Capítulo Trenta Y Cinco
—SIGO PENSANDO QUE tenemos que sacarle el bicho y verlo con nuestros propios ojos —comentó Dante.
—¿Eres incapaz de pensar antes de abrir la boca? Ya te lo he dicho: si lo extraes así, lo condenas. Y nos quedaremos sin nada —replicó Onno.
—Tío, no podemos permanecer de brazos cruzados después de que hayamos capturado a un puto extraterrestre.
—¡Estás loco! ¿No te das cuenta de que un cadáver no tiene ningún valor por sí solo?
Es fundamental que consigamos pruebas concretas, algo que no se pueda refutar.
Si sacas al alienígena muerto y le tomas tres fotos, terminará siendo solo otra historia más sobre ovnis, una de esas que nadie toma en serio.
Las fuerzas oscuras de las élites pedófilas harán todo lo posible para evitar el despertar global.
Para ellos, somos una amenaza directa al imperio del estado profundo que han construido.
Si de verdad queremos enfrentarnos al mal y a la poderosa esfera de influencia satánica que corrompe todo a su paso, debemos actuar con cautela, precisión y, sobre todo, con una estrategia sólida.
Además, no tenemos los recursos para disecar al bicho si lo sacamos.
Giannina escuchaba la discusión e intentaba acceder a sus músculos con desesperación.
Quiso gritar, pero no produjo ningún sonido.
Quiso huir, pero no se movió. Era incapaz de hacer nada que no le hubiesen ordenado antes.
La habían convertido en una estatua. Más bien en una matrioska compuesta de dos piezas.
—Bueno, señores, o pasamos toda la noche discutiendo, o definimos nuestras opciones y luego las sometemos a votación.
Yo abogo por lo segundo —los interrumpió Ragnar.
Cogió un rotulador del soporte de una pizarra que había en la sala—.
Creo que Dante ha dejado bastante clara su propuesta: él abriría en canal a Giannina y extraería el feto que lleva dentro.
¿Qué alternativas proponéis? —preguntó; anotó el número uno y el verbo destripar en el tablero blanco.
—Analicemos al bebé con una ecografía o con algún otro método no invasivo.
—Muy bien. La opción número dos sería la ecografía. ¿Alguna otra sugerencia? —retó Ragnar a los presentes, escudriñándolos uno por uno.
—Supongo que un análisis de sangre también sería útil —propuso otro de los presentes.
—De acuerdo —respondió Ragnar, anotando la nueva posibilidad en la pizarra con una precisión de cirujano—.
También estoy convencido de que necesitaremos una incubadora especializada y medicamentos, si es que de verdad queremos asegurar la supervivencia del feto en caso de un parto prematuro.
De lo contrario, el bebé no tendría ninguna posibilidad si por alguna razón naciese antes de tiempo, o si la portadora no lograse sobrevivir al embarazo alienígena.
Como Onno ha mencionado, eso nos dejaría sin la prueba irrefutable de vida extraterrestre que tanto necesitamos.
Yo también creo que debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para mantener viva a la criatura, cueste lo que cueste.
—Vosotros podéis hacer todo eso, y nosotros podemos jugar un poco con nuestro nuevo robot de carne y hueso…
—Mira lo que te digo: preferiría que no rompieses nuestra cámara de incubación humana, que desarrolla el único ser cósmico que conocemos, con tus malditos juegos de psicópata —lo interrumpió Onno—.
Sobre todo, hasta que tengamos una alternativa.
Una cosa es pedirle que te prepare la comida, y otra muy distinta es convertirla en tu esclava sexual.
No estamos aquí para satisfacer tus deseos carnales, ¿entendido?
— ¡Rompiscatole! Puto aguafiestas. Después de lo que hemos hecho en Roma para sacarla del Vaticano, ¿de verdad pretendes que me quede de brazos cruzados?
Giannina se aferraba al hilo de la conversación como a un cable pelado en plena tormenta.
«Destriparla», había dicho uno. La palabra estalló en el rincón de la mente que había quedado a su disposición, como un trueno en una iglesia vacía, profanando todo.
No pudo reaccionar, pero su eco se había quedado latiendo en lo más profundo; parecía una nota falsa que no dejaba de sonar.
