Hecha de cicatrices Capítulo Cuarenta Y Uno
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Capítulo Cuarenta Y Uno

EL MUNDO QUEDÓ en calma con el descenso. El silencio no solo fue interrumpido por los latidos del corazón, sino también por el suave chapoteo del bebé.

—¡Cucú! ¡Aquí estoy! —exclamó Giannina al salir a la superficie.

Miró a la criatura de ojos verdes, que se llenó de alegría en cuanto vio a su madre y luego cogió el agua con sus diminutas manos.

—¿Te gusta, Enzo?

Le parecía increíble lo rápido que habían pasado los seis primeros meses tras el nacimiento.

Ya no imaginaba la vida sin él. Debido al proceso de gestación poco convencional, pensó que el instinto maternal no despertaría después de parir.

Pero se sorprendió al descubrir que el amor por el recién nacido era tan natural como respirar.

Si lo dejaba en la guardería, lo echaba en falta igual que si dejase un trozo de pulmón para que se lo cuidasen, y solo respirase con tranquilidad si lo tenía en brazos de nuevo.

—Tengo tanto que contarte… Tanto que enseñarte, renacuajo… —murmuró, y lo abrazó con ternura.

A veces, una nostalgia profunda la envolvía, como una marea imparable, al recordar los días en que nadaba como una atleta profesional.

El agua, su refugio y su elemento, parecía bailar al ritmo de sus movimientos, y cada brazada la conectaba con una versión de sí misma que se sentía invencible, casi eterna.

Recordó cómo, antes del embarazo, su cuerpo respondía con energía y resistencia imparables, una forma física que en ese instante le parecía inalcanzable.

Aquella mujer, en su apogeo, se desvanecía como un sueño lejano, eclipsada por la nueva realidad que enfrentaba.

No podía evitar comparar su cuerpo de entonces con el de ese momento.

El agua ya no parecía obedecer sus movimientos con la misma facilidad, pero algo en su interior sabía que no todo estaba perdido.

Aún quedaba tiempo para recuperarse, si bien no iba a ser gracias al curso de natación para infantes.

Pero este tenía un valor enorme, cada instante se convertía en un tesoro precioso, una oportunidad de revivir, de reconstruirse lentamente.

Sabía que, al final, el tiempo haría su magia, y cuando su hijo creciera, sería él quien, con su propio esfuerzo y valentía, rompería los récords que ella había alcanzado en su momento, dejando una huella en el planeta más profunda que la suya.

Así, mientras el niño daba sus primeras brazadas, ella también redescubría su camino, sabiendo que cada final, incluso el de su antigua forma física, era solo el principio de algo nuevo.

—¿Quieres seguir nadando, peque? ¿Sí? ¿Te gusta chapotear y salpicar a mamá?

¿O lo que te llama la atención es la sensación de ingravidez?

—Sacó a su hijo para volver a zambullirlo de nuevo—.

Sí, ¿verdad? En este líquido experimentas menos tu peso, ¿eh?

¡Pues imagínate en el espacio! Sí, mamá estuvo en el espacio y, si quieres, un día tú también serás astronauta.

Se maravillaba con los ojos del niño, que encerraban un bosque sumergido en el remolino de una laguna, mientras se preguntaba qué cromosomas poseería.

—Pero no tienes que ser astronauta —añadió—.

Serás lo que tú quieras. Lamento no haber sido fiel a mí misma, pero esa es una lección que he aprendido por la fuerza y me aseguraré de que tú no pases por lo mismo.

Descubrirás qué es lo que deseas y lo dirás en voz alta, sin miedo a lo que piensen los demás.

Expresarás tus sentimientos y ambiciones sin pudor, conseguirás hacer realidad tus sueños y serás muy feliz.

Jugó con el pequeño a sacarlo y zambullirlo de nuevo, provocándole una carcajada tras otra.

—Tú me haces muy feliz. Porque te quiero mucho, mucho, mucho —susurró y lo besuqueó. Reflexionó sobre sus palabras y añadió—: Puedes hacer todo lo que te propongas. Igual que mamá. Estamos hechos de otra pasta.

Observó la cicatriz del vientre que marcaba la puerta de entrada de su hijo, la huella física de su milagro. Esa línea, visible y palpable, no era solo el recuerdo de un dolor, sino también el mapa de su supervivencia. Parte del camino que la había llevado a Enzo.

—¡Ves!, yo estoy hecha de cicatrices.

Revivió el parto así como las secuelas de toda la odisea: la lesión en la frente por el culatazo que le había propinado Ragnar en el almacén de la Selva Negra, las heridas sufridas cuando el culto la había capturado de manos del Reinicio en el Vaticano, la costura que le habían hecho en la pierna cuando había huido en velero de la isla santuario del Reinicio, así como el surco en el brazo correspondiente al accidente con meteoritos durante la misión en la Estación Espacial Internacional.

