Capítulo Catorce
SVETLANA SE SENTÓ de nuevo a los mandos de una aeronave; esta vez dirigía una Dragon Crew.
Aunque el vehículo podía viajar de forma autónoma, la piloto realizó cursos de formación acelerados.
Le pidieron que se familiarizara con la tecnología y peculiaridades del vehículo espacial americano, por si la intervención humana se volvía imprescindible en caso de emergencia.
Una vez cerraron todas las escotillas y la tripulación se sentó en la amplia cabina, que era muy diferente al estrecho espacio de la Soyuz, comenzaron la secuencia para desacoplarse de la Estación Espacial Internacional.
Conforme el vehículo tripulado se alejaba del puerto de acoplamiento, Svetlana cerró la célula aerodinámica de protección del morro, llamada nariz cónica.
En ese preciso momento, los aplausos resonaron en la sala de control, transmitidos a través del sistema de comunicación.
En el interior del compartimento, el ambiente era una mezcla de anticipación y tensión.
El tiempo parecía transcurrir de manera eterna a medida que la nave atravesaba el espacio, enfrentándose al frío y la vastedad del universo.
Los paneles de control mostraron datos precisos y vitales, y el silencio solo fue interrumpido por la voz calmada y profesional de Svetlana, que se comunicaba con el centro de control.
Giannina había sido testigo de escenas parecidas en innumerables ocasiones.
Había visualizado una infinidad de videos en YouTube en los que distintos transbordadores de la nasa y Roscosmos regresaban triunfantes a la superficie tras exitosas misiones en órbita.
Cada logro la llenaba de emoción, ya fuera un despliegue de los paracaídas o un aterrizaje sin contratiempos.
Sin embargo, en los momentos más bajos, atraída de manera morbosa hacia lo trágico, también había visto vídeos de desastres aeroespaciales.
Pensó en todos los fallos técnicos durante las maniobras de retorno a la Tierra que podían acabar con ella y con sus compañeras.
Solo un desliz, un error en el cálculo, y todo acabaría: la vida se desvanecería sin más, una vela apagada por la brizna.
La idea le pareció tentadora por un instante.
No tendría que enfrentarse a las consecuencias, a las decisiones que la atormentaban ni a la angustia que la seguía como una sombra.
Pero al mismo tiempo, algo en su interior se resistía: una parte que no quería rendirse aún, que pedía tiempo, que albergaba esperanza, aunque fuera incierta.
Al igual que le había dicho a Maia en el lago, sabía que con esa opción todo se terminaría, que la partida se daría por concluida.
Y eso, en el fondo, no era lo que deseaba cuando intuía que aún tenía poder para cambiar el rumbo, aunque no supiera cómo.
Se comprometía a seguir adelante, a pesar del abismo que se abría ante ella, a pesar del monstruo de problemas que la avasallaba.
Ansiaba vivir, aunque la vida le estuviera exigiendo más de lo que pensaba que podía dar.
Los ingenieros y la piloto trabajaron en sincronía, asegurándose de que la cápsula seguía el rumbo preciso y completaba la reentrada sin contratiempos.
El proceso de descenso comenzó de forma suave.
La nave entró en la capa atmosférica e incrementó de forma progresiva la velocidad, debido a la atracción gravitatoria.
Los recuerdos del pasado se entrelazaron en la mente de Giannina con las imágenes del retorno, al igual que había ocurrido durante el despegue al inicio de la misión.
Recordó que de niña miraba el cielo nocturno con ojos brillantes y soñaba con explorar el universo y desentrañar sus misterios.
Su dedicación y tenacidad la habían llevado hasta donde estaba, y en ese momento, mientras contemplaba la belleza del planeta desde la ventana, se preguntó qué rumbo tomaría el destino y cuál sería el propósito de su existencia, convertida en víctima de un hecho inexplicable.
Las respuestas a estas preguntas la eludían y profundizaban el desasosiego.
El módulo espacial necesitó casi nueve horas de maniobras a través de las órbitas hasta que se acercó a la gruesa capa interior de la atmósfera terrestre.
Jadeando como si de una maratón se tratase, la comandante activó los propulsores y se lanzaron de lleno al siguiente capítulo de su viaje de retorno.
Otra preocupación de la que Giannina no conseguía desprenderse en ese momento era el impacto que el regreso tendría en el feto, aunque aún no había tomado una decisión sobre qué hacer con él.
Hasta la fecha, cuando había enfrentado situaciones de riesgo, si algo salía mal, las repercusiones se limitaban a sí misma.
En ese instante era diferente. Por increíble que le pareciese, todas las pruebas realizadas hasta el momento indicaban que albergaba una nueva vida en su interior, y si ocurría una tragedia, no solo estaba en juego su existencia, sino también la del nonato.
Cargaba una nueva responsabilidad. La inquietud no terminaría con el amerizaje.
En cuanto volviese a casa, tendría que tomar decisiones que aún no sabía cómo gestionar.
Le costaba pensar en términos de «bebé» o «hijo».
Sentía que la mala suerte la había hecho enfermar, siendo uno de los síntomas la creación de otro ser humano.
Sabía que la realidad de la maternidad inesperada la perseguiría para siempre, sin importar si elegía el camino con o sin el pequeño polizón que llevaba dentro.
