Capítulo Treinta Y Siete
MIENTRAS OBSERVABA LOS cuerpos inertes de los captores, la voz de Kaido comenzó a resonar por el altavoz del móvil.
—¿Todo bien? ¿Chicos, qué ha pasado? ¿Hay alguien ahí? ¿Dante, Onno, me oís?
Giannina comprendió que él, o alguno de los otros extremistas, regresaría rápidamente tras haber escuchado el pelotón de fusilamiento retransmitido por el teléfono de Onno y ante la falta de respuesta de sus compañeros. Debía escapar de aquella granja lo antes posible.
Lo primero que hizo fue arrancarse el equipo de protección individual.
Cada pieza que caía al suelo era una capa menos entre ella y la vida real.
Después fue directa a la armería improvisada.
Sujetó el fusil con manos firmes, sin temblores, como quien entiende que está abrazando algo más que un objeto: era su único aliado, su salvavidas.
Se aferró a él con la ferocidad de quien sabe que el abismo está cerca y que no habrá segunda oportunidad.
Su vida —y la de su hijo— pendían de esa cuerda.
Y en esa ocasión no pensaba soltarla. No sabía qué futuro los esperaba.
Pero por primera vez deseaba, con todo lo que le quedaba dentro, que ese futuro existiera.
Que su bebé lo tuviera. No iba a permitir que nadie —ni sistema ni dogma ni verdugo con traje de salvador— les robara esa posibilidad.
Porque no luchaba solo por libertad. Luchaba también por el derecho a mirar a su hijo a los ojos algún día y decirle: «Estamos vivos y somos libres.
No me rendí. Aunque quisieron quebrarme, conseguí resistir».
Intentó quitar el cargador del fusil, si bien no fue tan fácil como en las películas.
Después de varios tirones sin éxito, colocó el rifle en el suelo, lo sujetó con las rodillas y tiró con ambas manos hasta que por fin sacó el cartucho.
Detrás de ella, un crujido de la tarima empañó la victoria.
En un acto reflejo, cogió el fusil y lo apuntó hacia el origen del sonido.
Una figura oscura emergió cojeando de entre las sombras y avanzó hacia ella.
Un terror helado la invadió al apretar el gatillo y darse cuenta de que era incapaz de disparar, pues aún no había recargado el arma.
Actuó con rapidez, de un salto se levantó y arremetión contra el agresor usando la culata.
Pero el ensangrentado agarró el arma y evitó la embestida, forcejeando con ella hasta que cayó al suelo.
Giannina se levantó en cuanto pudo y arrojó al agresor todos los objetos que encontró por la sala: lámparas, cuadros, un cenicero…
Huyó, impulsada por el pavor y la adrenalina.
Saltó de nerviosismo con cada sombra, con cada crujido de los suelos de madera.
Esperaba la figura amenazante de los miembros del culto tras cada esquina de la granja.
Llegó a un garaje enorme donde descansaban dos tractores.
El hedor de heces mezclado con pienso le indicó que también lo habitaba algún animal.
Se detuvo por un momento y recuperó el aliento.
Intentó orientarse con la poca luz que entraba por las ventanas y escudriñó la oscuridad en busca de cualquier cosa que la pudiera ayudar en la inminente contienda.
Encontró un martillo en medio de la penumbra y, en cuanto oyó al perseguidor entrar en la estancia, se agazapó tras un montón de leña e intentó descubrir a dónde se dirigían los pasos del enemigo.
El relincho de un caballo la sobresaltó tanto a ella como al contrincante, y aprovechó para salir del escondite y atacarlo con el martillo.
Apuntó a la cabeza, pero solo consiguió darle en el hombro.
Cuando quiso embestirle por segunda vez, descubrió que se trataba de Dante, que había sobrevivido al fusilamiento.
—¿Por qué no me dejas ir?
— Mai ... No dejaré que te escapes, y mucho menos después de lo que has hecho, maldita furcia.
