Hecha de cicatrices Capítulo Venticuatro
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Capítulo Venticuatro

—LOS TEXTOS SAGRADOS son claros, María y José marcharon a Belén por ser la ciudad de sus ancestros —dijo Jacobo, y centró la mirada en Nuria con agresividad.

Detestaba discutir con ella en público—.

La ciudad de Belén tiene una larga historia sagrada.

Allí nació y fue ungido el rey David. Allí sepultaron a Raquel tras el nacimiento de Benjamín, que junto con sus hermanos varones formaron las Doce Tribus de Israel.

Pero sobre todo, allí nació José, y es allí donde fue alumbrado Jesús de Nazaret.

—No es necesario que me recites todos los pasajes bíblicos de memoria, querido Jacobo —respondió Nuria—. Comprendo la importancia que tiene Belén en las Santas Escrituras. Sin embargo, no estamos aquí para recrearlas palabra por palabra.

Giannina observaba la batalla dialéctica en primera fila, desde la silla que le reservaban siempre que el concilio se reunía en la ermita bajo la lujosa mansión del santuario.

—La Biblia es la palabra de Dios hecha escritura; ha guiado a la humanidad desde que abandonamos los cultos paganos y las religiones politeístas —dijo Jacobo.

—Han transcurrido dos milenios desde la muerte y resurrección de Cristo, un marco temporal que ha forjado los cimientos de la fe y la reflexión —alegó Nuria—. No podemos abordar la Biblia de manera literal.

Giannina ya no se sorprendía de las túnicas que vestían los miembros del santuario, ni de los capirotes que les otorgaban un aire fantasmagórico, mientras las sombras danzaban al compás de las antorchas, cuyas llamas oscilaban con los vaivenes de la brisa subterránea.

—¿Por qué no consideramos la Basílica del Santo Sepulcro en el Gólgota, que es el lugar más sagrado del cristianismo y la meca de peregrinación cristiana?

Fue testigo del calvario de Cristo crucificado.

Alberga la tumba vacía de Jesús, donde fue enterrado y resucitó —comentó Elia, sorprendiendo por igual a Nuria y a Jacobo.

—Mis queridos hermanos, puede que la vía sencilla sea el cumplimiento paso a paso de los Textos Sagrados.

No obstante, el objetivo del Reinicio no es hacer lo fácil; nuestro objetivo es hacer lo correcto —dijo Nuria—.

Que el cumplimiento del plan divino no sea únicamente una cacofonía histórica.

Sabéis bien que lo importante es que evitemos repetir a pies juntillas los pasos que no tuvieron un éxito rotundo, ya que el pecado campa a sus anchas por el mundo que habitamos.

Nuestro deber no es copiar el pasado. Debemos dar forma al futuro en este momento trascendental de la historia humana, considerando la realidad que vivimos.

Que no nos paralice la nostalgia ni nos seduzca la comodidad del conformismo.

Este es el tiempo de los valientes, de quienes se atreven a imaginar un porvenir más justo, más luminoso, más humano.

Tenemos que enfrentar la oscuridad que amenaza al mundo entero, igual que en las épocas de Sodoma y Gomorra, antes de que el diluvio universal arrasara con todo.

Si bien las escrituras han de servir de guía, no son un manual de instrucciones.

Seremos nosotros los que forjemos nuestro camino y seguiremos los designios que el Señor nos da cada día de nuestras vidas.

¿Por qué creéis que se proclama a Dios rogando y con el mazo dando?

Este dicho recalca el valor de entrelazar la súplica espiritual con la acción diligente.

Nos mueve a que trabajemos y nos esforcemos para que consigamos lo que deseamos, amparados por la gracia divina.

Cuando digo que trabajemos, me refiero a que pensemos y actuemos.

Por mucho que contemos con la benevolencia celestial, es fundamental que nos apliquemos y tracemos nuestro sendero para que alcancemos nuestras metas.

Giannina percibió en esa mirada la dualidad del discurso: una creencia inquebrantable en la guía celestial y, al mismo tiempo, la ineludible responsabilidad de la acción humana.

Le resultaba irónico que el discurso de Nuria subrayara de forma tan evidente que, por valiosas que fuesen la devoción y la oración, solo alcanzaban verdadero significado cuando se complementaban con el esfuerzo individual y la acción, la misma conclusión a la que había llegado con sus lecturas.

—Belén es un símbolo; miles de peregrinos recorren una infinidad de kilómetros para visitar el sitio en que nació Jesús —comentó uno de los presentes.

—Si el triunfo de la luz sobre las tinieblas hubiese sido total, no habría pecado hoy en día.

Pero eso no será así hasta el día del Juicio Final.

Debemos encontrar nuestro destino. Todos los aquí reunidos queremos devolver la Iglesia a los devotos.

Los resultados de la votación son testimonio de los deseos de la cristiandad.

Es la materialización de nuestro lema: un creyente, un voto.

