Capítulo Ventidós
CADA PASO POR el recinto de la finca, cada mirada hacia las aguas saladas que la envolvían, le susurraba «Huye».
La lucha por mantenerse fiel a sí misma y evitar la locura estaba en su punto más intenso.
Avanzaba por un sendero agobiante, entre los ecos de sermones distorsionados por el misticismo y las sombras de los secretos del Reinicio.
Sus pasos reflejaban su resistencia, recordándole que, incluso en medio de la incertidumbre, la verdad y la razón serían los faros que guiarían su destino.
La mayoría de los acólitos del Reinicio le hacían reverencias cuando se cruzaban con ella en las dependencias del santuario.
—¡La madre del Redentor! —exclamaban.
—¡Ave María!
Algunos le cogían la mano, otros le agarraban la ropa, la tironeaban como si atravesase un bosque de zarzas. Incluso hubo quien se postró a sus pies exclamando: «¡María, Madre de Dios!».
Giannina reprimía las ganas de llamarlos locos y huir, y al mismo tiempo cada roce sobre su vientre le recordaba que no solo estaba peleando por ella, sino también por el niño que tomaba forma en su interior.
En una ocasión, regresaba de uno de sus paseos cuando se encontró con una aglomeración de peregrinos.
Los murmullos y susurros de emoción llenaron el aire, creando un coro de devoción.
La inquietó el frenesí reflejado en los ojos de los presentes, que aumentaron en número mientras recitaban rezos frenéticos, hasta que una plegaria se alzó por encima del tumulto, cuando uno de ellos alzó la voz con un fervor casi profético.
—¡Tengo que tocar a la Virgen Santísima!
El grito animó a la multitud y propagó en ella la necesidad imperiosa de tocarla, colocándola en el centro de un huracán de adoración desenfrenada.
El murmullo creció hasta convertirse en un zumbido, y el enjambre de peregrinos, movido por un fervor irracional, comenzó a estrechar el círculo a su alrededor.
Se inclinaban en señal de reverencia, pero sus cuerpos, dominados por la exaltación, se deslizaban hacia ella con una energía incontrolable.
Sus labios recitaban oraciones mientras sus ojos se fijaban en su barriga con una intensidad casi salvaje.
Y entonces algunos, apresurados por el temor de perder la única oportunidad de ver y tocar a la portadora del Salvador, se abrieron paso a codazos y, con manos temblorosas de emoción, rozaron el contorno de su vientre.
El contacto de los dedos ajenos le provocó un escalofrío.
Una mezcla de horror y rabia la recorrió de arriba a abajo.
No era solo su cuerpo el que invadían, sino también al hijo que llevaba dentro.
Solo ella lo veía como una persona a la que daba forma y cuidaría; para el resto, era un ídolo, la manifestación corpórea de su Dios.
—¡Quitadme las manos de encima! ¡Dejadme pasar! —gritó Giannina.
Intentó apartarlos, reclamó espacio y dignidad. Sin embargo, la masa de devotos era una marea incontenible que se abalanzó sobre ella. En ese instante, el deseo de huir de la ola de adoración alcanzó el clímax.
—Ni él ni yo somos objetos. Ni del Reinicio ni de nadie más. No voy a compartirlo con vosotros. No os pertenecemos.
Las palabras resonaron por los jardines del santuario y provocaron un murmullo de consternación y desconcierto en los peregrinos.
Buscó desesperada una vía de escape. Pero la marabunta de fieles era incansable y sus intentos por apartarlos resultaron en vano.
Las extremidades no cedieron ante la fuerza de la angustia.
Los ojos atónitos se posaron en ella, desconcertados por la reacción de una bestia que esperaban que fuese mansa.
—¡Dios te salve! ¡Tranquila, niña! ¡No le harán ningún daño! ¡Solo quieren admirarla, a usted y a su hijo! —dijo Elia con voz dulce—. Han peregrinado desde muy lejos para estar cerca del Hijo de Dios.
—¡Pensaba que todos éramos hijos de Dios…! —exclamó Giannina y forcejeó para abrirse paso entre el tumulto.
Los presentes, llenos de fervor, siguieron forcejeando, intentando acercarse y tocar a la Santa María, que en poco tiempo quedó aislada de Elia.
Empujó con más fuerza a los feligreses que la rodeaban, pero solo obtuvo más resistencia.
La náusea la invadió al pensar en lo que estaba a punto de hacer, en la mentira que pronunciaría.
No había otra opción. Su mente científica se rebelaba, pero su instinto de supervivencia era más fuerte.
Era un papel, una farsa, la única puerta de salida.
Así que aprovechó el rol que todos esperaban que ejerciese y gritó.
—¡Queridos hermanos, soy la Virgen María, sin pecado concebida, y llevo en mi vientre el Fruto de Dios, nuestro Señor! ¡Abrid paso para que no le ocasionéis ningún mal ni pongáis en peligro la salvación de la humanidad!
