Hecha de cicatrices Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

Giannina sopesó esas palabras. La idea de la comida, sumada a la prometida ducha, empezó a quebrar su resolución.

Intuyó que no conseguiría lo que quería en ese momento.

Los Etxegarai eran la clave, y Elia no soltaría prenda.

Si quería respuestas, tendría que participar en su juego.

Con un resoplido de frustración se puso de pie; la tarima fría bajo sus pies era un recordatorio de su vulnerabilidad, igual que la dificultad de mantener el equilibrio después de vivir en microgravedad.

—Está bien —dijo con voz áspera, sintiendo cada músculo protestar y agarrándose a la pared para no caerse—. Pero que quede claro Elia: después de la ducha, quiero respuestas.

Con mayor agilidad de la esperada por la edad que aparentaba y por el sobrepeso, Elia desapareció detrás de la puerta de roble que daba acceso al dormitorio.

El sonido de las llaves al echar la cerradura le confirmó la sospecha de que no la consideraban una invitada con autorización para moverse con libertad.

La habían secuestrado. ¿Qué demonios estaba pasando?

¿Quién era esa señora? Al llegar a la puerta, siguiendo los pasos de Elia, giró la manija y comprobó que ella la había cerrado con llave.

Lo primero que hizo fue acercarse al amplio ventanal que dominaba la vista de la costa.

Admiró fascinada el paisaje de terreno rocoso que se desplegaba ante ella y evocaba las imágenes del planeta Marte que tanto había estudiado en el pasado.

La escena se volvía única y embriagadora con la aparición de palmeras y cactus que coloreaban de verde el suelo cobrizo.

Consiguió distinguir una larga escalera que la guio hasta una piscina excavada en plena roca.

Constituía una obra de arte natural en armonía con el paisaje abrupto y la exuberante vegetación.

El agua cristalina brillaba bajo los rayos del sol, invitándola a refrescarse en ese oasis inesperado.

Al seguir con la vista el descenso del acantilado, descubrió que culminaba en un embarcadero, en el que varios veleros blancos y azules se zarandeaban al ritmo de las olas.

Las embarcaciones representaban la combinación perfecta entre lo moderno y lo tradicional.

Se reconoció en ellas a sí misma, presa de unas amarras que no la dejaban zarpar y regresar al hogar.

Por mucho que se esforzaba, fue incapaz de descubrir nada con lo que identificar su ubicación.

No pudo reconocer ninguna señal de civilización.

No vio casas ni edificios que indicasen la presencia de núcleos urbanos.

Tampoco divisó a nadie a quien pedir auxilio.

Daba palos de ciego con las escasas pistas que Elia le había ofrecido.

Las vistas paradisíacas, la constante referencia a los señores Etxegarai, la apariencia de origen hispano de Elia y su pronunciado acento al hablar inglés formaban piezas dispersas, insuficientes para resolver el rompecabezas.

Eran detalles con los que no consiguió descifrar si se hallaba en territorio estadounidense o si, por el contrario, la habían llevado hasta Sudamérica.

«¿Cómo he llegado a este enigmático lugar?

», se preguntó. Estaba sola en un escenario desconocido, en manos de extraños.

Tras el amerizaje con la nave Dragon y los accidentes que se desarrollaron, esperaba que la nasa y las fuerzas armadas americanas hubieran sido las encargadas de rescatarla y llevarla de vuelta a casa junto con el resto del equipo.

¿Qué querían sus captores de ella? ¿Por qué la habían encerrado en aquel misterioso lugar?

Las posibilidades se le agolpaban sin que llegara a ninguna conclusión.

Por un lado, tenía la inquietante teoría de un secuestro: ¿De verdad la habían raptado con el objetivo de exigir un rescate?

Por otro lado, existía la remota posibilidad de que hubiese sido encontrada a la deriva y la hubieran rescatado de un naufragio accidental.

Prefería el escenario de rescatadores samaritanos, pero entonces no tendría sentido que la hubieran encerrado en la lujosa estancia.

«¿Quién será esta gente?», rumió, merodeando por la habitación.

Había sido encarcelada, aunque también había recibido ciertas atenciones.

La oferta de ropa y de una ducha, junto con la cama en la que pudo recuperarse de la conmoción, aportaron señales contradictorias que generaron más incógnitas que respuestas.

La mención de un médico, que había valorado su estado mientras yacía inconsciente, le provocaba una mezcla de alivio y suspicacia.

Consideraba una buena señal que se preocuparan por su estado de salud, siempre que el interés de sus captores no estuviese relacionado con extraerle órganos, algo que había leído alguna vez en el periódico. O peor aún, el feto que llevaba dentro.

Su instinto la alertaba para protegerse, pero una parte de ella sentía que también debía cuidar al ser indefenso en su interior.

La incertidumbre y el miedo se mezclaban con una creciente necesidad de hacerse cargo de la criatura, aunque desconociera cómo.

No sabía aún si estaba lista para aceptar esa vida ni qué camino tomaría.

Pero una cosa se volvió clara en su interior: no permitiría que otros decidieran por ella.

Si tenía que decidir sobre el bebé, sería ella quien tomase las riendas.

La presencia de la criatura en su vientre, que hasta entonces había sentido como un secreto lejano, comenzó a tomar forma en su mente, como un objeto no identificado que apareciera en el borde del radar.

Comprendió que esa vida formaba parte de ella y que ya no podía ignorarla.

La preocupación aumentó al dudar si el doctor que la había examinado era consciente de la existencia del pequeño individuo, y si había podido comprobar que el bebé también estuviese bien.

No tenía nombre, no sabía qué haría con él y aún así, no podía evitar preocuparse.

¿Sabrían sus captores que estaba embarazada? ¿Sería eso lo que buscaban?

Después de dar vueltas por la estancia durante un rato sin hallar una solución clara, tomó una decisión: seguiría el consejo de Elia y se daría una ducha.

Se aferró con ansias al deseo de sentir el chorro caliente sobre su piel, después de meses de confinamiento espacial. Era una tentación irresistible.

Con cada gota que recorría su cuerpo, sentía cómo aumentaba el nivel de surrealismo que la rodeaba.

El contacto con el cálido líquido, tan familiar y cotidiano, adquiría un significado distinto tras los meses en el espacio sin acceso al agua corriente.

Maravillada, observó las gotas que caían en cascada y obedecían, igual que la lluvia, a la fuerza de una gravedad que la arropaba de nuevo en un manto invisible.

En el momento en el que vio el reflejo de su cuerpo desnudo en la mampara del baño, imaginó cómo el embarazo afectaría a su físico. ¿Revertiría los cambios y recuperaría una imagen corporal acorde con los estándares de belleza impuestos por la sociedad que no podía dejar de querer satisfacer?

Al terminar, se adentró en el amplio vestidor, rebuscó entre las perchas y las dejó caer, pues su subconsciente seguía convencido de que la ausencia de gravedad haría que las prendas flotaran en vez de caer al suelo de inmediato.

Finalmente, eligió ropa que le pareció cómoda, lista para salir corriendo en cuanto tuviera la oportunidad.

Apenas se hubo vestido, comenzó con los estiramientos y recordó así la rutina de dos horas de ejercicio diario en la Estación Espacial Internacional.

La necesidad de acostumbrar al organismo a moverse en el campo gravitatorio de la Tierra la impulsó a realizar cada estiramiento con precisión y concentración.

Paró de repente cuando un leve golpeteo resonó en la puerta, acompañado del sonido de la cerradura cuando la desbloquearon.