Hecha de cicatrices Capítulo Treinta Y Nueve
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Capítulo Treinta Y Nueve

UNA VEZ LLEGÓ al destino, se encontró frente a una nave industrial abandonada, con la mayoría de los cristales de las ventanas resquebrajados, por donde se filtraba el agua de la lluvia que azotaba sin piedad.

Rememoró las escenas de películas de acción que había visto con su padre en la adolescencia y se adentró con precaución en el edificio, evaluando la situación, apuntando con el arma según inspeccionaba el interior.

Decidió atrincherarse en el piso superior, tan empapada como extenuada, y encontró un punto desde el que vigilar si alguien venía.

Apenas fue a dejar el fusil en el suelo, vio un vehículo aproximarse por la carretera, reactivó el estado de alarma y lo sujetó con más fuerza. Le parecía imposible que los espías mandarines hubiesen sido tan rápidos. Además, nadie la había avisado por teléfono de la llegada del equipo de rescate.

En cuanto el automóvil se detuvo a la entrada del almacén, reconoció los equipos de protección individual de los terroristas de los que acababa de escapar. Ambos iban armados y uno llevaba una tableta.

—¿Estás seguro de que este es el lugar correcto? —escuchó decir a la voz grave de Ragnar.

—Cien por cien —contestó Kaido, comprobando el dispositivo digital—. La señal del móvil de Onno viene de ese edificio.

—Entraré a buscarla. Quédate aquí y vigila por si intenta escapar.

Percibió con angustia el ruido de pasos que resonaron en las paredes.

Cada pisada empujaba el terror hacia sus oídos, acercando al perseguidor.

Deseó ante todo que no la atrapasen ni el controlador de almas ni sus creadores.

Por lo menos se había asegurado de que Dante no hiciese daño a nadie nunca más, aunque sus cómplices eran igual de peligrosos.

Se aferró al fusil de asalto, preparada para neutralizar a Ragnar, y decidió asomarse con cautela por las escaleras que conducían a la planta en la que se encontraba.

Dante y sus compañeros habían sido blancos fáciles, ya que estaban desarmados, pero en ese instante su oponente también tenía un rifle en las manos y estaba alerta.

Además, se encontraba en un edificio a oscuras, iluminado únicamente por los destellos de la tormenta.

Las pisadas de las botas de goma de Ragnar chirriaron con el agua.

El sonido retumbó en los oídos de Giannina y le provocó un miedo que casi la paralizó.

De pronto, los pasos desaparecieron y la inquietud aumentó.

No entendía qué estaba pasando. ¿Qué planeaba Ragnar?

¿Por qué no se asomaba de una vez a las escaleras para que pudiese llenarlo de plomo?

De repente, escuchó un golpe metálico detrás de ella.

Se giró y un destello la noqueó y la arrojó al hormigón.

Quedó cegada, y sus oídos solo registraron un insoportable pitido, resultado de la granada aturdidora.

Sintió una profunda desolación por que la privasen de nuevo de los sentidos, igual que había ocurrido en el tanque de suspensión sensorial.

A duras penas gateó en busca del rifle. Lo encontró y en el instante en que trató de tomarlo, algo se lo impidió.

—Te pillé —exclamó Ragnar.

—¡NOOO! —chilló Giannina, aún aturdida.

Forcejeó por el fusil. Ragnar le asestó una patada que la tiró al suelo. Él le apuntó con el arma que apenas le había robado y gritó.

—¡Quédate quieta!

—¡Jamás! ¡No permitiré que me volváis a atrapar!

—Demasiado tarde —replicó Ragnar.

Le propinó un culatazo con el fusil que la derribó y le arrebató el conocimiento.

Después él se agachó, la levantó con una ágil maniobra militar ensayada y se la colocó sobre los hombros para transportarla como un saco de escombros hasta el maletero del coche junto al que Kaido los estaba esperando.

—Átala para que podamos marcharnos sin que nadie nos descubra —ordenó a su compañero—. Yo voy a limpiar la escena.

Conforme Kaido preparaba las bridas con las que pretendía inmovilizarla, Giannina recobró el conocimiento y comenzó a forcejear dentro del angosto habitáculo.

En un destello de lucidez, divisó una barra metálica en el maletero.

La agarró con fuerza e, impulsada por el instinto de supervivencia, le propinó un porrazo fulminante a Kaido, quien cayó al suelo de inmediato, herido de muerte.

Ragnar se apresuró a reducirla, sorprendido por la trifulca y por la tenacidad de la presa, que ofrecía una resistencia insólita después de haberle arrebatado la consciencia.

Giannina logró salir del maletero y se adentró en el diluvio empuñando la barra.

Por un instante, mientras la lluvia le golpeaba el rostro, visualizó la victoria: una vida en libertad, lejos de sus captores, lejos del miedo.

A pesar de que intentó atacar al enemigo con todas sus fuerzas cuando él se acercó, no consiguió noquearlo como deseaba.

