Hecha de cicatrices Capítulo Treinta Y Tres
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Capítulo Treinta Y Tres

DANTE Y KAIDO levantaron a Giannina que, impulsada por el miedo, forcejeó una vez más.

La llevaron a rastras por un largo pasillo, haciendo crujir el suelo de madera, mientras ella escudriñaba el entorno como un animal acorralado.

El aire sabía a polvo y plástico quemado. Un escalofrío le recorrió la espalda.

La condujeron a una habitación revestida de paneles insonorizados y protegida por una malla que bloqueaba ondas electromagnéticas.

En el centro de la estancia había una camilla inclinada, rodeada de varios ordenadores, un soporte para sueros y un monitor de constantes vitales típico de los hospitales.

Kaido se acercó con una calma casi ritual. En sus manos llevaba el equipo: unas gafas de realidad virtual de diseño opaco, unos cascos acolchados que parecían pertenecer a un pinchadiscos profesional y un pequeño panel con electrodos conectados por finos cables plateados.

—Esto puede parecer incómodo al principio —murmuró mientras colocaba con cuidado las gafas sobre el rostro de Giannina—, pero pronto no notarás nada más que lo que el sistema quiera que sientas.

La tumbaron en la camilla del tanque de suspensión sensorial y la aseguraron con las bridas que tenía incorporadas. Se retorció y mordió la mordaza, sumiéndose en un estado de desesperación, ya que desconocía qué le harían los secuestradores enmascarados.

Kaido le ajustó los cascos sobre sus oídos, envolviéndola en un silencio artificial. Luego, con precisión quirúrgica, fue aplicando los electrodos en puntos específicos de su cabeza: sienes, nuca, frente. Cada uno estaba calibrado para enviar pequeñas corrientes eléctricas directamente al cerebro.

En ese momento, vio que el individuo de gran estatura entraba en la sala y lo urgía con su grave voz.

—Kaido, dale caña.

El interpelado obedeció, encendió los ordenadores y manipuló con destreza el teclado de un complejo sistema informático, cerrando la compuerta del tanque. Luego, se volvió hacia Giannina y le habló por el intercomunicador.

—Supongo que te preguntas qué es todo esto…

Me llamo Kaido, y espero que te guste mi creación, porque la diseñé para ti.

Este es mi legado: El Sistema de Despliegue de Estímulo Sensorial, aunque mis compañeros lo llaman el Controlador de Almas.

Funciona como un regulador de la mente: recoge tus respuestas fisiológicas, identifica patrones emocionales y ajusta el entorno digital para moldearte.

Es un dispositivo de suspensión sensorial digital que utiliza imágenes, sonidos y estimulación transcraneal con corriente directa, generados por ordenador, para aislarte del mundo real.

Eso no es todo. La clave está en el sistema de inteligencia artificial que monitoriza tus signos vitales: presión arterial, pulso, temperatura corporal, dilatación de pupilas…

y ajusta las imágenes, el sonido y las corrientes transencefálicas que experimentas con un propósito determinado.

Si deseamos que te sientas triste, la máquina presenta diferentes estímulos hasta que encuentra aquellos que te entristecen.

Si queremos que estés feliz, funciona de la misma manera.

En resumidas cuentas, es una especie de droga digital —concluyó con una risita nerviosa, un destello de la propia fascinación que el artilugio ejercía sobre él.

Se movía con nerviosismo por la sala, como si fuese a hacer un truco de magia por primera vez en un escenario abarrotado de público.

—Algunos de nosotros lo usamos para colocarnos y aumentar la actividad de los neurotransmisores en el cerebro: dopamina o serotonina, sin los efectos secundarios de las sustancias psicotrópicas.

Si bien eso no evita que experimentemos una especie de adicción a los estímulos que provoca, que son increíbles —dijo, y abrió mucho los ojos surcados por derrames, que habitaban en unas profundas cuencas ojerosas.

Era lo poco que Giannina pudo distinguir por el traje que llevaba—.

Supongo que también te preguntarás por qué queremos drogarte de forma electrónica.

Kaido hizo una pausa para centrarse en el calibrado de la máquina.

Ella deseó poder cerrar los ojos y desaparecer.

El miedo la atenazaba, tanto por la tortura como por el dolor físico de las ataduras.

También por algo más sutil: fobia a perderse, a que su conciencia fuera reemplazada por imágenes inducidas, a que le arrebatasen sus pensamientos y su voluntad.

Si la máquina era tan poderosa como él decía, ¿podría llegar a olvidar quién era?

¿Caería también el bebé en su interior bajo la influencia de ese aparato?

¿Cómo iba a protegerlo si no recordaba que debía hacerlo?

—En resumen, vamos a influir en tu forma de pensar. ¿Entiendes por qué lo llamamos controlador de almas? Para nosotros es una forma de experimentar placer de manera controlada, pero para ti será sumisión. Te volverás dócil y harás lo que digamos sin necesidad de forzarte físicamente.

Ya la habían privado de su libertad en varias ocasiones, pero de ser cierto lo que decía, sería la primera vez que harían lo mismo con su libre albedrío.

—Hackearemos tu mente. Te convertirás en un robot que obedecerá todas nuestras órdenes —escuchó decir a Dante detrás de ella.

—Bueno, Kaido, basta de sermones. Muéstrale a nuestra invitada lo que tu cacharro es capaz de hacer —intervino Ragnar antes de abandonar de nuevo la sala, deseoso de ejecutar el siguiente paso del plan.

Kaido accionó el teclado una vez más. El mundo que la rodeaba desapareció y se concentró en un único punto de luz.

A continuación, los auriculares se activaron y anularon el ruido del entorno, dejando solo hueco para los latidos del corazón.

El silencio que la envolvió fue más que ausencia de sonido: una presencia viscosa, como un líquido denso que llenaba sus oídos.

Sus propias palpitaciones se transformaron en el redoble de tambores que precedía al truco final: rítmico, tenso, marcando el compás de una realidad al borde del colapso.

Quiso pensar en alguien, en algo, en un recuerdo. Pero la luz la devoraba, los sonidos la moldeaban, y sus pensamientos comenzaban a fragmentarse como cristales en agua hirviendo.