Hecha de cicatrices Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

GIANNINA Y JEEVIKA lucharon con los otros pasajeros y llenaron las mochilas con víveres.

Empujaron y compitieron por lo poco que quedaba, igual que hacía la gente en las rebajas.

Una vez satisfechas con el botín, se sentaron en un banco libre enfrente de una cristalera.

Allí contemplaron el atardecer frente a la flota de aviones anclados a tierra por el error informático.

—Al final, nuestra cena no va a estar tan mal. Tenemos frutos secos, un par de piezas de fruta y hasta vino.

—¿Vino?

—He conseguido unas botellas. Bueno, no sé si bebes… —comentó Jeevika.

—No mucho. Como parte de la preparación para la misión espacial, sigo una dieta equilibrada y procuro mantenerme alejada del alcohol.

—Comprendo. En ese caso, olvídalo. Soy idiota, creí que sería una buena idea…

—Pensándolo bien, no tenemos nada mejor que hacer —dijo Giannina y le dirigió una sonrisa—. Además, un día es un día. Y seguro que así la espera será más llevadera.

Esas palabras iluminaron el rostro de Jeevika, que, ilusionada, abrió la botella.

—¿Cómo has acabado aquí? ¿Vas o vuelves? —preguntó.

—Vuelvo de un viaje a Pekín, y voy camino a Houston, que es donde vivo.

—¿En serio? ¿A qué te dedicas?

—Soy astronauta.

—¡No me lo puedo creer! ¿De verdad? ¡ASTRONAUTA!

—Sí, es algo que siempre he perseguido.

—¡Qué increíble! Yo pensaba que tu doctorado era sobre vegetales, cosechas o algo así…

—Correcto, se llamaba Enfoques de biología molecular, genética y microbiómica. Investigué respuestas de los cultivos al estrés biótico y abiótico.

—Lo tenía en la punta de la lengua —dijo Jeevika sonriendo—. ¿Qué te ha hecho acabar en la nasa después de hacer un doctorado sobre las respuestas de los cultivos al estrés biótico y abiótico?

A Giannina le sorprendió lo rápido que Jeevika había retenido el título de la tesis doctoral. Pocos habían sido capaces de memorizarlo después de leerlo una y otra vez en la portada del volumen que había publicado.

—La agencia necesita cultivos que prosperen en el espacio para misiones de larga duración. De lo contrario, solo llegaremos a Marte alimentándonos a base de barritas de coco, y por ahí sí que no paso…

—¿Así que cultivarás vegetales en órbita? Entonces, ¿eres una hortelana espacial? —dijo Jeevika, riéndose de nuevo.

—Sí, ese es el plan. Investigo formas de producir vitaminas y otros nutrientes que mejoren la dieta de la tripulación fuera del planeta.

Hago una contribución, no solo a la ciencia aeroespacial, sino también a toda la humanidad.

Muchos de los avances desarrollados por la nasa tienen aplicaciones prácticas en la Tierra.

—¡Muy guay! Tus padres estarán superorgullosos de ti.

—La verdad es que me han apoyado un montón. ¿Y tú a qué te dedicas?

—Yo también trabajo con pipetas. Estoy en un laboratorio de biotecnología.

Jeevika sirvió otra ronda de vino, manejando la botella como si formara parte de un experimento de laboratorio.

—¡Qué interesante! ¿Qué haces en concreto?

—Sí, bueno, es como si barriese las calles comparado con un viaje espacial —rió Jeevika.

—Si las calles no están limpias, no accederemos a la lanzadera.

—Tienes razón, cada uno aportamos nuestro grano de arena para que funcione el mundo y unos pocos vayan a Marte. Al menos, los que pagamos impuestos.

—Sin impuestos no habría investigaciones que desarrollasen nuevas tecnologías. Si lo dejásemos todo en manos de las corporaciones, solo se beneficiarían del progreso los ricos. Y a los demás, que los zurzan.

Jeevika asintió con una sonrisa, y ambas se sumergieron en una conversación profunda.

El vino había aflojado las barreras que Giannina construía con tanto esmero.

Jeevika se había inclinado un poco más y su risa era un susurro cálido cerca de su oído.

Exploraron temas que fueron desde pasatiempos favoritos hasta dinámicas familiares complejas.

Durante su debate, el cielo se transformó.

Las pinceladas doradas del sol, que se estrelló gradualmente contra el horizonte, tiñeron el firmamento con una paleta de colores que cambiaba a cada segundo.

El azul diurno dio paso a una sucesión de tonos suaves y etéreos, desde el dorado tenue hasta el delicado rosa.

Aunque la naturaleza desplegó un espectáculo multicolor, las jóvenes permanecieron inmersas en su diálogo, ajenas a la transición del día a la noche, sumidas en su mundo.

No solo el firmamento mutó de color; los labios de ambas mujeres también se tornaron carmesíes por la bebida que las acompañaba en la velada improvisada.

