Hecha de cicatrices Capítulo Treinta Y Cuatro
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Capítulo Treinta Y Cuatro

EL TIEMPO SE desvaneció mientras la arrastraban hacia las profundidades del sistema de realidad virtual.

Al principio, el dispositivo solo mostró destellos de puntos blancos y negros que danzaban frente a sus ojos, proyectándose en un plano bidimensional, como partículas de luz en un ballet cósmico.

Pronto, esos puntos se transformaron en un entorno tridimensional: gigantescos globos que se inflaron a su alrededor y la envolvieron en una esfera pulsante de sensaciones acentuadas por los estímulos de los electrodos.

Los orbes mutaron y se convirtieron en figuras geométricas más complejas, que cambiaban de color con cada latido de su corazón.

Las formas se resquebrajaron, se subdividieron en elementos pequeños, crearon fractales que, a su vez, se entrelazaban para formar imágenes complejas.

Su cerebro comenzó a interpretar las ilusiones como fragmentos de recuerdos, espejismos creados por el sistema.

Estaba atrapada en un universo donde su percepción temporal se disolvía, donde las fronteras entre la realidad y la ficción se desdibujaban, borradas por los hilos invisibles que la tecnología tejía en su mente.

La conexión con el mundo real se perdió y dio paso a un laberinto de apreciaciones, sensaciones y ecos del pasado.

Luchó por cerrar los ojos. Los sonidos que penetraban por los auriculares, así como las descargas a través del cráneo, la sacudían en cuanto intentaba hacerlo, y la forzaban a abrirlos de nuevo.

Una tortura insufrible de la que no podía desconectarse.

Era incapaz de moverse. Apenas podía pensar.

El tiempo se había diluido entre sombras y destellos.

No supo cuántas horas se quedó inmovilizada en la camilla del tanque, enterrada viva en aquella habitación de la granja.

La percepción del tiempo no había sido lo único que había perdido.

También le habían arrebatado su identidad.

Uno de sus últimos pensamientos conscientes había sido las palabras que los captores habían pronunciado mientras la habían conectado a la siniestra máquina: «Hackearemos tu mente».

En aquel momento, no había llegado a imaginar que una conjunción de sonidos, imágenes y estímulos en apariencia inconexos hubiera podido implantarle un virus ilusorio que la hipnotizaría y despojaría de su capacidad de razonar, sumiéndola en un estado de trance.

En medio de la disolución mental, algo vibró dentro de ella como una nota sostenida en un violonchelo invisible.

No era el bebé: era la memoria de lo que significaba ser hija, mujer, individuo.

Recordó una caricia en la infancia, una canción tarareada por su madre, una risa fugaz en un callejón de Sicilia.

Y esa colección de instantes fue suficiente para encender un fósforo en la oscuridad del sistema.

No estaba completamente apagada. En algún rincón, la esencia de Giannina había resistido.

Hasta que perdió el control sobre la voz interior y experimentó la escisión de la conciencia en dos, como la partición de disco en un ordenador.

El terror de la total indefensión la invadió.

Si no era dueña de sí misma, ¿qué sería de la vida que crecía en su interior?

Por un instante, pensó en lo que llevaba dentro: ¿También le estarían robando eso?

¿Podrían controlar a su hijo, moldearlo como una extensión de su propia marioneta?

La habían relegado a una parte del sistema operativo de funciones limitadas; mientras que el que dirigía sus acciones era otro, extraño y ajeno.

Dejó de luchar para liberarse de las sujeciones.

No sintió las extremidades adormecidas, ni el roce del plástico de la camilla ni el sudor que empapaba la piel, debido al agotamiento mental al que la habían sometido.

Incluso el hedor omnipresente de la granja ya no impregnaba su olfato.

Habían secuestrado todo pensamiento consciente.

Si esto hubiera sucedido en el Vaticano, habría creído que un demonio la había poseído y la había convertido en un títere.

Los comandos mentales eran ineficaces. Por mucho que lo intentó, no pudo gritar de frustración, porque su garganta permaneció inmóvil, como un vacío que se negaba a responder.

Deseó llorar, sumida en la rabia, pero las lágrimas no brotaron.

Los párpados, igualmente, se negaron a ceder.

Estaba cautiva en una eterna observación, condenada a una pesadilla, donde las imágenes se sucedían sin tregua, y ella, incapaz de despertar, se veía prisionera de su propia mente.

No sentía, no se movía; era una espectadora impotente, sin control sobre su ser.

Cuando el peso de la escena la había agobiado por completo y un pensamiento fugaz había cruzado su mente —¿sentirá mi hijo esto también?

—, el mundo se desvaneció en una oscuridad absoluta, sumido en un silencio sepulcral.

