Capítulo Seis
Aunque tradicionalmente seis personas ocupaban la Estación Espacial Internacional, la disponibilidad de lanzaderas había cambiado el panorama.
La transición hacia vehículos más sostenibles, reutilizables y de menor capacidad obligó a las agencias espaciales a reorganizar la logística orbital: los lanzamientos eran más frecuentes, pero con menos plazas por vuelo.
A esa limitación se sumaban contratiempos que no podían ignorarse: fallos técnicos en cápsulas como la Starliner, fugas persistentes en módulos como Zvezda y la creciente amenaza de basura espacial, que imponía restricciones adicionales por seguridad.
Con calendarios y protocolos cada vez más presionados por tensiones geopolíticas y recursos ajustados, aquella misión partió con solo tres astronautas. Y todas eran mujeres.
Giannina representaba a la nasa . Las otras dos astronautas eran rusas, enviadas por Roscosmos.
Svetlana, hija de un alto cargo militar, era piloto y la comandante de la misión.
Su trayectoria como piloto de combate y su porte marcial —alto, cabello cortísimo y una cicatriz que cruzaba su rostro con solemnidad— la hacían imponente.
Yelena, en cambio, irradiaba otra clase de fuerza: era ingeniera mecánica en Energia, una empresa estatal rusa especializada en tecnología espacial, y había heredado de sus padres la pasión por los transbordadores. Con su mirada expresiva y sonrisa embaucadora, desarmaba cualquier protocolo.
Había pocos momentos alegres en la expedición, frenados por el carácter serio de la comandante.
Svetlana se comportaba más como un robot que como una persona, especialmente cuando manipulaba los paneles de control con el peculiar puntero —una vara con empuñadura de pistola y una bola en la punta—, que usaba para alcanzar los botones desde su asiento, demasiado alejado de los mandos para manejarlos directamente con los dedos.
Desde su lugar en la cápsula, Giannina descartó que Svetlana fuese un androide.
El diseño del vehículo era tan poco práctico que dudaba que los rusos pudieran crear un autómata capaz de moverse con naturalidad y pilotar con tal precisión.
Aun así, valoraba tener a alguien tan competente como la comandante en el equipo; su presencia ayudaba a evitar que aquella misión se convirtiera en un meme de desastres catastróficos.
Antes de que se cerrara la escotilla, Giannina intentó llevar consigo todo el aire posible hasta la órbita. Pasaría mucho tiempo sin el aire fresco como el que la rodeaba en el Cosmódromo de Baikonur, la base de lanzamiento ubicada al sur de Kazajistán, desde donde despegarían.
La cuenta atrás le pareció infinita, y aun así la disfrutó hasta el final.
Era casi un sueño irreconocible el pensar que, tras haber peleado por un boleto al infinito, por fin podría contemplarlo con sus propios ojos.
Esa idea le provocó una sonrisa apenas perceptible en el instante en el que los motores se encendieron y un terremoto sacudió la Soyuz.
No habría cambiado ese asiento en la aeronave por nada en el mundo, incluso si era más incómodo que el de una maleta en la bodega de un avión.
Aquel momento representaba la culminación de toda su carrera, una experiencia única que saboreaba con cada fibra de su ser.
No obstante, el miedo a que algo saliese mal la perseguía, a modo de huésped indeseado anidado en su mente.
Al mismo tiempo que el cohete ascendía y rompía la atracción gravitatoria, imágenes del pasado resbalaron ante ella.
Recordó su infancia: las horas jugando con bloques, construyendo cohetes e imaginando aventuras que siempre terminaban con encuentros extraterrestres.
Visualizó la infinidad de veces que le había prometido a su madre que algún día la saludaría desde el espacio.
Releyó sus apuntes, en los que calculaba la velocidad de escape necesaria para que un cuerpo, sujeto únicamente a la gravedad, abandonase el planeta.
Los recuerdos se entrelazaron con los sacrificios asumidos, incluidas las promesas disipadas de los labios de potenciales romances que nunca había dejado florecer.
Los propulsores auxiliares fueron liberados, devolviéndola a la realidad. El desasosiego que la acompañaba desapareció en cuanto contempló por primera vez el firmamento en el exterior de la atmósfera terrestre.
La espectacular imagen la eclipsó, dándole un chute de adrenalina mezclado con serotonina, que la sumergió en una burbuja de satisfacción.
Lo único que superaría ese instante sería el primer paseo fuera de la Estación Espacial Internacional.
O el rostro de su madre, henchido por el orgullo de verla orbitando la Tierra.