—¿Y qué tal es eso de trabajar para la nasa ?

—Es un sueño hecho realidad.

—No será nada fácil conciliar la vida de astronauta con pareja, hijos…

—Por eso no los tengo.

—¿Es algo que quieras en el futuro? —indagó Jeevika.

—Quizá más adelante. Sé que no puedo posponer la respuesta de forma indefinida, porque, si retraso mucho la decisión, la convierto en una elección en sí misma.

Por otro lado, viajar al espacio es una aspiración de cuando era pequeña y sería incapaz de echarlo todo por la borda tan cerca de la meta.

Si un día encontrase a alguien con quien formar una familia, supongo que lo haría.

Solo sé que no es una prioridad en este momento.

Algunas personas desean hijos a toda costa, o son incapaces de estar sin pareja. Yo no soy de esas. ¿Y tú?

—Sí, bueno, no sé si mañana o en unos años. Sí que me gustaría asentarme en algún momento.

—¿Y mientras tanto…?

Giannina se sorprendió a sí misma coqueteando.

Una parte de ella disfrutaba de la situación, la otra era la mujer que luchaba contra los efectos del vino y se atormentaba por haber roto la norma de la abstinencia.

La que madrugaba cada mañana en busca del éxito.

La que entrenaba, estudiaba y hacía todo lo necesario para ser la número uno.

Su ambición era viajar a la Estación Espacial Internacional.

Pondría en peligro el significado de los sacrificios que había hecho hasta entonces si cambiase de objetivos vitales de golpe cuando estaba a punto de lograrlos.

La coherencia con sus decisiones pasadas la impulsaba a restar importancia a las renuncias que aún debía enfrentar, todo con tal de alcanzar la meta.

—Mientras tanto, se me ocurren muchas cosas divertidas que podemos hacer.

El aliento de Jeevika le rozó la piel como una caricia de brisa cálida, provocando un escalofrío que le recorrió la nuca.

Al pasarle la botella sus dedos se tocaron apenas, y ese mínimo contacto, sumado al destello en sus ojos, tensó el aire entre ellas hasta que Jeevika se acercó y sus labios carmesí se fundieron en un beso fugaz, pero lo bastante intenso como para encender una chispa inesperada en Giannina.

Lo que comenzó con delicadeza evolucionó en una oleada de pasión.

El beso liberó una descarga de adrenalina que la sacudió por completo: fue como si las emociones de la ruta de escalada atravesaran su cuerpo y en ese momento, en esa conexión, Giannina ascendiese una cima interior.

Su corazón latía con la misma intensidad que durante los entrenamientos más exigentes, con ese ritmo vertiginoso que solo el límite físico y emocional puede dictar.

Pero algo se activó en su interior, un relé silencioso alimentado por la incomodidad del banco que presionaba su espalda.

No permitiría que ese momento se diluyera en la distracción.

La determinación la invadió con la misma fuerza con que la obsesión la había dominado en tantas otras ocasiones.

Saltó como un resorte y se puso en pie, lista para seguir escalando lo que fuera que estuviese frente a ella, tirando la botella de vino, que provocó un sonido seco, casi ceremonial, al estrellarse contra el suelo de mármol.

El líquido se esparció como una mancha de sangre de una herida abierta, pero ella no se detuvo a mirar. No había tiempo para distracciones.

—Lo lamento, no quería… —empezó Jeevika, que no sabía reconducir la situación y la imitó poniéndose de pie.

—No, eh… No te preocupes… —tartamudeó Giannina—, soy yo la que lo lamenta.

—El silencio fue más incómodo que el acolchado de los asientos—.

Esto no es lo que busco ahora mismo —terminó diciendo Giannina—.

Lo lamento mucho, pero me voy al espacio en un mes y no dejaré que esto, sea lo que sea, lo ponga en peligro…

—Sí, bueno. Lo comprendo… Miento, no lo comprendo. ¿Acaso no es lo que deseas? ¿Por qué rechazas lo que quieres? ¿Por qué rechazas quién eres?

En ese momento, Jeevika empezó a estornudar una vez detrás de otra, como si fuera un bucle infinito, un programa que se había quedado colgado y repetía la misma rutina una y otra vez, si bien cada estornudo era más ronco y se transformó en una tos seca.

—¿Estás bien? —preguntó Giannina.

Jeevika recurrió a una botella de agua para calmar su garganta. Cuando superó el inesperado ataque de tos, se dio cuenta de que le moqueaba la nariz y se la limpió instintivamente con el brazo.

—Creo que es mejor que me vaya —dijo Giannina.

—Perdona mi brusquedad. No soy quién para decirte lo que debes hacer. Quédate. Charlemos. Seremos buenas amigas. No te marches —suplicó Jeevika.

—Prefiero irme. Si no te importa, buscaré un banco en el otro extremo de la terminal.

Cogió sus cosas y se fue. Jeevika la siguió con la mirada e imaginó lo que podría haber pasado entre ellas.