Capítulo Quince
LE DIO UN vuelco el corazón al soñar que caía en picado desde la Estación Espacial Internacional.
La cristalera de la cúpula desde la que había contemplado el planeta en tantas ocasiones se desvaneció y la arrojó a un viaje de retorno no planificado.
Tenía el cuerpo protegido solo por un traje de exploración, cuando en realidad debería viajar dentro de una aeronave acompañada del resto de la tripulación.
La sensación de ingravidez que tanto había disfrutado en órbita se desgarró y dejó paso a una succión hacia el vacío, brutal y descontrolada.
La atmósfera terrestre la recibió con una fuerza implacable y sometió al traje y a la piel a una intensa fricción en el descenso, que la quemaba sin dolor conforme la convertía en una estrella fugaz, arrastrándola en una alucinación desgarradora.
El temor y la desesperación se acumularon en un nudo en la garganta que hizo imposible emitir grito alguno.
También dificultaban la respiración y forzaban al corazón a un palpitar desbocado.
Se precipitó en caída libre hacia la superficie terrestre, ante la atenta mirada de nubes inmóviles que ignoraban sus llamadas de socorro.
Cada segundo se alargaba sin límite, y la certeza de que aquella pesadilla albergaba una premonición la sumió en un abismo de ansiedad.
El impacto al llegar al suelo fue tan real que la sacudió del sueño y la devolvió a la realidad.
A pesar de que abrió los ojos jadeante y aturdida, con el cuerpo tenso cual estaca, no se deshizo de la imagen del descenso, que impregnó su cerebro con una pegajosa sensación de terror.
Conforme se despertaba, desenmascaró la visión por lo que realmente representaba: una ficción tejida por la mente.
El cerebro empezó a usar la lógica para atar los cabos.
Entendió que, si hubiese saltado de la base orbital, se habría quedado flotando en órbita.
Sin embargo, este no representaba el mayor problema que la amenazaba.
Al revivir la pesadilla, el miedo a una caída física desde el espacio se transformó en las decisiones que debía afrontar en la vida real.
Las opciones con las que haría frente al embarazo indeseado seguían presentes, y cada una conllevaba consecuencias trascendentales.
Se esforzó por despejar la niebla de la ilusión y ordenar los fragmentos dispersos del final de la misión, que comenzaban a materializarse en la memoria: el meticuloso desacople de la cápsula Dragon Crew, el descenso a lo largo de la atmósfera, así como el instante exacto en que cruzó la escotilla y posó los pies en el barco de rescate.
Los recuerdos de las explosiones la arrollaron súbitamente. Revivió el terror que había experimentado ante el caos. Los ruidos ensordecedores, la confusión, cómo se había desplomado al mar y el desmayo se presentaron ante ella con una intensidad desgarradora.
El miedo de que algo saliera mal durante la misión la había acompañado desde que la habían seleccionado para el puesto.
Nunca había pensado que todo pudiera salir tan mal una vez hubiera regresado a la Tierra, después de haber amerizado, flotando a cientos de kilómetros al este de Florida.
Sobre todo, cuando se trataba de lo que parecía la parte sencilla del proceso de retorno.
Se esforzó en abrir mucho los ojos, pescando la poca luz que alcanzaba a penetrar en la estancia. Sintió un mareo físico y emocional, y fue incapaz de descubrir dónde se encontraba.
De repente, un suave aroma a flores silvestres la acarició por sorpresa, pues esperaba descubrir el característico aroma aséptico de las instalaciones de la agencia aeroespacial estadounidense.
La fragancia envolvente la embriagó. Parecía encontrarse en el corazón de un invernadero deslumbrante, repleto de plantas exquisitas.
Al poner los pies descalzos en el suelo, tanteando en la oscuridad, sintió la suave y lisa tarima de madera, cuya temperatura contrastaba con el cálido lecho en el que yacía.
La sensación fresca de la madera bajo sus pies la conectó con el sitio en el que se hallaba.
Al ser consciente de que estaba descalza, se preguntó cómo habría salido del traje presurizado, la indumentaria que llevaba puesta al salir de la nave antes de las explosiones que provocaron que perdiese el conocimiento.
No recordaba haberse despojado del equipo, lo cual añadía otro enigma a la lista.
Al palpar la seda del pijama que la cubría, una certeza se corporizó: al contrario de lo que esperaba, no se encontraba en ninguna instalación gubernamental americana.
La lujosa textura del pijama y el ambiente exquisito del dormitorio apuntaban a una ubicación muy distinta a la que correspondía después del amerizaje, según el protocolo de la nasa .
Intentó serenarse y no dejó que el miedo la dominase.
Se levantó de la mullida cama con el firme propósito de descubrir dónde estaba y qué había sucedido.
