Hecha de cicatrices Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

LOS SERMONES DE sus secuestradores le devoraban el pensamiento como un enjambre de insectos hambrientos, ansiosos por arrancarle el juicio pedazo a pedazo, convirtiendo su mente en un pantano traicionero.

Sin embargo, gracias a su instinto de supervivencia, logró encontrar la determinación necesaria para resistir y no sucumbir a los picotazos.

Era difícil sostener el equilibro psíquico en medio de tanta convicción.

Se preguntaba qué dinámicas hacían que tantas personas cayesen en la trampa de la secta.

¿Cuántos habrán sido engañados, como Elia, seducidos por las promesas de la orden en los puntos oscuros de sus vidas, y habrían quedado atrapados en la red?

¿Cuántos otros habrían sido inculcados desde pequeños, moldeados por dogmas que nunca cuestionaron, sin conocer siquiera el pensamiento crítico, creyendo que obedecer era la única opción para ser normal y no desencajar?

Rechazó la pléyade de mentiras repetidas una y otra vez por los Etxegarai y sus secuaces, como larvas que incubaban para quebrantar la cordura.

Giannina se defendió. Encarnaba a una mujer de ciencia; se aferraba a los hechos y a lo irrefutable como si fueran su tabla de salvación.

Ni siquiera el enigma inexplicable del embarazo, que los sectarios aseguraban haber «resuelto», logró quebrar su sistema de valores.

La razón no solo fue un escudo: también fue el último bastión de humanidad y lógica, una chispa que se negó a extinguirse en medio del dogma.

A medida que suavizó la actitud y fingió descartar las intenciones de huir, empezaron a hacerle pequeñas concesiones. La jaula de hormigón en la que la habían encerrado se ensanchó cuando la dejaron franquear los muros de la habitación.

Vagó por los terrenos de la finca, aprovechó estos privilegios con cautela y observó el horizonte del mar que se extendía ante ella.

La vista despertó ecos lejanos de sus vivencias pasadas, recuerdos de cuando había contemplado ese mismo vasto océano desde las estrellas.

Nuria la acompañó en muchos de los paseos por los jardines del santuario, aprovechando toda ocasión para adoctrinarla.

—Cada uno de nosotros tiene un propósito —le dijo un día—.

El Todopoderoso tiene un plan para cada oveja de su rebaño, y el nuestro es crucial.

A pesar de todo lo que el Creador nos brindó en el pasado, incluido el sacrificio de su hijo Jesucristo, caemos reiteradamente en el pecado.

La humanidad necesita que la redimamos y la purifiquemos de nuevo. Y tú eres la clave para ello.

—No entiendo que tanta gente os siga y os apoye.

—La inclinación inherente de las personas a creer en algo es insaciable.

Nosotros alentamos a los seguidores a que encuentren el camino en una causa llena de significado y de promesas que nutran un entusiasmo espiritual.

Proporcionamos rituales sinceros y les pedimos sacrificios, pues son el único medio para que alcancen el Paraíso, se liberen de sus pecados y calmen sus inquietudes vitales.

Cuando las confesiones tradicionales no abordan los desafíos de la sociedad moderna, ofrecemos un sistema de creencias renovado que brinda un propósito superior, una visión clara para el futuro y un gran plan.

—¿Cuál es vuestro gran plan? —preguntó Giannina.

—La Iglesia católica ha estado en decadencia durante décadas.

El papa actual cree que la modernización es el sendero correcto, por lo que resquebraja las líneas fundamentales marcadas por Dios y las Santas Escrituras.

Las graves desviaciones doctrinales y morales que el sumo pontífice promueve a modo de ideas innovadoras, empezando por la normalización de la homosexualidad, el aborto o el sacerdocio de las mujeres, amenazan la integridad y pureza de nuestra fe.

En lugar de ser el vicario de Cristo en la Tierra, se ha convertido en un instrumento de herejía.

Diluye nuestros dogmas y confunde a los fieles, cuando debería marcarles un itinerario claro en consonancia con la verdadera fe.

