Capítulo Treinta
—NADIE VENDRÁ A rescatarte —aseguró Nuria mientras caminaba bajo la majestuosidad de los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Avanzó entre las esplendorosas decoraciones de la sala que, por lo general, se llenaba de turistas cuando concluían el recorrido por el Vaticano. En ese momento servía de sala de reuniones para los altos cargos del Reinicio.
—¡Pagaréis por vuestros crímenes!
—Nadie puede desafiar los designios del Todopoderoso.
—Estáis locos. ¡LOCOS! ¿Cómo creéis que las autoridades os permitirán que hagáis lo que queráis?, ¿que ataquéis, robéis y sacrifiquéis inocentes a vuestro antojo?
—No se trata de lo que nosotros queramos, hija mía, sino de lo que quiere Dios.
—Mi mensaje llegará al Gobierno estadounidense y, en cuanto averigüen mi paradero, movilizarán un equipo para liberarme. No van a permitir que una astronauta norteamericana sea secuestrada y retenida como parte de vuestros retorcidos planes.
—¿Crees que no saben ya dónde estás? ¿Que habríamos planeado y ejecutado tu rescate en el golfo de México y tomado el control de la sede papal sin que la cia se enterara?
¿Acaso vuestro presidente no juró la toma de posesión sobre la Biblia en lugar de usar la Constitución?
¿No fue ante Dios que prometió servir al pueblo estadounidense, defendiendo esa Constitución, la democracia y el bien público, en lugar de hacerlo solo ante los ciudadanos que lo eligieron?
¿Puede que fuese justo a nuestro Señor celestial al que solicitó ayuda para ejercer el cargo con integridad y así prevalecer sobre los enemigos de vuestra nación?
¿Crees que aquellos hombres que temen tanto al Todopoderoso tomarán medidas contra los fieles que seguimos la Palabra Divina?
¿Que se enfrentarán a nosotros, que protegemos al Mesías en el Segundo Advenimiento y desbrozamos el camino marcado por el Creador?
—No son más que formalidades, parte del protocolo.
—Abraza esa idea si te permite dormir mejor por las noches.
No obstante, insisto en que detengas de una vez tus fútiles intentos de escapar.
Sabes que son en vano. Tu sitio está en la Santa Sede, junto a nosotros.
¿Ves estas escenas del Antiguo Testamento, con las majestuosas representaciones que Miguel Ángel plasmó para que comprendamos la magnificencia del plan divino?
—dijo, y señaló con la mano las infatigables escenas que las observaban en los muros de la Capilla Sixtina—.
Abarcan desde la creación del mundo y del hombre con Adán y Eva hasta las consecuencias del pecado original que cargamos.
¿Ves la caída de Noé en la embriaguez? Simboliza el lado más oscuro de nuestra especie, cargada de errores, culpa y dolor por nuestra debilidad terrenal.
Eso es lo que buscamos erradicar, y el fruto que llevas en tu vientre lo hará posible.
—Jamás permitiré que toquéis a mi hijo.
—¿Cuándo vas a entender, querida niña, que no es tu hijo, sino el hijo de Dios, y por tanto Padre, Hijo y Espíritu Santo amalgamados en la Santísima Trinidad?
Es el Reinicio el que no permitirá que ni tú ni nadie nos arrebate a nuestro Salvador.
La misión que Dios nos ha encomendado es salvar a la humanidad. Daremos nuestra vida por ello.
Giannina huyó desesperada sin pensarlo dos veces.
Elia, tensa, aguardó el gesto de Nuria para seguirla.
Cuando recibió la orden, la alcanzó con facilidad debido al embarazo.
Giannina estaba harta de estar encinta. De que no fuese ella quien decidiese sobre su cuerpo, desprovista de toda autonomía.
Y al mismo tiempo, una parte de ella se preguntó qué significaba en realidad llevar una vida dentro si no podía regir la suya propia.
Lloró por la frustración de que la hubiesen atrapado de nuevo.
