Capítulo Venticinco
TRAS MESES CONFINADA en la villa de la isla, finalmente superó los muros de la prisión, aquellos que, por mucho que lo había intentado, no había logrado traspasar por sí sola.
Con una mezcla de ansia y desconfianza, se adentró en el paisaje desconocido que se extendía al otro lado de los límites del refugio, aquel que la rodeaba desde su llegada, pero que nunca había conseguido explorar.
La visión que se le presentó fue tan imponente como cautivadora: los bosques de laurisilva, los barrancos que se inclinaban como si saludaran al mar y los pitones moldeados en la lava, envueltos por nubes que parecían quedarse atrapadas en la isla como le había ocurrido a ella.
Sin embargo, más allá de la majestuosidad del paisaje que la rodeaba, su atención se centró en la comitiva que la acompañaba, decidida a estudiar a aquellos que la observaban con una vigilancia implacable.
Eran precisamente ellos quienes representaban su mayor amenaza, aquellos que debía evadir a toda costa si realmente deseaba escapar.
Su mente ya había trazado el plan: aprovecharía el clímax de la batalla en el Vaticano para huir.
El comportamiento de los feligreses siempre le había recordado al de un hormiguero, donde cada individuo conocía su función y colaboraba de manera silenciosa para alcanzar un objetivo común.
Y entonces, con el respaldo del sufragio, el bullicio alcanzó niveles insostenibles.
Giannina pensaba que actuaban con tal libertad únicamente porque se hallaban protegidos por los muros infranqueables que los separaban del resto del planeta.
Por eso, se sintió completamente desconcertada al descubrir la impunidad con la que la secta se movía fuera de la finca.
Era impensable que pudieran desplazarse en un convoy armado, llevar a una mujer prisionera hasta un aeropuerto, subirla a un avión privado, volar miles de kilómetros hasta Roma y aterrizar sin que la policía los detuviera, los interrogara o, al menos, controlase sus pasaportes.
Albergaba la esperanza de que, en el curso de la travesía, alguna agencia de seguridad española o italiana los interceptara y pusiese fin al secuestro. Anheló en cada segundo del viaje que algún agente de control aduanero, de tráfico o incluso de la Interpol interviniese y la rescatase.
Sin embargo, a medida que la limusina avanzaba, Giannina observó la calma con la que los guardias del Reinicio interactuaban con ciertos policías o guardias de seguridad, sin que nadie llegase a revisar su carga.
En el aeropuerto, la discreción con la que su avión privado fue gestionado, junto con las conversaciones entre Jacobo y algunos oficiales de alto rango, fueron una muestra más de la dimensión del poder del Reinicio.
No era solo devoción ciega, era una red de influencia y corrupción que se extendía mucho más allá de lo que ella había imaginado.
Ninguna entidad gubernamental les bloqueó el camino.
—¿Cuál es el plan? —inquirió Giannina a Nuria en cuanto pusieron pie en el aeropuerto romano de Fiumicino y se acomodaron en el interior de una lujosa Mercedes-Maybach S680.
—Aprovecharemos la liturgia que el papa oficiará en la plaza de San Pedro durante la celebración de la Pascua.
¿No te parece poético? Justo en el momento en que la Iglesia conmemora la Resurrección del Cristo Redentor, al tercer día de la crucifixión, presentaremos de forma oficial tu llegada y la del hijo de Dios que llevas dentro, ante el catolicismo y toda la humanidad.
—¿No teméis que algo salga mal?
—No hay nada que temer cuando Dios camina a tu lado.
A diferencia del ataque al papado perpetrado por las familias paganas en el siglo viii , nosotros hemos orquestado cada paso de esta operación con una precisión milimétrica.
Nuestros fieles reciben las instrucciones que actualizamos constantemente a través de la aplicación de mensajería Telegram, asegurando que cada movimiento esté sincronizado.
Ningún miembro de nuestra congregación se rendirá hasta que cada rincón del Vaticano esté bajo nuestro control, hasta que logremos restaurar la unión entre el poder terrenal del catolicismo y el celestial, forjando nuevamente el vínculo divino que debe gobernar el globo.
—Las autoridades italianas no van a quedarse de brazos cruzados viendo que asaltáis la Santa Sede. Estamos en el siglo xxi y no hay ningún grupo religioso tan influyente que pueda hacer lo que quiera.
—Dios está en todas partes, y nuestra congregación también. Nada ni nadie puede impedir que los planes de nuestro Señor sean ejecutados.
—¿Cuál es mi papel en todo esto?
—Tú misma te ofreciste para elevar la moral de nuestras tropas.
De todas formas, no te preocupes. No vamos a montarte en un caballo para que encabeces nuestras huestes.
Nos basta con tu imagen, que se proyectará en todas las pantallas de la plaza, en los móviles y en cualquier dispositivo, no solo en Roma, sino también a lo largo de Italia y del mundo entero. ¿Estás preparada para hacer historia?