Capítulo Ventisiete
—EL SEÑOR, EN una gracia infinita, nos ha concedido el maravilloso don de enviar de nuevo a su Hijo, que es la luz de nuestra salvación.
Jesús regresa para juzgar a vivos y muertos.
Para consumar la salvación de los fieles.
Su venida no es simplemente un juicio para los impíos, sino el advenimiento del reino eterno, que erradicará el mal y restaurará la gloria eterna de la creación.
Conforme hablaba Jacobo, la Guardia Suiza intentaba acercarse al papa.
Sin embargo, los soldados del culto los neutralizaron con fusiles de asalto de gran calibre.
El ruido de los primeros disparos no impidió que Jacobo continuara con su alocución, a pesar de los gritos de terror de los feligreses desesperados, que intentaban huir del caos.
Giannina contemplaba los altercados con la esperanza de que las fuerzas de seguridad romanas pusiesen fin a la operación del Reinicio de un momento a otro.
—Un nuevo Cielo y una nueva Tierra serán forjados, donde la muerte, el llanto y el dolor no tendrán lugar.
El glorioso regreso de Cristo será la culminación definitiva de la redención, el cumplimiento de la promesa para todos los que han creído.
El vientre de esta Santísima Virgen alberga al Hijo del Todopoderoso, que de nuevo ha sido enviado para liberarnos de nuestros pecados mediante el sacrificio.
Ocultando su exaltación, escudriñó a los presentes, controlando cada detalle de la operación.
El rugido de los blindados fue más atronador conforme abrían fuego contra los vehículos de las calles adyacentes, acompasado a los disparos de los seguidores encapuchados que doblegaron con una fuerza implacable los intentos de la Gendarmería de aplacar los disturbios y retomar el control de la situación.
—La principal misión de la Iglesia católica es evangelizar, el proselitismo religioso, lo que implica difundir la doctrina, predicar la fe y las virtudes cristianas.
Ahora bien, eso es lo que dice el diccionario.
Lo que dicen las Santas Escrituras es que debe unir a los hombres con el Padre para vivir su vida, su amor y su verdad.
Debe anunciar a Jesucristo y al Evangelio, abrazando sus enseñanzas, colaborando con Él en un servicio de salvación a la humanidad.
Las palabras de Jacobo reverberaron con fuerza en los muros, sembrando el terror entre los feligreses desconcertados, que luchaban por escapar de las balas que llovían a su alrededor.
A su vez, encendieron el júbilo de los acólitos, sedientos de sangre y victoria.
Una música coral tenebrosa comenzó a resonar desde los altavoces, envolviendo el discurso con una atmósfera siniestra.
El líder continuó con su intervención, dirigiéndose a los asistentes y a los miles de telespectadores que se sumaban a la transmisión, cuyo número aumentaba exponencialmente a medida que la noticia del ataque en el Vaticano se difundía por todo el planeta.
—En este momento crucial, cuando Dios nos reenvía a su propio hijo a través de esta Santísima Inmaculada, el papel del catolicismo es más importante que nunca.
Este supuesto vicario de Cristo, junto a muchos de los cardenales y obispos, reniega de su sagrado deber —proclamó Jacobo con un desprecio tan intenso que los ventanales de los edificios colindantes vibraron—.
Todos ellos han dado la espalda no solo a los deseos del Altísimo, nuestro Señor, sino también a los de su pueblo.
Han perdido de vista lo que deberían hacer.
Ya sabéis que todos los fieles católicos, mediante sufragio democrático, han decidido que la Iglesia debe respaldar a esta Santísima Virgen como portadora del cuerpo de Cristo, asumiendo así su función principal de evangelización.
¿Y qué han hecho ellos? ¡NADA! En una flagrante negligencia, el actual líder del catolicismo y sus secuaces han decidido dar la espalda tanto a la voluntad divina como a la popular.
Dejó que sus palabras calaran hondo en los seguidores, alentó en ellos una sensación de injusticia que avivaba una reacción en cadena de furia y ansias de violencia. A Giannina le parecía increíble que la organización estuviera de verdad a punto de tener éxito en el asalto a la Santa Sede.
