Capítulo Siete
AÚN CON EL pulso acelerado por el viaje en la Soyuz, Giannina se impulsó hacia los módulos mientras el cuerpo recordaba por sí solo la coreografía que había ensayado mil veces en Houston.
Antes, ella y sus compañeras habían tenido que atravesar un tubo angosto, más estrecho que el transbordador, más opresivo que cualquier simulador, curvado como un tobogán infantil.
Del otro lado, los tripulantes que dejaban la estación las ayudaron a salir, guiándolas con manos firmes, envolviéndolas en abrazos de alivio genuino. Ese contacto humano era el antídoto a semanas de aislamiento.
La ingravidez las sacudió. En la verdadera eei , flotaban en todas direcciones.
No era como nadar ni volar. Más bien algo superior, sin nombre, que dejaba espacio entre ellas y la realidad pasada.
Los rostros de sus compañeras se volvieron rojizos, hinchados por la presión sanguínea acumulada en el torso y la cabeza.
Les recordó lo frágil de sus cuerpos: diseñados para un planeta que ya no pisaban.
Frente al ventanal, la Tierra giraba suspendida. Perfecta. Irreal.
Yelena dejó escapar un grito de júbilo y Giannina guardó silencio. Mientras recorrían los habitáculos asignados para dormir, escuchó a Yelena hablar.
—¿Emocionada? —le preguntó.
—Sí, bueno, no sé.
—¿Te encuentras bien, cielo?
—Sí, sí, mi estado físico es bueno.
—Entonces, ¿qué pasa? —insistió Yelena.
—De alguna forma, pensaba que sería más feliz aquí…
, pero por algún motivo no es así. Seguro que piensas que es una tontería.
Creía que me iba a dar mayor satisfacción; no sé si me entiendes.
Es como cuando deseas un helado de chocolate y, al terminarlo, sientes que no fue suficiente y a la vez tienes muchísima sed.
Como si tus deseos y tus necesidades no estuviesen en sintonía.
—¿Y a qué crees que se debe eso? —preguntó Yelena.
—Supongo…
—¿Sí?
—Supongo que en parte es porque me estoy dando cuenta de que este sueño no me pertenece.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—Más a mi madre que a mí. Fue ella la que siempre quiso ser astronauta y no pudo porque no era ciudadana estadounidense.
Le costó mucho llegar a los Estados Unidos y convertirse en profesora en la universidad.
Al final se le pasó la oportunidad y formó una familia.
Jamás olvidó ese sueño del todo y siempre ha querido que yo me convirtiese en lo que ella nunca llegó a ser.
—Pero si no era lo que tú querías, ¿por qué le hiciste caso?
—No sé. Parecía lo correcto. Quiero muchísimo a mi madre.
Quiero hacerla feliz. Que esté orgullosa de mí.
He sido una niña buena y obediente desde pequeñita.
Creo que en parte me volví adicta a su aprobación.
A veces pienso que de esa manera compenso la culpa que siento por ser homosexual.
Sé que no debería ser así, pero nunca he sido capaz de decepcionarlos por ir contra las normas y las expectativas sociales impuestas.
Yelena la miró con ternura, flotando a su lado en el silencio del módulo.
—Entonces, tus padres todavía no saben que eres gay.
—No.
—¿Por qué no se lo has dicho?
—No sé, supongo que me da vergüenza. No es nada fácil. Para esas cosas son italianos superconservadores. Supongo que tengo miedo a cómo reaccionarán.
—Ya veo, pero creo que no deberías permitir que otros marquen tu camino.
Solo tienes una vida, ¿me entiendes? ¡Aprovéchala!
—dijo Yelena y la abrazó—. Haz lo que te apasiona.
Primero tienes que descubrir quién eres y qué quieres que aparezca en tu biografía para que estés orgullosa de ella.
Deja de guiarte por las expectativas de los demás, porque nadie hará eso por ti.
—Ambas permanecieron abrazadas y flotaron durante unos segundos en el silencio del módulo.
Después de separarse, Yelena dijo—: Además, ¿por qué crees que conoces los deseos de quienes te rodean?
¿Acaso los has confirmado? Te sorprendería lo mucho que cambia la perspectiva de alguien que responde a preguntas directas.
Sobre todo, si se enfrenta a realidades difíciles.
No deberías asumir, por ejemplo, que tus padres preferirían verte infeliz antes que aceptarte tal como eres.
O antes de que descubras tu verdadera identidad, tus sueños, tus aspiraciones… ¿Me sigues?
Las palabras de Yelena le evocaron la imagen de la chica del lago. ¿Qué habrían respondido sus padres si les hubiera dado dos opciones: que se quitara la vida o que enfrentara la vergüenza de que se filtraran sus vídeos íntimos?