Dentro de ella, un leve movimiento del bebé la había estremecido: un instinto primitivo la había empujado desde las sombras, intentando abrirse paso entre los restos calcinados de su voluntad.
Pero sus pensamientos no habían respondido.
Los comandos mentales seguían rotos, como líneas de control cortadas en mitad del campo de batalla.
Estaba atrapada dentro de sí misma, sellada en una mente que ya no le obedecía.
La habían arrojado a un pozo donde solo flotaban fragmentos dispersos de conciencia.
Las voces continuaban —planes, decisiones, palabras como cuchillos—, pero llegaban distorsionadas, rebotaban en una parte de su cerebro a la que ya no tenía acceso.
Se había obligado a reunir las pocas neuronas que no la habían abandonado, a reconstruir una línea de pensamiento en medio del caos.
Pero sus nervios eran canales perforados, invadidos por interferencias; apenas había logrado rescatar pedazos aislados de lucidez, como si su conciencia se filtrase a chorros a través de una grieta.
—Deja de molestar, macho. ¿Por qué no coges el coche, te vas a un burdel y nos dejas en paz? —le espetó Onno.
—Eres un rajado porque a ti no se te levanta ni con un kilo de viagra…
—Señores, centrémonos. Hemos hecho un juramento como soldados de la verdad, y ahora no perderemos de vista nuestro objetivo.
Si observáis las propuestas en detalle, veréis que solo si abrimos en canal a nuestra invitada, como sugiere Dante, no podremos seguir el camino de la prudencia científica y usar todos los demás métodos no invasivos.
¿Alguien más tiene alguna otra sugerencia?
—dijo Ragnar agrupando con un corchete todas las alternativas que había anotado en la pizarra menos la de Dante.
La pregunta cayó como un golpe seco, como las que lanza un profesor en medio del alumnado. Nadie se movía. Nadie quería ser el primero en hablar y quedar en ridículo. Todos se habían escondido detrás de su inseguridad.
—De acuerdo. Entonces, votemos entre los planteamientos contrapuestos: o la destripamos y satisfacemos la sed de sangre de Dante, o empleamos los métodos de estudio no invasivos que hemos sugerido los demás.
Ragnar contó el número de votos y apuntó los resultados en la pizarra.
—Muy bien, parece que tenemos un plan. Primero conseguiremos un escáner para la ecografía.
En segundo lugar, procederemos a la extracción de una muestra de sangre para enviarla a un laboratorio.
Por último, necesitaremos que alguien consiga la incubadora y los medicamentos.
Ahora distribuyamos las tareas. Onno, elabora una lista detallada de lo imprescindible.
De todas formas, es mejor que te quedes aquí con la pobre desdichada por si necesita tus cuidados, ya que eres el único con estudios sanitarios. ¿Quién se encarga del escáner?
—Lo consigo yo —dijo Kaido.
—Yo me encargaré de la incubadora —comentó otro.
—Perfecto —respondió Ragnar, satisfecho de que no hubiese más resistencia para guiar al grupo a una línea de acción coherente—. Yo gestionaré los análisis de sangre. El resto vigilaréis la granja y la emisora de la policía. Malo sería que justo ahora nos quitasen nuestro preciado trofeo.
Todos salieron de la habitación, salvo Onno, Dante y dos figuras que Giannina no había logrado identificar.
Tampoco podía moverse. Una vez más, había quedado a merced de sus captores.
El miedo ya no era solo suyo. Había algo más latiendo dentro de ella, exigiendo protección: una vida que no había pedido, pero que dependía de ella.
La responsabilidad tenía forma, calor, impulso.
Cuando la puerta se cerró tras los últimos pasos, el silencio llenó de nuevo la sala como una marea espesa.
En medio del caos mental, Giannina percibió una vibración leve, casi invisible, en su abdomen.
Era vida. Un latido extraño y familiar al mismo tiempo, pidiendo ser escuchado.
Aunque su cuerpo no respondía, algo en lo más profundo de su ser —ancestral, indomable— le susurraba que debía resistir.
Si no podía moverse, debía pensar.
Si no podía pensar, al menos debía recordar.
Porque incluso en la celda más oscura, la memoria podría ser su llave.