Casi no daba crédito. Le recordó aquella historia donde los reclusos de un campo de concentración nazi no se creían que les habían concedido la libertad, pese a que soñaban con ese día desde el momento en el que fueron apresados.
Conforme avanzaba hacia la plataforma orbital, no solo la envolvía la majestuosidad infinita del universo, sino también la profunda emoción de haber llegado hasta allí.
Había alcanzado un objetivo por el que había trabajado sin descanso.
Los errores del pasado, junto con la vergüenza que le habían dejado, pesaban en su memoria.
Por otro lado, había logrado su meta. No había encontrado el camino hasta la cima del mundo.
la había sobrepasado y estaba encima de él.
Yelena le dio unos golpecitos con el codo, la sacó de sus pensamientos y señaló un punto brillante a través de la ventanilla protectora de la cabina.
Al principio, se preguntó qué planeta podría ser, ya que carecía del parpadeo característico de las estrellas.
El punto se hizo cada vez más grande y cogió forma hasta que identificó los paneles solares que abastecían al complejo.
Pronto se dio cuenta de que era la estación espacial la que brillaba, aquella que sería su hogar durante los próximos meses.
A medida que se acercaban, contempló la maravilla tecnológica que tanto la fascinaba.
Además de asombrarse por los cuatrocientos mil kilos de acero que volaban a más de veintisiete mil kilómetros por hora alrededor del planeta, la maravillaba el milagro diplomático que representaban.
Tantas naciones con intereses a menudo contrapuestos, que habían colaborado en una visión común.
«¿Qué milagro haría que esas potencias volvieran a unirse para enfrentar los grandes desafíos de la humanidad: el cambio climático, los derechos fundamentales y la hambruna?
», se preguntó. Con el viaje, dejaba esos conflictos atrás.
Intentó focalizarse en lo bueno y en disfrutar de la experiencia.
Hasta que un problema hizo acto de presencia y reconfortó con amargor las expectativas de fracaso, a modo de profecía autocumplida.
—Hemos encontrado un error en un sensor a diecisiete metros del destino —informó por radio el coordinador de ruta de la agencia rusa.
—Esto será divertido —respondió Svetlana.
Giannina no creía que «divertido» fuese una palabra presente en el vocabulario de la comandante, que tecleaba sin cesar.
—Nunca nadie ha tomado el control manual tan cerca del puerto de acoplamiento.
Este tipo de errores se detecta normalmente con mayor antelación —comentó Svetlana.
Se movía con la precisión de una bailarina que seguía una coreografía memorizada—.
Preparada para desactivar el piloto automático.
—Con el bastón, pulsó un par de botones y anunció—: Piloto automático desactivado.
—La severa expresión de Svetlana aumentó su rigidez por la extrema concentración que requería la maniobra.
Un error echaría a perder la misión e incluso dañaría el puesto orbital, cuyo coste ascendía a cien mil millones de dólares, sin contar con las víctimas humanas.
Ejecutó las operaciones de aproximación y sorprendió a Giannina de nuevo con un comentario—.
Conducir un coche es varios grados de magnitud más fácil que pilotar una Soyuz.
En la carretera hay muchas menos variables que considerar, solo velocidad y dirección.
Por el contrario, en el espacio, además de movernos en tres dimensiones, rotamos sobre nuestros ejes.
Y encima, el maldito sol me ciega y no veo nada.
A ver cómo demonios pongo este bicho en la posición correcta.
Debido a la trayectoria que seguían, en la transición entre el día y la noche, la visibilidad se deterioraba por las reflexiones en la cubierta.
Era similar a las dificultades que suponía conducir hacia el oeste al atardecer.
Giannina miró a Yelena y leyó la misma impotencia que ella sentía.
Observaron y esperaron a que Svetlana lograse acoplar el módulo en tales circunstancias adversas.
En cuanto la comandante encontró una referencia, localizó el objetivo y, poco a poco, redujo la velocidad hasta que llegó el momento esperado.
—¡Lo logré! —A Giannina le dio la impresión de que el código que regía a Svetlana había sufrido un leve cortocircuito, dejando asomar, por un instante fugaz, su lado humano. Pero enseguida, la piloto recompuso su protocolo robótico y dijo—: Acoplamiento completado. Enganches asegurados.
El sonido mecánico les anunció, a modo de freno de mano, que habían aparcado en el complejo en órbita.
En el momento en que la Soyuz se enganchó con éxito a la base orbital, la emoción se extendió entre las astronautas y el personal de tierra por igual.
Los auriculares retumbaron por los vítores de alegría.
Después de varias maniobras adicionales, Giannina abrió la escotilla y salió por la estrecha compuerta de la cápsula rusa.