La cruda realidad de la invasión la golpeó con una fuerza aterradora al ver, a través de las pantallas, cómo los blindados del Reinicio hacían uso de su potencia de fuego para desarticular los vehículos de las fuerzas defensoras, conforme los drones lanzaban explosivos sobre el equipo de seguridad y la Gendarmería, desatando el caos y aniquilando a sus víctimas.
Le sorprendieron tanto los medios como la absoluta y desalmada eficacia de su agresión.
—Los actuales líderes de la Iglesia han fallado —bramó Jacobo—. Han dado la espalda a la voluntad divina y popular. Han vuelto el rostro a Dios y han desoído la voz del pueblo. Hoy, el Reinicio corregirá su error.
Los vítores estallaron en un rugido atronador.
De nuevo vibraron todos los edificios. Los miembros de la secta, que durante años habían permanecido al servicio del pontífice, se abalanzaron sobre él con un propósito inconfundible.
En una secuencia coreografiada por la cólera y el fanatismo, lo despojaron de las vestiduras con el odio acumulado por años de servicio encubierto.
Con enorme brutalidad, lo prepararon para revivir el calvario de Cristo narrado en la Biblia: le colocaron una corona de espinos y lo obligaron a arrastrar una cruz hasta el obelisco de la plaza.
—No os preocupéis, hermanos. El Reinicio terminará con este sinsentido hoy mismo. Nos aseguraremos de que el papa, que tanto tiempo ha malgastado sobre la tumba del apóstol san Pedro que yace en esta misma colina, se sacrifique por el pueblo para expiar todos sus pecados.
A medida que los drones descendían sobre las fuerzas de seguridad, los explosivos estallaban con precisión sobre los vehículos que intentaban sortear los acorazados para alcanzar el campo de batalla.
Las columnas de la basílica se resquebrajaron bajo el estruendo.
Las fuerzas defensoras fueron aniquiladas por las llamadas «abejas guardianas», aeronaves letales que sembraban fuego y muerte desde el cielo.
—Salve, María —gritaron unos.
—¡Por la Virgen! —exclamaron otros.
—¡ Deus vult ! —sentenció Jacobo.
El sol brillaba tenuemente sobre la basílica, la principal iglesia del catolicismo, alargando las sombras en la sala desde la que Giannina ponderaba sus escasas opciones.
La agonía martilleaba su pecho, mezclada con una creciente determinación.
Cuanto más drásticas eran las medidas del Reinicio, más se avivaba en ella el deseo de liberarse, de escapar para criar a su hijo lejos del fanatismo de la secta.
Aunque se sentía impotente ante la atrocidad que se desataba, su pensamiento más persistente era la necesidad de proteger a su hijo no nacido.
—¡Levantaos, hermanos siervos del Señor! ¡Hoy, el Vaticano caerá y la era del Reinicio comenzará! ¡Que el mundo sepa de nuestra misión! ¡Luchad y devolved a la Virgen María y a su Hijo, el Salvador, aquello que les pertenece!
El clamor incitó a los seguidores, que derribaron al papa sobre la cruz de madera que le habían obligado a cargar y lo crucificaron.
Ni los desgarradores alaridos que profirió ni la sangre que manó de sus heridas lograron detener sus atrocidades.
Los gritos fueron ensordecidos por las explosiones y los disparos que sacudieron las calles romanas mientras la batalla se extendía.
Giannina se postró de rodillas, estremecida ante las dantescas imágenes.
Aunque cerrara los ojos y se tapase los oídos con las manos, seguía siendo testigo de los horribles crímenes del culto.
La tragedia se hacía más insoportable bajo el peso aplastante de la culpabilidad que la oprimía.
Se sentía responsable, como si sus decisiones o su mera existencia hubieran desatado aquella ola de violencia y muerte.
Si hubiera podido alterar el curso de aquellos fatídicos eventos, quizá nadie habría perdido la vida.
