Capítulo Ocho
—¿GINNI BINI?
—¡HOLA , mamá!
—¿Cómo estás, cielo?
—Bien, acabamos de realizar el primer paseo espacial.
Ha sido… emocionante. —El accidente había quedado atrás, pero el eco del impacto seguía resonando en el cuerpo de Giannina.
Aún sentía el escozor en el brazo, la presión del vendaje improvisado y la adrenalina que le había impedido dormir.
Aquella mañana, mientras flotaba en la cabina y preparaba el café metalizado, pensó que nada volvería a ser igual.
Había salido al espacio exterior, había visto la Tierra como nunca…
y había sentido el filo del peligro rasgarle la piel—.
Por fin vi el mundo flotar en el cosmos.
—Será increíble. Me encantaría estar ahí contigo, cielo. Qué pena que los vuelos espaciales para turistas todavía no estén de rebajas —comentó su madre con una risita—. Estoy superorgullosa de ti. ¡Por fin has logrado tu sueño!
—Sí, ya estoy aquí arriba y es alucinante. Lo único malo es que ayer tuvimos un accidente.
—¿No me digas? ¿Qué ha pasado?
—Nos sorprendió una pequeña tormenta de meteoritos.
—¡Santo cielo! ¿Cómo te encuentras?
—Todo está bajo control. Un pequeño proyectil me ha perforado el traje, pero no ha sido más que un rasguño y ya me lo han cosido.
—¡Ay, madre! ¿Seguro que no te ha pasado nada grave?
—Sí, por suerte no ha sido nada serio.
—Por favor, prométeme que tendrás mucho cuidado en el futuro.
—No te preocupes, mamá, no tenemos ninguna otra misión extravehicular programada. Te encantarían las vistas de nuestro planeta. Tenías razón. Es espectacular.
—¿Te acuerdas de las veces que hemos contemplado juntas el cosmos? Y por fin estás tú en él, mirándome desde ahí arriba. No sabes lo mucho que me emociona que hayas llegado así de lejos, cariño mío. Estoy muy orgullosa de ti.
—Observaría durante horas nuestro planeta mientras gira sin descanso.
Es tan hermoso y frágil a la vez. Al principio veía continentes y océanos.
Ahora veo mucho más. Las ciudades brillan por la noche, como luciérnagas atrapadas bajo un manto de nubes, hasta que estas las ocultaban.
Bajo la luz directa del sol, estas toman multitud de formas y colores.
Cuando chocan, desencadenan tormentas eléctricas preciosas.
Es un espectáculo de destellos fascinante, dudo que haya un cuadro creado por ningún humano que pueda superarlo.
Es superbonito y a la vez me pongo supertriste al ver nuestro hogar.
No puedo dejar de pensar que lo tratamos fatal y que lo estamos destruyendo, incluso siendo nuestro único planeta.
—No me imagino lo impactante que es ver el globo terráqueo desde ahí, mi vida.
Comprendemos nuestras emociones mejor si podemos nombrarlas.
Lo que experimentas en este caso se llama efecto perspectiva, un cambio cognitivo que muchos astronautas experimentan al observar la Tierra desde el espacio.
Dicen que es una visión que revela el planeta como una delicada y efímera esfera llena de vida, que flota en el vacío y clama por ayuda.
—Exacto. Eso siento.
—Recuerda el lado positivo: estás flotando en el cosmos. Lo has conseguido. ¿No estás contenta, ahora que has alcanzado tu meta?
—Es complicado, mamá. Desde que llegué a la estación, siento que la alegría del triunfo se ha enturbiado.
—¿A qué te refieres?
—Me atormenta la ansiedad de que algo salga mal, que cometa un error y las redes sociales lo magnifiquen.
—Entiendo tu desconcierto. Solo recuerda que eres competente y estás rodeada de profesionales. Confía en ti misma. Mira todo lo que has conseguido hasta la fecha.
—He comenzado a sentir una profunda inquietud que no había experimentado antes. Nunca imaginé que alcanzar mi propósito tuviese un efecto negativo.
—¿Cuál?
—Me he quedado sin objetivo. De alguna forma, ahora que he llegado a la meta, no sé qué rumbo tomar.