Sus decisiones han quebrantado la tradición apostólica, profanando el nombre de Dios y desafiando su Santa Voluntad.

—¿Qué haréis al respecto?

—No nos quedaremos de brazos cruzados. Asumiremos las riendas del catolicismo y refundaremos la institución con normas renovadas.

Nos aseguraremos de que esté liderada por devotos comprometidos con Jehová.

Fieles a la altura de las exigencias del momento histórico que nos toca vivir —respondió Nuria—.

Los feligreses saben que tú y tu hijo sois nuestra salvación.

Debemos dedicar todos los recursos y medios de la Iglesia para cumplir el Plan Divino.

—¿A qué te refieres?

—El Vaticano, su poder y todas las riquezas que ha atesorado a lo largo de los siglos han sido reunidos para ejercer la sagrada autoridad y cumplir con la voluntad divina.

Ahora que tú y el Mesías de tu vientre os encontráis entre nosotros, debemos asegurarnos de que todos esos medios os ayuden a cumplir vuestro destino: la salvación de la humanidad.

—¿Así que pretendéis utilizarme para tomar el control de la Iglesia?

Nuria no emitió respuesta alguna, solo le sostuvo una mirada siniestra que le provocó un escalofrío a Giannina en la espina dorsal. Enfrentarse a la malévola figura de la secuestradora y a las descabelladas ambiciones de la secta intensificó el deseo de escapar.

Aun así, continuó fingiendo sumisión. Se dio cuenta de que aparentar que sucumbía al adoctrinamiento era la mejor estrategia para desenvolverse por el laberinto sectario.

Ninguno de los que la mantenían cautiva consideraba imposible su conversión al credo, algo que repetían incansablemente en rezos.

Subestimaban el tiempo necesario para tal metamorfosis.

La simulada subordinación dio frutos y le otorgó acceso a otras áreas del complejo.

De hecho, de manera sorprendente, también consiguió dispositivos electrónicos sin conexión a internet.

El primero fue un lector digital que, además de novelas, también le proporcionó revistas que Elia actualizaba de forma regular.

Se convirtió en la única ventana al mundo exterior, pese a que los captores se aseguraron de que no apareciese ninguna noticia que mencionara a la famosa astronauta desaparecida.

Le pareció irónico haber estado más informada sobre la actualidad orbitando el espacio que estando en la superficie.

Con el trascurso de los días, le ofrecieron una tableta que contenía música, películas, series y material informativo sobre embarazos, partos y el cuidado de los bebés. Cada día manipulaba los dispositivos e intentaba acceder a las redes wifi que encontraba, pero nunca contactó con el exterior.

Si hubiera profundizado en estudios informáticos y se hubiera convertido en una hábil hacker , habría sorteado las restricciones y habría enviado un mensaje a sus familiares.

Por desgracia, los miembros del Reinicio censuraron todo tipo de libros y artículos que pudiesen ayudarla a adquirir los conocimientos de tecnologías de la información necesarios para conectarse con la red y pedir ayuda.

Poco a poco comprendió que el principal valor que extraería del material literario y audiovisual residía en estrategias con las que salvaguardar la cordura.

En un archivo de la tablet encontró una colección de libros, que quizá habían pertenecido a un antiguo propietario del dispositivo.

Leyó sobre cautivos ficticios y reales, aprendió técnicas con las que sobrellevó el sufrimiento del confinamiento y mantuvo el enfoque.

El primer libro que la marcó fue ¿Quién se ha llevado mi queso?

, de Spencer Johnson. En él encontró lecciones con las que asimiló pequeños cambios con rapidez, lo que la ayudó a adaptarse a las grandes transformaciones a las que era sometida.

Aceptó así la máxima de que nada era constante, y que lo importante residía en la mentalidad que adoptaba frente a los cambios.

No era cuestión de cuán drástico fuera el cambio, sino de cuán bien ella se adaptaba a él.

Desde que tomó conciencia del embarazo, no había dejado de preguntarse por qué le había tocado a ella sufrir ese trauma, por qué no le había ocurrido lo mismo a alguna de las compañeras.

