Capítulo Treinta Y Seis
—SIMÓN DICE: DA una palmada —ordenó Dante.
Giannina se resistió con todas sus fuerzas, pero observó que sus brazos habían obedecido la orden sin que ella hubiera podido hacer nada para detenerlos.
Atrapada en una réplica de sí misma, su cuerpo ya no le pertenecía.
Cada movimiento forzado era una puñalada a su propia esencia, una negación brutal de su alma.
La desbordaba la incongruencia entre lo que su mente buscaba y lo que su cuerpo hacía y, por mucho que lo había intentado, sus músculos se habían mantenido al margen, ajenos a su voluntad.
Los fanáticos habían escrito un guion, y ella lo seguía a rajatabla, incapaz de saltarse ningún renglón.
Nunca había experimentado una disonancia cognitiva tan aguda que manifestase con tal brutal claridad el horror de existir solo para complacer a otros y borrarse a sí misma.
Con el Reinicio, al menos, había conservado el libre albedrío, había elegido sus pensamientos y acciones, y había sido capaz de rechazar las ideas ajenas.
Aquí ni siquiera podía pronunciar un monosílabo que no hubiese sido dictado.
Aunque no era nuevo para ella ceder ante las decisiones ajenas y plegarse a los deseos de otros antes que a los propios, sí lo era sentirse tan arrancada de su identidad, tan vaciada de sí misma.
Se sorprendía de que la revelación le llegase en aquel momento en el que la parálisis la ahogaba.
Indefensa, incapaz incluso de parpadear, impotente a la hora de interactuar con el mundo que la rodeaba.
—Me flipa. No entiendo cómo lo ha logrado el marica de Kaido —comentó Dante.
—Recuerda que no es ningún juguete —le advirtió Onno.
En verdad, controlaban su alma; la habían transformado en un fantasma, la habían introducido en un videojuego y habían desconectado los mandos con los que se manejaba al personaje.
—Simón dice: ponte de rodillas —ordenó Dante, ignorando el reproche. Extasiado, contempló a Giannina, quien había obedecido su comando sin rechistar.
No habían pasado ni diez minutos desde que Ragnar y Kaido se habían marchado, y Onno deseaba con desesperación que regresaran, para no ser el único que tuviera que enfrentar la tormenta desatada por Dante.
—Para ya, Dante —lo reprendió Onno.
—Simón dice: ponte a cuatro patas.
—¡Joder! ¿Qué pasa con la votación? —saltó Onno; se acercó cabreado a Dante y lo agarró de un brazo para que le obedeciese—. Todos hemos acordado no tocarle ni un pelo hasta que vuelvan con el ecógrafo, ¿me has oído?
—Venga, hombre, no te pongas así. Solo estoy jugando un poco —se defendió Dante, deshaciéndose de las manos de Onno—. Es el mejor regalo que me han hecho jamás. Es un puto robot sumiso de carne y hueso.
—Me cago en la puta, Dante, que no es una muñeca hinchable. Déjala en paz de una maldita vez —gritó Onno dándole un empujón.
Dante reaccionó con violencia al empujón y forcejeó con Onno.
Desde su posición, Giannina apenas podía observar la pelea.
Solo veía los pies de los secuestradores, que se habían enzarzado en un frenético baile.
La sala se había llenado de gritos durante el improvisado combate, hasta que ambos habían caído al suelo con un estruendo.
Observó cómo Dante asfixiaba a la víctima, cuyo rostro se había tornado rojo por el esfuerzo de intentar respirar con la tráquea obstruida hasta que había dejado de moverse.
—¡Puto gordo de mierda! —explotó Dante cuando consideró que el oponente no volvería a levantarse del ring.
El caos de la revuelta alertó a los otros dos seguidores del grupo.
Inmediatamente, irrumpieron en la sala y se detuvieron, sorprendidos por el panorama que se desplegaba ante ellos.
Sus compañeros yacían, entrelazados en un abrazo mortal, mientras Giannina mantenía la última postura de yoga impuesta por Dante, una especie de macabra imitación de la Adho Mukha Savasana .
El caos lo dominaba todo. Sillas volcadas, mesas astilladas y sombras temblorosas proyectadas por una luz titilante.
La habitación aún respiraba la violencia del enfrentamiento.
El aire, denso y eléctrico, oprimía el pecho de los recién llegados.
Entonces uno de ellos rompió el silencio con un grito ahogado, incapaz de contener la incredulidad que le helaba la sangre.
—¿Qué has hecho, Dante?
—Le he dado su merecido al maldito gordo —respondió, y empujó con esfuerzo el cadáver a un lado.
Al ponerse en pie, miró al resto de sus compañeros y añadió, jadeando—: ¿O me vais a decir que vosotros no estabais también hasta la polla de este cachalote y sus aires de superioridad?
Él y Ragnar se creen que son los putos amos, y son unos maricas sin huevos.
—¡Te lo has cargado, tío! —exclamó asustado el otro compañero.
—Me suda la polla, Klas —exclamó Dante, y le dio una patada al cadáver de Onno.
Resopló hasta que recuperó el aliento—. ¡Vamos, no me jodáis!
¿No sentís curiosidad? Tenemos dos joyas aquí mismo, ¿y pretenden que nos quedemos mirándolas sin tocarlas?