Se sorprendió conforme los fieles le obedecieron porque había usado las ideas que en reiteradas ocasiones habían predicado Nuria y Jacobo.
Convertidos en insectos temerosos, crearon una vía por la que avanzó, que cerraron acto seguido, igual que ocurre con una ambulancia en un atasco.
Impidieron así que Elia la alcanzase. Giannina consiguió salir de la multitud y corrió hasta la piscina donde entrenaba.
Se descolgó hasta encontrarse frente al precipicio que la separaba de los veleros del puerto. Miró una vez más hacia la mansión que hacía de cárcel y, a falta de otra ruta de escape, arriesgó la vida y descendió por el acantilado.
Posicionó el cuerpo siguiendo las lecciones que había estudiado.
Usó los pies de forma eficiente y mantuvo el peso sobre ellos en vez de sobre las manos, igual que si estuviese de pie, para evitar cansarse en exceso.
Avanzó poco a poco, sin mirar hacia abajo.
Puso al límite la fortaleza mental y controló el estrés en los momentos más tensos, en los que trozos de roca se desprendieron ante ella.
Aunque no tenía todo el tiempo del mundo, Elia no tardaría mucho en liberarse de la muchedumbre y descubrir dónde estaba.
Durante semanas escuchó que la secta consideraba la misteriosa concepción un milagro.
En cambio, lo que verdaderamente le pareció extraordinario fue descender aquella ladera tan empinada sin precipitarse al vacío, a pesar del deterioro de su forma física por la reclusión y el embarazo.
La alegría alcanzó el punto máximo en el instante en que, finalmente, pisó la arena de la playa que conducía al embarcadero, acompañada de un pequeño latido que le recordaba que no estaba sola en esa huida.
Contempló un instante la vía vertical que había recorrido desde la piscina y acto seguido se centró en el siguiente paso del plan.
Corrió hacia el barco que estaba más cerca, un Mistral Gregal 23.
Soltó todas las amarras y, con un par de patadas, accedió a la bodega, donde encontró un cabestrante con el que desplegó la vela mayor.
El viento la hinchó y ella empujó con todas sus fuerzas el pantalán hasta que la embarcación empezó a avanzar.
Puso el velero en marcha, dando varios golpes a los lujosos barcos amarrados alrededor, hasta que salió de la bahía en la que se encontraba el muelle.
Giraba el timón con cada colisión, sin tener noción de cuánto debía moverlo para dirigir el navío en la dirección que quería, como si cada golpe fuera una respuesta improvisada al caos que provocaba.
Gracias a lo aprendido, desplegó el foque y cogió más velocidad buscando el ángulo óptimo con respecto al viento para navegar en el punto de ceñida y, a la vez, dirigirse hacia el oeste, hacia la isla más cercana.
La imagen del mar abierto, solo limitada por el horizonte, prometía todo lo que ansiaba: la libertad que el Reinicio le había arrebatado.
El yate era un pasaje hacia una vida sin grilletes.
El viento aulló y produjo el único sonido que la acompañó, hasta el momento en el que un zumbido la devolvió al máximo estado de alarma.
Viró y se orientó en la dirección que le marcaba el sol y entonces los vio: dos embarcaciones neumáticas que se aproximaban en línea recta hacia ella y amenazaban con poner fin a la huida.
Miembros de la secta, vestidos con túnicas oscuras, se aproximaron al velero que transportaba las esperanzas de Giannina.
Una de las lanchas estaba liderada por Jacobo, quien, con ímpetu, se levantó en la proa y alzó la mano en señal de detención mientras gritaba algo que ella no alcanzó a escuchar.
Intentó dar esquinazo a sus persistentes depredadores.
La segunda lancha, capitaneada por Pablo, se acercó por estribor y lanzó ganchos atados a sogas, uno de los cuales rasgó la vela mayor y provocó que se desinflara.
Desesperada, luchó por liberarse de las cuerdas.
Cada intento fue frustrado por la destreza y determinación de los sectarios.
En el forcejeo, un gancho le desgarró un muslo e hizo brotar la sangre, que se derramó sobre la blanca cubierta del navío.
La lancha de Jacobo maniobró y creó olas tumultuosas, zarandeó el barco y dificultó el avance.
Al mismo tiempo, los tripulantes del otro navío tiraron de las sogas que habían enganchado al suyo para frenarlo y acercarse a él.
La risa siniestra de Pablo resonó en el aire a modo de cacofonía que desafiaba la audacia de Giannina.
Mostró el placer que sentía al disfrutar de un episodio de acción del que había sido privado por la prudencia de los otros líderes.
Las olas aumentaron y el velero, atrapado entre las cuerdas y las aguas agitadas, perdió poco a poco empuje hasta casi detenerse.
Pablo aprovechó la ocasión y dio el golpe de gracia: saltó a la embarcación y agarró con fuerza a la presa malherida como símbolo de victoria.