Capítulo Nueve
LA ENFERMEDAD EN órbita no llegó sola: trajo consigo el juicio invisible del centro de mando y una ráfaga de preguntas que la sacudió como lo había hecho la cascada de meteoritos.
Jamás había considerado que fuera a enfrentarse a una afección en la eei .
Por un lado, esperaba que la nasa la tuviera bajo una rigurosa observación con el objetivo de aclarar el origen de los síntomas.
Por otro lado, no concebía que le impidiesen cumplir con las obligaciones en los experimentos y apoyar a sus compañeras con las tareas rutinarias.
Cuando se despertó al día siguiente, se dio cuenta de que no contentaría a Houston diciendo que todo estaba en orden.
Su cuerpo parecía fundido con el saco de dormir, como si una fuerza etérea la reclamara desde dentro, exigiéndole que se rindiera.
Solo pudo esperar a que sonara la siguiente alarma, que le recordaría el horario matutino.
A causa de los malestares, tuvo que anular por completo el plan para la jornada.
Únicamente le permitieron cumplir una de las dos horas de ejercicio diario, que evitaban la pérdida de masa muscular en microgravedad.
Además, ese entrenamiento fue controlado con minuciosidad por la sala de control de misión.
Le hicieron análisis de sangre y orina. Eran procedimientos estándar del protocolo que monitoreaban la salud de todos los tripulantes durante la misión.
Lo más duro fue el aislamiento de sus compañeras, ya que se separaron para prevenir contagios por si se había infectado con algún patógeno.
La cuarentena le generó una profunda sensación de soledad y desconexión difícil de asimilar; se sentía una reclusa en una penitenciaría.
En medio del aislamiento, lo único que le aliviaba la ansiedad eran los recuerdos de los entrenamientos previos, aquellos días en los que, entre simulacros y confesiones, había forjado una amistad sincera con Yelena.
Durante los entrenamientos en el centro Yuri Gagarin, Yelena y Giannina desarrollaron una conexión espontánea. En una de esas caminatas hacia la piscina donde simulaban maniobras de inmersión, Yelena le confesó algo que se grabó para siempre en la memoria de Giannina.
—¿Cómo ha sido la experiencia hasta que te nominaron para esta misión? —preguntó Giannina.
—No ha sido fácil, cielo. He trabajado mucho, a pesar de que mis padres y mi marido también trabajan en Energia.
Quizá debido a ello…, ¿sabes? Durante mi infancia, mis padres me hablaban de naves espaciales, me compraban juguetes y maquetas de cohetes.
Me llevaban a museos cosmonáuticos para explicarme todo lo que sabían, incluyendo los proyectos en los que colaboraban.
No fue ninguna sorpresa que, en cuanto pude, obtuviese un título de ingeniera y siguiese sus pasos.
Hizo una pausa y se mordió los labios conforme introducía las piernas en la armadura, que la protegería de la radiación y el frío en el vacío.
—Durante esa fase, el apoyo fue tan incondicional como el de mi marido. Hasta que les dije que quería convertirme en tripulante… —Arqueó las cejas, dos globos de helio a punto de escaparse del rostro, y sentenció—: Entonces todo cambió.
—¿Por qué? —preguntó Giannina, sorprendida.
—Mis padres no dejaban de advertirme sobre los peligros de mi decisión.
No querían que me sucediera nada. Decían que no era ni el lugar ni el rol que me correspondían.
No sé si me explico. Les pedía que aceptaran esa decisión personal, aunque no lograban entenderlo.
Mi esposo compartía la misma postura que mis padres: deseaba que encajara en el molde tradicional de la mujer.
Esperaba que el trabajo no se interpusiera en el cuidado de los niños; o en mantener una figura ideal.
Pago un alto precio por no cumplir con los estándares, por no satisfacer las expectativas sociales ni lo que se espera de mí.
