Capítulo Treinta Y Uno
—¿QUIÉNES SOIS? —PREGUNTÓ Giannina, harta de tener que repetir la misma pregunta una y otra vez, ya que no podía elegir su compañía desde su regreso del espacio.
Mientras los escrutaba con mayor minuciosidad, descubrió la razón por la que no había reconocido ninguna cara al principio.
Las enigmáticas figuras que los habían abordado a la salida del Vaticano estaban ataviadas con trajes de protección integral de un negro impoluto, que los envolvían de la cabeza a los pies.
—Eso es información clasificada —replicó una voz áspera, distorsionada por la mascarilla.
Aunque hablaba inglés con fluidez, Giannina detectó un acento alemán con ceceo en el conductor. Se hallaba inmovilizada en el compartimento de carga de un furgón.
—¡Dejad que me vaya!
—Eso no ocurrirá. Hemos invertido demasiado en capturarte.
—¿Por qué? ¿Qué os he hecho?
—Deberías agradecernos que te hayamos librado de esos fanáticos religiosos.
—Gracias por rescatarme. Ahora, por favor, liberadme.
—Ya te he dicho que no dejaremos que te vayas.
—Entonces, no me habéis rescatado en absoluto. Me habéis vuelto a secuestrar. ¿Por qué no me dejáis en paz?
— Silenzio! —gritó el copiloto en italiano.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y abandonó el asiento en la cabina para adentrarse en el habitáculo trasero.
—No me callaré. No soy un objeto que podáis intercambiar como si fuera una carta de colección. Soy una persona, ciudadana estadounidense, y tengo derechos que deben ser respetados.
—No estás en América, y no lo estarás por un tiempo —dijo el copiloto, que rebuscó algo en una mochila.
—¿A dónde me lleváis?
—Pronto lo descubrirás, belladona —dijo el italiano con una sonrisa de satisfacción, mientras encontraba lo que buscaba—. Ahora, a descansar.
—Espera… —balbuceó Giannina.
Antes de que pudiese decir algo más, el copiloto se había acercado y sintió un pinchazo que le robó la consciencia.
En la oscuridad del sueño forzado, Giannina se deslizó por paisajes imposibles: un cielo donde los planetas flotaban como linternas y un niño de ojos oscuros que la observaba desde una estrella.
No sabía si era su hijo o un símbolo, solo que la anclaba al cosmos con un hilo invisible.
Sentía que algo especial se gestaba dentro de ella y que lo que ocurría a su alrededor era parte de una guerra silenciosa entre lo humano y lo desconocido.
Cuando recobró el conocimiento, sintió el movimiento oscilante de un vehículo, aunque se dio cuenta de que ya no se encontraba en la furgoneta en la que la habían metido después del asalto al comando de Zoido.
Esa vez la transportaban en un vehículo más cómodo y, por la luz que se filtraba por las ventanillas descubrió que se trataba de una caravana de pequeñas dimensiones.
No pensó que jamás extrañaría las antiguas estancias del Vaticano, ni siquiera las lujosas vistas de la finca de la isla del santuario.
La habían degradado de categoría en esas vacaciones forzadas.
Mientras la neblina del somnífero comenzaba a disiparse, Giannina se preguntó, con un nudo en el estómago, si sus nuevos captores habrían usado químicos que pudieran dañar al bebé.
Permaneció inmóvil y en silencio, consciente de que cualquier movimiento podría delatarla.
Los secuestradores habían dejado claro en su última conversación que no hablarían con ella ni le explicarían sus intenciones.
Era una postura muy diferente a la de Jacobo y Nuria, que, pese a sus miradas, sus rezos y sus planes, habían demostrado que más que protegerla; buscaban preservar a ella y al bebé.
Los nuevos secuestradores, en cambio, eran ciegos a su humanidad. No la veían como mujer, madre o víctima: solo como un contenedor. Esa despersonalización le pesaba más que las cuerdas en sus muñecas.
Nunca lamentaría la ausencia de los miembros del Reinicio; no había sucumbido al síndrome de Estocolmo ni sus creencias habían logrado calar en ella.
Sin embargo, tenía otra referencia de carceleros, y no podía evitar comparar la aparente deferencia que había recibido en su anterior cautiverio con la frialdad con la que la trataban en ese momento.
Aún tumbada y con las cuerdas sujetándole las muñecas y los tobillos, escuchó las voces que llegaban desde el otro extremo del vehículo en el que viajaba.
—Lo de Kaido es una obra maestra de ingeniería informática clandestina.
Infiltró sus sistemas como si fueran queso suizo.
Nos facilitó una ventana para la extracción y ha funcionado.
