Hecha de cicatrices Capítulo Ventiocho
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Capítulo Ventiocho

RESIDIR EN EL corazón del Vaticano era un contraste radical con el santuario de la isla canaria.

El alojamiento que le asignaron estaba situado en una de las zonas más exclusivas del palacio apostólico, rodeado de espacios imponentes que irradiaban solemnidad y grandeza.

La habitación era enorme, decorada con opulencia, de techos altos recubiertos con molduras doradas que formaban intrincados patrones.

Las paredes, revestidas de paneles de madera oscura, exhibían delicados tallados que narraban escenas religiosas y momentos históricos de la Iglesia, si bien nadie había retratado todavía el reciente asedio a la Santa Sede.

Grandes vidrieras permitían que la luz natural inundara la estancia, iluminando la lujosa alfombra persa que cubría el suelo de mármol.

Quizá era una de las pocas almas que había experimentado el confinamiento en el santuario de la isla.

Allí no conoció a nadie más que hubiera sido retenido por la fuerza.

Sin embargo, Elia le había contado que no era la primera reclusa en la ciudad pontificia.

Poco antes de partir del santuario, le había explicado que, durante el siglo xix , los papas habían quedado atrapados en ese mismo estado, como respuesta a los intentos del Gobierno italiano de limitar su influencia.

Esa situación había persistido hasta que Mussolini había otorgado a la Sede Apostólica el estatus de estado independiente dentro de la república italiana.

Ella era la última reclusa de la Santa Sede.

Cuando había visitado Roma con sus padres de niña, nunca hubiera imaginado que aquellos exuberantes muros cargados de historia y adornados con majestuosas obras de arte renacentistas se convertirían alguna vez en su prisión.

Cada pasillo, cada sala, cada estancia del Vaticano le recordaba a la galería de un museo, donde el eco de sus pasos reverberaba incansablemente, siempre acompañados por los de Elia.

La rapidez con la que el Reinicio tomó el control del Vaticano no dejaba de sorprenderla. Lo mismo ocurría con la naturalidad con la que sus nuevos habitantes se movían por allí. Parecía que nada grave había sucedido, que las atrocidades que habían cometido eran solo fruto de su imaginación.

En medio de aquel escenario, las víctimas caían en el olvido, mientras que el miedo a represalias no parecía preocupar a ninguno de los miembros del prelado.

Los fanáticos ultracatólicos estaban concentrados en su siguiente meta, impulsados por una fe inquebrantable que los blindaba contra cualquier atisbo de remordimiento.

Se consideraban los elegidos de Dios, convencidos de que su victoria en la Tierra estaba garantizada, seguida de su ascensión al paraíso prometido.

Guiados por el mismo fervor que en su día impulsó a los cruzados, aplastarían a todo adversario que se interpusiera en su camino.

Esa convicción los llenaba de un entusiasmo desmedido, alimentada por la inercia de su éxito reciente, aunque sus opiniones sobre el siguiente paso comenzaban a divergir.

—Silencio —pronunció Jacobo—: ¡Que Dios nos salve!

Estaba sentado en la sala de audiencias Pablo vi , frente a la imponente y perturbadora escultura de la Resurrección, obra de Pericle Fazzini.

Para Giannina, aquella obra no evocaba a Jesús regresando del otro mundo, sino a Lucifer, deleitándose con las almas condenadas por el Reinicio.

La figura de Cristo, envuelta en una lucha contra la oscuridad, parecía desvanecerse, reemplazada por la sombra de un ser que triunfaba sin piedad sobre el dolor ajeno.

Jacobo, encaramado en el trono, hacía girar lentamente el anillo del Pescador entre sus dedos, como si saboreara cada giro del poder usurpado.

La efigie de San Pedro con su red —emblema de una autoridad arrebatada— capturaba la luz con un destello frío, reflejo de una ambición que no conocía límites.