—Te admiro. Has superado tantas dificultades… Y, al final, has alcanzado lo que te propusiste. Yo también he luchado en mi carrera profesional. Cierto es que contaba con el apoyo familiar y que no dependía de ningún esposo.
Estuvo al borde de preguntarle a Yelena si había elegido casarse o si el matrimonio no había sido una elección libre, teniendo en cuenta sus vivencias.
Después de todo, Rusia era un país conservador, donde muchos sufrían limitaciones en sus derechos y libertades.
No parecía descabellado que a Yelena le hubiese resultado más sencillo hacerse astronauta si solo rompía uno de los moldes impuestos por la sociedad, que se hubiese casado para respetar el resto de las normas culturales establecidas.
Sin embargo, todavía no se había atrevido a preguntarle algo tan íntimo.
Recordar aquellas palabras le hizo comprender que nadie escapaba del peso de las expectativas, ni siquiera allí, flotando en órbita.
El eco de aquella conversación con Yelena se desvaneció cuando volvió a enfrentarse a la cruda realidad: no era solo el aislamiento lo que pesaba, sino también el protocolo implacable que la sometía a un escrutinio constante.
—No tiene sentido.
—Es el protocolo —respondió el responsable de la misión.
—Pero es que…
—No podemos permitir, bajo ninguna circunstancia, que contagies al resto de la tripulación.
—¿De qué las voy a contagiar?
—Todavía estamos analizando las muestras.
—Llevamos más de cuatro meses en órbita. Los microbios que hubiéramos traído de casa no habrían superado ni un mes aquí.
Giannina se preguntó si aquel beso con Jeevika, robado entre risas y copas de vino en la terminal, había sido también un acto de contagio.
Su antigua compañera de universidad había mostrado síntomas de catarro, como si el cuerpo no hubiera podido esperar a delatar un secreto.
¿Había viajado al espacio con algo más que emociones a flor de piel?
Otra posibilidad se abría paso: ¿Y si la infección había sido sembrada durante el largo trayecto hacia Pekín?
Cada rostro anónimo, cada vuelo hacinado, cada sala mal ventilada, cada contacto fugaz…
Todos cómplices potenciales. Pero, entonces, el período de incubación bordeaba lo improbable, sería casi antinatural.
Como si algo dentro de ella hubiese estado esperando el momento preciso para hacerse notar.
Las sonrisas de Yelena le transmitían una energía positiva, de igual modo que las de Jeevika. Recordar a esta última le dejaba un sabor agridulce, pensando en lo que podría haber sido si no hubiera tenido aquel pasaje en la aeronave rusa.
—No podemos descartar ninguna hipótesis.
—¿Qué hipótesis?
—Que te hayas contagiado de algún virus o bacteria. Toda precaución es poca, porque si caéis las tres enfermas… Mejor que eso no pase —atajó el miembro del centro de mando.
—Tenemos los resultados del análisis —escuchó decir a Yelena por el intercomunicador.
—¿Qué es, Yelena? ¿Qué me está pasando?
—En general, parece que está todo en orden. Solo tienes los leucocitos un poco más altos que en la última muestra. Esto sería normal si tu cuerpo estuviera combatiendo una infección. ¿Entiendes?
Sintió preocupación por el tono serio de su amiga y supo que tenía malas noticias.
—¿Qué me estás ocultando, Yel?
—Eeeh, bueno, no sé cómo decírtelo…
—Yelena, me estás asustando. Dímelo ya, por favor.
—Según los análisis…, sí que estás embarazada —saltó Svetlana.
En ese instante, el silencio inundó la estación.
Pensó que no tenía ninguna gracia que repitiese la broma en esas circunstancias.
Esperó a que pronto sus compañeras y todo el personal de la nasa se riesen y celebrasen el chiste de mal gusto.
Sin embargo, no hubo risa alguna, solo una atmósfera cargada de tensión y sorpresa.
Se quedó sin habla, pues asimiló que todos los que seguían los acontecimientos creían en las palabras que Svetlana acababa de pronunciar.