Hecha de cicatrices Capítulo Ventiséis
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Capítulo Ventiséis

LA SALA DE operaciones desde donde controlaban la invasión del imperio papal se encontraba en un conjunto de apartamentos que ofrecían una vista panorámica de la plaza y la basílica de San Pedro.

Al adentrarse en la estancia, quedó impresionada por el nivel de equipamiento que encontró en ella, el cual rivalizaba con el centro de control de Houston.

Las paredes estaban repletas de pantallas que mostraban imágenes de lo que pronto se convertiría en el campo de batalla.

Transmitían escenas capturadas por cámaras personales que diversos miembros del Reinicio llevaban consigo, lo que permitía a los cabecillas sumergirse en la acción en primera persona.

—¿Cómo sabéis que es el papa y no un doble quien oficiará la misa?

—Digamos que contamos con información de primera mano que confirma que el Sumo Pontífice está aquí —respondió Nuria, señalando una de las pantallas.

Giannina reconoció al propio papa, claramente visible en primer plano.

Estaba rodeado por su séquito de ayudantes, que lo asistían mientras se vestía con los ropajes destinados a la liturgia.

No era una retransmisión oficial del evento; las imágenes eran tomadas por una cámara oculta que portaba un miembro del círculo más cercano al obispo de Roma.

Observó con detenimiento y descubrió una serie de tomas adicionales del líder de la Iglesia católica, captadas desde distintos ángulos y distancias.

Varios infiltrados de la secta formaban parte del séquito papal.

Era otra muestra del alcance de los tentáculos del Reinicio.

Le resultaba casi imposible asimilar que todo lo que veía fuera real.

Jamás había imaginado que presenciaría una invasión del Vaticano, y mucho menos en primera línea.

La masa de creyentes abarrotaba la plaza de San Pedro en el instante en que el papa emergió de la basílica.

Vestido con ropajes litúrgicos blancos, avanzaba lentamente, arrastrando su avanzada edad, seguido por una procesión de clérigos que portaban cruces, cirios y biblias.

El público lo acogió en un silencio reverencial mientras los altavoces esparcían por toda la Ciudad del Vaticano los cánticos en latín del coro.

Tomó asiento en el trono dispuesto en el centro del escenario, donde realizaría el Rito de la Resurrección. Tras la bienvenida de un sacerdote, el pontífice se dirigió al público.

— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Alzó sus manos con un gesto de bienvenida antes de añadir con solemnidad—: Pax Vobis.

— Et cum spiritu tuo —respondió la multitud.

—¡Dios os salve! —interrumpió de pronto una voz imponente. Jacobo apareció en todas las pantallas de la plaza, proyectado como un profeta moderno. Su imagen eclipsó la ceremonia, desconcertando a creyentes, clérigos y parte de la Guardia Suiza.

—Queridos hermanos, hoy no solo conmemoramos la resurrección de Cristo hace dos mil años, sino que también celebramos la Segunda Venida.

Acto seguido, las pantallas mostraron a Giannina, vestida de Virgen María, acariciándose el vientre, como salida de un cuadro de Bartolomé Esteban Murillo.

Aunque jamás había usado tal indumentaria, su rostro era inconfundible.

La secta había manipulado las imágenes con tecnología avanzada, haciendo su colaboración innecesaria.

El sumo sacerdote y algunos de sus ayudantes quedaron perplejos al ver cómo los rostros de la mayoría de los presentes se cubrían con capirotes de nazarenos, al igual que habían hecho tantas veces en las liturgias del santuario isleño.

Impulsado por la ira, el papa trató de levantarse y parte de su equipo de seguridad se apresuró a sacarlo del estrado.

Sin embargo, su intento de ponerlo a salvo fue rápidamente frustrado por los miembros de la secta infiltrados en su séquito.

Uno de sus asistentes más cercanos lo obligó, con desprecio, a permanecer sentado en el púlpito, frente a la multitud que observaba desconcertada el cambio de guion.

Una parte de los espectadores quedó horrorizada, incapaz de entender lo que estaba sucediendo en realidad.

—Dios le dijo al apóstol: «Tú eres Pedro, sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» —exclamó Jacobo—.

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

La tensión creció. Los drones comenzaron a sobrevolar la plaza, zumbando como una amenaza latente conforme se posicionaban estratégicamente en los tejados cercanos. Unos vehículos blindados bloquearon las calles adyacentes.

Los seguidores encapuchados se movilizaron con fervor.

Giannina observaba desde la sala de control los acontecimientos con creciente desesperación.

Su pecho martilleaba con angustia. La Guardia Suiza intentó reaccionar, pero fue superada por la fuerza y el número de los invasores.

Varios miembros de la secta actuaron con rapidez y precisión, neutralizando a los guardias e inmovilizándolos con bridas antes de que pudieran usar sus armas.

Lo mismo hicieron con los cardenales y sacerdotes que se encontraban en el escenario: fueron reducidos sin contemplaciones y atados, incapaces de ofrecer resistencia.

Todos ellos fueron tomados como rehenes.

Jacobo contempló con satisfacción cómo una multitud de discípulos sometía progresivamente a sus enemigos, sintiéndose orgulloso de que sus planes se ejecutaran a la perfección.

La pequeña porción de personas que no llevaba el rostro cubierto observó, desconcertada, las pantallas.

No comprendían lo que estaban presenciando.

El resto siguió los acontecimientos con fervor, ansioso por unirse al asalto inminente.