Forcejeó casi con desánimo, consciente de la inutilidad del intento.
Poco después de que Elia pusiera fin al improvisado intento de fuga, Nuria las alcanzó.
—¿Estás loca? —le reprochó—. ¿Qué pasa si te caes por las escaleras en uno de tus ridículos intentos de escapar? —Rabiosa se giró para dirigirse a Elia y le dijo—: Átala a la cama, no podemos permitir que sufra un accidente que ponga en peligro al Salvador.
De pronto, le vinieron a la cabeza tanto el correo de Maia como los artículos que había leído sobre otras mujeres que habían experimentado embarazos misteriosos.
—¿Por qué creéis que llevo al Mesías dentro de mí si hay cientos de mujeres por todo el mundo embarazadas sin que hayan tenido relaciones sexuales?
—Porque tú eres la primera —sentenció Nuria.
—¿No veis que existen varias posibles explicaciones a los embarazos misteriosos? No hace falta recurrir a milagros divinos ni a la llegada de un nuevo Cristo a la Tierra.
—La Biblia nos enseña a recibir con los brazos abiertos a aquellos de creencias frágiles, ofreciendo comprensión y apoyo.
Por otro lado, también nos insta a evitar disputas con ellos, porque vivimos basados en la fe, no en lo que nuestros ojos pueden ver.
Solo a través de la fe vislumbramos el plan que el Altísimo tiene para nosotros.
Nuestra percepción de la realidad está limitada por nuestra mente humana.
Solo con nuestros ojos no podremos comprender la obra del Señor.
Elia, por favor, llévatela a sus aposentos antes de que haga otra tontería.
—Ya nos la llevamos nosotros —dijo la voz grave de un hombre ataviado con las túnicas características de la secta, y sorprendió por igual a Giannina y a las carceleras.
—¿Zoido? ¿Qué estás haciendo aquí? —le recriminó Nuria.
—Vengo a por la Santa Virgen.
—No es tuya para tomarla a tu antojo —lo amenazó Nuria.
—Eso ya lo veremos.
Zoido hizo un gesto a sus acompañantes, que liberaron a Giannina del fuerte agarre de Elia, y sujetaron con fuerza a las tres mujeres, impidiendo que Nuria utilizara el teléfono para pedir ayuda.
Acto seguido, las esposaron con bridas de plástico, que apretaron con tal vigor que la piel cedió bajo la presión e hilos de sangre fluyeron por las muñecas de las esposadas.
—No dejaremos que os interpongáis en nuestro camino —prometió Zoido.
—¡ESTÁS LOCO! ¡No hagas esto! ¡Dios ha mandado a Cristo para salvarnos a todos, no solo a ti! —gritó Nuria.
—Prefiero que comience salvándome a mí; después veremos qué les queda a los demás.
—¡Eres un egoísta, un necio! —chilló Nuria y forcejeó para escapar, como tantas veces había visto hacer a Giannina.
La bala que Zoido le disparó en la frente la hizo callar para siempre. El grito de Elia estalló en el aire, tan desgarrador como el estruendo del cuerpo de Nuria al desplomarse muerto en los pasillos del Vaticano.
—Con temor a Dios y celo por la pureza de la verdadera fe, expío vuestras almas herejes, erradico las sombras de la duda e ilumino el camino de los que quedamos —rezó Zoido.
Acto seguido, dirigió el arma contra Elia y le arrebató la vida con la misma facilidad con la que se la había quitado a Nuria.
Giannina soltó un chillido con el disparo enmudecido.
Con todo lo que había vivido hasta entonces, el miedo y el rencor que sentía hacia Elia eran profundos.
Sin embargo, al ver su cuerpo caer, una punzada de tristeza inesperada la atravesó.
Era la muerte de su carcelera, sí, pero también de su única compañía en ese infierno, la única persona que, a su manera retorcida, había intentado «acompañarla».