—La sinceridad contigo misma y la búsqueda de la autenticidad son cruciales en la vida. Solo así alcanzarás la verdadera felicidad, ¿comprendes?
Svetlana apareció por la abertura del compartimento. Con un gesto les indicó que tenían que seguir con la inspección. Al salir de la cámara en la que se encontraban, Giannina se quedó bloqueada. Ni después de los exhaustivos entrenamientos conseguía orientarse dentro de la estación.
—No distingues qué es arriba y qué es abajo, ¿verdad?
—dijo uno de los astronautas a los que relevaban—.
A pesar de las señales que decoran la aeronave, tu cuerpo es incapaz de valerse de la intuición para ubicarse —explicó y señaló las placas que debían servir de guía—.
Además, todas las paredes de los módulos están diseñadas para permitir el trabajo en cualquier orientación, por lo que falta un techo inequívoco, donde solo haya lámparas, paredes con fotos y un suelo con parqué.
Te acostumbrarás —comentó, ayudándola a avanzar.
—Gracias —dijo Giannina.
—No te preocupes, pronto te sentirás como en casa.
La estación era un gigantesco laboratorio para investigaciones científicas.
La mayoría de las secciones estaban equipadas para más de dos mil experimentos, que consideraban dos factores clave: la microgravedad y el vacío del espacio exterior.
Cuando era niña, su madre le había explicado que esas condiciones extremas no eran obstáculos, sino puertas abiertas a descubrimientos que la Tierra no podía ofrecer.
Allí, suspendidos entre planetas, se respondían preguntas que aún no sabíamos formular: ¿Cómo altera la ingravidez las reacciones químicas?
¿Cómo se reescriben los procesos biológicos lejos del tirón implacable de la gravedad?
¿Qué ocurre con una célula, una chispa o una semilla cuando flota libre del suelo?
Desde entonces se había esforzado en contribuir con estudios que no solo ampliaran las fronteras del saber humano, sino que también prepararan el terreno para un futuro más allá del planeta azul.
El proyecto que más deseaba liderar era la cosecha de nutrientes en condiciones espaciales, un paso crucial para alimentar a futuras generaciones de astronautas que partirían hacia mundos lejanos.
Pero primero debía cumplir con otras tareas menos prestigiosas: labores de mantenimiento, ajustes minuciosos, protocolos que aseguraban el funcionamiento de la estación.
Y aunque se sentía fragmentada entre deseos heredados y dudas propias, algo dentro de ella brillaba con claridad: la caminata espacial.
Eso sí era suyo. Esa meta sí la motivaba.
—¿Ginni Binni?
—¡Mamá, lo he logrado! Estoy aquí. ¡En el espacio!
—¡Qué bueno oír tu voz! ¿Estás bien? Ay, hija, tenía el corazón en un puño siguiendo el despegue de vuestra Soyuz. ¿Ha ido todo bien?
—Sí, mamá, ha sido un éxito y estamos dentro de la eei.
—¿Qué tal se adapta tu cuerpo? Tienes la cara roja como un tomate por la acumulación de sangre en la parte superior del organismo. Recuerda que es pasajero, hasta que te acostumbres a la falta de gravedad.
—Sí, así estamos todos. Pronto se nos pasará.
—¿Qué sientes al estar ahí arriba? ¿Es lo que imaginábamos?
—Todavía no me lo creo. Es increíble. Llevo años preparándome para esta misión, y ahora que estoy aquí, me entran los nervios de que algo salga mal.
—No cometas ningún error. Recuerda todo lo que has aprendido en los entrenamientos y sigue siempre los protocolos de seguridad. Ahí arriba una tontería se puede convertir en una crisis en un santiamén.
—Sí, mamá.
—Y no olvides cuidarte a ti misma, que tu cuerpo no está preparado para vivir en órbita.
—Claro, mamá.
—Bebe agua con frecuencia y no te saltes ninguna comida, por mucho que todo esté deshidratado y no haya nada decente, como una buena minestrone.
—Lo sé, mamá.
—Sobre todo, realiza actividades físicas de forma regular. Esto contribuirá a tu bienestar integral. Como sabes, la ingravidez tiene consecuencias adversas, por eso es fundamental que mantengas una práctica diaria que preserve tu masa muscular y ósea.
—Ya vale, mamá… Quería compartir este momento contigo, no que me dieses una clase sobre la ingravidez.
—¡Ay, hija, no te pongas así!
—¿Cómo quieres que me ponga? Te tengo que dejar. Hablaremos en otro momento —dijo, y cortó la comunicación.