—Has estado tan enfocada en convertirte en astronauta y llegar a donde estás, que es normal que alcanzar tus objetivos te genere un vacío.
No te preocupes, mi amor, que pronto lo llenarás.
Todos encontramos aspiraciones que nos mueven, y estoy convencida de que pronto encontrarás un montón.
Hay quien lo llama montañas o cimas que escalar.
—Supongo que tienes razón, que necesito una nueva ambición, una razón para levantarme cada mañana después de haberme pasado tanto tiempo en mi particular carrera espacial. Quizá algo que proteja nuestro planeta.
—Siempre has sido una soñadora, Gini Bini. Encontrarás una nueva pasión, y harás mil cosas increíbles. Además, todavía no has terminado tus experimentos de microbiología.
—Cierto. Supongo que me centraré en eso. Gracias, mamá. Tu apoyo significa mucho para mí.
Después de hablar con su madre, continuó con la rutina matutina y preparó el café en un sobre metalizado.
—¿Qué es lo que echas de menos de la vida en la superficie? —le preguntó a Yelena.
—El aire fresco, los aromas del campo, las flores y el césped recién cortado. Oh, y el mar. El aroma del mar, ¿me entiendes? Bueno, y las frutas frescas: unas jugosas fresas o una naranja muy dulce. Ummm...
Le consoló no ser la única que añoraba el hogar. Yelena bostezó y le devolvió la pregunta.
—¿Y tú? ¿Qué es lo que harás al regresar?
—Quiero ducharme con agua supercaliente. Eso será todo un lujo. Además, beberé agua que no venga de nuestra orina.
Las dos se rieron. Celebraron las pequeñas cosas y aquellos momentos de intimidad que, en su rutina, daban por sentado.
Sin embargo, la risa de Giannina se transformó en una inesperada arcada.
El café y la barrita energética que había desayunado salieron propulsados de la boca y danzaron por el aire de la cabina.
La sorpresa y la angustia se reflejaron en los ojos de Yelena.
—¿Estás bien, cielo? —preguntó Yelena, y buscó algo con lo que contener el vómito para evitar que impactase en algún panel de control.
Se quedó petrificada y confundida; no entendía la situación.
—Gin, ¿qué ha pasado?
—¿Me habrá sentado mal la comida?
—Hemos comido lo mismo durante cuatro meses, y las agencias espaciales cuidan mucho de los suministros, ¿sabes?
—También podría haber alguna bacteria en el agua… —dijo Giannina, buscando posibles explicaciones al malestar.
—En tal caso, Svetlana y yo también estaremos infectadas… Lo importante es que estés bien.
De repente, una idea, tan obvia como aterradora, se le deslizó en la mente.
—¿Tú… eh… tú sigues teniendo la menstruación aquí arriba, Yel?
—Sí, un poco irregular, pero nada alarmante. ¿Por qué lo preguntas, Gin?
—Lo digo porque con el estrés del viaje y la ingravidez… A mí se me ha retrasado bastante este mes.
Yelena la miró, un atisbo de preocupación real asomaba en sus ojos.
—Además llevo un par de días con malestar.
—¿Qué sientes?
—Náuseas, como si todo me diese vueltas. Una sensación de mareo y fatiga constantes. Supongo que será por el accidente del meteorito.
—No estarás embarazada, ¿verdad? —preguntó Yelena, mostrando preocupación y seriedad en el tono. Enseguida, la expresión se convirtió en una sonrisa juguetona y ambas soltaron carcajadas.
Gracias a la broma, se sintió mejor. Los malestares disminuyeron con la risa provocada por la tontería que acababa de decir su amiga.
Llevaba cuatro meses fuera de la atmósfera y varios años sin relaciones sexuales con un hombre.
La complicidad entre ellas era palpable, y agradeció que Yelena estuviese con ella.
—Supongo que será por el accidente del meteorito.
—Sé que nos hacen rehidratarnos con nuestra orina, aunque no creo que Houston te obligue a realimentarte con tu propio vómito. ¿Sabes a qué me refiero?
Yelena rompió de nuevo a reír y arrastró a Giannina en el júbilo.