Hecha de cicatrices Capítulo Treinta Y Ocho
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Capítulo Treinta Y Ocho

EL AIRE ERA denso y húmedo, impregnado con el olor de la tierra mojada y la vegetación.

El temor a que la volviesen a capturar la impulsó a moverse tan rápido como le permitían el estado de gestación y los estragos de los secuestros concatenados.

Hizo una pausa en un montículo que le pareció que era un buen punto de observación, y recuperó el aliento mientras vigilaba si alguien se acercaba.

Giannina se agachó y apartó el arma a un lado.

Podía sentir la vibración del retroceso en las manos, como si siguiese disparando a los objetivos.

Con ternura, se acarició el vientre, y una oleada inesperada de amor la envolvió. No lo sintió como un peso, sino como parte de ella, alguien por quien valía la pena seguir adelante.

—Vamos a lograrlo, peque. No te preocupes, nada de esto es culpa tuya. Pase lo que pase, estoy aquí para protegerte —murmuró con dulzura, recuperando el aliento tras la carrera.

El niño contestó con unas pataditas, que la reconfortaron al saber que seguía vivo. Cada golpe minúsculo en su vientre era como una respuesta silenciosa. Giannina lo interpretó como un «estoy contigo», una reafirmación de que formaban un equipo.

Buscó el teléfono móvil que había confiscado a sus captores para descubrir dónde se encontraba.

Activó el GPS, abrió la aplicación de mapas y pulsó el botón de ubicación actual.

Con un gesto rápido, alejó la imagen en la pantalla, y la inquietante realidad apareció ante sus ojos: se encontraba en Triberg, un rincón aislado de la Selva Negra, en el estado alemán de Baden-Württemberg.

Tenía muchas preguntas. ¿De verdad era sensato confiar en la policía?

¿Qué garantías tenía de que no fueran cómplices de los secuestradores del culto?

¿O fanáticos de la secta? ¿Quién le aseguraba que no existían otros grupos de enajenados dispuestos a secuestrarla o a hacerles daño a ella y a su bebé?

Pensó en contactar con la embajada estadounidense, pero la inacción de los organismos públicos en el pasado sembró serias dudas sobre su disposición a auxiliarla en esa ocasión.

No parecía una opción segura considerando las palabras de Nuria, que había afirmado que las autoridades de su país estaban de alguna manera involucradas en el Reinicio.

No caería de nuevo en las garras de esa organización.

En cualquier caso, necesitaría ayuda para salir de Alemania y ocultarse de los extremistas de Masanon, así como de cualquier otra organización obsesionada con la idea de que su concepción era el resultado de una intervención sobrenatural, divina o extraterrestre, y no de la acción humana, como ella sospechaba.

Activar el teléfono fue como abrir una ventana al mundo que había dejado atrás.

El silencio de la selva fue sustituido por el estruendo digital: notificaciones, mensajes, ecos de personas que aún la buscaban.

Sentía que, por fin, era posible reconstruir un hilo de conexión con algo que no fuese oscuridad.

Igual que la última vez que había tenido acceso a la web cuando le había robado el teléfono a la matrona, se conectó al proveedor de correo.

Los mensajes de sus padres la reconfortaron.

Lamentó la angustia que debían estar experimentando.

Revisó la abultada bandeja de entrada y notó que le escribían a diario para brindarle palabras de aliento y para informarla de que hacían todo lo posible para que los funcionarios de Estados Unidos e Italia la rescatasen, sin éxito hasta ese momento.

Leyó uno de muchos, firmado por su madre, escrito con la congoja de quien no sabía si volvería a ver su hija:

« Mi querida Ginni Binni:

Hoy he amanecido con esa sensación en el pecho…, como si me hubiesen arrancado algo.

Tu padre y yo seguimos tocando todas las puertas. A veces parece que nadie escucha, pero no vamos a rendirnos.

Eres nuestro sol, y haremos lo imposible por traerte de vuelta. Nos reconforta saber que estás viva, aunque no sepamos dónde ni cómo. Tu fortaleza nos inspira. Te escribo cada día, aunque no respondas.

No sé cuándo podrás leer esto, pero estoy convencida de que un día lo harás, porque serás libre para hacer lo que quieras.

Recuerda quién eres, hija. No olvides que estamos contigo, incluso desde esta distancia que quema.

Con todo mi amor,

Mamá ».

Aparte de esos correos, dos le llamaron de inmediato la atención. El primero pertenecía a Maia, la chica del lago.

« Hola, Giannina:

No sé si algún día leerás esto, pero espero que estés bien. Sé que te retienen contra tu voluntad en el Vaticano. Confío en que escapes pronto.

Yo estoy haciendo una colecta para financiarme el aborto en Europa, pero no es nada fácil, habiendo tantas mujeres en la misma situación.