Zoido guardó el arma bajo la túnica, realizó una seña para que escondieran los cadáveres detrás de unos muebles de la sala en la que se encontraban y, de inmediato, todos se colocaron los capirotes y arrastraron la presa por los pasillos del Vaticano.
—¿Dónde me lleváis? —preguntó Giannina cuando reconoció al hombre que dirigía al grupo, aquel que en la sala de audiencias había dicho que tenía cáncer terminal y que le quedaba menos de un año sobre la faz de la Tierra.
—Pronto lo descubrirás —respondió Zoido, y la guio por una serie de pasillos enrevesados.
No notó las armas de gran calibre equipadas con silenciadores de los nuevos centinelas hasta que uno de los escoltas enmascarados disparó dos ráfagas y neutralizó a un miembro de la secta con el que se cruzaron.
Su propio deseo se volvió en su contra. Anhelaba escapar del Reinicio y liberarse del cautiverio en la Santa Sede.
No obstante, cambiar unos secuestradores por otros no entraba en sus planes, y mucho menos si pretendían extraerle sangre por sus supuestas propiedades sanadoras.
Al salir del edificio, el comando que la escoltaba eliminó rápidamente al equipo de seguridad desplegado en una calle lateral del Vaticano.
En ese instante, dos Porsche Taycan negros emergieron de la nada; tan silenciosos que tenían que ser eléctricos.
Los vehículos se detuvieron y el equipo de extracción subió a bordo con la captura.
Una vez dentro de las berlinas, aceleraron con una fuerza impresionante y atravesaron las calles romanas a toda velocidad.
No pasaron ni cinco minutos desde el inicio de la marcha cuando, de repente, los motores se apagaron y las berlinas comenzaron a perder velocidad.
—¿Qué está pasando? —estalló Zoido.
—No lo sé —contestó el chófer.
—¿Por qué estás frenando?
El vehículo disminuyó de velocidad hasta detenerse por completo en medio de un callejón.
—No estoy frenando. El coche no funciona.
—¡Dios mío! No me puedo creer que hayas sido tan inepto como para olvidarte de cargar el vehículo para la operación.
—Por supuesto que lo cargué. Hace nada marcaba que la batería estaba al máximo.
—Pues enciende de nuevo el maldito coche, macho, y sácanos de aquí ahora mismo.
—¡Eso es lo que estoy intentando, maldita sea! Pero no arranca… —argumentó el conductor y apretó el botón de encendido una y otra vez sin conseguir nada.
—¡Me cago en la puta, salid del maldito coche!
En el momento en que Zoido descendió del automóvil por la puerta del copiloto, el estruendo de un disparo sin silenciador le impactó en la cabeza y lo derrumbó al suelo, al igual que había ocurrido con Nuria y Elia momentos antes.
Nuevos proyectiles destrozaron el parabrisas del Porsche y convirtieron las esquirlas de cristal en metralla que laceró el rostro de Giannina en varios puntos.
Intentó contener el dolor y protegerse de más fragmentos ocultándose tras el asiento delantero.
Miró entre los dedos lo que estaba sucediendo y, al ver el cadáver ensangrentado de Zoido, pensó que él habría disfrutado de un año de vida completo si no hubiera optado por arriesgarlo todo en busca de una cura milagrosa.
Una nueva ráfaga de proyectiles la arrancó de sus pensamientos y la devolvió a la brutalidad de la realidad.
Se agachó rápidamente dentro del vehículo, cubriéndose la cabeza con los brazos esposados, intentando protegerse.
Los disparos cesaron tan repentinamente como habían comenzado y, casi al instante, un tercer par de manos la apresó con un vigor implacable y la arrancó del auto eléctrico inutilizado.
La llevaron a rastras hacia una furgoneta vieja, de motor de combustión interno, cuyos aullidos mecánicos rompían el silencio de la noche.
Esas manos no parecían humanas, carecían de piel porque estaban envueltas en gruesos guantes.
Además, su dueño permanecía completamente encubierto, su rostro invisible, como si la oscuridad misma lo hubiera reclamado.