Capítulo Diecinueve
EL RESENTIMIENTO HACIA los secuestradores aumentó según pasaron los días.
No solo por los crímenes que habían cometido cuando habían asaltado al equipo de rescate de la nasa y la habían apresado, sino también por la profunda hipocresía de sus creencias.
Predicaban bondad, amor y ayuda al prójimo, pero la mantenían cautiva.
Además, planeaban utilizarlos, a ella y al feto que portaba, para una terrorífica agenda.
Le resultaba incomprensible que tantas personas se aferrasen a una misma ilusión, amparadas en relatos plasmados en antiguos textos sagrados, y actuasen de forma coordinada llevando a cabo atrocidades de tal magnitud.
Se sentía como un delfín atrapado en un acuario, lejos del vasto mar.
Los fanáticos la controlaban en todo momento, restringiendo sus movimientos, dejándola confinada en una lujosa jaula de hormigón.
No les bastaba con recluirla, también pretendían someter su voluntad.
En ciertos momentos de lucidez, la idea de morir parecía una opción más atractiva que permitir que la secta ganara.
A veces pensaba que, si no podía liberar su cuerpo de aquella prisión, al menos liberaría su mente.
Sin embargo, no podía acabar con su vida bajo la atenta mirada de sus captores.
No siempre estaba preparada para tomar la misma decisión drástica que la chica del lago, a quien le había dicho que la vida, por oscura que pareciera, siempre nos reservaba una nueva oportunidad, que la partida no acababa hasta que la vela se apagaba.
Otras veces, la aterraba rendirse. ¿Y si solo tenía que aguantar un poco más hasta que fuese rescatada o encontrase la ocasión para escapar por sí misma?
La muerte sería una derrota segura. Aunque el Reinicio perdería, ella no tendría ninguna opción de victoria.
A pesar de que se había entrenado para sobrellevar el aislamiento en la Estación Espacial Internacional, la frustración la consumía porque no había elegido el lugar dónde estaba.
En la prisión santuario, Elia se convirtió en la principal conexión con otro ser humano.
Nunca tendría el mismo vínculo afectivo con ella que con Yelena, pero poco a poco estableció una relación con la captora.
Con un trato amable, la tentaba a sucumbir al síndrome de Estocolmo, algo imposible dado que las raíces del cariño que le ofrecía emanaban de unas creencias que jamás compartirían.
Por ello, ese vínculo nunca sería sincero.
Detestaba el fanatismo de la cuidadora que la mantenía encerrada en la jaula de cristal del santuario.
Sin embargo, no pudo evitar sentir una punzada de tristeza al imaginar el dolor oculto tras aquellos ojos firmes.
Aunque jamás florecería una amistad en esas condiciones, llegó a comprender que el dogmatismo nacía del miedo y la desesperanza.
Una noche, durante una cena con Elia, Giannina se atrevió a formular la pregunta que llevaba tiempo guardando desde que la conoció en el santuario.
—¿Cómo acabaste en el Reinicio?
Las palabras salieron con un matiz de curiosidad y respeto.
La mirada de Giannina se posó en las manos de Elia, que dejó los cubiertos sobre el plato; la miró con intensidad, preparando una respuesta.
Sus ojos se encontraron con una serenidad que ocultaba tormentas pasadas.
Suspiró después de que las palabras que había mantenido en silencio durante tanto tiempo hallasen el camino hacia el mundo exterior.
—Era enfermera. Estaba casada con un médico que, pese a una vocación de sanar a los desconocidos, me maltrataba.
El amor que debía unirnos quedó atrapado en las sombras de un carácter agresivo, de la violencia que nunca imaginé que fuera a sufrir en mis carnes.
A pesar de todo, yo lo quería con toda el alma.
A veces pienso que me aferraba a la esperanza de que volviésemos a los tiempos de nuestro noviazgo, en los que su cariño y su delicadeza me llenaban de alegría.
Creía que en cuanto le diese el hijo que tanto me demandaba, todo retomaría el cauce correcto.
Pero, cuando por fin me quedé encinta, una de sus últimas palizas me arrebató la posibilidad de ser madre y dejó un vacío desgarrador que me abrió los ojos.
—Elia cogió un pañuelo para secarse las lágrimas antes de seguir—.
El Reinicio me devolvió la fuerza para vivir.
Me guio por el sendero que Dios tenía para mí.
Gracias a ellos, usé la fe a modo de brújula y encontré en ella el bálsamo que sanó las heridas de la pérdida del bebé.
Fue un proceso duro hasta que conseguimos meter a mi exmarido entre rejas.
Desde entonces, he canalizado mi experiencia para ayudar a otros a través del prelado, con el fin de que Dios se sienta orgulloso de mí.
—¿Nunca has pensado en abandonar el Reinicio? —preguntó Giannina, buscando una grieta en la lealtad de Elia hacia la congregación.
—Es cierto que la orden exige una adhesión total al grupo, lo que implicó el distanciamiento de mis seres queridos, la rotura de lazos afectivos y el abandono de todas las actividades previas a la iniciación.
Echo de menos el contacto con familiares y parte de mi vida pasada, pero nada de eso me salvó de las tinieblas.
Solo el prelado consiguió guiarme hacia la luz.
Solo gracias al Reinicio conseguí renacer.
Giannina guardó silencio, dejando que las palabras le calaran hondo.
Por primera vez, sintió que aquella mujer no era solo su captora, sino también alguien marcada por heridas reales, alguien que había encontrado en la fe una tabla de salvación.
Aquella idea, aunque la incomodaba, empezó a remover algo en su interior.
Comprendió, con una punzada de tristeza, cómo la vulnerabilidad extrema y la pérdida podían abrir la puerta a la manipulación, cómo la fe podía convertirse en un refugio tan poderoso que cegara ante la verdad más obvia, incluso ante la crueldad.
No justificaba las acciones de Elia o del Reinicio, pero por un instante entendió a la mujer rota que se escondía bajo la fachada de celadora devota.