La nave continuó el camino hacia la superficie y Giannina se preparó para su siguiente capítulo vital, marcado por la maternidad impuesta.
Ni los aplausos ensordecedores que retumbaron en la cabina conforme los paracaídas se desplegaban, ni siquiera los que se escuchaban desde el exterior durante el amerizaje en las tranquilas aguas del golfo de México, calmaron el desasosiego.
La misión aeroespacial que tanto había anhelado y que podría ser la única que viviría, estaba a punto de concluir, pero no como lo había imaginado.
Mientras la euforia y el júbilo reinaban por todas partes, se encontraba sumida en una profunda introspección.
Había invertido tanto tiempo, tanto esfuerzo, y dedicado tantos sacrificios a esa misión, que sentía un collage extraño y desconcertante.
En ella palpitaban sentimientos de inquietud y desesperanza.
La experiencia en el espacio abrió un abismo de incertidumbre.
Fue el recuerdo de lo que había dicho Yelena lo que le ofreció un salvavidas al que aferrarse.
Se prometió que encontraría fuerza para los siguientes pasos.
Quizá esa experiencia, por terrible que pareciera, no era el fin, sino un nuevo horizonte, una oportunidad para redefinir su existencia.
Podría reinventarse más allá de la carrera aeroespacial, no solo encontrarle sentido, sino darle uno nuevo a aquello que ahora rechazaba: la posibilidad de ser madre.
En el instante en que las puertas se abrieron y la luz penetró en el habitáculo, la asaltó una determinación silenciosa.
Para enfrentar el futuro, se aferró a las palabras de Yelena.
Pensó que podría navegar ese mar de dudas, que cada avance la llevaría a un destino que debía descubrir.
Los vítores de la tripulación resonaron durante la celebración del exitoso regreso.
Contrastaron con el aislamiento de Giannina, que observaba con serenidad el lienzo de decisiones en blanco que se desplegaba ante ella.
Entendía que era el momento de trazar nuevos planes, de recuperar la autonomía sobre su propia vida y de encontrar un propósito renovado en esta etapa por venir.
Lo haría con la misma pasión y valentía que la habían impulsado a embarcarse en el viaje que la había llevado hasta el espacio.
No era el final, era una transformación forzada, y ella decidiría qué forma tomaría.
Anheló la sensación de ingravidez cuando notó que la embarcación se mecía en las aguas mexicanas.
Había estado envuelta en una especie de burbuja que, al estallar, hizo más evidente el peso de la realidad.
Una vez a bordo del buque de rescate, el sol la cegó al quitarse la escafandra del traje.
La brisa marina la llenó de energía y esperanza.
En ese instante, recordó todo lo hermoso y significativo de la vida: la familia, los amigos, los desafíos a los que se había enfrentado y que había superado con muchísimo esfuerzo.
Aquellos con los que había estirado sus capacidades hasta límites que consideraba inalcanzables.
Por mucho que lo intentaba, le resultaba difícil deshacerse de la sensación de que fuera el fin del mundo: estaba embarazada y no entendía por qué.
Cada vez que la asediaba la mentalidad derrotada, acudía a los consejos de Yelena.
Buscó el lado positivo. No se trataba de un cáncer terminal ni de una enfermedad degenerativa que afectase las habilidades cognitivas.
Desconocía qué decisión tomaría en cuanto al embarazo: si abortaría o daría al bebé en adopción.
Pero, por primera vez, una leve curiosidad asomó: ¿Y si, contra todo pronóstico, se lo quedaba y llegaba a quererlo?
Lo que sí decidió fue aferrarse a la certeza de que, con tiempo y apoyo, encontraría una salida. No era solo cuestión de sobrevivir, sino de reconstruirse. Incluso sin que hubiese descubierto la salida, podía sentir que poco a poco recuperaba la confianza en sí misma para dar con ella.
El equipo de recuperación logró transmitirle parte del júbilo por el éxito del amerizaje, ayudándola a sentirse mejor mientras comenzaba a comprender que existía una realidad más allá del infortunio.
De golpe, las celebraciones de la unidad de rescate marino se vieron interrumpidas por un estruendo ensordecedor que sacudió las aguas en las que se encontraban.
Una explosión hizo que una de las lanchas de socorro que formaba parte de la comitiva de bienvenida, estallara en llamas de manera fulminante.
El caos y la confusión dominaron el ambiente mientras los presentes descifraban lo que estaba ocurriendo.
—¡Oh, Dios mío! —escuchó decir a la persona que la sujetaba mientras la ayudaba a quitarse el traje.
—¡¿Qué ha pasado?! —gritó otro tripulante del barco, que ayudaba a Yelena a salir de la cabina de la Dragon.
El miedo y la preocupación se apoderaron de ella. El pequeño germen de alegría por el retorno que había empezado a modelar, se transformó de repente en angustia y desesperación, no solo para ella, sino también para todo el equipo.
El personal del buque grúa observó desconcertado la escena que tenían frente a ellos.
El resto de las lanchas en las que viajaban los llamados hombres rana se acercaron al navío accidentado y auxiliaron a los supervivientes hasta que fueron engullidas por las llamas provocadas por nuevas devastadoras explosiones.
La fuerza de las deflagraciones lanzó a los pasajeros del buque nodriza al suelo o por la borda, incluida Giannina.
El impacto con el agua fue tan fuerte que le robó el conocimiento en medio del caos.