Te escribo para comentarte que el tío de un amigo mío trabaja en la embajada china de Roma y podría ayudarte si le das tu localización.

Te aseguro que no están compinchados con los ultracatólicos que han asaltado el Vaticano ni nada por el estilo.

Para todo lo que necesites, aquí tienes su número: (+39) 56 965 24 200.

Mucha suerte,

Maia».

Le sorprendió sobremanera que justo fuese Maia la que le ofreciese ayuda tangible, después de haberla rescatado del lago, recordando aquellas tribus en las que salvar una vida implicaba una deuda eterna.

Se preguntó qué conexión tendría Maia con el gigante asiático.

¿Cómo habría obtenido tanta información?

¿A través de los medios de comunicación, o había algo más?

Enseguida abrió el siguiente mensaje, que era del propio miembro de la embajada china.

« Estimada Giannina:

Mi nombre es Junhua; Maia me dio tu dirección. Te escribo en nombre del Gobierno de la República Popular China para ofrecerte nuestra asistencia.

Desde la sede en Roma, colaboro estrechamente con el Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades (China cdc ), que está investigando la pandemia de natalidad que se ha originado en el territorio estadounidense y se ha propagado por diversas partes de Europa.

Hemos descubierto que se trata de una enfermedad infecciosa, causada por un virus desarrollado por el régimen norteamericano, aunque la maquinaria mediática imperialista intenta desviar la culpa hacia nuestra nación.

El principal síntoma es el embarazo espontáneo, y estamos convencidos de que eres la paciente cero.

Nuestra hipótesis es que fuiste contagiada por una antigua compañera de universidad, Jeevika, quien actualmente trabaja como investigadora en un laboratorio de biotecnología vinculado al Departamento de Defensa de ee.

uu. Esta es la razón por la cual tu propio Gobierno no ha tomado ninguna acción para rescatarte.

Sabemos mucho más de lo que imaginas, y estamos en posición de ofrecerte protección. Si nos proporcionas tu ubicación, enviaremos un equipo a buscarte, sin importar en qué lugar te tengan retenida.

No dudes en llamarnos. Tu seguridad es nuestra prioridad.

祝好/Suerte/ Cordiali saluti ».

Pensaba que ninguna noticia podía sorprenderla más que la que Yelena le había dado cuando la había informado de que estaba embarazada a bordo de la Estación Espacial Internacional, y aun así alucinaba ante aquella revelación.

Más que si hubiese visto a un extraterrestre en el primer paseo espacial.

Solo después de revisar el mensaje asimiló toda la información.

El texto la dejó congelada. Por unos segundos, el bosque se había desvanecido: solo existía esa pantalla, y las líneas que releía.

Las palabras «paciente cero», «virus», «Departamento de Defensa»…

eran piezas de un rompecabezas que Giannina no quería completar.

Pero, ¿y si todo era cierto? ¿Y si el milagro era un experimento fallido disfrazado de mito?

Se le pasó por la cabeza el dicho de su abuela: «Ten cuidado con lo que deseas».

Aunque quería descubrir el motivo detrás de la enigmática fecundación, encontraba poco consuelo en la única teoría plausible hasta la fecha, que le provocaba rabia y frustración.

Si bien el espíritu de investigadora prefería la explicación científica de los hechos a leyendas sobre concepciones divinas o cósmicas.

Las circunstancias y los secretos que rodeaban la gestación se volvían cada vez más indigestos, y se dio cuenta de que estaba atrapada en una trama mayor de lo que jamás habría imaginado.

Las respuestas que obtenía parecían hundirla en pegajosas arenas movedizas llenas de misterios, de cuya succión no lograba escapar.

Luchó contra la marea de cólera e indignación que la había invadido.

Consideró la veracidad de la información proporcionada por la embajada china.

¿Era posible que su país hubiera creado un agente infeccioso que causara embarazos en las mujeres infectadas? ¿Qué motivos tendría?

Le pareció una aberración que alguien, ya fuese de la administración estadounidense o de algún otro país, atentase de manera masiva contra las libertades de tantas mujeres.

No era una simple agresión de derechos a manos de desconocidos, sino la mayor violación de la historia. Deseó respuestas y justicia.

Encima de todo, Jeevika estaba implicada, no sabía en qué grado. Si lo que decían los chinos era cierto, había sido ella quien la había contagiado del virus que provocaba la fecundación espontánea. ¿Habría sido a propósito o algo fortuito?

La ira que sentía le daba ganas de encontrar el foco del dolor y atiborrarlo de las balas que alojaba el fusil de asalto que yacía a su lado.

En aquel preciso instante, un relámpago iluminó la tormenta que se cernía sobre el espeso bosque e interrumpió su furia, devolviéndola al estado de emergencia.