Si guiamos ahora a nuestra María hacia Belén, para que dé a luz ahí al Hijo del Señor, crearemos una estampa evocadora: una escena con un buey y una mula, semejante a los belenes navideños que todos conocemos.

Aparte de una belleza simbólica, esa no es la imagen que nos dará el impulso necesario en nuestra lucha.

—Nuria dio un tiempo para que se calmara el murmullo antes de seguir—.

Es imperativo, queridos compañeros —continuó con aspavientos previos a un truco de magia que engatusaba al público—, que vayamos a la Santa Sede.

Ahí es donde está nuestro lobo disfrazado de cordero.

Esas son las murallas con las que el papa y sus compinches defienden su corrupción.

Con esa simbología es con la que obstaculizan que el próximo Advenimiento del Cristo Redentor nos libre de todo pecado y salve a la humanidad.

Es el más alto emblema de dominio y avaricia; lo primero que hay que arrebatarles para que dejen de ser una amenaza para el Altísimo y su voluntad.

Cada vez un mayor número de creyentes asentía a la exposición de Nuria y le daba la razón.

—Una cosa es que nuestros feligreses conquisten el Vaticano, y otra muy distinta es que nuestra Virgen, concebida sin pecado, entre en ese lugar. ¿Qué pasa si la hieren en la batalla…? —rebatió un miembro, temeroso de que perdieran el talismán de la secta.

—No subestimes la fuerza del simbolismo.

Esta joven y el fruto del vientre sagrado son lo más potente que hay ahora mismo sobre la faz de la Tierra.

Un manantial de fe y divinidad que avivará los corazones de nuestro ejército de fieles y otorgará a nuestras huestes el valor necesario para que logren la victoria sobre nuestros enemigos.

De nuevo, un murmullo de aprobación acompañó la intervención de Nuria y recorrió la gruta en la que se encontraba reunida la asamblea.

—Pues precisamente por el gran valor que representa, no deberíamos llevar al Cristo no nacido a la batalla… —discutió el feligrés.

—«No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios» —recitó Jacobo, que decidió apoyar a Nuria al ver que el sínodo aceptaba sus razonamientos.

—«Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa» —continuó Nuria el salmo, conteniendo la sonrisa que le provocó el apoyo de Jacobo y de casi todo el concilio, y añadió—: No perderemos la batalla si tenemos al Todopoderoso de nuestro lado.

Todos nuestros fieles lucharán hasta la victoria, con mayor ímpetu todavía si los acompaña la vívida y perfecta representación de nuestro Creador, encarnada en esta bella dona .

Giannina recordó lo que Nuria le había dicho en privado: «Sería sabio que aceptaras con gratitud el honor del papel que has sido destinada a representar. Cientos desearían estar en tu lugar. Millares de creyentes rezan por ti y te adoran».

—Permitidme unirme a vuestra causa —dijo Giannina, provocando que todas las miradas se volvieran hacia ella. La sorpresa se apoderó del auditorio al escucharla romper su silencio—. Si vosotros arriesgáis la vida, yo estaré a vuestro lado y garantizaré vuestro éxito.

Cada palabra fue un trago amargo, una traición a sí misma y a la razón que la definía.

Sentía la bilis en la garganta, la repugnancia de pronunciar esas locuras, de asumir el papel grotesco que le habían impuesto, igual que había hecho antes de su intento de fuga con el velero, pero la supervivencia y la libertad de su hijo eran más importantes que su orgullo.

Era un precio que estaba dispuesta a pagar, las veces que hiciese falta.

Después de las huidas fallidas, vislumbró en el asalto a la Santa Sede una nueva ocasión para escapar.

Todos estarían ocupados enfrentándose a las fuerzas de seguridad del Vaticano, y ella aprovecharía la distracción para fugarse.

Además, encontraría ayuda en medio de Roma con mayor facilidad que en mitad del océano Atlántico o en Cisjordania.

Nuria la contempló con recelo. Esa contribución dio el golpe de gracia y decantó la situación a su favor.

Convenció al sínodo de llevar a su invitada al Vaticano para que diese a luz allí.

No obstante, la desconfianza fue palpable, pues sabía que aún no habían logrado convertirla de corazón al credo, y se preguntó qué tramaba.

—¡Dios te salve, María! —exclamó desde el fondo de la sala uno de los asistentes a la reunión.

—¡Con María y su hijo, somos invencibles! —gritó otro.

—Te llevaremos con nosotros hacia la victoria —aclaró un tercero.

La devoción impulsó poco a poco a los allí reunidos, que coreaban el nombre de la santa no beatificada.

—Parece que hemos llegado a un consenso, queridos hermanos —proclamó Jacobo, una vez que logró aplacar el ímpetu desatado en el cónclave del Reinicio—.

La Madre de Dios y su hijo nos acompañarán en la contienda; insuflarán fortaleza en nuestra guerra contra los herejes hasta reconquistar la Santa Sede.

La sala estalló de nuevo en vítores llenos de fervor.