Ragnar hincó una rodilla por el mazazo, pero se levantó antes de que ella pudiera propinarle otro golpe contundente, y con la fuerza de un ciervo desbocado, la embistió contra el coche.

En ese momento, ella respondió con rapidez, impactándole en la nuca con la barra.

Esa vez, Ragnar se desplomó de rodillas, derrotado, mientras el sonido de la lluvia amortiguaba sus gruñidos de dolor y frustración.

Hostigada por el pánico a verse presa de nuevo de un grupo de desequilibrados, remató al adversario hasta que la sangre de Ragnar impregnó el traje de protección .

La imagen, el sonido, el olor metálico de la sangre.

Todo se grabó a fuego en su mente, una escena grotesca de la que ella era la autora.

Un nudo de asco y terror se le formó en el estómago, mezclado con una extraña sensación de poder crudo.

El corazón amenazaba con salirse del pecho debido al combate.

No sabía si acababa de salvarse o de perderse para siempre.

Lo que la abrumaba no era el golpe, la sangre ni el miedo: era la certeza de que sus manos habían ejecutado decisiones que nunca había imaginado tener que tomar.

No había justicia perfecta en aquel acto.

Solo supervivencia. Y eso también tenía un precio.

Entonces sintió un punzante dolor en el vientre, y por un instante, todo se detuvo.

«Aguanta, pequeño», pensó mientras el miedo a perderlo le robaba el aire.

El estado traumático, producto de la lucha a vida o muerte contra los hombres que habían intentado capturarla, la sumió en un agónico trance.

Se preguntó si alguna vez volvería a ser la misma, si el peso de esas vidas arrancadas la perseguiría para siempre.

Pero la urgencia de sobrevivir la arrastró de nuevo al presente junto con el lejano sonido del teléfono de Onno, que la sacó del sueño y la devolvió a la realidad.

Ese timbre que había escuchado por primera vez en el salón de la granja le recordó que el mundo todavía existía fuera de aquella noche que parecía infinita.

Que había voces que querían encontrarla, no someterla.

Que quizá, solo quizá, había una puerta hacia algo distinto a la violencia.

Con gran dolor, consiguió subir al piso de arriba de la nave guiada por el timbre del móvil, lo tomó en sus manos y descolgó.

—¿Giannina?

—Sí —respondió ella con apenas un susurro—, soy yo.

—Mi nombre es Xiao. Soy de la embajada china y llamo para avisarte de que en unos minutos llegaremos al punto de encuentro. Nuestro sistema indica que el teléfono con el que hablas sigue allí. ¿Es eso correcto?

—Sí, estoy aquí.

—Perfecto, en un minuto estaremos contigo.

Ese minuto se le hizo eterno. Repasó el camino que la había llevado a aquella lluviosa cuneta de la Selva Negra.

Todo comenzó con el encuentro fortuito con Jeevika en el aeropuerto de Miami, ¿o había sido con Maia en el lago?

No podía modificar el pasado, pero aprendería de él y haría frente al presente, por duro que fuese, hasta que alcanzase el futuro que deseaba.

Por fin tenía claro lo que quería. Llevaba dentro una vida, una personita que no tenía culpa de nada.

No importaba cómo hubiese llegado a ella.

Era su hijo. Su elección. Lo cuidaría y protegería con cada fibra de su ser.

—Todo va a salir bien —le susurró al bebé y esperó la llegada de los agentes chinos—. Yo te protegeré. Y juntos seremos muy felices.

Dos vehículos Xiaomi YU7 Ultra llegaron zumbando a toda velocidad y se detuvieron junto al automóvil de Ragnar y Kaido.

Sintió un escalofrío cuando descubrió que los cuatro individuos que se apearon también llevaban equipos de protección personal, aunque estos eran de color blanco y no negros como los de sus últimos captores.

Entonces observó cómo uno de ellos cogía un móvil y la llamaba.

—Giannina, ya hemos llegado. ¿Sigues en el edificio?

—Estoy en la planta de arriba.

Los agentes chinos llegaron rápidamente y la cubrieron con toallas y mantas térmicas para protegerla del frío cortante de la tormenta.

Con rapidez y destreza, la subieron a uno de los utilitarios y la trasladaron a un refugio.

Allí, un equipo médico la esperaba. Con manos firmes y profesionales, la examinaron minuciosamente, asegurándose de que ella y el bebé estuvieran a salvo.

Acto seguido trataron las heridas que había sufrido durante los combates aplicando vendajes y desinfectantes, con la mirada imperturbable de quienes habían hecho el trabajo muchas veces sin necesidad de conocer el origen de las laceraciones.

Giannina sintió el absurdo de estar atendida con profesionalidad, después de haber tenido que matar para llegar hasta allí.

Cada gesto amable era un espejismo de normalidad que no sabía si merecer.

¿Quién era ella después de lo que había hecho para sobrevivir?

Solo habían tratado las heridas de su cuerpo: sus cicatrices más profundas, las del alma, seguirían abiertas de por vida.