A pesar de que la violencia obstétrica no fue la peor tortura a la que la habían sometido en el último año, sí formaba parte de una larga lista de abusos que nunca había imaginado que sufriría.

Los encargados del paritorio en el hospital en el que la habían atendido pertenecían a la academia de médicos que recurría a cesáreas innecesarias.

Se facilitaban el trabajo a costa de dañar a madres indefensas en un momento extremadamente delicado, pues desoían los deseos de conseguir un parto natural.

Intentó centrarse de nuevo en el bebé y descubrió que todavía no ajustaba sus palabras a la delicadeza de un recién nacido.

No estaba acostumbrada a interactuar con un crío, y no había literatura ni curso que pudiese prepararla para tal responsabilidad.

Quería ser una buena madre para Enzo, y haría todo lo que estuviese en sus manos para conseguirlo.

Lo cuidaría, lo protegería y le enseñaría todo lo que necesitaba para desenvolverse.

Incluso si no sabía cómo sería la alocada sociedad en la que iba a crecer ni a qué peligros y retos tendría que enfrentarse.

El Gobierno chino había cumplido su promesa y le había brindado todos los recursos necesarios para establecerse en Pekín.

No había pasado mucho tiempo antes de que, en contacto con el director del Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades, se uniera a uno de los equipos que investigaban el patógeno que había cambiado su destino y el de cientos de miles de mujeres y niñas en edad reproductiva.

Durante mucho tiempo, Giannina se debatió entre la incertidumbre y el miedo, sin saber qué hacer con su embarazo.

Sin embargo, poco a poco, el amor que sentía por esa nueva vida superó sus dudas.

Había dado a luz a Enzo, no solo porque consideraba que debía hacerlo, sino también porque lo amaba profundamente.

Y al mismo tiempo quería evitar que otras mujeres vivieran la misma experiencia devastadora.

No tenía un camino fácil: incluso con la ayuda del Gobierno, tenía que hacer malabares para compaginar el trabajo con los desafíos de la maternidad en soltería.

Sobre todo, en un ambiente donde el papel de la mujer seguía centrado en la crianza de los hijos como único foco de atención, haciendo que muchas mujeres dejasen las aspiraciones profesionales o personales de lado.

Recordó los juicios sociales y, con ellos, los sentimientos de impotencia que surgían cada vez que alguna madre de los compañeros del colegio le reprochaba que trabajase o que no buscara una figura paterna.

El idioma chino no era sencillo, pero encontró el apoyo de numerosos extranjeros con los que podía relacionarse.

Sobre todo, la reconfortaba la comunicación con sus padres.

Como ella misma ya era madre, comprendía mejor que nunca la angustia que sufrían si no tenían noticias de ella, y no privaría a los abuelos debutantes de las imágenes del único nieto que tenían, por más que los funcionarios le recomendasen que cortase toda relación con el pasado.

Aparte del idioma y de la cultura, otra de las facetas que la impactó fue el progreso tecnológico de la sociedad en la que residía, donde cualquier producto o servicio se podía obtener mediante un dispositivo móvil.

Reflexionó sobre lo que había cambiado, ya que la vez que había visitado el gigante asiático, antes de la misión espacial, jamás había imaginado que residiría en él.

Nunca lograría vivir en paz del todo. El miedo persistente a que algún integrante del Reinicio, del culto conspirativo Masanon o cualquier otro fanático desequilibrado intentara secuestrar a su hijo la mantenía en constante alerta.

Aunque el férreo control del Gobierno le provocaba escalofríos, había algo extrañamente reconfortante en la eficacia de las medidas de seguridad impuestas por el Partido Comunista: al menos, mientras estuvieran bajo su vigilancia, nada les pasaría.

Acarició la cabeza mojada de Enzo, como si quisiese tatuar su promesa en la piel.

El agua no solo los cubría: los conectaba.

Era el mismo líquido que los había rodeado hasta el nacimiento, el mismo en el que ella se había entrenado para conquistar el espacio, y el mismo donde empezaban a construir su propia órbita juntos.

Pensó en positivo. Tal como había aprendido, dejó los miedos aparcados y visualizó la vida que quería, con su hijo feliz junto a ella.

Y aunque el agua que la envolvía entonces era diferente a la de las costas italianas donde había aprendido a nadar, el recuerdo de sus padres seguía latiendo en su interior.

Pensó en ellos con gratitud, imaginando la emoción contenida que debían de sentir cada vez que abrían los mensajes con las fotos de su nieto.

Había construido una nueva vida, sí, pero nunca los dejaría atrás.

Ellos eran parte del origen, y no podía olvidar de dónde venía, para seguir adelante.

* * *