.
Por eso el Gobierno ha decretado la ley marcial y ha ordenado al ejército que reprima las protestas para preservar la seguridad nacional.
Observó la manifestación; cientos de jóvenes entraban en tropel por los accesos que convergían en la inmensa plaza visible desde el edificio gubernamental en el que se encontraban, lo que le recordó las escenas vividas en el Vaticano durante el asalto del Reinicio.
Aparte del cambio de escenario y de indumentaria, la otra principal diferencia era que los colaboradores de los presuntos terroristas iban armados exclusivamente con móviles para retransmitir en directo lo que veían y oían, con el fin de evitar que el sacrificio que hacían cayese en el olvido o fuese manipulado.
El anfitrión le ofreció asiento en un sillón y un vaso de agua.
—Pronto acabará todo y reinará de nuevo la paz. Lo que has vivido también ha sido muy duro, y supongo que tendrás ganas de recuperarte y descansar. No obstante, me gustaría aprovechar tu condición de paciente cero para examinarte, siempre con tu consentimiento, claro está —añadió Xi.
Giannina dio un sorbo al vaso de agua y estudió al director que tenía enfrente.
Rondaba los cincuenta, y un abundante cabello negro le daba un aspecto saludable.
El rostro estaba marcado por arrugas, huella de años de trabajo duro.
Era un hombre de estatura pequeña, con una presencia cálida y amigable, de ojos oscuros, profundos pozos de conocimiento que miraban con serenidad y confianza.
Vestía un traje gris demasiado holgado que revelaba el poco valor que le daba a la moda.
A pesar de que no tenía derecho a reprocharles nada a las administraciones chinas, que hasta entonces habían cumplido todas sus promesas, la desconfianza seguía anidando dentro de ella.
—Tal como te han ofrecido mis compañeros del Ministerio de Relaciones Exteriores, hemos preparado tu inclusión en un programa de protección para que tú y tu hijo viváis en nuestra nación, sin miedo a que os persigan sectas religiosas, siempre que sea eso lo que deseéis.
Aquí no tenemos a ningún presidente que ponga al dios cristiano por encima del deber al pueblo que lidera.
Tampoco hay cultos amantes de teorías conspiratorias.
Ni debéis temer represalias de las autoridades americanas.
Aquí estaréis a salvo bajo el manto de nuestra república.
Escuchar las palabras «a salvo» en boca de alguien que ignoraba los gritos de cientos la desconcertó.
¿Sería esa paz prometida solo un silencio impuesto?
¿Podía confiar en quienes ofrecían seguridad ocultos tras uniformes opacos?
El deseo de proteger a su hijo rugía en su pecho, pero la consciencia también pedía respuestas.
—¿Cómo vais a protegerme con todo el caos que reina en la ciudad? —dijo, y señaló los altercados en las aceras, cuya violencia aumentaba sin piedad, al ritmo de cánticos que Giannina era incapaz de entender.
—Lo que sucede fuera es algo fortuito. El Gobierno dará una respuesta contundente a la disidencia, igual que ha hecho siempre. La estabilidad de la nación es primordial, y gracias a las rotundas medidas que estamos tomando, pronto volverán a calmarse las aguas.
Por imposible que fuese ignorar la contienda entre los manifestantes y los soldados, no desaprovechó la ocasión de obtener toda la información posible de aquel dirigente chino.
—Todavía no entiendo por qué los Estados Unidos han creado un agente infeccioso que provoca embarazos.
—Gracias a la filtración de documentos clasificados del Pentágono, descubrimos que el principal objetivo era mantener la hegemonía mundial y evitar lo que ellos consideran el colapso de la civilización occidental debido al invierno demográfico.
Como científica, entendía los gráficos, las proyecciones, las curvas descendentes que anunciaban una crisis poblacional.
Pero nunca llegó a imaginar que la solución fuese infectar cuerpos de ciudadanas para convertirlos en incubadoras.
Era biología convertida en política, fertilidad reducida a estrategia bélica.
Y ella, sin quererlo, se había vuelto parte del complot.
Mientras asimilaba esa pesada carga, volvió a desviar la mirada hacia la ventana, cuando el ruido de una explosión la transportó al día del amerizaje en el que los barcos de rescate fueron destruidos por el Reinicio.
A través de las cortinas entreabiertas, los destellos de la batalla con gases lacrimógenos y bombas aturdidoras que iluminaban los cristales de los edificios colindantes, hacían que recordase los efectos que había sufrido por la granada que Ragnar había usado en el almacén abandonado de la Selva Negra.
Vio la brutalidad que se desataba en las trifulcas. El ejército chino, con una ferocidad desmedida, reprimió con violencia a aquellos que se atrevían a alzarse en contra del Partido Comunista, igual que había ocurrido en la masacre de Tiananmen.
La historia, pensó, es una espiral que solo cambia de época. El Vaticano, la Selva Negra, Pekín… Cada lugar era una versión distinta de la misma pregunta: ¿Cuánto vale una vida? Y como llevaba una consigo, tenía claro que no respondería la pregunta desde la ignorancia.
No comprendía cómo el dirigente mantenía la calma ante el espectáculo cruento que se desplegaba en la plaza. Sin embargo, se acercó a ella, le colocó una mano sobre el hombro y echó un breve vistazo a las escenas dantescas.
—Tu hijo y tú estáis a salvo con nosotros, de verdad —dijo—.
Pronto habrá acabado todo. Sois nuestra esperanza para que encontremos una cura contra el patógeno de creación estadounidense.
—Xi tomó asiento, cruzó las piernas e ignoró el avance de las tropas encabezadas por cañones de agua, pelotas de goma y balas perdidas, que arrasaban a los manifestantes antes de continuar—.
China es la primera potencia mundial, y los americanos se niegan a pasar a un segundo plano, tanto en materia económica como geopolítica.
Están dispuestos a cruzar cualquier frontera moral, igual que han hecho tantas veces en el pasado, con tal de que no se produzca el cambio de ciclo.
Con tal de que ni China ni India ni cualquier otro estado los supere.
Por eso desarrollaron un microorganismo que provoca fecundaciones en un grupo específico de personas.
Buscan incrementar rápidamente la población tanto en Estados Unidos como en los países aliados al régimen occidental, donde la tasa de natalidad se ha desplomado en las últimas décadas, lo que los ha llevado a necesitar una estrategia drástica para afrontar esta problemática.
—¿No les bastaba con ayudar a las familias con incentivos económicos?
—Lo intentaron, si bien no lograron frenar la crisis poblacional.
Muchas personas no pueden tener hijos por problemas de salud, y otras no quieren por razones económicas u hormonales, debidas a la contaminación de metales pesados, microplásticos o al cambio climático.
En verdad, muchos culpan a las mujeres, acusándolas de ser egoístas y centrarse en el placer o en la carrera profesional.