Capítulo Cuatro
NO ENTENDÍA POR qué debía viajar a Pekín, sobre todo teniendo en cuenta que su misión espacial la realizaría junto a dos astronautas rusas.
Según le explicaron, serían miembros de la Agencia Aeroespacial China quienes relevarían a su tripulación en la estación orbital.
Por ese motivo, el director de vuelo obligó a Giannina a unirse a una comitiva diplomática organizada por el Departamento de Estado, cuyo objetivo era mitigar las tensiones entre ambas potencias tras una serie de escaladas militares en el Pacífico, incluida la controvertida operación de reunificación en Taiwán y la imposición de aranceles proteccionistas.
Sin embargo, una emergencia diplomática —que nadie quiso explicarle en detalle— hizo que la comitiva oficial partiera antes de lo previsto.
Giannina se quedó atrás, obligada a regresar por su cuenta; y tuvo que buscar una conexión comercial rumbo a Houston.
La única opción que consiguió incluía una escala en Florida.
Tras visitar una de las ciudades más pobladas del mundo, se sorprendió al sentirse abrumada por la multitud al regresar a América.
La aglomeración que encontró en el aeropuerto internacional de Miami intensificó sus ganas de teletransportarse a la Estación Espacial Internacional.
No solo para hacer realidad el sueño de viajar al espacio pronto, sino también para escapar del ruido que ahogaba sus pensamientos.
Durante el trayecto, la tripulación advirtió que no habría ninguna conexión con otros vuelos.
A pesar de los temores iniciales por ataques terroristas que se extendieron entre los pasajeros, pronto se descubrió que un error informático había paralizado por completo el tráfico aéreo norteamericano.
No recordaba ningún fenómeno meteorológico ni huelga de personal que hubiese interrumpido a tal escala el despegue de vuelos programados.
Se encontró atrapada en el enorme aeropuerto junto a miles de pasajeros desesperados, buscando una vía de escape.
La gente se movía frenética. Unos buscaban el equipaje, otros trataban de encontrar con el teléfono móvil una salida de aquel caos.
Muchos pasajeros se resignaban y se acomodaban en los asientos de la terminal.
Otros tantos se tumbaban en el suelo preparándose para una noche en aquellos interminables pasillos.
No pensaba imitarlos al instante. Lo primero era reunir víveres.
Desconocía cuánto tiempo estaría atrapada, y los restaurantes cercanos ya parecían desbordados.
Con tanto pasajero varado, las tiendas estaban arrasadas.
Apenas quedaban bebidas azucaradas de sabores extravagantes y unas pocas chocolatinas de coco.
Cuando Giannina tomó la última barrita, unos dedos desconocidos atraparon el botín antes que ella, así que no cerró su mano sobre el envoltorio, sino sobre otra mano.
En cuanto se dio cuenta, soltó la inesperada mano y levantó la vista.
—Perdón —dijo y miró la cara que asomaba entre una melena enmarañada que muchos confundirían con el nido de un ave.
Exasperada porque ese día no conseguiría ni siquiera una cena indigna, se giró e inspeccionó el resto de las baldas vacías de la tienda en busca de otros alimentos.
—Giannina, ¿eres tú?
Desconcertada, estudió el rostro anónimo. Intentó reconocer a la dueña de la piel de caramelo, buscando alguna pista en unos ojos verdes que no había descubierto en la primera impresión.
—¿Nos conocemos?
—Soy Jeevika, ¿no te acuerdas de mí?
—¡Jeevika! ¡No te había reconocido!
—Normal. Creo que ni mi madre me reconocería en estas circunstancias —alegó e hizo una reverencia para que Giannina contemplase la ropa de montañismo con la que viajaba, soltando otra carcajada.
—Has cambiado muchísimo desde la última vez que te vi en la universidad —dijo Giannina, fascinada por los ojos verdes de su compañera de clase, que brillaban de alegría. Admiró la bronceada piel y la belleza del cutis impoluto, que le despertó tanta envidia como en el pasado.
Pensó que su desconcierto no solo se debía a la indumentaria. Recordaba a Jeevika con kilos de más y menos esbelta. En ese instante tenía delante de ella a una mujer cuya ropa deportiva ceñida mostraba una figura de complexión mucho más atlética que la de la joven de su memoria.
—Vengo de una ruta en el parque Ch’acco Huayllascca, cerca de Pitumarca. ¿Lo conoces?
—No, no lo había escuchado en la vida.
—Pues es maravilloso. Es uno de los paraísos sudamericanos para la escalada en piedra caliza. Está en Perú. ¡Tienes que ir!
—Me lo apunto.
—¡Menudo desastre! ¿Verdad? Han cancelado todos los vuelos del país. ¿Te había ocurrido antes algo así?
—No, es la primera vez que naufrago en un aeropuerto.
—Bueno, espero que no sea igual de malo que en la película de Tom Hanks.
—¿La de la isla o la de la terminal? —preguntó Giannina.
Jeevika se rio sin miramientos.
—Cualquiera de las dos —dijo entremedias.
—¿Sabes cuánto tiempo estaremos encerradas aquí?
—No tengo ni idea. He hablado con la agencia de viajes y no he encontrado ninguna vía de escape: ni trenes ni buses… Ni siquiera un mísero hotel. Todo está saturado.
—Sí, me ha pasado lo mismo. En realidad, mi agencia de viajes es una página de internet y tampoco he encontrado nada ahí —comentó con otra carcajada—. Así que me he resignado y buscaba algo de cenar.
Jeevika contempló la chocolatina de coco que sostenía en la mano con tanta fuerza que empezaba a doblarse bajo sus dedos. Miró a Giannina, y con vergüenza le brindó la captura.
—Siento haberte quitado esto. ¿Lo quieres?
—No te preocupes, en realidad no me gusta el coco. Ya encontraré otra cosa.
—A mí me encanta. Cierto es que pensaba que, escalando montañas, sería el único sitio donde no encontraría comida caliente, no en medio de Miami.
—Giannina reaccionó con una mueca, aunque no dijo nada—.
¿Quieres que busquemos juntas algo diferente para cenar?
Bueno, si estás sola y no tienes nada mejor que hacer, claro —preguntó Jeevika.
—De acuerdo. Cacemos más chocolatinas.
—¿Por dónde empezamos?