Hecha de cicatrices Capítulo Once
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Capítulo Once

RECUPERADA LA COMPOSTURA , Giannina se enfrentó al sistema de videoconferencia.

Lidió con el bombardeo de preguntas personales desagradables que el equipo de la nasa tenía preparado para ella.

Primero, se centraron en una exhaustiva evaluación médica, donde le pidieron que proporcionara todos los detalles sobre sus ciclos menstruales.

Luego, la interrogaron sobre su vida sexual y dejaron claro que ponían en duda el celibato autoimpuesto.

Durante todo ese desagradable proceso, se sintió incómoda y deshumanizada.

No la trataban como a una persona; era una máquina a la que evaluaban los daños sufridos con la frialdad de un informe de inventario de la agencia.

El personal se centraba únicamente en corregir un error que nunca debió ocurrir, abordando la situación a modo de un simple ejercicio mental.

No mostraron la empatía ni le ofrecieron el apoyo psicológico necesario para superar un momento tan difícil.

Aun así, ella luchó contra la incertidumbre y se centró en las hipótesis que tenía.

Movería cielo, tierra y la mismísima estación espacial con tal de probar su inocencia.

Imputada ante un jurado popular, la acusaban de un delito del cual no era culpable.

Sin abogado, sin más defensa que su propio criterio y coraje, estaba decidida a desmontar la farsa y limpiar su reputación.

—Giannina, ¿me estás escuchando? —preguntó el director de vuelo de la nasa .

—Sí.

—¿Estás bien?

—Dadas las circunstancias, sí, estoy bien.

—Es una situación peliaguda, pero vamos a ayudarte.

—¿Tan grave es que ha hecho que abandone el despacho?

El director de vuelo suspiró.

—No se trata de eso. Esto… Esto requiere atención directa.

—¿Atención directa? Pensaba que solo los accidentes graves o crisis técnicas, como un fallo en los sistemas de soporte vital, eran capaces de hacer que usted se presentara en la sala de control.

—Por suerte no es un accidente, pero tampoco es un asunto menor.

—Es curioso. Parece que los jefes aparecen exclusivamente si hay algo morboso en juego. ¿Será que prefieren las noticias negativas a las positivas?

—No estoy aquí por preferencias, Giannina. Gestionaremos el incidente juntos. Así que centrémonos en eso. Me han dicho que consideras que los análisis de sangre son erróneos.

—Veo dos opciones. O el analizador hematológico está defectuoso, o una enfermedad causa esos niveles de hormonas tan altos.

—¿Y la posibilidad de que estés, de hecho, embarazada?

—No. Eso no es una opción. Ya les he explicado a todos que no he estado con nadie en mucho tiempo.

—Como he dicho, es una situación complicada que aclararemos cuanto antes, por tu seguridad y la de la misión.

—Eso mismo pienso yo.

—He hablado con el personal médico, y hemos decidido que lo mejor es que tus compañeras te hagan una ecografía y así descartaremos el embarazo. Con esa información, evaluaremos mejor nuestras opciones.

—Podemos hacerlo, pero será una pérdida de tiempo. No va a salir nada, no van a ver un bebé que se haya materializado de la nada por arte de magia.

—Eso sería genial. Así desecharemos una opción y podremos centrarnos en las demás hasta que lleguemos al fondo de la cuestión.

Sus compañeras de misión habían preparado una de las cabinas para la ecografía.

Yelena le sonrió en señal de apoyo, mientras que Svetlana, como siempre, mantuvo un semblante serio.

Yelena se apresuró a ayudarla a colocarse en la posición correcta para la exploración.

Juntas se enfrentaron al examen mientras los médicos evaluaban las imágenes proyectadas en las pantallas tanto de la estación como de la sala de mandos.

Por raro que le resultase un control ginecológico telemático ante tanto espectador, lo que más la enervaba era que no había sido ella quien solicitara la cita.

Tampoco le gustaba que Svetlana manejara el dispositivo —aunque había que admitir que lo hacía con la misma destreza con la que pilotaba la Soyuz.

Actuó con gran precisión a medida que uno de los ginecólogos le daba instrucciones para que ejecutase el procedimiento.

—Aplique primero el gel que ayuda a que la sonda transmita las ondas sonoras.

—Svetlana cogió el sobre metálico, similar a aquellos con los que preservaban los alimentos, y aplicó el contenido sobre el vientre de Giannina—.

Ahora centre la sonda manual a un palmo por debajo del ombligo.

—Esperó a que Svetlana colocase el dispositivo en el lugar indicado y continuó—: Las ondas que emite el transductor rebotarán en las estructuras corporales, incluido el feto, y crearán una imagen en el ecógrafo.

—No rebotará con nada, porque no hay ningún feto —susurró Giannina solo para los oídos de su amiga, que le sujetaba la mano durante el procedimiento.

El monitor se iluminó con una imagen en blanco y negro, en la que no pudo distinguir nada a simple vista.

—A continuación, desplace despacio el transductor, haciendo círculos excéntricos.

—Svetlana siguió las instrucciones del especialista que le explicaba el funcionamiento de la máquina—.

El transductor emite ondas sonoras de alta frecuencia, y el ordenador analiza la manera con que rebota cada una al chocar con los diferentes órganos, transformándolas en imágenes.

No solo las verán ustedes en la pantalla del ecógrafo, también se envían a la Tierra para que las examinemos aquí en detalle.

—Esto es un despropósito. Pronto me darán la razón. Les digo que no hay ningún feto dentro de mí. Es imposible que ese u otro dispositivo encuentre algo más allá de algún indicio de la enfermedad que cause los malestares —dijo Giannina.

—Prosiga —ordenó el director de vuelo y Svetlana desplazó el emisor.

—¡Eureka! —exclamó el médico poco después.

—¿Qué has visto? Yo no veo más que un mar de grises en la pantalla —comentó el director.

—Se observa decidualización del endometrio. También se ve el saco gestacional, la capa interna del útero y, dentro de ella, el embrión.

—¡IMPOSIBLE! —chilló Giannina.

—Me temo que es la prueba irrefutable del embarazo; está de unas cuatro semanas —sentenció el especialista.