Capítulo Ventitrés
ELIA MIRÓ A Giannina con expresión severa.
—¿En qué estaba pensando? —dijo—. ¿No se da cuenta de lo insensatas que han sido sus acciones? Ha puesto en peligro nuestra Salvación. Ha puesto en peligro la vida del Niño Redentor.
—No lo puedo soportar más. Tengo que encontrar una salida.
—¡No sea ingenua! Es hora de que deje atrás su comportamiento temerario e irresponsable. Pero no se preocupe, yo me encargaré de que no repita algo así. Ahora tengo que quitarle el libro electrónico y la tableta, y ya no podrá volver a la piscina. ¿Satisfecha?
—Deja que me vaya. ¿Cómo puedes retenerme contra mi voluntad? Me habéis secuestrado.
Elia esbozó una sonrisa fría.
—No lo entiende, querida niña. Pero lo hará. Sé que algún día abrirá los ojos a la verdad. El Reinicio es su camino, el único que le llevará a la gloria. Dios se lo ha asignado.
—Jamás aceptaré ese camino.
—Lo hará. No soy la única que cree en ello. Los señores Etxegarai también tienen fe en usted. Todos en el Reinicio estamos convencidos de que tarde o temprano verá la luz. No pierda la esperanza.
—Sois criminales. Acabaréis entre rejas.
—A veces cuesta entender lo que hace el Señor.
Somos humanos y hay cosas que simplemente se nos escapan.
Puede parecer que va en contra de las reglas que conocemos, pero lo que de verdad importa es seguir su ley.
Él tiene un plan, aunque no lo podemos comprender en su conjunto.
Lo que buscamos es la salvación de todos, y esa es la justicia real, la que vale.
No hay vuelta atrás. No hay escapatoria.
Estamos aquí por Él y para Él. Somos parte de su propósito.
Como Elia le había dicho, ella no era la única persona que tenía fe en que Giannina despertaría a la realidad y aceptaría el rol que el Todopoderoso le había otorgado.
Jacobo y Nuria también creían con fervor que la reclusa cedería.
No dejaban escapar la ocasión de pasar tiempo con la Madre del Salvador, aunque todavía no se hubiese convertido a su fe.
Borraban así los límites entre lo divino y lo terrenal en sus planes maquiavélicos.
Jacobo adoptaba un enfoque público. Las visitas, siempre meticulosamente orquestadas, se realizaban junto a figuras prominentes del Reinicio: cardenales influyentes, líderes internacionales y titanes empresariales cuyos nombres resonaban en los pasillos del poder.
Para él, bastaba con que Giannina apareciera en escena cada vez que necesitaba exhibirla.
No era más que una vasija, la incubadora del milagroso bebé con el que pretendía consolidar su posición en la batalla por el dominio de la Iglesia.
Ante su selecta audiencia, Jacobo desplegó su arte de la manipulación. La presentó como el trofeo más sagrado del credo, evidenciando con fervor el control que ejercía sobre la enigmática Portadora de Dios. Con ello, afianzó la autoridad que tanto había cultivado dentro del movimiento.
Antes de cada aparición, Giannina era meticulosamente preparada; su rostro maquillado para ocultar la palidez, su cabello peinado para desviar la atención de su reclusión forzada y su cuerpo ataviado con ropajes amplios que disimulaban cualquier signo de maltrato.
La observaban día y noche. Apenas la dejaban a solas en el baño.
Querían convertirla en un animal dócil, pero su mente, por pura fuerza de voluntad, lograba mantener una expresión serena, casi etérea, que sus captores interpretaban como misticismo y los visitantes como gracia divina.
Las interacciones eran siempre breves, coreografiadas, evitando cualquier oportunidad para un contacto prolongado o una pregunta incisiva.
En ocasiones, las altas esferas del grupo no llegaban solas; venían acompañadas de parejas y familiares.
Algunos de los asistentes parecían movidos por la curiosidad, mientras que otros lo hacían impulsados por una necesidad apremiante.
Giannina se preguntaba si todos eran conscientes de que estaban colaborando con delincuentes que la mantenían cautiva contra su voluntad.
Parecían ciegos a esa realidad, obnubilados por la fe.
Con una devoción inquebrantable, anhelaban la cercanía, las palabras o incluso el roce con la Madre del Cristo, aquella que gestaba al mismo Dios que la había creado a ella.
El seguimiento constante evitaba que Giannina se revelase como una fiera enjaulada.
No era capaz de reaccionar con la fuerza y determinación que su instinto le dictaba para encarar a los visitantes.
Quería recriminarles sus actos, la connivencia con sus secuestradores, su egoísmo por estar dispuestos a abusar de una inocente solo para satisfacer sus necesidades espirituales y encontrar en ella las respuestas que buscaban.
Ella representaba un puente entre el mundo material y el celestial, una puerta hacia la misma Gracia que se decía que fluía a través de ella, y todos actuaban dispuestos a pisotearla a ella y sus derechos con tal de llegar a su destino.
