Capítulo Treinta Y Seis #2
El miedo a lo que los secuestradores pudieran hacerle la impulsó con fuerza a restablecer el dominio de sus extremidades.
En un intento desesperado, recordó el ensayo El Secreto y se concentró en lo que deseaba con toda su alma.
Visualizó su dedo moviéndose, aunque fuera solo un milímetro, en la dirección exacta que ella quería.
Con una mezcla de asombro y alivio, rompió el hechizo del controlador de almas y liberó su voluntad.
Logró mover su dedo, apartándolo del gatillo de forma imperceptible para el resto de los presentes, apenas unos milímetros, un pequeño pero significativo triunfo.
Ese milímetro era suyo. Nadie lo había ordenado, nadie lo había previsto.
Era el germen de una rebelión imperceptible, un mensaje oculto en el sistema: «No me habéis vencido».
El resto de su cuerpo aún dormía bajo el hechizo, pero ese dedo contaba otra historia.
Un latido voluntario contra la aniquilación.
—Aun así, me parece demasiado arriesgado darle una puta arma —argumentó Klas.
La títere luchó con determinación, buscó motivación personal. Recordó quién era de verdad y qué quería. La pequeña brecha que había ocasionado en el virus cerebral le había permitido recuperar algunas de las sensaciones perdidas, como el olor a purines de la granja.
—También pretendes ponerle tu polla en las manos, ¿o no? —argumentó Dante, esbozando una sonrisa juguetona.
—Pero eso es diferente… —alegó Klas.
—¿Cuál es la diferencia? —le retó Dante.
De repente, un teléfono sonó en los bolsillos de Onno. Dante se apresuró a cogerlo y leyó el nombre que se anunciaba en la pantalla.
—Es Kaido.
Pulsó un botón y contestó la llamada.
—¿Sí? Sí, todo bien. Ahora no puede ponerse. ¿Ha pasado algo? ¿Cómo? —Kaido explicó de nuevo la situación—. Tío, no entiendo tu puta jerga informática. Espera a que active el manos libres. Quizá los otros te entiendan.
Encendió el altavoz del dispositivo para que todos los presentes escuchasen a Kaido.
—Acabo de recibir una notificación del repositorio de código abierto que he utilizado para el controlador de almas. Parece que existe una brecha de seguridad. No uséis a la rehén, ya que es posible que la hipnosis no funcione correctamente.
—¡No me jodas! —se lamentó Klas.
—Y bajo ningún concepto digáis su nombre completo —les advirtió Kaido.
—¿Giannina Christofonti? —dijo Dante; esa vez fue él la víctima de una manipulación psicológica al reaccionar por reflejo a las palabras de Kaido, sin tiempo para comprender el significado completo de lo que intentaban transmitirle.
En ese instante, la barrera entre la mente y el cuerpo de Giannina menguó hasta convertirse en una fina película.
De pronto, el hedor penetrante del estiércol la llevó de vuelta al presente con una claridad brutal.
Pero fue la presión en el vientre, las patadas, los pequeños movimientos —inconfundibles, vivos— los que le recordaron que no solo ella seguía viva, sino también el huésped que la habitaba.
El hijo que llevaba dentro, contra todo pronóstico, también había resistido.
El agotamiento y el pulso acelerado habían regresado con tal fuerza que casi perdió el equilibrio.
Al igual que las sensaciones térmicas del calor de la chimenea y el marcado contraste con el frío metálico del cañón del fusil de asalto que flexionaba su piel bajo la barbilla.
Volvió a visualizar lo que quería, y esa vez no solo movió su dedo milímetros, sino que consiguió hacer que el fusil entero recorriese la trayectoria precisa para encarar a los secuestradores y que el recorrido del gatillo comenzara su inevitable viaje.
En su mente, por un segundo, se dibujó la imagen de una vida libre: ella caminando sin miedo, con su hijo en brazos, lejos de las sombras que la habían subyugado.
Había sido una visión fugaz, pero suficiente para sostener el disparo.
Giannina captó la expresión de Dante, el segundo en que comprendió su fatal error.
A la vez, notó en la mirada de Klas una fugaz satisfacción: la de quien se sentía dueño de la razón, a pesar de las dolorosas consecuencias del acierto.
Una emoción que se desvaneció con el destello que surgió cuando Giannina abrió fuego.
Siempre había considerado que el regreso a la Tierra sería el cambio más drástico que jamás fuese a experimentar desde que abandonó la órbita terrestre.
Sin embargo, recuperar la gestión del cuerpo tras la ilusoria lobotomía a la que la habían sometido, superó todas sus expectativas.
Nunca había imaginado que la simple coordinación de los párpados la haría sentirse tan viva.
Que experimentase tanto placer al elegir mantener los ojos abiertos para ver sin distorsiones el ímpetu con que los cadáveres de los captores caían y acompañaban al de Onno en el suelo.
Sintió la vibración del arma, el roce de la empuñadura en su palma y la opresión de la mascarilla que le dificultaba respirar.
A su alrededor, el equipo de protección se fundía con cada respiración, con cada latido, componiendo una sinfonía de sensaciones tan vívida que jamás podría olvidarla.
La sonrisa que se dibujó en su rostro no obedecía a ninguna orden de Simón, ni al control de sus músculos.
Surgió desde un lugar más profundo, más primitivo.
Era la sonrisa de alguien que había vuelto a ser humana.
Que había regresado a la vida desnuda, sin filtros, sin armaduras, sintiéndolo todo con brutal claridad.
Y en ese destello de lucidez, por primera vez, comprendió que sí podía ser madre.
La ironía la atravesó como un chispazo: había tenido que arrebatar vidas para reclamar la suya.
Para, al fin, sentirse entera. Completa.
Capaz de dar amor a un desconocido. Apretó el gatillo y no lo soltó, incluso cuando el cargador ya estaba vacío.
Porque en esa decisión —entre el disparo y la existencia— encontró algo parecido a una oración.
Era una declaración cruda, feroz: «Quiero vivir».
En medio del horror, cuando todo parecía perdido, reafirmó lo único que nadie podía arrebatarle: su decisión de no rendirse.
Tuvo otra revelación. No era el dolor lo que la definía, ni el sacrificio, ni siquiera la herida abierta de haber sido víctima.
Era la voluntad incansable de seguir adelante.
Era una superviviente que escribía su historia con cada latido.
Los cuerpos inertes de quienes tanto le habían arrebatado yacían esparcidos como un macabro souvenir de su lucha.
Aunque el peso de sus actos la oprimía, sabía que no había tenido opción.
Había sido defensa propia, la única manera de huir de sus torturadores.
Y, a la vez, una extraña paz la envolvía.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía el alivio de un alma que encontraba justicia.
De golpe, algo en su interior se agitó. Una alarma se encendió.
Tal vez hubiera escapado de aquellos enemigos, pero la guerra aún no había terminado.
La amenaza seguía acechando. Se miró las manos aún empapadas de pólvora y destino.
La habitación era un campo de batalla extinto, pero no podía permitirse un descanso.
Lo que venía iba a ser aún más complejo: salir, decidir qué hacer con la criatura que crecía en su interior y enfrentarse a las ideologías que la habían convertido en símbolo.
Porque a partir de entonces, era mucho más que madre.
Y no iba a permitir que nadie más hablara por ella, que decidieran su rumbo, que usaran su cuerpo, su historia o a su hijo como bandera de ninguna causa.
Esa etapa había terminado. Su destino, por fin, dejaría de ser dictado por manos ajenas.
A partir de ese momento, sería ella quien eligiera.