Capítulo Diez
—NO PUEDE SER —dijo Giannina.
—Gin…
—No, Yel, ¡te digo que no! ¡Que no puede ser!
—Pero, cielo, hemos repetido la prueba dos veces, y…
—Es imposible. ¡IMPOSIBLE! ¡No he tenido relaciones con un hombre en años! —exclamó sin poder evitar el llanto, si bien como en el espacio las lágrimas no son guiadas por la gravedad, estas se agruparon y formaron burbujas alrededor de sus ojos.
—Los análisis indican…
—¡NO ME ESTÁS ESCUCHANDO! —gritó y cortó la comunicación, incapaz de afrontar la realidad en ese instante.
Dio tumbos en la sala de un lado a otro mientras recapacitaba.
Se sintió completamente sola. No confiaba en la máquina ni en el protocolo, ni siquiera en su propia percepción del cuerpo.
Y entonces pensó en su madre. Buscó la tableta personal que mantenía sincronizada para mensajes de emergencia.
Abrió la línea de comunicación prioritaria y escribió, sin pensarlo demasiado:
«Mamá, necesito que hablemos. No sé cómo explicarlo, pero dicen que estoy embarazada… y no entiendo cómo es posible».
La respuesta llegó con rapidez, como si su madre hubiese estado esperando que al fin le dijera algo.
—Giannina, ¿qué significa eso? No lo entiendo. ¿Te han hecho pruebas?
—Sí. Dos. Y ambas confirman lo mismo. Estoy embarazada. Pero no he tenido relaciones. Nada. Llevo en órbita más de cuatro meses. Es imposible, mamá. Es completamente imposible.
—Gini Bini… Es normal que estés confundida y asustada. A mí también me cuesta entenderlo. Lo que me importa eres tú, tu salud y que no te sientas sola en medio de todo esto. Vamos a buscar respuestas, hija, pero antes que nada necesito que estés a salvo.
—No sé qué pensar. Me da miedo. No puedo hablar de esto aquí con nadie… Todos me miran como si fuese una amenaza. Como si fuera culpa mía.
—Nada de esto es culpa tuya. Lo que sea que esté pasando, lo vamos a entender juntas. Tal vez no tengamos las respuestas ahora, pero no estás sola.
—Gracias, mamá. Lo necesitaba. No sé qué hará la nasa , o qué piensa Yelena, pero por ahora solo quiero que me creas.
—Siempre, mi niña. Te quiero muchísimo.
Giannina suspiró y apagó la pantalla. Era hora de encontrar respuestas. Un rato después escuchó que alguien golpeaba un panel metálico de la aeronave a la entrada del compartimento en el que se encontraba.
—Gin, sé que estás desconcertada, pero desde la sala de control insisten en hablar contigo, ¿sabes?
—¡Me da igual!
—Cielo, no puedes…
—Hay que repetir el test.
—Ya lo hemos repetido…
—Sigue equivocado. Estará mal calibrada la maldita máquina.
—Sabes que llevamos años controlando con ella el estado de todos los tripulantes de esta estación.
—Y hasta la fecha, ¿cuántas veces hemos detectado un embarazo con ella?
—Nunca.
—¡Pues eso!
Sintió una mezcla de miedo, vergüenza y confusión ante los resultados de la prueba, mientras luchaba por aceptar que aquel resultado podía ser real.
Era increíble que se enfrentase a esa situación en la Estación Espacial Internacional.
Jamás pensó que un embarazo fuera uno de los riesgos a los que se sometía siendo astronauta.
—Pensaba que estaba en cuarentena y que ninguna de vosotras podía entrar aquí. ¿Ya no tienes miedo de que te contagie con algún patógeno?
—Sé que no es nada fácil. Los datos indican un aumento de la concentración de hormonas gonadotropina coriónica humana, y eso solo pasa durante la gestación de un embrión, ¿me entiendes?
—Tiene que haber otra explicación. Te digo que no he estado con nadie durante una larga temporada. Incluso si lo hubiese estado. Llevamos aquí encerradas…, ¿cuánto tiempo?
—Unos ciento cinco días.
—¡Ciento cinco malditos días! Si me hubiese quedado preñada antes de venir, que seguro es lo que piensan Svetlana y el resto de la maldita nasa , ya estaría en el segundo trimestre.
En cambio, las náuseas aparecen durante el primer trimestre.
Además, si llevara cuatro meses embarazada, habría notado la falta de menstruación desde el principio…
, no solo hace un par de semanas. —Yelena sopesó las palabras de su amiga y no supo qué decir—.
Al menos tú tienes que creerme —insistió Giannina.
—Y te creo.
—Entonces, debes ayudarme a convencer a los demás de que no estoy embarazada.
—¿Cómo lo hacemos?
—Somos científicas, ¿no? Desarrollamos una hipótesis y experimentamos hasta que la confirmamos o la refutamos con pruebas.
—¿Cuál es tu hipótesis?
Giannina frunció el ceño; y se recogió la melena en un moño mientras daba forma a una teoría.
—Debe de haber un error en el sistema de análisis. Tal vez una interferencia química o una contaminación cruzada en la muestra. Algo que esté provocando un falso positivo.
—Okey, eso es una posibilidad.
—Primero le preguntaremos a algún experto sobre el analizador hematológico.
Él sabrá si hay algún fallo del sistema.
También hablaremos con los médicos de la base de control.
Deben de existir otras causas posibles para el aumento de la hormona GHC.
Una enfermedad, por ejemplo. Tiene que haber una explicación más allá del embarazo, y la voy a encontrar.
No sé si prefiero una enfermedad, de la que desconozco las implicaciones, a estar embarazada, pero juro que es imposible que esté embarazada.
Voy a aclarar este malentendido y, si en realidad hay algo mal en mi organismo, encontraré la causa… y buscaré una cura.
—Incluso si tienes razón, no puedes esconderte en la cúpula para siempre. En algún momento debes regresar a la Tierra. La nasa y Roscosmos son los únicos que te ofrecerán un billete de vuelta.
—¿Y qué esperas que haga?
—Habla con Houston, contesta a sus preguntas, explícales tus teorías. Tú misma lo has dicho: ahí abajo hay un montón de genios que te ayudarán con tu enigma.
—Esto no es un juego para mí. Necesito ayuda de verdad, porque, si no aclaramos esto pronto, la situación solo puede empeorar.
—Nadie te culpa de nada.
Giannina cerró los ojos por un momento y trató de calmarse.
—Sé lo que están pensando. «Esto no habría pasado con un astronauta varón».
—Nadie ha dicho eso.
—No hace falta que lo digan. Lo sé. Lo siento, y no voy a quedarme callada. Aclararé este asunto.