Hecha de cicatrices Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

PARALIZADA, SIN SABER cómo romper el hechizo que embrujaba a sus captores, siguió el guion que le marcaron.

Una vez disfrazada con la indumentaria que le ofrecieron, Elia y otros dos acólitos, los cuales no se presentaron, la invitaron a salir de la habitación.

Por un momento no se movió, insegura de adónde la llevarían y qué harían ahí.

Nuria dijo que oficiarían una misa para darle la bienvenida a la prelatura.

La perspectiva de ser venerada como una figura sagrada, de ver a su hijo convertido en un mártir, le revolvía el estómago.

Aun así, se esforzó por mantener la calma, diciéndose que, al menos, era un ritual religioso, no una tortura física inmediata ni un rito satánico.

Preferiría quedarse en la habitación, pero no vio alternativa y la superioridad numérica hizo que sucumbiese a la petición.

La llevaron por los pasillos de la lujosa villa, decorada con tapices y cuadros que representaban más escenas bíblicas: la anunciación, la última cena o el juicio final.

El eco de los pasos resonó por las salas que atravesaron, desnudas de cualquier mobiliario común.

Todos iban en silencio y nadie le dio explicación alguna.

Memorizó el camino y localizó posibles vías de escape.

Cuando alcanzaron un portón con decoraciones en alto relieve, que parecía la puerta de entrada de una iglesia romana, por un instante pensó que llegarían al exterior si la atravesaban.

Sus sueños se resquebrajaron en cuanto abrieron con esfuerzo el portón de cobre, debido al gran peso.

En lugar de la luz del sol, la puerta reveló una gruta de paredes de piedra, que acogía una escalera con interminables escalones, los cuales descendían a la penumbra.

En ocasiones, la suave brisa que serpenteaba por la gruta traía consigo susurros indistinguibles que acechaban en las profundidades y emergían desde las sombras.

Cada paso que dio la alejó del mundo que conocía y la sumergió en una dimensión paralela, de la que no sabía escapar.

La procesión se detuvo frente a una antigua puerta de madera.

Con gestos silenciosos, Elia la instó a que pasase a la sala que se ocultaba detrás.

Entraron en una hermosa y lúgubre capilla, mucho más amplia de lo que habría esperado.

Velas en el altar creaban sombras danzantes en los muros de roca conforme la luz chocaba con las figuras de los miembros del Reinicio, que esperaban la llegada de la invitada de honor.

Al verla, entonaron cánticos en latín. Parecía el epicentro de un ritual que nunca imaginó que presenciaría.

No sabía qué hacer. Pensaba todo el rato en salir corriendo, aunque creía que no iba a encontrar la salida sin que la atraparan.

Habría preferido mil veces que la hubiesen secuestrado para pedir un rescate económico al Gobierno americano, porque entendía la avaricia mejor que las creencias de los indeseados anfitriones.

—El ángel Gabriel anunció a María —rezó Jacobo con una voz imponente que la sacó de sus pensamientos y silenció a la par los cánticos de sus acólitos.

Él ya no llevaba la ropa con la que la había visitado en la habitación.

En ese momento lo cubría un manto púrpura—.

Y fue concebida por obra y gracia del Espíritu Santo.

—Dios te salve, María… —pronunciaron el resto de las figuras ataviadas con túnicas blancas cubiertas por capas negras.

Los cinturones, decorados con cruces, cálices y palomas doradas entrelazados por ramas de espinos, resplandecieron a la luz de las antorchas que iluminaban la sala.

Lo que más la atemorizó fueron los capirotes con que cubrían sus rostros, iguales a los que portaban los miembros del Ku Klux Klan.

—He aquí la esclava del Supremo —anunció Jacobo al mismo tiempo que Nuria acompañaba a Giannina al centro del altar.

El público estalló en ovaciones. La habían obligado a vestirse con ropajes ostentosos, cuyos acabados dorados también resplandecían bajo la luz de las antorchas. Hizo un esfuerzo por seguirles la corriente, si bien no sabía cuánto tiempo podría fingir sin escandalizarse.

—Hágase en nosotros según tu palabra —continuó Jacobo.

—¡Santa María, ruega por nosotros! —exclamaron todos de nuevo, eufóricos.

Quería gritar que no se llamaba así. Que no encarnaba a ninguna santa.

Se reprimió por la futilidad del mensaje.

Por lo que veía, los presentes creían en algo con fervor, y ella no iba a cambiarlo con sus palabras.

Actuó como una actriz encima del escenario que interpretaba un papel que no le pertenecía.

Entendió que había caído en manos de una secta fanática.

Miedo era todo lo que respiraba. Se preguntó qué sería de ella.