Aguzó los sentidos y escuchó con atención durante unos segundos tras el estruendo, sin oír nada sospechoso.

El silencio reinante no reveló ningún indicio de que alguno de los perseguidores estuviese cerca, y únicamente fue roto por la lluvia que había empezado a jarrear.

Ante la amenaza constante de ser descubierta, sabía que debía seguir en movimiento o la atraparían.

Como pensó que nada sería peor que el tormento prometido por los fanáticos ufólogos enloquecidos, se arriesgó y, en un gesto impulsivo, marcó el número proporcionado en el mensaje.

— Pronto? —contestó una voz en italiano.

—Hola, soy… Soy Giannina Christofonti. Maia me ha enviado tu contacto y… tú también me has escrito un mensaje para ofrecerme ayuda.

—Sí, claro. Me alegra muchísimo que me llames.

—Acabo de escapar de un culto de fundamentalistas conspiratorios que me han tenido prisionera. Creen que llevo un alienígena dentro de mí. Están locos. Me han torturado, y sé que lo harán de nuevo si me capturan. ¿Pueden protegerme si les revelo mi localización?

—Claro, dime dónde te encuentras y enviaré de inmediato a alguien para rescatarte.

—¿Cómo sé que no nos harán daño a mí o a mi bebé?

—Giannina, te prometo que ni yo ni nadie del Gobierno chino os causaremos daño alguno. Solo queremos ayudaros y haceros unas pruebas para entender mejor el Embriovirus.

—¿Por qué queréis ayudarme? Después de lo que he pasado, es difícil confiar en nadie.

—A raíz de la operación especial para recuperar la soberanía territorial de Taiwán, la opinión pública internacional se ha vuelto en nuestra contra.

El brote de embarazos involuntarios, provocado por una infección vírica, ha intensificado la presión mediática, y las sanciones occidentales se han centrado en nuestro país.

Nuestro único objetivo es demostrar que el origen del patógeno no es nuestra nación, sino el tío Sam.

Lo único que necesitamos de ti es una muestra de sangre.

Eso es todo. Estamos listos para ofrecerte protección, no solo frente al régimen yanqui, sino también ante las sectas y cultos que te persiguen.

Si decides confiar en nosotros, podemos garantizarte un programa de seguridad tanto para ti como para tu hijo.

Vaciló. El escepticismo, forjado por una concatenación de desengaños y la traición de su propio Gobierno, luchaba contra la desesperación.

¿Podía confiar en un gobierno extranjero con intereses políticos tan opacos?

¿No sería esto como escapar del lodo para caer en el abismo?

La idea de convertirse en instrumento político le repugnaba.

No quería ser bandera ni mártir, solo una mujer libre.

Pero en un mundo donde las fronteras se difuminaban con el miedo y la pólvora, tal vez no habría refugio que no exigiera algún tipo de transacción.

Confiar era otra forma de exposición, pero el aislamiento también la había destrozado.

En el instante en que otro relámpago avivó el terror de que cayese en manos de los psicópatas que la perseguían, y al sentir el pequeño, pero firme, latido dentro de ella, tomó una decisión inquebrantable: no podía rendirse.

Si no por ella, entonces por él. Esta era su única oportunidad, por más dudosa que pareciera.

—Estoy en Alemania, en la Selva Negra.

—Rastrearemos el teléfono con el que llamas.

No lo pierdas para que podamos encontrarte.

Te enviaré las coordenadas de una ubicación donde nuestros agentes de inteligencia te recogerán y te pondrán a salvo.

En cuanto estén cerca, recibirás una llamada con la que confirmarán quiénes son.

Pronto te pondremos a salvo, Giannina. Te deseo mucha suerte.

La lluvia se escurría por su rostro, lavando el sudor y la sangre, como si intentara limpiar el pasado.

Cada paso sobre el barro era un pacto con el presente: seguir adelante, incluso si el destino era incierto.

El bosque temblaba con ecos ocultos, ramas que susurraban conspiraciones, hojas que caían como secretos al suelo.

Colgó, y unos minutos después, en un mensaje de texto le llegó un enlace que activó el mapa digital e indicó lo que parecía un edificio a la orilla de una carretera cercana.

Recogió sus pertenencias y escudriñó el oscuro bosque en busca de cualquier indicio de movimientos o linternas que delatasen a los cazadores.

Como no detectó señales de que alguien estuviese cerca, reanudó la marcha bajo el aguacero y avanzó con cautela en busca del punto de encuentro.

No sabía si encontraría ayuda o no. Pero lo que sí sabía, mientras el aguacero dibujaba surcos en el camino, era que estaba dispuesta a seguir avanzando, aunque fuese sola, aunque el mundo entero estuviese en su contra.

No caminaba solo por ella. Lo hacía por una promesa que latía dentro de su pecho, sin nombre, pero con propósito.