Hecha de cicatrices Capítulo Ventinueve
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Capítulo Ventinueve

LAS EXPRESIONES DE los adeptos que se topaba por los pasillos de la Santa Sede le provocaban escalofríos.

No la observaban con amor ni la deseaban físicamente.

La miraban como un objeto preciado, un cofre que guardaba un tesoro invaluable, imbuido con el respeto que otorga lo incomprensible.

Una trampa capaz de desatar una maldición al activarse.

La primera vez que había escuchado que ella o su hijo pudieran poseer propiedades curativas, no le había dado mayor importancia.

Lo había considerado otra de las fantasías de los sectarios, parte de su enajenación mental.

Sin embargo, tras el asalto al Vaticano y la ferviente creencia de algunos líderes del Reinicio en los poderes curativos de su sangre y la del bebé, su corazón se aceleraba cada vez que cruzaba miradas con un desconocido en los pasillos sombríos de la Santa Sede.

El miedo había arraigado en su pecho, una inquietud que crecía con cada paso, cada murmullo, cada encontronazo inesperado.

La discusión en el concilio, sumada a la mirada de Zoido, las amenazas de extraerle su sangre y la del bebé para propósitos alquímicos lo habían cambiado todo.

A pesar de estar recluida y de la presión psicológica a la que la sometían, había dado por sentado que el Reinicio velaría por su integridad física.

Pero en ese instante dudaba si Elia o los Etxegarai tendrían capacidad para protegerla si aquellos fanáticos sectarios intentaban exprimirla para sanar sus enfermedades.

La urgencia de escapar fue mayor que nunca, sin margen para dudas ni esperanzas. Temía que alguien la atrapara como una araña a su presa: la inmovilizara, la drenara, la convirtiera en un cascarón colgante que solo conservara el eco de lo que había sido.

Imaginó cómo podría eludir a Elia, pero, incluso si lograba hacerlo, no sabría adónde dirigirse.

La ciudad-estado, con su inmensidad laberíntica, conformaba un escenario inabarcable, y aunque las salidas de emergencia estaban señalizadas con los típicos letreros verdes, desconocía qué o quién podría esperarla al otro lado de esas puertas llenas de secretos.

Tras el asalto, el recinto sagrado se convirtió en el cuartel general de la secta, y la vigilancia era más intensa que nunca.

Nuria le explicó que el Reinicio hacía todo lo posible por proteger su nuevo bastión, para no perder el símbolo del poder que habían adquirido en la escena internacional.

A pesar de la feroz batalla librada y el clima de emergencia que la siguió, la asistencia que la secta le brindó durante su embarazo no se vio afectada.

Portaba la entidad más preciada sobre la faz de la Tierra, y por ello le siguieron proporcionando cuidados exhaustivos, asegurándose de que las molestias del embarazo fueran mínimas.

Pusieron a su disposición una ginecóloga, una matrona, un nutricionista y un fisioterapeuta.

Todos trabajaban en equipo y velaban por el bienestar de la Nueva Virgen.

Se preguntó si en algún rincón existiría alguna mujer embarazada que recibiera un cuidado tan completo.

Si habría miembros de la realeza o de una dinastía económica que fuesen tratados mejor que ella, si bien eso no suponía ningún consuelo al cautiverio.

La matrona, integrante del equipo que la cuidaba, le recomendó una sesión de acupuntura para aliviar sus malestares.

Giannina nunca se había sometido a un tratamiento de esta técnica milenaria, y le resultaba sorprendente que una secta ultracatólica mostrara tanto interés en que se sometiera a un procedimiento de origen asiático.

Por suerte, Nuria conocía bien los beneficios de este método y no le dejó casi alternativa.

—Es beneficioso tanto para la madre como para el bebé. Diversos estudios respaldan esta práctica. Tú, que eres madre de todos, debes aprovechar los avances médicos para contribuir al bienestar del Redentor.

Una mañana, Elia guio a Giannina a la instalación medicalizada.

Se trataba de un espacio de sobria modernidad.

Las paredes blancas, salpicadas de detalles dorados, reflejaban una luz suave que entraba a través de las vidrieras de colores.

Camillas se alineaban a ambos lados de la estancia.

Eran decenas, idénticas, de acero inoxidable, relucientes bajo la luz blanca y clínica.

Unas cortinas translúcidas colgaban entre ellas, como velos suspendidos.

Alrededor, los equipos médicos de última tecnología emitían destellos de luz, mostrando los signos vitales de los heridos durante la batalla.

Aquellos que estaban conscientes rompieron la quietud del ambiente, marcada por el incienso que flotaba en el aire y los suaves cánticos que se filtraban desde la capilla cercana para alabar a la Madre de Cristo.

La matrona la acompañó a una sala privada, lejos de las miradas de los feligreses.

A un costado, una mesa de instrumentos quirúrgicos estaba perfectamente ordenada, con las agujas de acupuntura dispuestas en paralelo con meticulosa precisión.