Si no hubiese nacido, si no se hubiera quedado embarazada de manera misteriosa durante la operación espacial, o si hubiera logrado escapar a tiempo de la isla santuario, tal vez no habría dado a esos fanáticos sin escrúpulos la excusa que necesitaban para atacar con tal salvajismo el Vaticano.
La culpa que amenazaba con consumirla se transformó en una chispa de coraje.
La imagen de su hijo, latiendo dentro de ella, se superpuso a la visión del horror y le ofreció una razón para luchar.
Giannina decidió que, aunque su embarazo era un misterio, ese hijo no podía ser solo motivo de miedo o remordimiento.
En medio del caos, se aferró a la esperanza de que su bebé fuera una luz en la oscuridad, un símbolo vivo de resistencia y futuro.
Espoleada por la última detonación, salió corriendo hacia la puerta de la sala de operaciones del Reinicio.
En cuanto la abrió, un fusil de asalto y su portador le bloquearon el paso.
Acto seguido, se dirigió a una las ventanas más cercanas, pero antes de que pudiese accionar la manija, unas manos férreas la apresaron y con sorprendente delicadeza la invitaron a tumbarse en el suelo, de donde no la dejaron moverse.
—Ni se te ocurra volver a intentar eso —amenazó Nuria sin apartar la vista de los monitores.
Los drones seguían zumbando en el cielo.
Las deflagraciones de la carga destrozaron las columnas de la basílica y otros edificios sagrados, y los pintaron de ceniza.
Los estallidos resonaron en las cristaleras, mezclados con los gritos de auxilio de los peregrinos, que habían elegido el peor día para asistir a una misa oficiada por el papa.
Las detonaciones dejaban su eco suspendido en el aire.
Lo que quedaba de la Guardia Suiza, respaldada por la Gendarmería y los militares allí destinados, se enfrentó a duras penas a los frenéticos invasores.
Estaban superados en número y pronto claudicaron ante la ferocidad de los enemigos.
Cuando las huestes sectarias tomaron el control absoluto de la Ciudad del Vaticano y sus alrededores, la luna despuntaba majestuosa sobre el cielo romano, bañando la plaza de San Pedro con un resplandor plateado que mantuvo a raya la oscuridad creciente.
La paz que normalmente envolvía la ciudad-estado, que un día cualquiera habría sido interrumpida solo por el bullicio de los turistas disfrutando de sus vacaciones en la capital italiana, ahora había sido rasgada violentamente por el estruendo de la violencia y el caos desatados por la secta.
La organización religiosa emitió un comunicado, proclamando su victoria sobre el clero y declarando su dominio sobre el mismísimo corazón de la cristiandad.
Anunciaron una nueva era de dominio para el prelado, a la vez que lanzaban una amenaza mortal: sacrificarían a los cardenales y clérigos tomados como rehenes si las autoridades italianas se atrevían a detenerlos.
La rapidez y la determinación con las que la facción había tomado el mando de la Santa Sede dejaron a todos en estado de shock, enfrentados a un dilema cuyas consecuencias eran dramáticas e imprevisibles.
Siguiendo la profecía que Nuria y Jacobo habían compartido durante las reuniones de planificación en el santuario de la isla, el Vaticano estaba ya bajo el dominio total de su grupo.
Las autoridades de todo el mundo observaron, pasivas, mientras se asentaba una nueva soberanía eclesiástica en medio de la república italiana.
La luna continuó su ascenso, iluminando con una luz macabra la plaza de San Pedro, mientras las calles recobraban la calma en la oscuridad de la noche, si bien nada ni nadie desmaquilló la sangre ni los escombros de la contienda.
La batalla por el alma de la Iglesia católica había concluido de forma fulminante, y el destino de millones de fieles se encontraba en un equilibrio precario, tan frágil como la piel de Giannina que sucumbía ante las bridas que la ataban.
Apenas podía creer que el prelado hubiera logrado tomar el Vaticano con semejante eficacia.
Aún albergaba la esperanza de que, si lograban sus objetivos, sería una victoria efímera: ningún gobierno permitiría que extremistas ultracatólicos quedaran impunes de crímenes tan sangrientos.
Pero la realidad la golpeó con brutal claridad. Una vez más, estaba equivocada.