En el instante en que se puso de pie, una voz surgió de la nada, azotándola con la misma fuerza con la que lo hizo la fragancia que la envolvía.
Retrocedió al instante y volvió a sentarse sobre el colchón.
—Buenos días, querida niña, ¡Dios la salve! —pronunció en inglés una voz suave con un marcado acento extranjero, y acto seguido se encendió una tenue luz.
Giannina se giró con brusquedad hacia el foco del sonido y probó a identificar a la persona que la acompañaba en la habitación mientras sus ojos se adaptaban a la iluminación.
Aunque el delicado tono de la voz la invitaba a mantener la calma, no podía fiarse de la desconocida, que al iluminar la estancia acabó con la esperanza de descubrir a su alrededor a las compañeras de misión.
A medida que se le acostumbraba la vista fue examinando su entorno: un espacio amplio y decorado con mucho estilo.
Los cuadros elegantes que adornaban las paredes mostraban escenas bíblicas y añadían un toque clásico al ambiente.
Los muebles de diseño aportaban un aire de sofisticación, creando un escenario muy refinado, parecido al de un museo o un restaurante exclusivo.
Dirigió la mirada a cada rincón, desesperada por localizar cualquier señal de que algún otro ser humano estuviera allí, pero solo se topó con el vacío.
—Voy a levantar las persianas; creo que un poco de luz natural la ayudará a despejarse.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy?
—Disculpe mis modales. Me llamo Elia Batallé, y es un grandísimo honor conocerla.
La sombra cogió poco a poco forma y color a medida que las persianas invitaban al sol a inundar el cuarto, revelando una figura fornida y de corta estatura.
En medio de la enigmática atmósfera, observó con curiosidad a Elia.
Trató de descifrar sus intenciones. De desentrañar las incógnitas que acumulaba bajo la piel.
Antes de volver a solicitar a Elia que le explicase dónde la habían llevado, no pudo evitar admirar la impresionante panorámica que escondían las persianas que habían quedado recogidas.
Observó un mar azul, que danzaba en coreografía con las nubes que lo navegaban desde lo alto, aquellas que había admirado desde la plataforma orbital y que había recordado en su pesadilla.
Al principio, Giannina pensó que se encontraría en alguna parte de Florida.
Luego, al observar la vegetación que adornaba la costa, intuyó estar en Cuba o en las Bahamas, por ilógico que resultase ese razonamiento.
—Hola Elia, yo me llamo Giannina.
—Sé cómo se llama, señora Christofonti; no se imagina el honor que es para mí conocerla por fin —repitió Elia con una sonrisa.
—Elia, ¿puedes decirme dónde estoy y qué hago aquí?
—Entiendo que tenga muchas preguntas. El médico ha confirmado que, salvo por la contusión, está ilesa. No se preocupe, los señores Etxegarai pronto le darán respuesta a todo lo que necesite saber.
Giannina frunció el ceño, el asco se mezclaba con la confusión. ¿Un médico desconocido la había examinado mientras estaba inconsciente? ¿Y quiénes eran los «señores Etxegarai»? Su voz, aunque temblorosa, encontró algo de su habitual firmeza.
—¿Los señores Etxegarai? ¿Por qué voy a hablar yo con ellos? ¿Dónde estoy, Elia? ¡Necesito saberlo ahora mismo! ¡No voy a moverme hasta que me lo digas!
Elia mantuvo una sonrisa serena, inquebrantable.
—Imagino que primero querrá darse una ducha y comer algo —dijo Elia, y le mostró el opulento baño, en el que las paredes parecían una única pieza de mármol, cubiertas de láminas tan amplias y perfectamente acabadas que no logró distinguir las juntas.
Giannina la miró fijamente. Una ducha era tentadora, sí, su cuerpo clamaba por ello, pero su mente científica y su necesidad de control la impulsaban a la resistencia.
—No sé todavía quién eres ni por qué estoy aquí. No voy a ducharme hasta que me digas qué está pasando. ¿Quién eres tú? ¿Quiénes son los Etxegarai y por qué estoy en esta… mansión? ¡Yo debería estar en una instalación de la nasa , siguiendo un protocolo médico estricto!
—Lo sé, dulce niña. Enseguida todas sus dudas serán resueltas.
Venga, vístase y coma algo, que yo voy a buscar a los señores Etxegarai.
Arden en deseos de hablar con usted. Ellos pondrán fin a la incertidumbre.
Le he preparado un desayuno y ropa de su talla; espero que encuentre algo de su agrado en el armario.
De lo contrario, dígame qué necesita y yo se lo conseguiré —ofreció Elia, que abrió los armarios empotrados y descubrió numerosos vestidos, pantalones y blusas de multitud de tonalidades y tejidos—. Coja lo que desee; es todo para usted.