Un abismo la había engullido, un agujero negro del cual no podía escapar.

Los sensores de su cuerpo no emitían señal y tuvo la impresión de estar muerta, pues no encontraba otra explicación para esa desconexión absoluta.

La catarsis que había estado a punto de alcanzar se cortó bruscamente, como si alguien hubiera encendido una luz cegadora para devolverla a la vida. Abrió los ojos, pero solo percibió un lienzo borroso, como si todo se viera a través de cristales empañados.

No detectó ningún sonido; si bien la pestilencia había regresado a su nariz, no tenía el mismo efecto que antes de la sesión con el módulo de control emocional.

El hedor ya no estaba cerca de ella; más bien alguien le contaba lo que debía percibir, sin que su cuerpo y su mente experimentasen conjuntamente el entorno.

Solo una sensación había sobrevivido a la aniquilación: algo palpitando muy dentro.

Era su bebé, su ancla a la realidad, la última frontera de su ser que aún no había sido profanada por la máquina.

Era la prueba irrefutable de que aún existía una parte de ella inquebrantable, una chispa de vida que no habían podido controlar.

Al poco, un distorsionado sonido se reprodujo en los auriculares.

—Buenos días, señorita. ¿Cómo se siente? —saludó Kaido.

—¿Está viva? —preguntó Dante.

—Pues claro, ¿no oyes el pulsioxímetro? Si estuviera muerta, se escucharía el típico piiii.

—Joder, es que no se mueve… —argumentó Dante.

—Normal. No se lo hemos indicado todavía.

—¡Muévete!

—No funciona así, idiota.

—Entonces, ¿cómo?

—Tenemos que usar las palabras clave para dar el comando. Observa —Kaido liberó una de las manos de Giannina y le indicó—: Simón dice: levanta la mano izquierda.

Desde la recóndita esquina de la mente a la que habían desterrado, Giannina vio que su mano izquierda se había elevado en respuesta al mandato de Kaido.

Todo sin que hubiera sido consciente de los movimientos.

Ver esa mano moverse por orden ajena fue como observar un avatar de un videojuego.

Sintió que vivía en diferido, como si la carne fuese otro ser.

La idea le había revuelto el estómago. Estaba asistiendo al entierro de su autonomía, y nadie lloraba por ella.

—Joder, qué puta locura —exclamó Dante—. ¿Cómo sabemos que ha funcionado de verdad y que no está jugando con nosotros?

—Probemos con algo que no habría hecho si mantuviese el sano juicio.

—Simón dice: tócate un pecho —dijo Dante.

Giannina observó perpleja que su cuerpo, convertido en autómata, se había movido y con la mano libre había obedecido las instrucciones de Dante.

—Bua, chaval, eres un jodido genio. ¡Tu puta máquina ha funcionado de verdad!

—Tus dudas me ofenden.

—¡Estoy flipando! La has convertido en nuestra puta esclava. La portadora del alienígena es nuestra esclava. ¡Qué locura! Podemos hacer con ella…

—Será la hermandad quien decida lo que haremos con ella. No crucéis una línea sin la decisión colectiva. Hoy somos guardianes, no verdugos —dijo Ragnar a su regreso a la sala, como quien enuncia un mandamiento.

—¡Coño! Mira que te gusta asustarme, cabrón —exclamó Dante.

—¿Cuál es el estado de nuestra invitada?

—El controlador de almas ha funcionado a la perfección. He logrado hackear el cerebro de nuestra huésped, y ahora responde a las órdenes que le damos.

—Ya he visto que la poníais a prueba.

—Ha sido para asegurarnos de que habíamos tenido éxito —se defendió Kaido.

—Excelente. Desatadla y haced que se ponga un equipo de protección individual para que podamos retirarnos los nuestros. Llevadla al salón tan pronto como hayáis terminado, así votaremos qué hacer con ella.

En esa ocasión fue Kaido quien cumplió las órdenes recibidas. La desenganchó del dispositivo y usó los comandos necesarios para obligarla a equiparse con el traje, ante la atenta mirada de Dante.

El traje protector que la habían obligado a vestir se había adherido como una piel ajena.

Convertida en un espécimen, ya no era ni humana ni divina, sino una categoría nueva que nunca había pedido ser.

Cada hebilla que se cerraba sobre su cuerpo era una sentencia silenciosa.

Y sin embargo, bajo la membrana de polímero, dos corazones latían.

El suyo y el de su hijo. No el de una máquina.

Una vez que estuvo vestida, los captores se quitaron los trajes de protección y revelaron los rostros que jamás olvidaría, los de aquellos despiadados que con una sonrisa le habían arrebatado el mundo entero.