Hay un maldito extraterrestre ahí dentro —explicó, señalando a Giannina mientras movía el dedo índice rítmicamente de delante hacia atrás—.
¿No queréis verlo con vuestros propios ojos?
Después de todo lo que hemos esperado, ¿no queréis cogerlo con vuestras manos y tocarlo con los dedos?
Se acomodó la ropa para acuclillarse al lado de Giannina, atusándose el pelo.
—Además, no solo hemos cazado un puto extraterrestre —aclaró, acariciando con malicia el vientre de Giannina—.
Lo conservamos dentro de una mujer que hará cualquier cosa que le pidamos.
¿Eso tampoco os llama la atención? Sé que está embarazada, pero está buenísima, no me lo vais a negar.
Imaginad todo lo que podríamos hacer con ella, o lo que ella podría hacernos a nosotros. Bastaría con pedírselo bien…
—Los otros se cabrearán de cojones —comentó otro.
—A la mierda con los otros. Si hace falta, me los cargo también.
Estoy hasta los huevos de que nos manden todo el rato, simulando que nos dan capacidad de decisión con esas malditas votaciones.
Nunca hacemos lo que yo quiero. Ni lo que vosotros queréis.
No te hicieron caso con el escondrijo que propusiste tú, Arne.
Ni con tu idea, Klas, de que usásemos el puto ransomware de Kaido para sacarnos una buena tajada.
Ha llegado el puto momento de que hagamos de verdad lo que queremos.
Y ahora yo quiero jugar con nuestra esclava. ¿Qué me decís, chavales?
—¿Qué ocurrirá si los otros regresan y nos atrapan con las manos en la masa?
—Buen punto. ¿Qué os parece si hacemos guardia? Arne, tú irás a por las armas y te encargarás del primer turno de vigilancia. Klas y yo nos llevaremos a este saco de mierda de aquí. Me corta el rollo esta rechoncha cara sin vida.
—¿Por qué demonios me toca a mí el primer turno de guardia? —rebatió Arne.
—¡Porque lo digo yo, maldita sea! ¿O quieres que te tumbe a ti también, igual que he hecho con el gordo?
—Al menos, deja que yo pruebe el poder de Simón. Simón dice: levántate.
Giannina se vio obligada a ponerse de pie. Cada movimiento era una batalla contra su propio cuerpo, un esfuerzo titánico por domar músculos que se negaban a obedecer. Sabía que la conexión estaba rota, que sus órdenes caían en el vacío, pero aun así, se negaba a rendirse.
—¡Su puta madre! —celebró Arne—. ¡Esto es cojonudo!
—¿A qué es la polla? Me alucina casi más que el puto bicho que lleva dentro. Deberíamos forrarnos, hackearle el cerebro a quien queramos, y dejar de cazar alienígenas de las élites tenebrosas.
—Simón dice: ve a aquella habitación y trae un fusil de asalto. Lo necesito para la guardia —explicó Arne.
Giannina intentó desobedecer, caerse, saltar, agacharse, cualquier cosa. Nada funcionó.
—¿Qué coño haces? —saltó Klas, horrorizado, mientras Dante reía desbocado.
La esclava sumisa obedeció de nuevo y navegó en piloto automático a través del caos que la trifulca había dejado en el salón. Pasó por encima del cadáver de Onno, llegó a una puerta y la cruzó sin que le obedeciesen sus pies.
—¡Estás loco! ¿Le das una puta ametralladora a nuestra prisionera? —le recriminó Klas, y miró estupefacto a la marioneta, que obedecía el último comando.
—Cálmate, que la hemos convertido en un robot —alegó Dante entre risas—. Le hemos pirateado el puto coco. Hace lo que le ordenamos.
—¿Qué pasa si la máquina de Kaido no ha funcionado correctamente? —inquirió Klas, y siguió los movimientos de Giannina con suspicacia.
Por mucho que le costara seguir la conversación, procesó las palabras de Klas y decidió seguir intentando recuperar el control en lugar de darse por vencida. No contemplaría las escenas que se desenvolvían como una mera espectadora.
—Joder, no seas gallina. ¿No has visto lo sumisa que se ha vuelto? Si le pedimos que nos la chupe, lo hará sin rechistar —dijo Dante.
—Solo ha levantado la mano y se ha puesto de rodillas. Puede que haya fingido todo este rato… —sugirió Klas.
Giannina ejecutó la orden y volvió de la habitación con un fusil de asalto en la mano, tal como le habían ordenado.
Intuyó lo que venía. El ambiente había cambiado; las risas se habían vuelto cuchillos y la mirada de Dante era la de quien juega con la muerte, como el Joker de las películas.
Se sentía como un rey en jaque en un tablero de ajedrez.
Si el siguiente comando era el último, quería —al menos— morir consciente de que alguna parte de ella había luchado.
—Te lo demostraré —prometió Dante—. Simón dice: apúntate en la cabeza.
Giannina siguió las instrucciones que le daban y se apuntó con el cañón bajo la barbilla, apretándolo contra su piel sin apenas sentir nada. La invadió el terror a que Dante pronunciara la frase que pondría fin a su vida: él, sin mover un dedo; ella, sin poder evitarlo.
—¿Lo ves? —comentó Dante—. Si le pidiese que disparase, ¡PUMBA!, lo haría sin rechistar.