Si alguien la rescataría. Si el Gobierno americano o sus padres conseguirían localizarla y llevarla a casa.

Deseaba una vida cotidiana, lejos de un culto que no comprendía.

La misa continuó y ella obedeció el guion que le impusieron.

Intentaría entrar en su juego mientras preparaba una estrategia de escape.

—El Verbo del Todopoderoso se hizo carne y habitó entre nosotros —continuó Jacobo.

La exaltación de los fieles aumentó exponencialmente. Cada frase del maestro de ceremonias componía el verso de un conjuro que avivaba su fuego interior y los arrojaba al éxtasis.

—Ruega por nosotros, Santa Madre del Creador, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

¡Oremos! —continuó Jacobo—. Oh, Padre nuestro que estás en los Cielos, infunde en nuestra alma tu Gracia.

Tú, que en la anunciación del Ángel nos has revelado la encarnación de tu Hijo, por la pasión y la cruz, condúcenos a la gloria de la resurrección. Por Cristo nuestro Señor.

—Amén —dijeron todos.

Giannina salió corriendo. Por más que intentó seguirles la corriente a los secuestradores, tratando de mantenerse serena, las últimas palabras de la liturgia oficiada por Jacobo rompieron el dique de autocontrol.

Huyó, igual que el cordero ante el aullido del lobo.

La urgencia espoleó cada zancada que dio, aterrada por la secta de fanáticos.

Se lanzó hacia las escaleras que llevaban a la superficie, chocando primero con desconcertados numerarios y después con los muros de piedra.

Pese a sus esfuerzos por seguir a rajatabla el plan de entrenamiento físico en la Estación Espacial Internacional, su cuerpo no se había aclimatado todavía a la gravedad.

Apenas llegó al portón de cobre, que custodiaba la entrada de la gruta, el intento de escape fue interrumpido por dos enmascarados, que la interceptaron justo cuando cruzaba el umbral de la capilla subterránea.

Desesperada, forcejeó en vano para liberarse de sus manos.

Nuria, Jacobo y otros miembros del Reinicio pronto la alcanzaron.

—¿Qué pasa, hija mía? —preguntó Nuria.

—¡ESTÁIS LOCOS! —chilló Giannina, e intentó recuperar el aliento tras la carrera—.

¡Yo no tengo nada que ver con todo esto!

Soy astronauta. Algo salió mal en la misión espacial y me quedé embarazada.

Sé que hay una explicación científica para ello.

No es obra de vuestro Dios, un ángel o el maldito Espíritu Santo —farfulló con voz entrecortada por el esfuerzo de la carrera a través del pasadizo de la misteriosa capilla subterránea.

Las miradas de los congregados la transportaron a un mundo ajeno, donde la racionalidad y su verdadera identidad no tenían cabida.

Se sintió más sola que nunca, atrapada en un torbellino de fe y misticismo.

A medida que las palabras se desvanecían, reinó el silencio.

Sintió la presión de decenas de ojos juzgándola por no colaborar.

Porque pensaba diferente y no aceptaba esa versión de la realidad.

Escuchó sus latidos acelerados, la resonancia de la respiración agitada y la cacofonía de una voz interior que se esforzaba por recordarle quién era.

—La voluntad del Todopoderoso es la que te ha traído hasta nosotros —dijo Jacobo.

—Te rescatamos y te trajimos aquí para cuidarte y enseñarte la verdad sobre quién eres y cuál es tu cometido entre los hombres —explicó Nuria.

—Dejad que me vaya para que hable con la nasa , con mi familia. Os lo ruego…

—No puedes irte, pequeña niña. No podemos permitir que te hagan daño. Tenemos que protegerte, ¿no lo comprendes? —insistió Nuria.

—No quiero que me protejáis vosotros. Además, ni siquiera sabéis si el bebé es niño o niña —respondió Giannina.

—No estás aquí por tu voluntad. Tú, al igual que nosotros, estás aquí por obra de la providencia divina.

Llevas dentro de ti a un hijo varón. No podía ser de otra manera.

Así lo han corroborado las pruebas médicas que te hemos practicado.

El Altísimo tiene un plan para todos nosotros.

Salvaremos tu alma y la de todos los mortales —aseguró Nuria.

La noticia de que el bebé era un niño la distrajo brevemente de su agobio, dejándole sentir por unos segundos una chispa de sorpresa y algo similar a una esperanza tenue.

—Redimiremos el pecado del mundo —añadió Jacobo.

Viendo lo inútil que le resultaba discutir con ellos, forcejeó de nuevo, pero se la llevaron a rastras mientras escuchaba hablar a Jacobo.

—Todo será más fácil en cuanto aprendas a colaborar. Necesitas tiempo para ver con claridad el camino que el Padre Celestial ha marcado para ti.