Capítulo Treinta Y Dos
ONNO AbrIÓ LA puerta trasera de la caravana y le dio un par de palmadas a Giannina en la mejilla para que despertase. Ella simuló que se desperezaba para recuperarse del efecto del somnífero.
—¿Dónde estamos? —preguntó con un hilo de voz.
—Hemos llegado. Voy a desatarte y a sacarte del camión. Quiero que camines y que no hagas ninguna tontería. ¿Entendido? —anunció Onno con brusquedad.
Giannina asintió, pero una vez que puso los pies en el suelo, realizó un movimiento brusco, desestabilizó al captor y corrió por enésima vez.
Aunque no sabía a dónde la llevaban, por experiencia intuía que tendría más oportunidades si escapaba durante el traslado que una vez encerrada en una celda, por más que estuviera decorada por artistas de la talla de Miguel Ángel.
Las manos de Dante frustraron de manera fulminante el intento de fuga: la atrapó y cayó de rodillas al suelo. Giannina sintió la tierra húmeda bajo su cuerpo.
— L'ho presa! —dijo este al darle caza.
—¡Maldición! —exclamó Onno con voz entrecortada debido al esfuerzo que le supuso perseguirla, dado el marcado sobrepeso—.
¡Te he dicho que no hicieses ninguna estupidez!
¿Qué parte de «camina sin hacer tonterías» no has entendido?
—resopló Onno, molesto pero más controlado—.
Esto no es un juego, y tú no estás en condiciones de desafiar las reglas.
—¡AUXILIO, SOCORRO! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE! —gritó Giannina, desesperada hasta que Onno le colocó una mordaza con desprecio.
—Vamos, métela dentro. Seguro que los chicos están deseando conocerla.
Giannina forcejeó sin éxito conforme Dante la introducía en lo que parecía una granja en medio del campo.
Las manos de Dante la obligaron a alzarse.
Olía a estiércol, gasolina y sudor. No sabía dónde estaba, pero sentía que había llegado a un lugar sin límites morales.
El silencio del campo era tan espeso como el miedo que anidaba en su pecho.
No era solo por ella, sino también por lo que llevaba dentro.
Cada paso que daban la alejaba más de toda esperanza de recuperar la libertad.
El comité de bienvenida estaba formado por un grupo de individuos vestidos con trajes de protección personal, que ocultaban su humanidad, pero no su emoción.
A pesar de las barreras de tela y plástico, sus vítores resonaron con una energía palpable, y sus aplausos, amortiguados por los gruesos guantes, se convirtieron en un eco vibrante de entusiasmo.
—¡Lo han logrado! —exclamó maravillado el primero de los presentes.
—¡Felicidades! —celebró el segundo con euforia.
Desde su rincón, Giannina contemplaba los rostros apenas visibles tras aquellos trajes herméticos.
Parecían réplicas de una fe ciega, celebrando algo que para ella rozaba lo monstruoso.
Le recordaban a los miembros del Reinicio, ocultos bajo sus capirotes de nazarenos penitentes, aunque esa vez vestían de blanco en lugar de negro.
Pensó en el yin y el yang, pero sin espacio para la luz: eran solo dos matices de la misma oscuridad.
Cada aplauso le sonaba a bofetada. La ovación era una soga invisible que la ataba al delirio común.
Era de nuevo un trofeo: aclamada por una multitud de fanáticos incapaces de ver su humanidad.
—Compañeros, os presento a Giannina Christofonti —anunció Onno con solemnidad—. El primer caso de concepción entre especies. Nuestro momento ha llegado.
A pesar de que los aplausos fueron nuevamente sofocados por los guantes que todos los asistentes llevaban, la emoción en el ambiente era innegable.
—El camarada Dante y yo hemos deliberado sobre la mejor manera de proceder con este asombroso espécimen.
Quiero que quede claro para todos que nadie, repito, nadie debe actuar por iniciativa propia.
No arruinaremos todo lo que hemos logrado hasta ahora contra la teoría conspirativa de amplio espectro por un arrebato de estupidez.
—¿Eso qué significa? —preguntó con curiosidad uno de los miembros del movimiento.
—Sabéis que tenemos normas muy claras en Masanon.
La logia decidirá los siguientes pasos usando la democracia, igual que hemos hecho hasta ahora.
Solo así sobreviviremos a la tormenta perfecta y acabaremos con el experimento social cósmico.
Solo así evitaremos que los enemigos de la humanidad conviertan la energía humana, cosechada mediante la extracción de sangre de niños inocentes, en mercancía.
Por fin derrocaremos a la clase gobernante tiránica que colabora con los alienígenas.
Un murmullo recorrió a los presentes, pues nunca habían hablado en el grupo sobre qué harían si lograban dar caza a Giannina; en aquel entonces, parecía una meta imposible de alcanzar.
—La situación ya está muy jodida —anunció Onno—, y se complicará aún más, sobre todo para aquellos que traicionan a nuestra especie y se alían con los colonizadores interplanetarios.
Nosotros iremos hasta el final, lucharemos a escala global en los campos o en las calles, nunca nos rendiremos. Porque donde va uno, vamos todos.
—Tenemos que tomar cuanto antes una muestra de adn y comprobar el origen extraterrestre —intervino Dante—. ¡Joder! ¿Os imagináis que tuviera superpoderes? Superinteligencia, telepatía, fuerza sobrehumana.
—Está claro que la superinteligencia no te la ha contagiado —bromeó otro de los adeptos con un tono sarcástico.
En algún rincón de su mente, Giannina recordó un pasaje del Génesis que Elia le había leído.