Por otro lado, Nuria buscaba con ahínco momentos íntimos con Giannina durante los paseos por las lujosas instalaciones del complejo.
Quería conectar con la rehén, ansiosa por doblegarle la voluntad para convertirla en una marioneta de la fe.
Transformarla en otra acólita más que cumpliese sus órdenes, subyugada por el carisma.
—¿Tomaréis el Vaticano por la fuerza? —comentó Giannina al finalizar la misa con la que agradecieron que el intento de fuga hubiera concluido sin tragedias mayores, aparte de la laceración en la pierna.
La voz era suave, como un susurro ahogado, y se quebraba a intervalos, entrecortada por los efectos del cautiverio.
Cada palabra requería un esfuerzo enorme, como si sus labios tuvieran que luchar contra una niebla que enturbiaba su mente.
—Solo si no hay una transición ordenada —corrigió Nuria.
—Pero el papa no va a apoyaros.
—Nuestra fe nos orienta. Sabemos que debemos ayudaros a ti y a tu hijo a cumplir vuestra misión. Si el papa y los cardenales no están dispuestos a honrar el mandato como vicarios de Cristo, es nuestro deber privarlos de toda responsabilidad, derrocarlos y llevar a cabo la voluntad del Señor.
—¿Empuñaréis las armas, lucharéis y mataréis por ello?
—Es posible que sea necesaria una guerra santa —respondió Nuria.
—Entonces, morirá gente, ¿eso no te preocupa? —se exaltó Giannina.
—La existencia en este mundo es solo un tránsito en nuestro viaje hacia la eternidad.
No olvidemos, sin embargo, que nuestra verdadera vida no culmina aquí.
El Altísimo nos ha prometido un destino eterno en el paraíso junto a él, un lugar donde el sufrimiento y el dolor carnal serán solo recuerdos lejanos.
Nuestra misión en esta vida es prepararnos para ese encuentro sublime, viviendo con amor, fe y obediencia.
Lo que de verdad importa no es lo que dejamos atrás, sino lo que cosechamos para la vida eterna que nos aguarda.
Lo esencial es vivir conforme a los mandamientos divinos, para que, al final de nuestros días, seamos recibidos en los brazos del Creador, en la luz y la paz del Juicio Final.
Giannina no podía permitir que la gente muriese a manos de los que consideraba fanáticos terroristas, pero era incapaz de avisar a nadie de lo que sabía.
La impotencia era un nudo en su garganta, una prisión invisible tan sólida como los muros de la villa.
Tenía la información, la verdad más aterradora, pero estaba atrapada en un silencio impuesto.
Todos los que la rodeaban eran cómplices del macabro complot y cada intento de comunicación se desvanecía ante la vigilancia constante y la ausencia de medios.
La astronauta, acostumbrada a resolver problemas complejos y a tener el control de su entorno, se sentía como un insecto atrapado en una red, consciente de la catástrofe que se avecinaba, pero sin poder mover un solo hilo para detenerla.
Estaba incomunicada y no podía pedir ayuda para que la rescatasen. Aunque deseaba acceder a un dispositivo conectado, siempre estaba muy controlada y ni con la tableta ni con el libro electrónico había conseguido conectarse a ninguna de las redes disponibles.
El tiempo no mostró compasión y una mañana escuchó los gritos de alegría que resonaban en el interior de la mansión. Salió de la habitación y Elia la esperaba igual que siempre.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Giannina.
—¡Hemos ganado la votación! —anunció Elia, exultante, dándole un abrazo.
—¿Sobre la Iglesia?
—Así es. La gran mayoría de los fieles ha respaldado de manera unánime el deseo de que la Santa Sede te canonice, confiando en que se facilite con ello el tan esperado Segundo Advenimiento de Jesucristo Redentor.
—Y ahora, ¿qué pasará?
—Si el papa y los cardenales ignoran la voluntad del pueblo, tendremos que asegurarnos de que reciba el tratamiento que se merece. De que se cumplan los designios de Jehová.
—¿Una guerra contra el Vaticano?
Elia asintió. La mirada inocente que vestía habitualmente mudó a un rostro implacable al reprimir una sonrisa, para que no fuese tan obvia la alegría que le provocaba la batalla inminente.
—¿Cómo siendo católicos podéis preferir la guerra y el sacrificio humano que implica, en lugar de la paz y el diálogo?
No recibió respuesta. La atmósfera en la villa, protegida por muros inexpugnables, había cambiado notablemente respecto a los primeros días tras su llegada.
Al principio, los habitantes —excepto la reclusa forzada— irradiaban una serenidad casi ritual.
Sumidos en un retiro espiritual, parecía que la claridad se había instalado en sus almas.
Solo Pablo dejaba entrever una ansiedad creciente, deseoso de pasar a la acción.
Nuria y Jacobo, en cambio, encarnaban una inquietud más sutil, disimulando su impaciencia bajo una concentración férrea que guiaba cada paso de su estrategia.