Capítulo Ventinueve #2
En cuanto la matrona cruzó la puerta, Giannina se precipitó hacia el móvil tirado en el suelo.
Lo tomó con manos temblorosas, dejando un rastro de sangre sobre las baldosas.
Lo manipuló con torpeza, casi sin atreverse a mirar, temiendo que la pantalla no reaccionara, que el cristal estuviera hecho añicos, que todo hubiese sido en vano.
Lo escondió entre la ropa interior, apretándolo contra su piel como si pudiera fundirse con ella.
La invadió una oleada de emociones: desesperación, miedo, y una súplica muda a un Dios en el que no creía.
Se esforzó por pensar en positivo, en visualizar el móvil funcionando y a ella llamando a sus padres para pedir ayuda.
Fue gracias a una certeza que la sostenía: haría lo que fuera necesario para proteger a ese bebé.
Aunque el mundo se desmoronara, aunque ella misma se rompiera.
Deseó que las prendas que llevaba pudieran soportar el peso del único lazo que la conectaría con la realidad.
Con una respiración entrecortada, se recostó y cubrió con una almohada la herida provocada por la aguja que había arrancado.
Justo entonces, Elia entró en la habitación, con el rostro marcado por la confusión.
La matrona y Elia la atendieron, curaron sus heridas y le quitaron el resto de las agujas que tenía todavía clavadas.
Al terminar, Giannina se disculpó alegando agotamiento y solicitó retirarse a su dormitorio, el único lugar donde Elia le permitiría estar sola.
Cuando estuvo dentro, sacó el móvil con cautela, susurrando el código: «Dos dos tres ocho».
Apretó el botón lateral y la pantalla se iluminó con una suave luz.
Giannina soltó un suspiro tembloroso al comprobar que el móvil funcionaba.
No todo estaba perdido. Reveló una imagen del Niño Jesús en brazos de su madre, una obra de Antonio Allegri da Correggio que Giannina no reconoció.
Deslizó el dedo sobre la pantalla, estremeciéndose por la sensación de estar siendo observada, y el teclado numérico apareció ante ella.
Con manos nerviosas, comenzó a escribir la contraseña que pronunció por enésima vez, con la esperanza de que aquel gesto pudiera ser la clave para escapar de su oscuro encierro.
—Dos, dos, tres, ocho.
El móvil se desbloqueó y mostró el menú al que tenía acceso.
—¡Sí! —exclamó emocionada.
Temblando de la excitación, indagó en el teléfono, se conectó a internet y accedió al correo para escribirles a sus padres:
«Estoy secuestrada en el Vaticano. En Roma. Por favor, sacadme de aquí cuanto antes. Os quiero muchísimo.
Giannina».
Añadió el título «Socorro», y envió el mensaje. Luego, revisó la bandeja de entrada, y seleccionó dos correos. El primero era de su madre: «Mi amor:
No hay palabras que puedan describir el dolor que siento al saber que estás lejos, en una situación tan injusta y aterradora. Cada minuto sin ti es una herida abierta que no deja de sangrar.
No paro de pensar en ti, en tus ojos, tu risa, tu fuerza. Eres mi vida. Tu padre y yo hacemos todo lo que está en nuestras manos —y más— para encontrarte y traerte de vuelta. No pararemos, ni un instante.
Aguanta, cariño. Mantente fuerte. Piensa en nosotros, en el amor que te rodea. Todo esto pasará. Yo estaré ahí cuando lo haga.
Te ama profundamente, Mamá.»
El segundo era de Maia, la chica del lago:
«Giannina, no sé ni cómo empezar este correo. Algo extraño está pasando… y necesito contártelo. Ayer fui al médico por unos malestares que no entendía, y después de hacerme varias pruebas… dice que estoy embarazada. ¿Te lo puedes creer? Sí, igual que tú. No entiendo nada. Es muy heavy.
Lo más desconcertante es que no hay una explicación lógica. No he estado en ninguna situación que lo haga posible y, sin embargo, el médico asegura que no hay margen de error.