Giannina retrocedió un paso, agarró el martillo y lo alzó en una postura amenazante.
El espectro no retrocedió, sino que redujo la distancia entre ambos con una determinación feroz mientras la sangre surcaba su despiadado rostro.
Ella intentó asestar un segundo impacto, pero él lo detuvo y le arrebató el martillo.
En lugar de usarlo contra ella, lo arrojó al suelo con desprecio, asustando al animal que vivía en el cobertizo, el cual relinchó con fuerza.
—Ya eres mía.
Dante gruñó y, súbitamente, se abalanzó sobre ella.
Giannina se mantuvo firme. En un acto desesperado, agarró un rastrillo que vio apoyado en la pared del garaje, lo levantó frente a ella y formó un escudo improvisado.
El apero chocó contra el cuerpo de Dante y produjo un impacto sordo.
Giannina empujó la herramienta con tanta fuerza como pudo, pero acabó retrocediendo por la embestida de su adversario, hasta que su espalda dio con la pared.
Acto seguido, el hombre se tambaleó hacia atrás, retrocedió y gruñó de dolor, pero no se dio por vencido.
Con un grito animal de frustración y furia, Dante se lanzó hacia ella de nuevo.
Esta vez, Giannina estaba lista, y con un rápido movimiento lanzó el rastrillo hacia adelante y clavó las púas en el pecho de Dante.
El hombre emitió un alarido de dolor y sorpresa; sus ojos desquiciados se encontraron con los de ella, reflejando una mezcla de incredulidad y derrota.
Se desestabilizó y se desplomó de rodillas.
La sangre manó en gruesos borbotones, tanto de las heridas como de la boca, al ritmo de sus pesados jadeos.
Giannina se juró que no cometería el mismo error dos veces.
Movida por el pánico y desquiciada por la ira ante la malicia del oponente, gritó y le asestó varios golpes en la cara y el pecho con las púas del rastrillo para cerciorarse de que no la perseguiría nunca más.
Le temblaban los brazos, no solo por el esfuerzo, sino también por el peso de sus actos.
Por lo que acababa de hacer. La sangre en sus manos era ajena, pero no había llenado la profunda herida abierta en su alma.
No se sintió victoriosa ni culpable. Solo humana.
Una mujer que había cruzado un umbral que jamás había imaginado tener que recorrer —y lo había hecho por instinto, por terror y por supervivencia.
Cuando paró, el silencio de la noche se había cerrado a su alrededor, roto solo por el sonido de su respiración entrecortada y los resoplidos del caballo al que habían perturbado el sueño con el combate.
Giannina soltó la herramienta con un suspiro, temblando de agotamiento y de angustia.
Se llevó una mano al vientre, recordando que no estaba sola, y cerró los ojos con una mezcla de miedo y determinación.
Lo había dado todo en la lucha y había ganado el segundo asalto.
Pero temía que llegaran más. Necesitaba una salida de aquel lugar oscuro y retorcido.
De vuelta a la masacre del salón, donde el olor del ganado se mezclaba con el de la pólvora, recuperó el fusil y lo recargó como preparación para su próximo encontronazo.
También se hizo con el móvil de Onno para pedir auxilio.
Se arriesgó a invertir parte del poco tiempo del que disponía en usar las huellas del portador fallecido y reconfigurar el código de acceso, que le permitiría utilizar el dispositivo sin restricciones.
Cuando terminó, escuchó un coche acercándose y actuó por instinto, moviéndose en la dirección opuesta.
En el momento en que un individuo estaba a punto de abrir la puerta principal, ella saltó por una de las ventanas del edificio y se adentró en el bosque colindante.
Los árboles la tragaron con la elegancia salvaje de la noche.
Cada rama, cada hoja, cada susurro parecían un testigo de su transformación.
Ya no era rehén. No era prisionera. Era una sombra decidida, una llama que había sobrevivido a la tormenta.
Y mientras el follaje la ocultaba, su respiración se fundía con el rumor de la noche.