—No debemos precipitarnos. Es evidente, queridos hermanos, que todos estamos emocionados por lo que hemos conseguido.

De todas formas, como decía Maquiavelo, el vulgo se deja seducir siempre por la apariencia y el éxito.

No podemos permitir que el fuego de la victoria nos consuma.

Si el ego nos ciega y no medimos nuestros pasos con cuidado, perderemos todo el terreno conquistado.

—No hay nada mejor que una buena estrategia, fruto de una planificación cuidadosa —lo apoyó Nuria, sentada junto a él.

—¿Cuál es esa estrategia? —cuestionó un miembro de la junta directiva por videoconferencia.

—Debemos obtener el respaldo de suficientes líderes seculares, querido hermano —respondió Nuria.

—¿Quién va a avalar el uso de la fuerza para derrocar un gobierno, aunque sea el de una teocracia como el Vaticano? ¿Quién va a perdonar la crucifixión del papa? —preguntó el dirigente.

—Así como el martirio de Cristo fue esencial en su época y lo será nuevamente, el sacrificio del depuesto obispo de Roma será un catalizador más para nuestra victoria —respondió Jacobo, apretando con firmeza los reposabrazos del trono—.

Aprovecharemos la potencia simbólica de una tradición religiosa que ha perdurado en el tiempo, volviéndola a nuestro favor.

Recuerda que nuestra campaña mediática contra el papa ha sido un éxito rotundo.

Lo hemos difamado hasta el extremo de que, al final, la gente ha llegado a aborrecerlo, culpándolo de todos los escándalos de abuso sexual que él mismo ha encubierto, como si fuera el autor directo de aquellos actos atroces.

Pero volviendo a tu primera pregunta, la vasta mayoría de los gobernantes que se cuelgan una cruz del cuello, aquellos que al despertar se postran ante el Creador para pedirle que los mantenga en el poder, aquellos temerosos de una autoridad superior y que no comprenden el papel que deben desempeñar en la providencia divina, ven en nosotros la única luz capaz de guiarlos a través de la oscuridad.

No saben cómo enfrentarse a la nueva realidad de la fe; están desorientados ante este cambio de paradigma.

Paró un momento y estudió la reacción del concilio.

—Nosotros, queridos hermanos, junto a todos nuestros fieles, representamos un camino que puede guiar a todas esas ovejas desorientadas por las tinieblas, con el consuelo de no estar solos en esta travesía por el mundo terrenal.

Somos un aliado inestimable para legitimar gobiernos impopulares.

Harán uso de una estrecha colaboración con el Reinicio para limpiar la imagen pública y beneficiarse del empujón del prodigioso don de la parusía.

—¿Cuál será entonces nuestro siguiente paso? —farfulló otro de los integrantes.

—Redoblaremos nuestros empeños en el ámbito de las redes sociales.

Produciremos contenido que mantenga a la opinión pública a nuestro favor.

También dedicaremos recursos a estrategias diplomáticas, evaluando con cautela quiénes son nuestros posibles aliados, qué actores se encuentran en un momento de indecisión y serán persuadidos mediante razonamientos o negociaciones pertinentes y, por último, quiénes respaldarán nuestra causa por inacción.

—¿Nada más? ¿Qué destino aguarda a nuestra Virgen?

—Ya discutimos que no hay mejor lugar para celebrar la festividad de la Natividad como la Santa Sede.

—Dicen que la Virgen tiene dones curativos —comentó otro de los presentes.

—Eso son solo mitos, querido Zoido. Recuerda las palabras de Mateo 7:6: «No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las pisen y se vuelvan contra ustedes y los despedacen» —intervino Nuria.

—«Se abrirán entonces los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; saltará el cojo como un ciervo, y gritará de alegría la lengua del mudo.

Porque aguas brotarán en el desierto y torrentes en el sequedal».

Si esta niña alberga el cuerpo de Cristo, beber su sangre sanará todo mal —contraatacó Zoido.