El caos antes de la creación. El abismo antes de la luz.
¿Sería ella el principio de algo nuevo o el final anunciado?
Su vientre ya no era suyo: se había convertido en símbolo, en altar, en detonador.
Pero nadie le preguntaba qué sentía. Nadie reparaba en que, entre celebraciones y teorías delirantes, había una mujer atada, con miedo de perderse en el ruido de aspiraciones ajenas, un experimento, un objeto.
—En cualquier caso, debemos considerarla muy peligrosa —advirtió Onno—.
Es portadora, al menos, de una enfermedad que afecta a todas esas mujeres que se han quedado embarazadas por arte de magia.
Quizá sea una plaga que doblegue a la humanidad.
Mi teoría es que todos esos bebés son híbridos de la especie extraterrestre que pretenden colonizarnos.
Vivimos tiempos desafiantes de cojones. Es hora de que naveguemos juntos el caos y saciemos nuestra sed de verdad.
Estamos hartos de que nos manipulen como títeres.
No cejaremos en nuestra búsqueda de la verdad.
Llegó la hora del gran despertar. Organizaremos el caos.
No nos derrotarán. No somos una secta sin rumbo.
Somos observadores que el mundo ha ignorado.
Somos la ruptura del velo. Esto no es fanatismo, es la única salida posible para sobrevivir a la batalla galáctica que nos imponen.
Somos el ejército de los despiertos, invencible, implacable.
Donde va uno, vamos todos. Por eso usaremos a nuestra prisionera y con ella espabilaremos a todos los ingenuos.
Conseguiremos más soldados para nuestra lucha y rescataremos al mundo de las élites satánicas que han impuesto un nuevo orden mundial, confabulado por los extraterrestres y sus cómplices del estado profundo.
—¿Creéis que pretenden extinguir a la humanidad? —comentó uno.
—¿Te refieres a que todo esto es un castigo porque no cuidamos nuestro planeta y lo explotamos sin control? —dijo otro.
—Entonces, ¿quieren sustituirnos por una nueva especie? —planteó un tercero.
—¿Y si el patógeno se transmite por el aliento? No pienso acercarme sin la escafandra puesta —bromeó uno, y un par se rieron con nerviosismo.
—Todas vuestras hipótesis son opciones legítimas, por eso debemos prepararnos para el próximo evento catastrófico —comentó Onno—.
Puede ser el fin del mundo… o el inicio de una nueva era, marcada por la salvación y la utopía en la Tierra para quienes logren sobrevivir.
Por eso usamos trajes de protección. Recordad, solo podéis entrar en contacto con el espécimen si estáis bien protegidos.
Solo así evitaremos la transmisión de agentes infecciosos de origen extraterrestre.
—Vamos, que solo nos la podemos follar con condón —sonrió uno del grupo.
—¿A ti siempre te han molado las embarazadas o es un nuevo fetiche? —respondió con sorna otro.
—¡Ya basta! Esto es un asunto serio, maldita sea —los reprimió Onno—.
Después de todo el empeño que hemos puesto para llegar hasta aquí, pronto probaremos la existencia de vida extraterrestre y desenmascaremos los oscuros planes de la gran conspiración.
No podemos permitirnos errores. Dejad de hablar de manera irresponsable, que no sois quinceañeros.
Demostrad que tenéis dos dedos de frente. ¿Entendido?
—Vamos, Onno, solo estaban de chanza —se quejó Dante—. Esto no es un velatorio. No hay nada de malo en divertirse un poco, sobre todo ahora que celebramos el éxito de nuestra captura. Le hemos arrebatado la puta reencarnación de la Virgen María a esa panda de locos sectarios.
—Locos con mucho poder. No subestiméis al Reinicio.
Ya sabéis lo que hicieron en el Vaticano y nadie les ha tocado un pelo.
Buscarán a esta preciada reliquia con todos sus recursos, que no son pocos.
Tras escindirse de la logia masónica Propaganda Due, los miembros del Reinicio han mantenido lazos con los gobiernos ultraconservadores italianos, españoles, y vete tú a saber con quién más.
Así que tienen el respaldo de la Policía, las Fuerzas Armadas y el Poder Judicial, aparte de la Iglesia, claro está.
Seamos precavidos y no cometamos errores de novatos.
—Venga, hombre… —empezó Dante y fue cortado a media frase.
—Ya habrá tiempo para celebraciones. Vamos al grano. Aseguremos primero a la prisionera. Kaido, ¿tienes el equipo preparado?
—Sí, todo está listo.
—Excelente. Conéctala de inmediato antes de que intente otra fuga. En cuanto hemos bajado de la caravana, se ha escapado como una liebre ante un galgo —dijo Onno.
—Bueno, igual no tan rápido como una liebre. Lo que pasa es que tú no alcanzarías ni a una tortuga —comentó Dante y avivó las risas entre varios integrantes del grupo.
—¡Que os den a todos!
En ese momento, otro miembro de la banda, cuya envergadura sobresalía sobre el resto de los presentes y al que Giannina no había escuchado hasta ese momento, aprovechó el revuelo y tomó la palabra con una profunda voz de locutor de radio.
—Podréis seguir con vuestra batalla de gallos más adelante. Es hora de que le mostremos sus aposentos a nuestra invitada.
—¡Entendido, capitán Ragnar! —se burló Dante, que levantó el brazo derecho e imitó un saludo nazi, para luego dirigirse al otro compañero, incapaz de desobedecer al nuevo contrincante—. Vamos, Kaido, ayúdame a llevarla a tu sala de juegos.