Tampoco entendía la razón por la cual había sido una secta —y no el Gobierno— quien la había llevado a tierra firme.

En el ensayo, aprendió la historia de dos pequeños ratones con una mentalidad flexible, en contraste con los humanos liliputienses, que solo se quejaban de su mala suerte sin hacer nada para cambiarla.

La moraleja fue clara: no solo debía aceptar los cambios inevitables.

Tenía que enfrentarlos de manera instintiva, igual que lo hicieron los ratones.

Aprender a adaptarse en lugar de lamentarse, por muy drásticas que fuesen las transformaciones.

Enfrentar los cambios indeseados no bastó para que mantuviese la cordura durante el cautiverio.

Otro libro la ayudó a comprender el trasfondo de la existencia enmarcada por las dificultades que enfrentaba: El hombre en busca de sentido , de Viktor Frankl.

En él, el autor describía su experiencia como prisionero de campos de concentración nazis.

Él, a la vez neurólogo, psiquiatra y filósofo, descubrió el sentido de la vida a través del sufrimiento y la capacidad humana de trascender las dificultades y de encontrar la verdad incluso en los momentos más duros.

Con este libro, Giannina dio con un propósito para seguir adelante frente a la adversidad.

Aprendió que «a una persona se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, elegir su actitud ante cualquier circunstancia».

Comprendió también que la búsqueda de sentido es la fuerza principal que impulsa al ser humano; que no se trata de evitar el sufrimiento, sino de encontrarle una finalidad a la existencia.

Decidió que no escaparía únicamente de la prisión en la isla, sino que construiría un futuro junto a las personas que quería e incluso con aquellas que aún no conocía, entre ellas su propio hijo.

El embarazo, que hasta entonces había sido la causa de su desgracia, una manifestación inexplicable de su trauma, comenzó a cambiar de significado en su mente.

Ya no lo percibía solo como una prueba de la locura de su situación, sino también como la promesa de una vida nueva, un futuro que dependía de ella.

Memorizó una frase que había leído en el libro, originalmente de Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo».

Y eligió a ese hijo, aún no nacido, como su porqué.

Tener una razón para vivir —una persona, una meta, una vocación— podría sostenerla incluso en los peores momentos.

Así Giannina cambió la forma en que percibía la imagen del bebé, dejando de verla como un peso insoportable para convertirla en el mayor aliciente para resistir.

En medio de aquella oscuridad, el pequeño ser que crecía dentro de ella se volvió una chispa de vida y de sentido, un motivo para no rendirse, para luchar contra las cadenas invisibles y recuperar su libertad.

Gracias a otro ensayo de autoayuda y motivación, El Secreto, de Rhonda Byrne, Giannina desarrolló una actitud positiva y resolutiva, aquella que Yelena le había sugerido que tomase, pero que hasta ese momento tanto le había costado asimilar.

Comenzó a cuestionar no solo las creencias ciegas de los seguidores del Reinicio, sino también sus propios miedos.

Cimentó la posibilidad de no solo sobrevivir, sino también de aceptar su estado como un faro que iluminase el camino hacia su liberación.

Por medio de lo que denominaba la ley de la atracción, fue capaz de focalizarse en sus objetivos de forma positiva y centró los pensamientos en aquello que más deseaba.

Desde entonces, utilizó sus emociones como guía, se comprendió mejor a sí misma y se centró en encontrar una salida a las difíciles circunstancias que la oprimían, con el objetivo de alcanzar sus metas personales.

Una mentalidad de crecimiento, que evitase que las tinieblas de la desgracia la engullesen, no sería suficiente.

Por eso, se sumergió en la vasta biblioteca que le proporcionaron y leyó varios relatos sobre escapistas y prófugos de grandes cárceles: Papillon, de Henri Charrière, Rita Hayworth y la redención de Shawshank, de Stephen King, y ¡Go-Boy!

Memorias de un hombre entre rejas, de Roger Caron.

Estos relatos le sirvieron de inspiración para idear su propio plan de fuga.