Hecha de cicatrices Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

GIANNINA SE QUEDÓ inmóvil en medio de la lujosa habitación, con el cuerpo en tensión y los músculos contraídos por el miedo y la inquietud.

Su respiración era profunda, pero cada inspiración parecía más difícil que la anterior, como si el aire en el cuarto estuviera viciado, denso, desprovisto de oxígeno o casi solidificado.

¿Quién llamaba a la puerta? ¿Sería Elia de nuevo?

¿Vendría acompañada de los señores Etxegarai que había mencionado en su primera conversación?

Su respiración se agitó mientras se posicionaba de espaldas a la pared, frente a la puerta, junto a la mesilla donde descansaba la lámpara que Elia había encendido al despertar.

La rozó con los dedos, calculando su peso y el mejor punto para sujetarla: pensaba usarla como arma si la situación se complicaba.

No quitó la vista de la entrada, alerta, lista para huir en cuanto vislumbrase la más mínima oportunidad.

Sin embargo, los segundos angustiantes pasaron sin que nada ocurriese.

La llamada en la puerta se repitió, esta vez con mayor insistencia, lo que agudizó la tensión en el ambiente.

Se dio cuenta de que le daban la cortesía de elegir cuándo recibir visitas.

—Adelante —susurró.

La puerta se abrió a trompicones y reveló la imponente figura de un hombre de aspecto serio y dominante.

Los cabellos negros contrastaban con las arrugas que le marcaban el rostro.

Giannina lo observó con sorpresa conforme el hombre agachaba la cabeza al entrar, una especie de ritual adquirido con el que evitaba golpearse con los marcos de las puertas debido a su extraordinaria estatura.

Una vez dentro, sus ojos la examinaron con detenimiento, profundos y penetrantes. Le recordó a la tasación de una joya. La presencia del desconocido generó en ella una mezcla de intriga y temor. Terminado el examen, el hombre extendió los brazos y se dirigió a ella con entusiasmo.

—¡Aquí estás, bendita! De una sola pieza. ¡Dios te salve! —exclamó, y acercándose hacia ella, añadió—: No sabes cuánto nos alegramos de verte por fin en pie, hija mía.

Sin pedir permiso, tomó la mano para besarla, con una reverencia que resaltó aún más su elevada altura.

Una vez que terminó el saludo protocolario, el desconocido se hizo a un lado y dejó paso a otra figura, la de una mujer mucho más pequeña que él, pero de edad similar.

Tenía el rostro caramelizado por el sol y el cabello salpicado de canas, lo que mostraba que, a diferencia del esposo, no ocultaba con tinte los estragos de la edad.

—Dios bendito. ¡No me lo puedo creer! Es un milagro que estés aquí en pie —dijo la mujer que, imitando al predecesor, cogió la mano de Giannina y también la besó, exclamando—: es un grandísimo honor conocerte, estimada niña.

Me llamo Nuria, y este es mi esposo, Jacobo.

Es un orgullo para nosotros acogerte en nuestro santuario.

Hemos anhelado este momento desde que el mundo se enteró de tu santísima concepción.

—Seguro que estás hecha un lío, llena de dudas sobre cómo has acabado aquí —dijo Jacobo.

—Así es —consiguió decir Giannina.

—Desde la noticia sobre tu prodigioso embarazo, hemos movido cielo y tierra para ponerte a salvo —explicó Jacobo—. Puede que no lo sepas todavía. Eres excepcional, un, un… —Se entrecortó por la emoción hasta que su mujer completó la frase.

—¡Un milagro divino!

—¡Exacto, un milagro divino! —corroboró Jacobo—.

Eres un fenómeno inaudito, hija mía. Tú y el fruto de tu vientre.

Por eso temíamos por vuestra seguridad. Nos aterraba que la nasa os convirtiese en ratas de laboratorio y practicase experimentos con vosotros día y noche.

Que hiciera cualquier barbaridad de las suyas y no aceptase y respetase lo que sois.

O bien que alguna panda de locos pudiera haceros daño.

—Por eso nos movilizamos para protegerte —continuó Nuria—.

Queremos que sepas que todos los miembros de nuestra congregación haremos cuanto esté en nuestras manos para cuidaros, a ti y al niño que llevas en tu vientre —dijo entre sollozos—.

Perdona nuestro entusiasmo, querida. No contengo las lágrimas de la emoción que siento.

Llevamos toda la vida esperando este momento.

—Sigo sin saber quiénes sois.

—Es comprensible que tengas muchas dudas, querida niña —dijo Nuria—.

Somos miembros de una prelatura católica cuyo objetivo en el mundo es difundir y vivir las enseñanzas del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia.

Desde nuestra fundación, perseguimos la salvación del mundo y de todas las almas que contiene.

Siempre nos hemos planteado una tesis: ¿Qué sucedería si el Padre Celestial, o su Hijo, volvieran a reencarnarse?

Querida niña, tú y tu milagrosa concepción, sois la respuesta a todas nuestras plegarias.

Tu propio nombre lo indica: Giannina Christofonti, que significa fuente de Cristo, llena de la Gracia del Señor.

Estás aquí porque nuestro Señor te ha elegido como Inmaculada Madre de Cristo y Madre de todos nosotros.

Eres la pieza clave de nuestra misión: reviviremos las sagradas escrituras y seguiremos el camino del Hijo de Jehová en la Tierra durante la Segunda Venida.

—Nuestro objetivo es protegerte y asegurarnos de que puedas cumplir con tu destino. Dios te salve, Giannina —susurró Jacobo.

—Oficiaremos en breve una misa para darte la bienvenida al Reinicio. Elia te enseñará el traje que hemos elegido para la ocasión y te guiará hasta nuestra ermita —indicó Nuria.

Las explicaciones de los señores Etxegarai le provocaron pavor.

Yelena ya le comentó que había gente que, al enterarse del embarazo misterioso en el espacio, la consideraba la reencarnación de la Virgen María.

Deseó estar con Yelena. Nunca pensó que alguien así la secuestraría tras la misión espacial.

Si lo había entendido bien, Nuria y Jacobo pertenecían a ese grupo y estaban convencidos de que tenían que revivir las Santas Escrituras.

¿Qué significaba todo eso? ¿Que venerarían al niño, o niña, pues todavía desconocía el sexo, como hijo de Dios?

¿Y luego qué?, ¿lo crucificarían como a Jesucristo?

La sola idea le provocó una oleada de náuseas, acentuando la opresión en el pecho y el vértigo que le nublaba los pensamientos.

Destruyó toda esperanza de que el secuestro pudiera llegar a su fin rápidamente, como ocurriría si solo buscaran un soborno.

En su lugar, si en realidad los consideraban reliquias vivientes, los retendrían a ella y al bebé de manera indefinida, condenados a cadena perpetua.

La idea desencadenó un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

La descolocaba la idea de que la considerasen la Inmaculada Madre del Señor y que estuviese vinculada a una misión religiosa.

No daba crédito a lo que había oído. Tenía que tratarse de un error. Que los captores hubiesen confundido las palabras que habían usado porque pertenecían a un idioma extranjero, lo que había resultado en un macabro contexto.

Ella era atea, astronauta, científica, y la situación en la que se encontraba no podría ser más desconcertante.

Ante tal revelación, incapaz de reaccionar, el miedo la asoló sin control.

El raciocinio chocaba con las creencias religiosas de sus anfitriones, y sentía que estaba atrapada en el epicentro de una enajenación que no rompería con argumentos lógicos.