La camilla, equipada con cojines ergonómicos, se adaptaba al paciente, y su sistema hidráulico permitió a la especialista ajustarla con exactitud.

—¿Qué tal te encuentras hoy? —preguntó la terapeuta y le tomó la mano para comprobar el pulso.

—Bueno, siento molestias en la espalda y en el sacro, si bien lo que me matan son las muñecas. Apenas puedo levantar peso con la mano derecha.

—Es normal que tu cuerpo se debilite desde los dientes hasta los tendones de tu muñeca —explicó la matrona, aplicando una ligera presión con los dedos índice y corazón en la muñeca—.

Se debe al incremento de peso, los cambios hormonales y la retención de líquidos.

Además, el bebé extrae nutrientes de tu organismo para desarrollarse y fortalecerse.

Tu pulso parece ligeramente elevado, concuerda con el de una mujer embarazada —añadió con una sonrisa y dijo—: ¿Me enseñas tu lengua?

Giannina asintió, sorprendida por la petición, y siguió las indicaciones.

—También la zona inferior —indicó la matrona. Giannina levantó la lengua en respuesta—. Está un poco enrojecida. Seguro que también padeces estreñimiento y acidez estomacal.

—Sí, ambas cosas.

—Comprendo. Con el tratamiento aliviaremos las molestias provocadas por el calor que emana de tu cuerpo para dar vida a tu bebé. Por favor, recuéstate.

Obedeció sin dudar, pero un destello de curiosidad la desvió momentáneamente.

Por el rabillo del ojo, descubrió algo en la mesa: el teléfono de la matrona, que yacía junto a las agujas.

Un sobresalto la recorrió cuando el aparato vibró, produciendo un castañeteo agudo, como el tintineo de pequeñas campanillas, al chocar contra la fría superficie metálica de la mesa auxiliar.

Sintió que el móvil había respondido a sus intenciones, si bien fue la matrona quien se disculpó por la distracción, visiblemente avergonzada.

Dado que acababa de colocarse los guantes, no pudo desbloquear la pantalla mediante las huellas dactilares, por lo que introdujo un código, que Giannina se grabó a fuego en la memoria.

«Dos, dos, tres, ocho. —Repitió en un ciclo constante la llave de escape—. Dos, dos, tres, ocho».

—Te voy a introducir estas finas agujas de metal en puntos específicos.

Al estimularlos, lograré armonizar las fuerzas yin, que están asociadas al frío y la pasividad, con las fuerzas yang, que simbolizan el calor y la energía activa de tu organismo.

Este equilibrio restaurará el flujo de tu energía vital, el qi , aliviando así los dolores que estés experimentando.

¿Estás preparada para comenzar con las punciones?

Giannina asintió y la especialista le insertó la primera aguja justo entre las cejas.

—¿Cómo te sientes hasta ahora? Si por algún motivo te encuentras incómoda, házmelo saber. Recuerda que nada de lo que hago debería causarte dolor.

—Entendido.

—Este punto es excelente para relajar la mente y estimular la energía de tu organismo —indicó aplicando otra aguja en la frente.

Cada vez que la matrona se giraba y cogía la siguiente aguja, Giannina posaba la vista en el smartphone para comprobar que nadie se lo había llevado. Deseaba cogerlo y comunicarse con el mundo exterior.

—El siguiente punto en el canal del intestino grueso aliviará el exceso de calor del que hemos hablado, el cual provoca la acidez estomacal y los problemas intestinales —explicó la terapeuta y colocó con delicadeza otra aguja cerca del codo izquierdo.

Giannina no podía dejar de preguntarse cómo iba a conseguir el móvil sin que la matrona la viera.

La amabilidad y la simpatía de la mujer despertaban en ella una tentación de pedírselo directamente, sin tapujos.

Por otro lado, sabía que no podía confiar en nadie vinculado al prelado.

Le había quedado claro que todos los miembros, al igual que Elia, antepondrían la fe a cualquier compasión que pudieran sentir por su víctima.

Tras la quinta aguja, Giannina actuó movida por el miedo a que se le escapara una ocasión única.

En cuanto la matrona tomó otra aguja, sin pensarlo dos veces, posicionó la punta de la que tenía clavada en el brazo contra la pared cercana a la camilla.

Con los dientes apretados y el corazón a mil por hora, aplicó fuerza, haciendo palanca en un movimiento brusco, hasta que la sangre tiñó la fría estancia vaticana.

El agudo grito que emitió hizo que la matrona se sobresaltara y tirase todas las agujas al suelo, móvil incluido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la matrona.

—No lo sé —respondió Giannina compungida. No por el dolor de la herida autoinfligida, sino por el temor a que el móvil se hubiese roto en la caída, echando a perder su plan.

—¡Vaya por Dios! —exclamó la especialista alarmada por la sangre—. ¡Cuánto lo siento! Quédate aquí, buscaré gasas para curarte y enseguida vuelvo —prometió la matrona.