Lo primero que pensé fue en ti. No sé si esto tiene algo que ver con lo tuyo, o si hay algo más que nos está pasando. Me gustaría contactar contigo lo antes posible. Siento que estamos viviendo algo que escapa a lo normal, y no quiero hacerlo sola.
Me encantaría poder hablar contigo. A lo mejor podrías ayudarme a entender lo que nos pasa.
Con cariño, Maia».
Al leer el correo, Giannina sintió cómo una corriente helada le recorría la espalda.
No era solo sorpresa: era la confirmación de que lo que le ocurría no era un delirio solitario.
Maia —la joven del lago— era víctima de un caso tan enigmático como el suyo.
Aquello no podía ser una coincidencia. Tal vez, después de todo, existía una explicación racional, lejos de las teorías místicas del Reinicio.
Intentó volver a la pantalla de inicio, pero deslizó el dedo con demasiada fuerza. De pronto, una serie de noticias la golpeó como una ráfaga: su nombre aparecía en varias de ellas. Sintió un vértigo eléctrico, como si la realidad se hubiera fracturado.
«La Nueva Virgen conquista la Ciudad Sagrada». «El papa es crucificado por la Virgen». «La Madre del Mesías destrona al papa».
Más allá del estruendo sensacionalista, otros titulares captaron su atención. Hablaban de mujeres y niñas en distintas partes del mundo que, como ella y Maia, habían concebido sin intervención sexual. Casos documentados, inexplicables, pero reales.
Un escalofrío de incredulidad —y, curiosamente, de alivio— la invadió. No estaba sola. Su experiencia no era única, sino parte de un fenómeno global. Y eso, en su mente científica, abría una puerta a la esperanza. Si había más casos, sería más fácil resolver el misterio y desenmascarar el milagro.
Tras semanas de aislamiento impuesto por el Reinicio, sus principios habían comenzado a tambalearse.
La realidad parecía conspirar para obligarla a aceptar lo imposible.
Lamentaba que tantas jóvenes estuvieran atrapadas en esa misma paradoja.
Pero también sabía que, cuantos más casos aparecieran, más fácil sería recopilar datos y más cerca estaría de entender la verdad.
Los artículos frente a ella brillaban con imágenes sugestivas y titulares diseñados para seducir.
Sintió la tentación de sumergirse en esa vorágine y leerlos todos, uno a uno, como habría hecho en su vida pasada.
Pero se contuvo. Con un gesto firme, pospuso la lectura y se preparó para grabar un vídeo.
Necesitaba ayuda. Y esta vez, no pensaba callar.
—Me llamo Giannina Christofonti, soy ciudadana estadounidense y astronauta de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio.
En este momento, me encuentro secuestrada en la Ciudad del Vaticano, en Roma, por una secta de extremistas que creen que soy la Virgen María y que llevo en mi vientre a un nuevo Jesucristo.
Ruego a quien escuche estas palabras que me auxilie.
Les pido que transmitan este mensaje a las autoridades estadounidenses o italianas para que movilicen a la policía o al ejército y me rescaten de estos fanáticos.
La situación es crítica: algunos de ellos desean extraerme sangre para convertirla en un remedio milagroso que cure sus enfermedades.
No sé qué harán conmigo ni con mi bebé. Son capaces de cualquier atrocidad; han atacado la Santa Sede e incluso han crucificado al papa.
Por favor, les suplico que nos ayuden. Sáquennos de aquí.
En ese instante, escuchó algo en el pasillo e interrumpió la grabación.
Tenía que enviarla o no serviría de nada.
En un rápido vistazo, encontró en el menú de inicio del dispositivo de la matrona una aplicación de vídeos cortos.
Sin demora, la activó y logró subir el vídeo recién capturado justo antes de que Nuria y Elia irrumpieran furiosas en el cuarto, escoltadas por varios miembros del Reinicio, que registrarían cada rincón en busca del teléfono extraviado por la matrona.