No solo dio con el mejor momento para capturar a nuestra presa, sino que el cabrón también inutilizó los cochazos de esa panda de meapilas con túnicas.
—Es un mago de primera categoría, tienes toda la razón.
—No me creo que haya llegado este momento. ¿Lo entiendes, chaval? Esto es grande. El despertar es inminente. ¡Es la hostia! —exclamó el italiano con entusiasmo.
—Cálmate, hombre —respondió el conductor.
—¿Cómo esperas que me calme, tío? ¿Tienes idea de lo que hemos logrado?
Llevamos años, qué coño, décadas, luchando contra los tiranos extraterrestres que quieren doblegar a la humanidad, mirando al cielo en busca de una señal, la mínima evidencia de vida fuera de la Tierra.
Años destapando los avistamientos encubiertos por gobiernos de todo el mundo.
Y hoy, tío, ¡JODER! ¡Hemos conseguido un encuentro cercano del séptimo tipo!
¿Comprendes? Un maldito encuentro del séptimo tipo, la creación de un híbrido humano-extraterrestre. ¿Eres consciente de lo que eso implica?
—Sí, Dante, claro que lo sé. ¿Por qué demonios crees que iba a estar viajando contigo si no lo supiera? ¿Acaso piensas que eres el único pensador expansivo? —respondió Onno, esfumada la poca paciencia que tenía.
—Estoy flipando, tío.
—Bueno, trata de comportarte como un explorador consciente de la verdad, que pronto vamos a llegar.
—Esto es increíble. Acabamos de capturar el primer ejemplar irrefutable de una especie extraterrestre, y estamos a punto de cambiar la historia de la humanidad.
Incluso si es un híbrido, sigue siendo algo que nadie ha conseguido antes.
Seremos putos famosos. Haremos historia.
Sacaremos al mundo de la corriente principal de pensamiento.
—No te emociones tanto, macho, que todavía no hemos logrado nada.
—¿Qué me estás contando? No seas aguafiestas, Onno.
—¿Tenemos acaso un test de adn que demuestre un origen extraterrestre?
—Vamos, Onno, eso lo conseguimos en un abrir y cerrar de ojos. Basta con que saquemos sangre al feto y ecco! , tendremos una maldita evidencia de vida alienígena.
—Si le hacemos daño al crío, no solo perdemos la prueba, sino también nuestra única oportunidad. Esto exige precisión, no machetes. No creo que existan vídeos en YouTube que enseñen a aficionados cómo comprobar la procedencia extraterrestre de un bebé en el útero.
—¡Me da igual si hay que rajarla para sacar al bicho! —exclamó Dante, que hizo aspavientos en el aire y simuló una cesárea improvisada.
—¡No digas disparates! —gritó Onno y giró con brusquedad el volante de la caravana para tomar una curva pronunciada.
—Joder, algo tendremos que hacer…
—Por supuesto, tío. Pero ahora que hemos encontrado nuestra presa gracias a las artimañas cibernéticas de Kaido, no descuartizaremos la única certeza de contacto con vida extraterrestre.
Imagina que dañamos al pequeño. ¿Exterminarías al único alienígena identificado hasta la fecha?
—lo retó Onno, preocupado por las consecuencias.
—Eeeh, no sé.
—Imagina que lleva a un visitante espacial enviado de otra civilización, un embajador cósmico.
Si lo primero que hacemos es matarlo, podrían considerarlo un acto de guerra, y sus compatriotas nos atacarán sin preámbulos.
¿Qué pasa si nos trae un mensaje de una sociedad superavanzada?
Puede enseñarnos a generar energía limpia e ilimitada, a sanar enfermedades incurables hoy en día, a combatir el cambio climático o incluso a viajar más allá del sistema solar.
¿Serías el gilipollas que privó a la humanidad de todos esos avances solo por tu puñetera impaciencia?
—Joder, no, Onno, no sé, si lo pones así, tío… —respondió Dante.
El camión disminuyó la velocidad, y Giannina reconoció el crujir de la grava bajo las ruedas, que se tambaleaban de un lado a otro con cada bache que atravesaban.
También sintió un cambio en el aire, húmedo y terroso, con olor a musgo y a neumático caliente, hasta que un aroma a purines la golpeó.
—Mira, Dante…, no somos piratas espaciales.
Somos pioneros. Así que nada de locuras.
Tú mismo lo has dicho: estamos en la delgada línea entre la historia y la extinción.
No la jodamos. Seamos cautelosos, porque nuestras acciones en este momento determinarán el destino de nuestra raza.
Así que, por favor, no hagas nada estúpido de lo que el resto de nuestra especie deba arrepentirse.
Al decir esto, apagó el motor y se bajó del transporte.