—La nueva Virgen es intocable —sentenció Nuria.

—Si no lo probamos, no lo sabremos. A muchos de nosotros nos vendría bien un pequeño milagro. Solo dispongo de un año de vida por el maldito cáncer. Estaría muy interesado en hacer de conejillo de Indias para comprobar si los mitos son ciertos.

—Mi madre está moribunda. Si una gota de esa sangre la puede sanar, merece la pena intentarlo —aseguró otro.

—Lamento mucho vuestras tragedias —interrumpió Jacobo—, las propias y las de vuestros familiares y allegados.

No obstante, nos asomamos a una espiral muy peligrosa.

El Señor no nos ha mandado al Hijo para que abusemos de él con fines egoístas.

No podemos desangrar a la Madre de Dios, igual que no es prudente destripar a la gallina de los huevos de oro.

El Señor es todopoderoso y nos guía a lo largo de su obra.

Si decide llamar a uno de nosotros o a nuestros seres queridos para sentarnos a su lado en los cielos, es un honor que acogeremos con humildad.

—Hablas así porque no eres tú quien enfrenta la muerte —protestó Zoido.

—Todos la enfrentamos desde que nacemos.

Es la faceta intrínseca de la vida y la puerta de entrada a la vida celestial.

Cuando llegue mi hora, recibiré con honra la llamada de Dios y la bienvenida al Paraíso.

Ahora bien, en este instante, os ruego que aplaquéis vuestra codicia y ambición.

Hemos llegado muy lejos y aún tenemos mucho por alcanzar.

Es imperativo que permanezcamos unidos, procedamos con cautela y no cometamos ningún error.

Ni las aberraciones que había presenciado durante el asalto al Vaticano ni el terror que había vivido en la emboscada al equipo de rescate de la nasa durante su regreso del espacio lograron infundirle tanto pavor como las palabras de Zoido y la manera con que la miró mientras las pronunciaba.

No permitiría que le hicieran daño, ni a ella ni al niño que tomaba forma en su interior.

Los latidos de su corazón retumbaron como arietes en sus entrañas.

De repente, una extraña y suave sacudida, un delicado golpecito proveniente de su vientre, la dejó desconcertada.

Se llevó las manos a la incipiente barriga, mirando a los sectarios con el miedo palpable de que pudieran cumplir sus aterradoras amenazas en cualquier momento.

La sensación se repitió. Una burbuja explotó en su interior, desvaneciéndose al instante, y comprendió que eran los primeros movimientos del bebé.

Había analizado las pruebas a las que la sometieron en la estación orbital, había enfrentado las consecuencias de una concepción extraña, como las náuseas, y había sido testigo de los profundos cambios que su cuerpo experimentaba mientras formaba una nueva vida.

Sin embargo, nada le había revelado tan vívidamente su estado de gestación como esas primeras pataditas.

Aquellos pequeños movimientos terminaron de romper el hechizo de negación y rechazo que había llevado consigo desde que había recibido la noticia del embarazo.

Aterrada por los delirios del Reinicio, necesitaba conectar con él.

—Sé que tienes mucho miedo, igual que yo. Pero te prometo que saldremos de esta juntos. No permitiré que ni estos locos ni nadie te hagan daño.

Una vez terminó el concilio, se dirigió a Elia, horrorizada.

—¿Quieren desangrarme?

—La fe puede ser muy fuerte y difícil de controlar.

A veces se muestra como algo bueno, y otras como algo oscuro.

Hay personas que, al no entender bien el mensaje espiritual, lo interpretan de forma confusa y lo transforman en ideas vacías de esencia que circulan sin reflexión ni renovación.

El miedo y la obsesión pueden llevarlas a cometer actos terribles en nombre de esa fe.

—No podéis permitir que me mutilen.

—Tranquilícese, querida niña. Nada malo les pasará ni a usted ni al bebé. Los señores Etxegarai jamás lo permitirían.